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miércoles, junio 24

Pedos y eructos

(Un texto de Francisco Abad Alegría en el suplemento gastronómico del Heraldo de Aragón del 11 de enero de 2020)

«Según nuestras formalidades y conveniencias sociales, el eructo es similar al pedo, aunque, según otros, el primero es más odioso que el pedo mismo» (Anónimo del siglo XIX, 'Tratado sobre el pedo').

Alimento, comida y digestión son conceptos muy diferentes, pero íntimamente entrelazados. Ventosidades expelidas por el polo superior e inferior del largo y complicado tubo digestivo forman parte del proceso fisiológico de la alimentación. Otra cosa es que su intensidad, peculiaridades sonoras, cualidad y potencia aromática puedan resultar oportunas, adecuadas, proporcionadas, normales o patológicas. Dicho así, como ven, no resulta tan repelente el asunto, aunque quizá sí un tanto chocante para quienes habitualmente escribimos en serio; pero esto también es serio, según se mire.

Por cierto, eructar no plantea problemas lingüísticos e incluso tiene equivalente antiguo en nuestro riquísimo idioma, 'regüeldo', pero la emisión del pedo puede plantear dificultades expresivas, porque si palabras como 'cuesco' o 'bufa' corresponden al argot español o lenguaje de germanía como sinónimos, el acto de expeler un pedo plantea duda en su ortodoxia. El DRA cita las expresiones combinadas ‘peer' y 'peerse' como acto de expeler ventosidades intestinales y ‘pedorrearse' como el mismo hecho pero de modo frecuente o repetido, y añade como palabra onomatopéyica 'pedorreta', que es el sonido que se hace expulsando aire con los labios entreabiertos, que en su vibración remedan el acompañamiento sonoro habitual del pedo por la vibración de los linderos anales (¡líbrenos Dios de los silenciosos y traidores!), mientras que María Moliner trae 'peer' y 'peder' como sinónimos, añadiendo que son expresiones vulgares.

Para el sonido que se produce en el tracto intestinal, sin emisión al exterior, se reserva la expresión borborigmo, que en lenguaje común se hace compleja como ruidos de tripas o correr de las tripas.

De modo que ya tenemos resuelto el escatológico problema desde el punto de vista lingüístico y podemos pasar a la taxonomía, es decir, clasificación de las variedades de tan peculiares manifestaciones de nuestra fisiología y a veces patología digestiva.

CLASIFICACIONES. Dice el anónimo autor del breve 'Tratado sobre el pedo' que no todos ellos son iguales, y lo propio ocurre con los eructos, que no se estudian en detalle. Explica que los pedos abiertos, sonoros, sin camuflaje posible, se denominan «pleni-vocales», mientras que lo contrario son los «silenciosos», en general traidoramente pestilentes. También explica que los hay «diptongados», es decir, con una especie de cesura o descanso sonoro a mitad del proceso, y no olvida el comúnmente denominado «pedo pintor», que es el «diptongado suave» acompañado de la emisión de mínimas cantidades de material semisólido intestinal, que deja constancia de su escape en la ropa interior.

Por lo que se refiere a la acción social de los pedos, existen los francamente antisociales, que pueden ser útiles en determinadas ocasiones; los guasones, que acompañan una broma generalmente de mal gusto o escenificada en un medio social poco refinado, y hasta existen los artísticos, como los famosos del 'petoman' francés, que actuaba en una sala de fiestas parisina entonando con habilidad algunas breves tonadillas, combinando duración, intensidad y gravedad de emisión del sonido, suponemos que tras una estudiada dieta flatulencial, que actuaría, perdón por la comparación, como el inflado de la gaita preparatorio de una interpretación musical.

Detalla el peculiar autor de nuestro tratado cualidades relativamente específicas de diversos pedos, como los de maestro de armas, de señorita, de doncella (muy escasos), panaderos, pastores, viejas, alfareros, oficinistas y otros.

Por lo que se refiere a los regüeldos, aún sin guía autorizada que los clasifique, suelen ser de acción cuasi-mortífera los de chorizo de Pamplona, tostada con ajo y alubias con morcilla ahumada, mientras que resultan más sonoros pero relativamente inocuos los de refrescos de cola, tinto de verano y tónica con ginebra; todos ellos tienen la ventaja de que al no haberse producido un pleno proceso de digestión, el acompañamiento de metano y gases sulfurosos es mínimo y, por tanto, es la concentración gaseosa y aromatizada comprimida en el estómago lo que se expele. No debe confundirse eructo con halitosis, que es el mal aliento crónico, del que hacían gala, dicen, el Rey Sol, Luis XIV, y el cardenal Richelieu, además de algún personaje de la Regenta'.

 

LO QUE DICE LA MEDICINA. Los gases relacionados con la alimentación (recordemos que la comida es alimentación y cultura social) son variados. El más simple es el aire, ese que respiramos y tragamos involuntariamente cuando devoramos con avidez o nerviosismo. Este aire, unido a los olores propios de lo ingerido y mínimas cantidades de derivados aromáticos pre-digeridos por el ácido gástrico y la ptialina salivar, se puede acumular cuando ingresa en gran cantidad y poco tiempo en la cámara de gases de la parte superior del estómago, impulsando por simple reflejo de presión su expulsión en forma de eructo, como ocurre, por ejemplo en la ingestión apresurada de un gran vaso de refresco gasificado. El aire deglutido no siempre se expulsa por el polo superior del tubo digestivo y llega a impregnar, en una comida apresurada e incívica, por apresuramiento de origen laboral o simple glotonería, el bolo alimenticio que pasa la barrera del estómago, de modo que causa borborigmos, molestias por distensión abdominal y pedorreo de variable cuantía e intensidad.

En el proceso de la digestión normal también se producen algunos gases de forma fisiológica, como dióxido de carbono, ciertos derivados sulfurados (dependientes sobre todo del tipo de alimento ingerido) y metano, lo que origina ventosidades en general discretas, socialmente domesticables y asequibles al desinflado socialmente tolerable, por ejemplo en el curso de un pequeño paseo ciudadano. En determinadas patologías, como gastritis atrófica, cuadros de malabsorción, déficit pancreático o biliar, enfermedad inflamatoria intestinal o diverticulosis intestinal, la alimentación moderada habitual puede generar problemas digestivos a veces muy importantes y para eso no tenemos remedio en estas páginas: hay que acudir al médico.

FIBRAS COMPLICADAS. Algunos alimentos, que van desde los muy ricos en fibras no digeribles hasta frutas como la pera, verduras como la col y las paradigmáticas alubias (por su tegumento externo) tienen cantidades elevadas de polisacáridos no digestibles por los fluidos digestivos y la flora intestinal (microbiota) que convive armoniosamente en nuestras entrañas. En estos casos, son las bacterias de la fermentación de tales productos las que hacen la labor sucia, nunca mejor, dicho, produciendo fermentaciones que generan abundantes gases, de modo que además de las molestias digestivas se produce un exceso de gases que aboca inevitablemente al pedorreo. Una fabada ocasional no es problema si se combina sabiamente con el solitario paseo, pero consumir fibra indigerible habitualmente no es buena cosa.

Por fin, hay otro aspecto interesante, que es el de los prebióticos, entre los que se encuentran los fermentados en forma de yogur o kéfir, que favorecen el desarrollo de una flora intestinal benéfica, no ‘petogénica' pero además facilitadora de la digestión óptima y preventiva de enfermedades como los cánceres digestivos, la diabetes tardía o las diverticulitis. Por el contrario, hay antiprebióticos, de los que los edulcorantes son paradigma, como el exceso de ahumados, de efecto opuesto. Y sin necesidad de acudir al médico, recuerden que una digestión acompañada de escasa cuantía de eructos y pedos va a ser indicadora, en general, de una buena salud digestiva. Sencillo ¿no?

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