Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

martes, marzo 31

El valor de la autenticidad

...en dos frases:

"No vivas para ser alguien conocido, sino para ser alguien que valga la pena conocer", Anónimo.

"Procura que el niño que fuiste no se avergüence nunca del adulto que eres", de Antoine de Saint-Exupery.


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lunes, marzo 30

Marilyn Monroe y Paula Strasberg: una dependencia peligrosa



(Un texto de Elena Castelló leído en la revista Mujer de Hoy del 11 de agosto de 2012)

A principios de 1955, justo cuando el mundo se preparaba para recibir una de las imágenes más icónicas del cine (la rubia dejando que el aire del metro levantara su ondulante vestido blanco), Marilyn Monroe abandonó Hollywood y se instaló en Nueva York. Quería convertirse en una actriz seria y se matriculó como alumna en el Actor’s Studio de Lee Strasberg. Era la escuela de actores más prestigiosa de su tiempo, semillero de estrellas, como Marlon Brando o Paul Newman. Reunía todo lo que Marilyn buscaba para enterrar el personaje con el que se había abierto paso en el cine y que detestaba: clásicos del teatro, intelectualidad, disciplina, prestigio. "Estoy cansada de que me consideren una “freak”, quiero ser una artista”, le dijo a Strasberg en su primera entrevista. El maestro captó enseguida la tormenta interior de la actriz y le aconsejó que se pusiera en manos de un psicoanalista para liberar su talento. Era raro y sobrenatural, un diamante sin pulir en el pozo de su dolor. Solo había visto algo así en Marlon Brando. Lee se convirtió en mentor y guía. Trabajaban en sesiones privadas, de las que la actriz salía arrasada por las lágrimas, pero eufórica. “Siempre he querido que la gente viera en mí no a la actriz, sino a la persona real –decía–. Lee lo ha conseguido. Me trata como a un ser humano”. Marilyn tenía 29 años. Cuando volvió a Hollywood, un año después, para rodar 'Bus Stop', a las órdenes de Joshua Logan, muchas cosas habían cambiado: por primera vez participó en las reuniones de guión, imponía su criterio en diálogos y escenas y, sobre todo, no se separaba de Paula Strasberg, la esposa de su maestro, convertida en su 'coach' personal.
Pocas relaciones hay tan desiguales y misteriosas como la que mantuvieron Marilyn y Paula. En las fotografías en las que aparecen juntas, la actriz dobla en estatura a Strasberg, siempre vestida de oscuro, como una viuda siciliana, con gafas de pasta y un severo recogido. Paula tenía entonces 45 años y bastantes kilos de más, que trataba de disimular con ropas amplias. Desde 'Bus Stop' y hasta la última película inacabada de Marilyn, seis años después, su figura negra y poco agraciada se convirtió en una presencia constante en los rodajes. Antes de cada escena, ambas susurraban en un aparte, y cuando la actriz era incapaz de acertar con sus frases, Paula la sostenía y juntas se alejaban para “concentrarse”. Se ocupaba de que comiera y descansara, disculpaba sus retrasos y combatía sus ataques de pánico. “Espero no volver a encontrarme con ese murciélago nunca más”, dijo John Houston tras rodar 'Vidas rebeldes'.

Paula había debutado en el teatro con 16 años, a finales de la década de los 20. Antes de convertirse en la segunda esposa de Lee Strasberg, se apellidaba Miller y era una chica judía estilizada y rubia, militante del Partido Comunista, lo que le valió un puesto en la lista negra del senador McCarthy.

Paula idolatraba a Lee e hizo todo lo posible para que el mundo conociera su genialidad: le presentaba a gente importante, ideaba la manera de conseguir contactos entre la intelectualidad neoyorquina y, sobre todo, dinero para pagar las facturas y mantener la escuela. Eran una pareja de ambiciosos y perfeccionistas, y vivían entregados al arte de la interpretación. Sus hijos adolescentes, Susan y John, también eran actores. Su casa estaba siempre llena de gente de la profesión. Paula cocinaba, consultaba las cartas del tarot, ofrecía refugio si las veladas se alargaban. “Mi madre era una extraña combinación entre proveedora de delicatessen, farmacéutica y madre judía”, escribe Susan Strasberg en sus memorias.

Marilyn, que nunca había podido desprenderse de la niña abandonada que había sido en la infancia, se convirtió en la tercera hija de Paula y Lee. Había conseguido que los críticos la tomaran en serio y se había casado con el escritor Arthur Miller, el hombre atractivo e inteligente con el que siempre soñó. Vivía en Nueva York una vida más libre que en Hollywood, y frecuentaba a renombrados intelectuales: Carson McCullers, Truman Capote... Pero el miedo no la dejaba vivir: temor a no conseguir decir sus diálogos, a decepcionar a los que admiraba, a perder su atractivo. La brillante estrella escondía una mujer rota y necesitada de una devoción y un amor extremos. Los Strasberg fueron la familia que nunca tuvo, y ella, la discípula devota. Su relación de amistad, especialmente con Paula, devino en una especie de nueva adicción. Los Strasberg hacían todo lo posible para que Marilyn se sintiera segura. Dormía a menudo en el apartamento familiar de Central Park West, en el que compartía habitación con Susan. Pasaba los fines de semana en la casa de vacaciones que poseían en Fire Island. Y cuando los desencuentros con Arthur Miller empezaron a ser constantes, casi vivía con ellos. “Necesitaba que alguien la sostuviera”, recordaba Lee Strasberg años después. “No queríamos que tomara tantas píldoras y por eso cogió la costumbre de dormir en casa. Me quedaba un rato con ella, hasta que se dormía”. Más de una vez, Lee la había levantado del suelo, atiborrada de tranquilizantes, y la había acunado entre sus brazos. Se comportaba con ella como un padre. ¿Estuvo enamorado de Marilyn? Paula siempre miró hacia otro lado. “No te preocupes, Susan –le dijo un día a su hija–, no es el tipo de tu padre. Es su talento lo que él ama en ella”. Si estuvo celosa alguna vez, nunca lo demostró. Al contrario, se consagró a Marilyn como si fuera una nueva religión. Monroe acudía a la consulta del psicoanalista cinco veces por semana. Sufría ataques de parálisis ante la idea de conocer gente nueva, se quedaba en blanco a mitad de una escena, llegaba a todas partes con 9 ó 10 horas de retraso. Consumida por la inseguridad, era capaz de peinarse y lavarse el pelo varias veces antes de salir.

Sus intentos de suicidio se contaban por decenas, igual que sus abortos (voluntarios e involuntarios). No podía dormir y tomaba barbitúricos a todas horas: a las tres de la mañana, aunque luego tuviera que levantarse a las seis, y después ingería estimulantes para despejarse. “Esta chica tiene rasgos esquizofrénicos”, afirmó sir Lawrence Olivier tras cuatro meses de rodaje infernal con la actriz en “El príncipe y la corista”. Paula empezó a encargarse de que Marilyn tuviera siempre a mano sus píldoras: había que sacar adelante las escenas. No se separaba nunca de un enorme bolso lleno de comida, medicinas, linternas, lupas y abanicos. Se convirtió en blanco de las burlas. Directores y productores la odiaban. Cuando la actriz escuchaba la palabra “¡corten!”, nunca miraba al director, sino a ella. “No soy el monstruo que dicen”, protestaba Paula. Cobraba 25.000 dólares por película, igual que algunos protagonistas de la época. Consideraba que era una compensación por su entrega: la tensión y las dificultades de Marilyn le provocaban migrañas. Tras rodar “Vidas rebeldes” tuvo una depresión. “Tenía un control total sobre Monroe”, recuerda el fotógrafo Lawrence Schiller.

Restringía el acceso a la actriz, hasta el punto de aislarla totalmente en los rodajes, y se encargaba de leerle las críticas, de disculpar sus ausencias o de entrar antes que ella en las fiestas para supervisar a los invitados y ponerla sobre aviso. Marilyn a menudo se quedaba en el coche y le pedía que asistiera a las reuniones en su lugar. Paula lo dejaba todo para acudir cuando la llamaba. Era una mujer inteligente y capaz, pero íntimamente frustrada, y empezó a vivir la vida a través de la actriz. “Creía que el encuentro con Marilyn era lo más importante que le había pasado a la familia, –recuerda Susan Strasberg–. A sus hijos nunca nos trató con la misma devoción y cariño”.

La ayuda que Paula había representado en los primeros años empezó a convertirse en una grave interferencia. “Su presencia, en vez de ayudarla, la hacía dudar”, cuenta el actor Don Murray. Marilyn tenía un don excepcional. Sabía muy bien cómo ser una estrella. ¿Qué pintaba allí Paula, como un ave de mal agüero, revoloteando a su alrededor?, se preguntaba Arthur Miller. “Su único talento era su habilidad para adular”, decía sir Lawrence Olivier. “Querida, eres la estrella más grande que existe, la más famosa. Todavía no sabes lo grande que eres. Más que Jesucristo, querida, y ellos deben darse cuenta”, le repetía a la actriz. Y Marilyn se lo tragaba. Nada podía gustarle más que su fama.

Fue al regresar a Los Ángeles, en 1961, tras el divorcio de Arthur Miller, cuando la relación entre ellas empezó a deteriorarse. Marilyn, narcisista y dependiente, siempre temía que tarde o temprano se aprovecharan de ella. Tanta insistencia en llegar a su “verdadero yo” empezaba a agotarla. Además, le inquietaba que los Strasberg dependieran financieramente de ella casi por completo. No es fácil tejer una amistad cuando hay dinero de por medio. Y Marilyn era rica y generosa: a Lee le pagó un viaje a Rusia; a John le regaló un coche por su mayoría de edad; a Paula, el collar de perlas con el que le obsequió el emperador de Japón…

El día antes de su muerte, Marilyn llamó a su abogado para decirle que cambiara su testamento, porque ya no quería que los Strasberg fueran sus herederos principales. Pero no le dio tiempo porque la actriz murió esa madrugada. Paula y Lee fueron de los pocos íntimos convocados por Joe DiMaggio al tanatorio. Mientras el organista tocaba, Lee dijo emocionado: “Tenía una luminosidad especial, una mezcla de melancolía, resplandor y anhelo, que la apartaba de los demás y que, sin embargo, hacía que todos desearan ser parte de ella”. Paula se encargó de recoger la casa californiana de Marilyn y su apartamento de Nueva York. Cada detalle de su vida fue empaquetado y enviado a un guardamuebles. Murió de cáncer cuatro años después. Quizá nunca la quiso desinteresadamente, quizá solo la adoró como se adora a los dioses de los que depende el sustento y el destino. Los últimos meses de la actriz fueron de aislamiento. En su buzón casi exclusivamente había facturas y recibos del banco. Ninguna nota de amistad, ningún mensaje de ánimo. Solo destaca una breve nota de Paula Strasberg, fechada a finales de 1961. Está firmada con un corazón y dice simplemente: “Ten fe”.

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domingo, marzo 29

Cuestión de experiencia

Uno de los personajes de "El contenido del silencio", de Lucía Echevarría: "Cuanto mayor es mi experiencia en el mundo, más aumenta mi ansia de fe, pero más disminuye mi capacidad de creer a ciegas."

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sábado, marzo 28

Azoteas de Nueva York



(Leído en la revista Tiempo del 22 de mayo de 2015)

Refinery Hotel, 63W 38th St.
Un edificio neogótico con un estupendo bar acristalado en la última planta. Desde su terraza se puede contemplar el Empire State mientras se disfruta un cóctel.

Peninsula Hotel Bar, 700 5th Ave.
Ambientado en el Shanghai de los años 30, ofrece una panorámica desde Central Park hasta Harlem, pasando por las riadas de turistas de la Quinta Avenida.

POD 39, 145E 39th St.
Una encantadora cafetería llena de color nos abre paso a esta maravillosa terraza de ladrillo iluminada con un tendido de bombillas. Ambientada con buena música, tomando un Margarita, en la barra tenemos un bonito atardecer con el río de fondo.

Upstair at the Kimberly, 45E 50th St.
En el corazón del Upper East Side se encuentra uno de esos lugares secretos poco frecuentados por turistas. El bar cuenta con techos acristalados y suelos con calefacción. Podemos admirar el emblemático edificio Chrysler.

Berry Park, 4 Berry St., Brooklyn.
En el curioso barrio de Williamsburg nos topamos con una enorme cervecería al aire libre, ideal para escuchar música en vivo, degustar cervezas artesanales o tomar un Bloody Mary contemplando Manhattan.

230 Fifth, 5th. Ave.
En plena Quinta Avenida está la azotea más grande de Manhattan. Un estupendo jardín climatizado para aguantar los días más fríos, y, si esto aún no es suficiente, los camareros ofrecen unos graciosos albornoces rojos, todo un espectáculo.

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viernes, marzo 27

Tradiciones de Reyes: cabalgata y roscón



(Un texto de Picos Laguna en el Heraldo de Aragón del 5 de enero de 2014. Un poco retrasado, si…)

Un pequeño/gran milagro es el que se produce cada noche del 5 de enero, cuando millones de niños se acuestan con la ilusión y la esperanza de ver hechos realidad sus sueños. Es esa noche tan larga, las más larga del año, la mejor del mundo mundial para el microcosmos infantil, que arranca durante la cabalgata de Reyes, un momento impagable en la vida de cualquier niño y de cualquier padre, cuyo entusiasmo le acaba convirtiendo en más fan de los Reyes que sus propios hijos.

Dicen los libros que la cabalgata de Reyes de Alcoy (Alicante) es la más antigua de España y, posiblemente, del mundo. Se celebra de manera continuada desde 1885, aunque hay antecedentes documentales que se remontan a 1866. Las de Aragón son más recientes, del arranque del siglo XX, y no hay rincón que no la tenga, porque se trata de mucho más que un desfile de carrozas típico de España y que también se dan en Andorra, República Checa y Polonia, y algunas ciudades del estado mexicano de Hidalgo y en la ciudad portuguesa de Monçao.

En tiempo de la colonización española, especialmente en Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, México y Uruguay, el día de Reyes era de asueto para los esclavos negros, que salían a las calles a bailar al ritmo de sus tambores. De ahí viene el nombre de Pascua de los Negros con que el día es aún conocido en algunos países como en Paraguay, donde la comunidad afroparaguaya celebra el día de su santo (San Baltasar). Los anglosajones dedican el 6 de enero a desmontar los adornos de la Navidad, una costumbre que se ha extendido a países de América Latina.

El origen de nuestro roscón es tan simple como original: se cocinaba un pastel en el que se escondía un haba o una pequeña moneda de plata y quien lo encontraba se encargaba de los festejos de esa noche. De prepararlos y de recogerlos. Con el tiempo, la fiesta evolucionó y se incluyeron bailes de máscaras y representaciones teatrales. Y un poco más en el tiempo, se le encargaba las fiestas de la Candelaria, el 2 de febrero, que es hasta cuando nuestra tradición dice que podemos tener los adornos navideños. Venga de donde venga la costumbre, que arrancó de la propia historia de los reyes que adoraron al Niño, se trata de algo mágico que nunca desaparecerá y que ganará por goleada a cualquier competidor...

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jueves, marzo 26

El duelo que costó un trono



(Un artículo de Luis Reyes en la revista Tiempo del 16 de abril de 2010)

Dehesa de Carabanchel, Madrid, 12 de marzo de 1870 - El duque de Montpensier mata en desafío al infante Enrique de Borbón y pierde la posibilidad de ser rey de España.

Los dos duques llegaron a la escuela de tiro de la Dehesa de Carabanchel vestidos con la reglamentaria levita negra. Sus padrinos habían discutido las condiciones del duelo con el ritual acostumbrado en aquellos lances de honor, esclavos de una etiqueta caballeresca. Se estableció que dispararían alternativamente, sorteándose el orden y la colocación; se fijó la distancia, 9 metros, marcada por dos piquetes.

El día de antes habían comprado dos pistolas de duelo en Ormaechea, el armero vizcaíno, se comprobó que no habían sido usadas, que estaban en buenas condiciones y se permitió probarlas a los duelistas. El duque de Sevilla no se había molestado en practicar el tiro, parece que el de Montpensier sí lo había hecho las dos tardes de antes. Como tenía defectos de visión, se le autorizó a usar gafas, según recoge el acta.

Le tocó disparar primero al duque de Montpensier, que erró el tiro; también falló el de Sevilla. El honor ya estaba a salvo, pero al contrario que en otros duelos que se consideraban así resueltos, habían establecido que seguirían disparando hasta que se hiciera sangre. Montpensier hizo pues el tercer disparó de la mañana, con la fatalidad de que impactó justo en la frente de su adversario. El duque de Sevilla cayó por tierra, muerto.

El ganador del desafío fue por tanto Antonio de Orleans, hijo pequeño del ex rey Luis Felipe de Francia, infante de España por su matrimonio con doña Luisa Fernanda, hermana de la reina Isabel II... y desde hacía 24 años pretendiente por diversos medios al trono español.

Pero esa victoria sería en realidad la mayor derrota de su vida, por la identidad del muerto. El duque de Sevilla era don Enrique de Borbón, infante de España por nacimiento y no por matrimonio, nieto de Fernando VII y hermano del rey Francisco de Asís, el marido de Isabel II. Montpensier había derramado sangre real española y eso le despojaría de todas las posibilidades de reinar en la Corte de Madrid.

El duque de Montpensier había nacido en Neully, cerca de París, en 1824 y era el quinto hijo de Luis Felipe de Orleans, que se convertiría en el rey burgués de los franceses tras la Revolución de 1830. Dedicado a la milicia desde muy joven, había combatido valientemente en la conquista de Argelia, siendo incluso herido en combate. Cuando tenía 22 años, su padre intentó casarlo con Isabel II, lo que le hubiera convertido en rey de España, pero Inglaterra no podía permitir que Francia y España formasen un bloque continental y amenazó con una guerra.

El candidato de Galdós.

Como premio de consolación, el duque de Montpensier se casó con la hermana pequeña de Isabel II, Luisa Fernanda. Fue una desgracia histórica, pues la política española habría sido muy distinta si Isabel II, en vez de casarse con un pusilánime clerical y reaccionario como Francisco de Asís, a quien despreciaba porque era incapaz de darle satisfacción sexual, lo hubiera hecho con un hombre de valor, carácter y virtudes cívicas como Antonio de Orleans. Pérez Galdós lo dice muy claro:

“Todos los males de la patria provenían del matrimonio de la reina. Habría sido muy acertado casarla con Montpensier, que era gran príncipe, un político de talento y el hombre más ordenado y administrativo que teníamos en las Españas [...] Si viniera una revolución gorda y hubiera que cambiar la monarquía, ninguno como ése para hacernos andar derechos y ajustarnos las cuentas; créanlo, ninguno como ese Montpensier”.

Todavía le quedaron esperanzas a Montpensier de ser, si no rey, al menos regente, de manejar la monarquía española, pues pronto estuvo claro que Francisco de Asís era incapaz de hacerle un hijo a Isabel II. La corona pasaría por tanto a la hermana de la reina o a los hijos que tenía con Montpensier. Sin embargo, Isabel II remedió las carencias maritales teniendo, con varios amantes, hijos oficialmente legítimos.

Perdida pues esta segunda oportunidad, a Montpensier no le quedaba otra que conspirar contra Isabel II, hacerla caer del trono y postularse como sustituto. Le pillaron financiando lo que sería la Revolución Gloriosa de 1868 y hubo de exiliarse en Portugal hasta la caída efectiva de Isabel II. Entonces regresó y empezó la campaña por su candidatura al trono vacante.

No tenía malas opciones: con él sería reina de España la otra hija de Fernando VII, Luisa Fernanda, y tenía el apoyo del general Serrano, uno de los hombres fuertes de la Revolución del 68, el vencedor de Alcolea y jefe del primer Gobierno provisional. Desgraciadamente, un simple artículo de prensa se cruzó en su camino. Lo había publicado en La Época el infante don Enrique, hermano del ex rey Francisco de Asís, denunciando las maniobras para ocupar el trono español de “el duque francés”.

No parece objetivamente un grave insulto, pero Montpensier se lo tomó como tal por el tono y las intenciones y sintió la necesidad de reivindicar su honor ultrajado. En la época los caballeros resolvían esas cuestiones en duelo.

Un mes de arresto.

La desgraciada muerte de don Enrique conmocionó a España y a toda Europa. Dado el carácter de militar de Montpensier –Isabel II le había nombrado capitán general- se le formó consejo de guerra. Como solía hacer la Justicia en los casos de duelo, se determinó que la muerte del infante había sido “accidental”, y a Montpensier le impusieron un mes de arresto.

Pero el auténtico juicio tuvo lugar en las Cortes a finales de año. Cuando el 16 de noviembre de 1870 las Cortes Constituyentes votaron quién debía ocupar el trono español, el “duque francés” sólo obtuvo 27 votos, frente a los 191 del candidato del general Prim, el príncipe italiano Amadeo de Saboya.

El berrinche del duque de Montpensier fue tal que se negó a reconocer al nuevo rey, perdió su grado de capitán general y fue desterrado a Baleares, aunque volvería a Madrid al ser elegido diputado por San Fernando (Cádiz). Aquí volvió a conspirar contra Amadeo, como había hecho contra Isabel II, y algunos señalaron su mano como la que pagó a los asesinos del general Prim. El más probable ejecutor del magnicidio, el republicano Paúl y Angulo, acusaba a Montpensier de haberlo orquestado, aunque es muy posible que mintiese interesadamente.

Todavía se acercó, aunque indirectamente, al trono de España cuando el joven Alfonso XII, nuevo soberano repuesto después de los fracasos de Amadeo y la I República, sintió un flechazo de amor por la hija de Montpensier, María de las Mercedes. Pero tampoco tuvo suerte. La desgraciada Mercedes solamente vivió seis meses y un día tras la boda. Y aunque Montpensier lo intentó, Alfonso XII no quiso casarse con otra de las hijas del “duque francés”.

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miércoles, marzo 25

Hermanos Grimm: no son cuentos para niños



(Un texto de E. Font en el XLSemanal del 17 de febrero de 2013)

'Caperucita Roja', 'La cenicienta', 'Blancanieves', 'Hansel y Gretel'... Casi ningún cuento infantil existiría hoy sin los hermanos Grimm. No los inventaron, pero los rescataron de la tradición oral y los pusieron sobre un papel. Nunca se propusieron escribir para niños. Querían fundar la gramática y la filología alemanas. Construir una identidad nacional. Dos siglos después de la publicación de los relatos que les dieron fama mundial, indagamos en la extraña personalidad de estos genios que hoy serían calificados de auténticos 'frikis'.

«No deberíamos separarnos nunca», escribió Jacob Grimm a su hermano Wilhelm desde París, en 1805. Tenía 20 años. Y así fue. Vivieron juntos toda su vida.

Jacob terminaba ese año en París sus estudios de Derecho, pero apenas estuvo diez meses separado de su hermano. Esa unión fraternal, íntima como pocas, comenzó desde su nacimiento (Jacob, en 1785, y Wilhelm, un año después). Fueron los dos hijos mayores de un acomodado magistrado de Hanau y de la hija de un concejal. Tras ellos nacieron otros seis hermanos. Ni ellos ni Alemania lo tuvieron fácil en aquella época. Tras la independencia de Estados Unidos, en Francia rugía la Revolución; y Alemania, un mosaico de reinos, principados y condados diminutos, buscaba su propia identidad nacional en medio de cruentas luchas por el poder y ocupaciones militares.

En ese contexto se entiende el trabajo que los haría famosos. A partir de 1806, y durante seis años, los hermanos Grimm se dedicaron a reunir cuentos, mitos y leyendas populares, transmitidas hasta entonces de forma oral. Su afán no era entretener a los niños, sino salvaguardar su país. Los Grimm tenían una misión: querían honrar una parte de la historia cultural alemana que, creían, se perdería para siempre. Ese fue el motor de todo su trabajo, que no se limitó a los cuentos. Sus trabajos sobre gramática y mitología y, especialmente, su monumental diccionario pusieron los cimientos de la Germanística como disciplina académica.

Pero a los Grimm les costó hacerse un hueco entre la intelectualidad alemana. En 1796 quedaron huérfanos: su padre murió de forma repentina... y con él se acabaron los ingresos familiares. De Hanau se fueron a vivir con una tía a Kassel, que los envió, con 12 y 13 años, a un liceo de clase alta, pagado por ella, pero donde no fueron muy bien recibidos dada su penuria económica.

Compartían la misma cama y superaron juntos la soledad y el desdén social estudiando diez horas al día. Allí mismo un profesor, Friedrich Carl von Savigny impresionado por el ansia de aprender de Jacob, le abrió su biblioteca privada, encendiendo en él su obsesión por la literatura alemana, las leyendas y los cuentos.

A los 17 años, Jacob se fue a estudiar Derecho a la Universidad de Marburg, y Wilhelm lo siguió un año después. De nuevo fueron excluidos de la vida social por su escasez de dinero, lo que los llevó a centrarse obsesivamente en sus estudios. Con todo, Jacob y Wilhelm eran muy distintos. La mayoría de los retratos que conocemos de ellos los realizó su otro hermano, Ludwig Emil, autor también de las ilustraciones de sus libros de cuentos. En esos retratos, Jacob aparece erguido, con la frente alta, desafiante; Wilhelm, enfermizo, con la mirada perdida. El mayor era introvertido e irascible; el pequeño, encantador y sociable.

«Pero los dos eran muy obstinados», dice Andreas Döring, director del Youth Theater Göttingen, que los ha estudiado a través de cartas y documentos. Döring tiene su propia definición de los hermanos: «Eran adictos al trabajo, moralistas y muy 'frikis'». Jakob era un auténtico nerd de la época, encerrado siempre entre libros y reacio a relacionarse socialmente, especialmente con mujeres. Wilhelm, en cambio, tenía éxito con las chicas y mantuvo un sonado romance con una joven hasta que la acaudalada familia de esta acabó prohibiendo la relación por la diferencia de clase. Su precaria situación había empeorado en 1808, cuando perdieron a su madre. Jacob trabajaba en la biblioteca de Kassel, pero apenas podía mantener a sus cinco hermanos. A Wilhelm le fue difícil encontrar empleo debido a problemas de asma y a un padecimiento cardiaco. Los Grimm vivían tan austeramente que en 1812, el año en que se publicaron sus primeros cuentos, sobrevivían con una comida al día.

La primera edición de los cuentos no resultó un alivio económico. Apenas se vendió. La edición de 1825, que se imprimió en formato pequeño y más barato, en cambio, ya llegó al público. Ahora bien, no al que ellos esperaban, los intelectuales germanos, sino a otro: los niños. Llegaron a hacerse más de diez ediciones y pronto se tradujo al inglés.

A partir de ahí, los hermanos comenzaron a suavizar las historias, hacerlas menos cruentas, eliminar la sexualidad explícita y el maltrato y abandono de los padres en los relatos (por otro lado, habitual en la época) para que pudiesen ser accesibles a todos los públicos.

En 1825 ocurrió algo que, sin duda, tuvo que ver con este sutil giro. Wilhelm contrajo matrimonio con Henriette Dorothea Wild, la hija del boticario, que desde hacía ya más de 15 años los ayudaba a recopilar algunos de los cuentos populares. Dortchen, como la llamaban, fue elegida por los hermanos con pragmatismo alemán. Alcanzados los 35 años, decidieron que uno de ellos tenía que casarse. Necesitaban una mujer en casa. Y alguien capaz de comprender su obsesión por el trabajo y su otra determinación: vivir juntos. Dortchen pareció entenderlo, porque los tres vivieron juntos con los cuatro hijos del matrimonio.

La convivencia con Dorothea, desde luego, dio para habladurías. El filólogo Richard Cleasby, estudioso de los Grimm, asegura que la armonía en el hogar era tal «que uno puede imaginar que los niños eran propiedad común». De hecho, una novela especula sin la menor prueba documental con que la hija pequeña de Dorothea, Barbara Auguste, era en verdad hija de Jacob. Wilhelm y Dorothea llamaron Jacob a su primer hijo, que murió antes de cumplir un año. Tuvieron después otros tres niños que sobrevivieron, Herman, Rudolf y Barbara Auguste. Herman, un erudito como ellos dedicado a la cultura alemana, fue profesor de Filosofía y Derecho y editor de varios libros de Goethe. Murió en 1901 tras haberse convertido al budismo; Rudolf fue abogado y murió en 1889. Dos años después falleció su hermana. No les sobrevivieron descendientes directos.

En la labor de recopilación de los cuentos, los Grimm se valieron de la ayuda no solo de Dortchen, sino de unas 40 personas. La principal fuente, y la única reconocida con nombre y apellido, fue Dorothea Viehmann, hija de un tabernero que había oído muchas historias de viajeros. Uno de sus tesoros es La cenicienta. Otra de sus informantes aparece registrada con el nombre de Marie, amiga de los Grimm, y fue quien les narró Caperucita Roja, Blancanieves y La bella durmiente.

Los Grimm pagaban por los cuentos, que etiquetaban y archivaban. Eran verdaderas ratas de biblioteca, exploradores de los misterios de la lengua; muchos de los cuales llegaron a resolver y dominar de forma magistral. Sagas danesas, gramáticas serbias, variaciones de la pronunciación del alemán, sánscrito... Todo les interesaba.

También la política. Sus ideas liberales le valieron a Jacob en 1837 la expulsión de la Universidad de Gotinga, aunque poco después fue elegido miembro de la Academia de Ciencias de Berlín. Y por su defensa durante años de la reforma democrática, Wilhelm logró en 1848 un acta de diputado en el primer parlamento alemán elegido democráticamente. Sin embargo, en los últimos años de sus vidas dejaron la política y la enseñanza para concentrarse en su obra magna: el gigantesco Diccionario alemán, de no menos de 32 volúmenes. Pese a que no lo acabaron, la obra sigue considerándose una referencia esencial para la etimología alemana.

Wilhelm murió en Berlín a los 73 años. Jacob, poco después, a los 78. Hasta el último instante estuvo escribiendo entradas para el diccionario. Su última anotación fue la definición de frucht, 'fruta'.

Cinco cosas que no sabe de los cuentos

1. Nacionalismo. A comienzos del siglo XIX, la fiebre nacionalista bullía en Europa. Alemania era un mosaico de varios reinos y se hizo necesario construir la nación sobre la base de una lengua y una poesía comunes. Los Grimm creían que los relatos populares guardaban el ser primigenio de los alemanes y consolidarían el país.

2. Machismo. Las mujeres de sus cuentos son rencorosas, malvadas, vanidosas, crueles. Hansel y Gretel son abandonados por su madre en el bosque. Es más, es ella la que insiste en abandonarlos, pese a las protestas del padre. El cuento se adentra en otro tabú germánico aún más profundo: el canibalismo. Hansel debe sacar su dedo de la jaula para que la bruja compruebe si los niños están ya gordos como para sacrificarlos. Un canibalismo que fue común en la Guerra de los Treinta Años.

3. Nazismo. Los aliados consideraron que los cuentos de los hermanos Grimm fueron un caldo de cultivo perfecto para los delirios nazis. Por eso, los los prohibieron al final de la Segunda Guerra Mundial. El mayor británico T. J. Leonard, por ejemplo, pensaba que los alemanes habían acostumbrado a sus hijos «a toda suerte de crueldades y perversidades», por lo que era fácil para ellos asumir «el papel de verdugo». El escritor Günther Birkenfeld, llegó a atribuir a los cuentos «las atrocidades de Belsen y Auschwitz».

4. Marxismo. Pese a ello, los cuentos fueron rehabilitados enseguida en la zona alemana de ocupación soviética. ¿La razón? La familia Marx los había tenido en muy alta consideración. En la RDA estaban considerados una herramienta educativa proletaria y activadora de la conciencia de clase.

5. Culto asiático. En China y Japón, los cuentos de los hermanos Grimm son tanto o más populares que en Alemania. Los asiáticos son los que más visitan su museo y los bosques que inspiran sus cuentos.

Para saber más: www.grimms.de. Web del Museo de los Hermanos Jacob y Wilhelm Grimm en Kassel (Alemania). The brothers Grimm: two lives, one legacy. Donald R. Hettinga. Clarion Books. Nueva York, 2001.

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