Bésame mucho
(Leído en el muro de "las cuatro esquinas, una intersección literaria", en Facebook).
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...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..
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(Un texto de Guillermo Alfonso en El País del 12 de diciembre de 2019)
Hace 33 años dominaron juntos las listas de éxitos navideñas, pero su relación se convirtió en una enemistad histórica después de que Jackson comprase el catálogo de los Beatles y pasase a ser el dueño de las canciones que había escrito su amigo.
Un 10 de diciembre de 1983, Say say say, dueto de Paul McCartney (Liverpool, 1942) y Michael Jackson (Indiana, 1958-California, 2009), llegó al número uno de las listas de ventas en Estados Unidos y permaneció seis semanas en ese puesto. Se convirtió así en la canción de las navidades de aquel año. Say say say fue uno de los duetos entre McCartney y Jackson e incluido en Pipes of peace, el quinto álbum individual del exbeatle (donde también se incluyó otra canción con Jackson, The man). El anterior dueto, The girl is mine, había sido publicado un año antes y, aunque hoy lo hayamos olvidado, fue el primer sencillo del inmenso Thriller, el álbum más vendido de la historia. Normal haberlo olvidado: era la peor canción dentro de aquella colección impoluta.
Ninguna de las canciones pasará a la historia por destacar entre los potentísimos catálogos de ambos, pero sí por reunir a dos de las más grandes figuras del pop del siglo XX: un beatle y el rey del pop. Una colaboración ya había tenido lugar antes: Girlfriend, perteneciente a Off the wall (el que se considera el primer disco del Michael Jackson adulto y ya libre de la sombra de los Jackson 5) había sido escrita por Paul McCartney. Pero fue durante las sesiones de Thriller cuando Michael llamó a Paul y le dijo, según el artista recordó en sus memorias Moonwalker: “Quedemos y escribamos algunas canciones”.
“Say say say fue coescrita por Paul, un hombre que podía tocar todos los instrumentos en el estudio y hacerlo todo bien, y yo, un chico que no podía. Pero aun así trabajamos como iguales y lo disfrutamos”, escribió Jackson. El curioso videoclip de la canción, por cierto, presenta a los dos artistas como timadores profesionales y fue grabado en un rancho del que Jackson se enamoró. Acabaría comprándoselo cinco años después y convirtiéndolo en Neverland, el opulento complejo en el que vivió hasta poco antes de fallecer en 2009. También en aquel videoclip había una imagen de ambos contando billetes y billetes de dólares que acabaría siendo profética.
Poco más habla Michael sobre Paul en sus memorias, que fueron publicadas en 1988. A uno de los grandes encontronazos de la industria musical dedica literalmente dos párrafos, en los que cuenta: “Con el tiempo acabé comprando el catálogo de ATV, que incluía muchas de las canciones de Lennon y McCartney. Pero lo que la gente no sabe es que fue el propio Paul quien me introdujo en el mundo de los derechos musicales. Estaba en la casa de Paul y Linda en el campo cuando Paul me habló de su propia participación en el mundo de los derechos musicales”. Y nada más. Michael era bueno en muchas cosas, pero enfrentarse a sus propios problemas no era una de ellas.
Por complejas razones legales, mezcla de desconocimiento juvenil y compras y unas empresas que engullen a otras, McCartney había perdido su parte de Northern Songs, la editorial musical que había formado con John Lennon en los sesenta para gestionar los derechos de sus temas. En su lugar, usó su enorme fortuna para adquirir los derechos de las canciones de otros, por ejemplo de Buddy Holly. Y durante las sesiones de grabación con Michael Jackson le cantó al joven las virtudes de invertir en el mundo editorial de la música.
"Voy a comprar tus canciones", le dijo Jackson a McCartney según este mismo recordó en una entrevista televisiva. "¡Sí, claro!", respondió el beatle, riéndose.
La risa se le congeló pronto. En 1985, solo tres años después y convertido en un hombre inmensamente rico tras el éxito mundial de Thriller (el álbum más vendido de la historia), Jackson compró el catálogo de ATV Music, que a su vez había comprado el de Northern Songs en 1969. En el catálogo se encontraban 4.000 canciones, entre ellas algunas de Bruce Springsteen, los Rolling Stones o Elvis Presley, pero su plato fuerte eran 251 canciones de los Beatles. Jackson pagó 47 millones de dólares, por aquel entonces la mitad de su fortuna y entre los temas de cuyos derechos él pasaba a ser dueño estaban himnos como Help, Yesterday, All you need is love o Hey Jude.
Si Jackson se volvió tan inmensamente rico durante su carrera fue gracias al negocio editorial. Obtener derechos de canciones que él no había compuesto para conseguir beneficios por su explotación era algo que ya hacían otros artistas. Cada vez que un tema de ese catálogo fuese versionado, tocado en directo o utilizado en cualquier medio, él cobraba un canon.
Paul McCartney se cabreó. Mucho. Sobre todo, porque Michael le había adelantado por la derecha: comprar ese catálogo y sentir que recuperaba lo que era suyo era uno de los sueños de su vida y ya lo había intentado en 1981, solo cuatro años antes, ofreciendo 20 millones de dólares. Era un proyecto conjunto: él se había ofrecido a desembolsar diez millones y había pedido a Yoko Ono, viuda de John Lennon, que pusiese otros diez. Pero Yoko se negó y el trato se vino abajo.
Según se cuenta en la biografía que J. Randy Tarraborelli escribió sobre Michael Jackson, La magia y la locura, el artista llamó a Paul en cuanto el trato se cerró en Londres (él ni siquiera estaba presente: de todo se encargó su abogado John Branca). Y Paul le colgó el teléfono. La amistad entre dos leyendas se terminaba en una llamada internacional.
¿Quería decir todo esto que Paul iba a dejar de ver un duro por las canciones que él mismo había compuesto? En absoluto. Pero según este acuerdo, los beneficios de las canciones de los Beatles del catálogo que ahora pertenecía a Michael se dividían en un 50% para sus compositores (McCartney y los herederos de Lennon, por ejemplo) y otro 50% para el editor. O sea, Michael Jackson.
Jackson no solo enfadó a los admiradores de los Beatles y al propio McCartney por quedarse con su catálogo sino porque las decisiones empresariales que empezó a tomar al respecto para rentabilizarlo fueron recibidas como una afrenta a su legado. Por ejemplo, ceder una de las canciones más políticas del grupo, Revolution (1968), del Álbum Blanco, para una campaña de Nike en 1987. El propio grupo denunció esta decisión en los tribunales. “Los Beatles no crearon esta canción para ser utilizada en anuncios”, dijo el abogado de la banda, según Los Angeles Times. “Si hubiesen querido ganar dinero con campañas publicitarias lo podrían haber hecho en los últimos 25 años”, añadió el abogado. Michael no se echó atrás. Todo lo contrario: el siguiente paso fue permitir que se usase All you need is love, uno de los puntales de la discografía de los de Liverpool, en un anuncio de Panasonic.
La furia de Paul era pública. “McCartney acusa a Michael Jackson de haber violado su trabajo”, tituló una noticia de sociedad de EL PAÍS del 3 de enero de 1990. Además, a Michael le salió una inesperada aliada: Yoko Ono, que declaró que estaba contenta con que Michael gestionase editorialmente el catálogo de los Beatles y era mejor que lo tuviese él a que lo tuviesen ella misma o Paul, lo cual solo crearía fricciones entre los propios Beatles y los herederos de Lennon.
¿Qué pasó después? En 1995, sumido en una crisis financiera importante (y con su imagen pública irreparablemente dañada tras las primeras denuncias por abuso de menores), Jackson vendió la mitad del catálogo de ATV a Sony por unos cien millones de dólares. El catálogo editorial de Sony/ATV pasaba a ser el más importante del mundo y a estar valorado, según medios como The New York Times, en mil millones de dólares.
En 2009, tras la muerte del autor de Thriller, algunos medios teorizaron con la posibilidad de que, en un acto de justicia, el testamento de Jackson hubiese dejado a McCartney los derechos de sus propias canciones. No ocurrió así, y McCartney declaró que tampoco lo esperaba. En 2016, siete años después de la muerte del artista, Sony compró a los herederos de Michael su 50% del catálogo a cambio de 750 millones de dólares. En ese momento, la corporación Sony/ATV pasaba a ser la dueña de esas canciones y su catálogo, el más valioso del mundo.
Paul McCartney ha seguido con su propia lucha durante todos estos años y siguió reclamando el control de los derechos de los Beatles a Sony, aludiendo a una cláusula de la Ley de Propiedad Intelectual de Estados Unidos que dice que un artista cuya obra ha sido vendida a un tercero puede reclamarla 56 años después de su creación. En 2017, McCartney y Sony/ATV llegaron a un acuerdo confidencial para que los derechos volviesen al exbeatle a partir de octubre de 2018.
McCartney, pese a expresar públicamente su disconformidad con el uso publicitario de las canciones de los Beatles, siempre mantuvo en público una calma muy británica sobre este asunto. "No puedo culparlo, esas canciones estaban en el mercado", dijo en 1989, mientras toda la industria sabía que estaba realmente furioso. Tras la muerte de Jackson el 25 de junio de 2009, McCartney recordó al artista en buenos términos: "Me sentí un privilegiado por haber podido divertirme y trabajar con Michael. Era un hombrecito inmensamente talentoso con un alma gentil. Su música será recordada para siempre y mis recuerdos con él serán felices".
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(Un texto de Luis Gago en El País del 30 de octubre de 2021 a propósito de la grabación de las canciones completas de Robert Schumann)
Muy bien acompañado, el barítono Christian Gerhaher encabeza la hazaña de completar la grabación de las canciones completas de Robert Schumann.
El Lied alemán pasó de la infancia a su esplendor gracias, sobre todo, a tres nombres: Franz Schubert, Robert Schumann y Hugo Wolf. Sus logros fueron sucediéndose escalonadamente a lo largo de las nueve últimas décadas del siglo XIX, hallazgo tras hallazgo, milagro tras milagro, espoleados por su pasión por algunos poetas compartidos (con Goethe a la cabeza) y cada uno de ellos con al menos otro en el que entrevieron a un espíritu afín: en el mismo orden, Wilhelm Müller, Heinrich Heine y Eduard Mörike. En un artículo aparecido en la 'Neue Zeitschrift für Musik’ en 1843, Schumann escribió: "Y, en realidad, el Lied es quizás el único género en que se ha producido un progreso realmente significativo desde Beethoven". Estaba pensando, sin citarse, en él mismo, porque a renglón seguido se refiere, como un elemento acelerador de esa eclosión de un nuevo tipo de canción alemana, a la aparición de una nueva escuela de escritores, entre cuyos integrantes cita expresamente a Friedrich Rückert, Joseph von Eichendorff y Heinrich Heine, tres de sus poetas de cabecera.
Tras coquetear fugazmente con el género con poca fortuna en su adolescencia, Schumann lo dejó aparcado por completo mientras escribía una obra maestra pianística tras otra. Fue pocos meses antes de cumplir 30 años cuando, de repente, el volcán estalló y empezaron a brotar las canciones con una efervescencia inusitada. El torrente de creatividad comenzó el 1 de febrero de 1840 y concluyó abruptamente casi un año después, el 16 de enero de 1841. En estos meses vieron la luz nada menos que 139 canciones, además de 12 dúos y canciones a varias voces, cuya visita a la imprenta se dilataría en un goteo constante hasta 1858, ya de forma póstuma, en 23 publicaciones diferentes. Anticipando una práctica habitual en algunos cantantes y compositores actuales de música popular, y consciente de que la canción era uno de los géneros musicales comercialmente más rentables de su tiempo, Schumann administró con tino la difusión pública de los frutos de la inspiración aparentemente inagotable de aquellos meses.
Nada tiene más lógica ni interés, por tanto, que hacer lo que acaban de culminar Christian Gerhaher y Gerold Huber (secundados por otros cantantes en aquellas piezas que demandan voces femeninas o que están compuestas para más de una voz): ofrecer una visión unitaria de la totalidad de todos los Lieder de Robert Schumann, como proclama con orgullo la cubierta del álbum con 11 discos que acaba de publicar el sello Sony: Alle Lieder. Con ello se sumergen tanto en aquel mar de canciones nacidas en los meses de desafuero creativo de 1840 como en, algunas colecciones nacidas en su última época, "más radicales y sombrías", según Gerhaher, cuando reverdeció la pasión de Schumann por el género, con cimas inalcanzables y desoladas como los Seis poemas de Nikolaus Lenau (1850) o los Poemas de la reina María Estuardo (1852). Que las canciones no nacían a partir de la nada, sino tras un proceso de identificación con el contenido de los poemas, es algo que queda corroborado en una carta dirigida a su entonces prometida, Clara, el 24 de febrero de 1840: "En su mayor parte los compongo de pie o paseando, no al piano. Es un tipo de música completamente diferente que no surge inicialmente a través de los dedos, sino de forma mucho más directa y melodiosa". Regalarse canciones en fechas señaladas fue, tras su boda en septiembre, una práctica habitual en los primeros años de convivencia de la pareja.
Robert Schumann poseía una importante cultura literaria. De hecho, durante algún tiempo dudó entre ser músico o escritor: "Ni yo mismo tengo aún claro lo que soy realmente", escribió en su diario a los 17 años. "Será la posteridad la que decida si soy un poeta, porque no es algo que se pueda llegar a ser". Cuando por fin empieza a escribir Lieder en 1840, habita día tras día en los poemas que elige: "¡Ah, Clara, escribir canciones es realmente una bendición!", le confiesa atrapado en un derroche febril de creatividad. "Ah, no puedo hacer otra cosa, me gustaría cantar hasta morir como un ruiseñor", puede leerse en otra carta fechada el 15 de mayo de aquel año. "El ciclo de Eichendorff [op. 39] es probablemente la más romántica de todas mis obras, y en él hay mucho de ti; mi querida y amada prometida", escribió a Clara una semana después. A nadie extrañará que su primera gran colección de canciones, Myrthen, fuera concebida por Schumann como el regalo de bodas a su mujer. El título se explica porque el mirto era la planta con que se confeccionaba la guirnalda que se ponían las novias el día de su boda.
También en este ambicioso proyecto, cuya grabación se ha dilatado durante 16 años, Christian Gerhaher sigue la estela de uno de sus maestros, Dietrich Fischer-Dieskau, que acometió hace ya casi medio siglo una empresa, semejante, aunque mucho menos exhaustiva, con el pianista Christoph Eschenbach. Ambos son cantantes reflexivos, superdotados de la dicción alemana, profundos analistas de los poemas e incapaces de no impregnar de sentido musical a cada frase. Es posible que, por su propio carácter, Gerhaher sienta una identificación personal aún mayor con el compositor, al que le gustaba ocultarse en dos yoes escindidos: Eusebius (el ser nostálgico e introspectivo) y Florestan (el hombre apasionado). O, en palabras de uno de sus primeros biógrafos, Gustav Jansen, "el delicado joven que siempre se mantiene modestamente en segundo plano" y "el impetuoso, turbulento y lleno de vida, un alma honesta, pero presa frecuentemente de los más extraños caprichos". Gerhaher tiene mucho más del primero que del segundo, pero, cuando la música se vuelve torrencial y exaltada, sabe hacer creíble siempre, sin excesos, el frenesí romántico. Los poemas nos llegan susurrados, declamados, confesados, proclamados, envueltos en música que por momentos parece invisible, de tan natural y tan adherida a su piel. En todo —lo físico y lo espiritual— le sigue el extraordinario pianista Gerold Huber, su fiel compañero de siempre y casi su otro yo. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, una integral de los Lieder de Schumann tan clara, tan rica de emociones poéticas y musicales.
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(Un artículo de Fátima Uribarri en el XLSemanal del 13 de diciembre de 2020)
A los 12 años empezó a ir de gira con su padre; y a los 15 ya era madre de dos hijos. Casada con un proxeneta, el alcohol, los problemas alimentarios y las depresiones acompañaron a la reina del soul durante toda su vida.
Se sentó al piano. Miró al público, unas dos mil personas. Y se quedó callada. Su hermana Erma, que sabía que Aretha Franklin llevaba días en silencio encerrada en su cuarto, creyó que no sería capaz de cantar Jesus be a fence. Pero cantó. «Convirtió su dolor en una belleza intensa», contó Erma. Fue una de sus excelencias: «Los momentos más traumáticos de su vida producirían su música más emotiva», explica David Ritz, su biógrafo. Cuando Aretha cantó aquel día, estaba rota de dolor: su madre acababa de morir. Y ella era una niña de 10 años.
La ausencia de la madre y la omnipresencia del padre marcaron su vida. La madre, Barbara Sigman –una magnífica cantante–, se marchó de casa cuando Aretha (la tercera de cuatro hermanos) tenía 6 años. Su padre era Clarence LeVaughn Franklin, un reverendo de la Iglesia baptista con enorme carisma y un sexto sentido para la música. Sus ceremonias, en la iglesia New Bethel de Detroit, ‘imantaban’ a la gente: Franklin agitaba al público al ritmo de la música. Las parroquianas se quedaban arrobadas por él.
El reverendo era el faro de la familia; Aretha era la estrella; Erma, una gran cantante; Cecil fue mánager de Aretha; y Carolyn, una excelente compositora y cantante; era hija del reverendo y de uno de sus affaires, Milfred Jennings, ¡de 12 años de edad! Y no fue la única niña-madre de la familia.
Todo giraba en casa de los Franklin alrededor de la música y del padre, progresista y activista social, muy amigo de Martin Luther King. A aquella casa iban a tocar y cantar Duke Ellington y Ella Fitzgerald, entre otros. Aretha se crio mecida por el góspel. Pronto asombró por su fabuloso talento musical: escuchaba una pieza y la tocaba al piano inmediatamente y a la perfección. Tenía un don natural propio de los genios.
Su padre la sacaba de la cama en plena noche para que cantara y tocara delante de invitados como Nat King Cole, Ella Fitzgerald, Billy Eckstine o Dinah Washington. A los 12 años ya iba de gira con su padre, una figura consolidada del góspel. A los 13 años se quedó embarazada. Cuenta David Ritz que en el mundillo del góspel reinaba la promiscuidad. Tras alabar a Dios en los escenarios, los artistas se entregaban al sexo. Incluso se rumoreó que su padre la había dejado embarazada, algo que se desmiente en la biografía Aretha Franklin. Apología y martirologio de la reina del soul (Libros del Kultrum), donde se cuentan cosas que a Aretha Franklin le molestaron. Durante toda su vida enmascaró sus penas y debilidades. Se empeñó en mostrar solo la cara y ocultar la cruz. Jamás quiso desvelar quién fue el padre de su primer hijo ni del segundo, a quien tuvo a los 15 años.
«Era guapa, ligona y poseía una voz que encandilaba a todo el mundo. También a los hombres», explica su biógrafo. Y cuando empezó a marchitarse y perdió ese magnetismo con ellos, se inventaba ligues y romances y los filtraba a la prensa. Todo antes que reconocer que se alejaba del aura del éxito. Aretha Franklin fue una gran diva, de las más grandes de la historia de la música. La revista Rolling Stone la coronó en el primer lugar de su lista de los cien mejores cantantes de todos los tiempos. Colocó más de cien canciones en la lista Billboard; su álbum Amazing grace es el más vendido de la historia de la música góspel; ganó 19 premios Grammy; fue la primera mujer reconocida en el Salón de la Fama del Rock and Roll y cantó en momentos memorables como el funeral de Martin Luther King y la toma de posesión de Barack Obama.
Fue un personaje complejo: era tímida y a la vez engreída; era miedosa e insegura, pero lo ocultaba; era terca, visceral, muy difícil en el trato: a sus representantes y empleados los despedía a la mínima y los volvía a contratar. Fue muy competitiva, sobre todo con las mujeres: hizo la cruz a las cantantes que amenazaban su reinado musical, la tomó sobre todo con Roberta Flack y estaba obsesionada con batir a Barbra Streisand.
Y a la vez era generosa: se implicó en causas benéficas, a menudo de manera anónima. Igual daba plantón a un concierto multitudinario porque le daba miedo volar en avión que actuaba gratis para ayudar a una familia humilde. Era imprevisible. Fue capaz de abandonar el tabaco (fumaba tres cajetillas diarias) y el alcohol, que fue un serio problema en su vida, pero nunca venció la adicción a la comida. Subía y bajaba de peso y hablaba de ello en las revistas. Dijo que mantenía el peso a raya con una combinación de «sobres dietéticos y hombres jóvenes». Así era Aretha. Y como su percepción de las cosas a veces no tenía que ver con la realidad, actuó ya talludita y sobrada de kilos bailando con mallas ajustadas, escote generoso y tutú, ante el espanto de su agente.
De jovencita, para escapar del control de su padre, se sometió al control de un marido. Se casó (por primera vez: tuvo tres maridos) a los 25 años con Ted White, «uno de los proxenetas más elegantes de Detroit», según Etta James. Entonces no era raro que a las nuevas cantantes las protegieran proxenetas. Billie Hollyday y Sarah Vaughan también tuvieron su ‘protector’. «Formaba parte de la industria musical. Los proxenetas nos pagaban y nos protegían. También nos pegaban. Éramos unas chiquillas con ganas de triunfar a cualquier precio y buscábamos a hombres que nos consiguieran lo que quisiéramos», ha confesado Etta James. Ted White ayudó a promocionar la carrera de Aretha con el dinero que ganaba una de sus chicas más activas.
Ted y Aretha fueron una especie de Ike y Tina Turner. También en el maltrato. El matrimonio acabó con una orden de alejamiento para Ted. A partir de entonces, su mánager fue su hermano Cecil. Mejor alguien de la familia, porque Aretha no se fiaba de nadie. Y con los años fue a peor.
Cantaba con el bolso en el escenario porque llevaba efectivo para pagar a su gente. Era pesetera y desconfiada, quería llevar el control, pero no lo llevaba: tuvo problemas con Hacienda y muchas reclamaciones por no pagar las facturas.
La fiaban porque era la reina del soul. Y lo era. Según el crítico Bob Gendron, «amasaba las notas, acortándolas y alargándolas a su antojo, expresando lamentos ásperos para llegar a finales climáticos». Ella transformaba las canciones, las hacía suyas. Lo hizo con Respect, un exitazo épico. Otis Redding había compuesto el tema desde la visión masculina, Aretha cambió la perspectiva y lo convirtió en un himno femenino. Aquella canción de 1967 generó muchas lecturas políticas, sexuales y raciales. «Era lo que necesitaban el hombre y la mujer promedio de la nación: todos querían respeto», dijo Aretha.
Franklin era una cantante de góspel que se sentía cómoda con el jazz y el blues. Vivió los años de la eclosión de los Beatles y de los artistas de la discográfica Motown, de las Supremes, los Temptations, Stevie Wonder, Marvin Gaye y de Ray Charles… La competencia era feroz e incluía a sus hermanas: «Erma y yo éramos muy buenas, pero Aretha era excepcional. Se nos podía comparar con los Jackson. Jermaine, Jackie y Marlon cantaban bien, pero Michael estaba a otro nivel, el de los genios. Así veíamos a Aretha. Era un talento portentoso, de otro mundo», dijo su hermana Carolyn.
Aretha competía con todos. Quería llegar al público blanco, como Barbra Streisand, que arrasaba entonces. A los 24 años mostraba el aplomo y la seguridad de una mujer de 60. Permanecía callada en el estudio de grabación y, cuando comenzaba a tocar el piano y a cantar, dejaba a todos boquiabiertos. «No había que decirle nada. Nos quedábamos mudos, impresionados. Asistíamos a la expresión de una grandeza única e inmortal», dijo Jerry Wexler, su productor durante años.
Alcanzó la cima con Respect, con Baby I love you, Chain of fools, I say a little prayer y otros éxitos. Cometió errores también. Paul McCartney y John Lennon escribieron para ella Let it be. Aretha dudó porque se decía ‘Mother Mary’ y le sonaba a católico. Se cansaron de esperarla y los Beatles grabaron Let it be. No se atormentó por ello. «En su mundo no había sitio para el fracaso y, si aparecía, nunca era culpa suya», ha contado su agente Ruth Bowen.
Parecía de acero. Pero le acechaban las depresiones. En 1970 se rompió en un concierto. Padecía crisis nerviosas, angustia, inseguridades. Y las combatía bebiendo. Jamás reconoció sus debilidades, salvo el miedo a volar que condicionó su carrera. Tuvo pérdidas muy dolorosas. A su padre (al que adoraba) le dispararon durante un robo en su casa de Detroit y estuvo cinco años en coma. Aretha convertía el dolor en furia. Se enfadaba con todo el mundo. En el mismo funeral de su padre tuvo una bronca con sus hermanas porque creyó que querían entrar antes que ella en la iglesia. Los aires de diva la hacían imposible.
Se iba quedando sola. Se encerraba en casa. Cancelaba conciertos. Se lo consentían porque era la reina del soul. Porque, como dijo James Cleveland, «era capaz de emocionar a la gente cantando las páginas amarillas». Murió en 2018, a los 76 años. Tuvo un funeral regio, acudieron estrellas de la música, Bill y Hillary Clinton. Y Barbra Streisand.
Una mujer combativa. Aretha Franklin transformaba las canciones, lo hizo con Respect. Otis Redding había compuesto el tema desde la visión masculina, Aretha cambió la perspectiva y lo convirtió en un himno femenino. Aquella canción de 1967 generó muchas lecturas políticas y raciales. Amazing grace, de 1972, es considerado el mejor álbum de góspel de la historia. Es también el más vendido del género.
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