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viernes, octubre 31

Chaplin antes de Charlot



(Un texto de Fátima Uribarri en el XLSemanal del 28 de septiembre de 2014)

Vivió en cuartuchos húmedos y en asilos para pobres con su madre, una actriz cómica que acabó desnutrida y demente. Con ella debutó Charles Chaplin, a sus cinco años, en un antro londinense. No fue fácil su camino hasta conquistar Hollywood, pero todo cambió al crear a su eterno Charlot, el vagabundo que hacía reír y llorar al mismo tiempo y el cual cumple cien años.

Hannah Hill era una cómica de vodevil con dos hijos Sydney, de nueve años, y Charlie, de cinco de distintos padres. Pese a sus muchas dificultades, era alegre y cariñosa. Y por no dejar a sus niños solos en turbias habitaciones alquiladas, cuando ella actuaba, se los llevaba al teatro.

Una noche, en The canteen -un tugurio lleno de soldados-, Hannah se quedó sin voz mientras actuaba. Atronaron los insultos y silbidos, y ella debió abandonar el escenario, desesperada. En bastidores, el director de escena le dijo que saliera el niño a quien había oído cantar a veces. Así debutó Charles Chaplin, con cinco años y ante un público difícil. Ante el resplandor de las candilejas, el niño cantó y gustó. Tanto que empezaron a llover monedas sobre el escenario. «Inmediatamente me interrumpí y dije que cogería el dinero antes de seguir cantando», cuenta el propio Chaplin en su Autobiografía (Lumen). El director acudió a ayudarlo a recoger las monedas, pero Charlie pensó que el hombre quería quedarse con su dinero y comenzó a perseguirlo. «No volví a cantar -contó Chaplin- hasta que se lo entregó todo a mamá». 

El niño continuó actuando e incluso improvisó imitaciones; una de ellas, de su propia madre. Llovieron aplausos y más monedas, que aumentaron cuando Hannah se unió a Charlie en el saludo final. «Aquella noche fue mi primera actuación y la última de mi madre», agrega también en su Autobiografía

Charles Chaplin [Inglaterra, 1889 - Suiza, 1977], el hombre que inventó a Charlot, uno de los artistas más ricos e influyentes del siglo XX, tuvo una infancia dickensiana que asoma en sus películas. Vivió en cuartuchos de Londres donde «el aire viciado hedía a gachas rancias y a ropa vieja», cuenta. Pero reconoce que, de niño, «apenas era consciente de la crisis porque vivíamos en una constante crisis». Además, contó con el cariño de su madre, tierna y quebradiza, que acabó incluso demente, pero de quien -dice Chaplin- aprendió la compasión y el amor.

A Hannah la habían abandonado los padres de sus hijos; el de Sydney era un hombre mucho mayor que ella, de buena familia, con el que no se casó; el de Charlie, un actor cómico alcohólico. Mientras ella pudo actuar, mantuvo a sus hijos con desenvoltura: llegó a tener buen cartel. Pero la edad y los achaques le bajaron el telón. Pasó a coser camisas a destajo y con tarifas de esclava. Y, aun así, el dinero no daba.

Desde muy niños, Sydney y Charlie buscaron trabajillos para aportar algo, pero la afección mental y la desnutrición acabaron por derrumbar a Hannah: los tres pasaron temporadas en asilos públicos.
Charlie fue recadero y botones, trabajó en una imprenta, en una compañía de claqué... Cuando Sydney creció, se embarcó en un mercante y enviaba dinero a casa. Fue él quien consiguió que le hicieran una prueba a su hermano para actuar. Así, Charlie se convirtió en actor con 12 años: su primer papel importante fue el de Billie, el botones de Sherlock Holmes. Recorrió Inglaterra con pequeñas compañías de teatro y poco a poco fue haciendo oficio.

En 1910, Chaplin llegó a América, su ansiado destino. Fue con la compañía de teatro de Fred Karno. Trabajó en varias obras y realizó giras por Chicago y San Francisco. Fue una etapa dura, de mucha soledad, cuenta. Tenía sus propias ideas -que solían chocar con las del director- y hambre de conocimiento (apenas había ido a la escuela); leía a Schopenhauer y ansiaba ser un hombre ilustrado, «no por amor a la ciencia –dijo-, sino como una defensa contra el desprecio que siente el mundo por el ignorante».

Su gran oportunidad se la dio Mack Sennett, que lo fichó para el cine en 1913. Para él fue una ventana de nuevas posibilidades: no había que repetir el mismo papel cada día, se trabajaba rápido y se rodaba en una sola jornada.

De nuevo, Chaplin chocó con los directores: se le ocurrían escenas y gags, los proponía, pero no le hacían caso. Hasta que un día que le pidieron una escena ocurrente para suplir unos gags, Chaplin se inventó a Charlot. Fue en 1914. Había nacido un personaje mítico. El primer filme de Charlot, Making a living, se estrenó ese mismo año. El personaje siguió inspirando a Chaplin cientos de gags y despertó algo nuevo: el sentimentalismo en el humor. De ello habla mucho en su Autobiografía: de su querencia por la melancolía, de su timidez, de la aplastante sensación de soledad que sintió incluso cuando logró el ansiado éxito y pasó a ser rico.

«El éxito, dijo, sirve para que lo quieran a uno». Pero en amores no le iba demasiado bien al inicio. Sus dos primeras esposas eran adolescentes [tenían 16 años] a las que había dejado embarazadas. Mildred Harris, la primera, perdió al niño al poco de la boda. Con Lita Grey, la segunda, tuvo dos hijos: Charlie júnior y Sydney. De Mildred habla como de algo pasajero. De Lita, ni pronunciar el nombre: todo acabó en escándalo. Ella lo acusó de maltrato, racanería suprema y de obligarla a practicar «aberraciones sexuales». Los tabloides americanos disfrutaron con la guerra por el divorcio. El juez sentenció a favor de ella: Chaplin debía pagarle 825.000 dólares; entre otros motivos, por haber ejercido una intolerable crueldad mental.

No fue su único batacazo judicial por temas de 'faldas': años después, Joan Barry una alocada aspirante a actriz lo acusó de ser el padre de su hijo. De nuevo perdió Chaplin, aunque los análisis de sangre negaban su paternidad. Con su tercera mujer, Paulette Goddard, una actriz ya de renombre, la relación fue menos tempestuosa. Por esa época, Chaplin ya un meteoro imparable hacia el éxito filmaba a destajo. Escribía, dirigía y a veces componía la música de sus filmes. «Para hacer una buena comedia solo necesito un parque público, un policía y una chica guapa», decía. Pero surgió un imprevisto: el cine sonoro. 

Le costó digerirlo. «¿Qué voz tiene Charlot?», se preguntaba. 

Siguió filmando sin sonido, a contracorriente, y le fue bien. El chico, La quimera del oro, El circo, Luces de la ciudad, Tiempos modernos... Obras geniales. Pero en 1940 se rindió: El gran dictador fue sonora... en todos los sentidos del término. 

Se la sugirió el cineasta Alexander Korda: Hitler y tú tenéis el mismo bigote, ¿por qué no haces una película? Chaplin estuvo de acuerdo: «Hitler es una mala imitación mía», dijo. El gran dictador fue un proyecto difícil [tardó dos años en desarrollar la historia] y con sinsabores. Mil veces dijo después que, de haber sabido de la existencia de los campos nazis, no habría hecho el filme. Lo sorprendente es que tuvo problemas de censura en Gran Bretaña y los Estados Unidos. La situación empeoró cuando Chaplin se pronunció a favor de abrir un segundo frente en la Segunda Guerra Mundial, de echar una mano a los soviéticos que luchaban contra Hitler desde el este. Lo acusaron de comunista. Hubo boicots contra sus películas, críticas en la prensa...

Además, todo coincidió con la demanda de paternidad de Joan Barry y su romance con Oona O'Neill, la hija del dramaturgo Eugene O'Neill, su 'nueva' adolescente: ella tenía 17 años y él, 53.
Se casaron en cuanto Oona cumplió los 18, y esta vez sí funcionó. Tolerante, de una belleza luminosa, dulce, atractiva... Chaplin se deshace en elogios hacia ella y se congratula de haber encontrado a una mujer que no quiere ser actriz, sino que prefiere dedicarse a ser su esposa. Eso hizo Oona: dedicó su vida al genio y a los ocho hijos que tuvieron. Con ella, Chaplin vivió sus últimos años en Suiza. Se marchó, desencantado, de los Estados Unidos en 1953 y en el barco recibió la notificación que le prohibía la entrada en el país. Regresó en 1972 para recoger un Óscar honorífico. Hollywood le dijo adiós con una ovación de doce minutos, la más larga jamás registrada. 

Chaplin y las adolescentes

-La primera, Mildred Harris
Se casaron al quedarse ella embarazada a los 16 años. Perdió ese bebé. Y otro que tuvo después, solo vivió tres días. El matrimonio duró dos años.
-La segunda, Lita Grey
Tenía también 16 años al conocerse. Tuvieron dos hijos y acabaron en los tribunales. Ella lo acusó de maltrato.
-La tercera, Paulette Goddard
Fue una relación más tranquila. Buenos amigos al inicio, se casaron y, cuando la distancia era insalvable, se divorciaron sin mayor escándalo.
-La definitiva, Oona O'Neill
Chaplin y Oona O'Neill, la hija del dramaturgo Eugene O'Neill, iniciaron su relación cuando ella tenía 17 años y él, 53. La actriz Geraldine Chaplin, uno de los ocho hijos que tuvieron él y Oona, cuenta que su padre le enseñaba siempre a su mujer lo que escribía y que tenía muy en cuenta sus opiniones. Dice también que era severo, trabajador y disciplinado: «Se pasaba meses ante un papel en blanco buscando la perfección, agrega Geraldine. Tenía mucha humanidad y sentido de la justicia e intentaba entender a todos sin renunciar a sus principios. Y sí, le gustaban las jovencitas, ¡pero se casaba con ellas!».

Su persecución política

¿Fue Comunista?
Su intervención a favor del Frente Soviético y contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial agravó la tensa relación que mantenía con el gobierno de los Estados Unidos. Eran los tiempos de la caza de brujas y las listas negras en Hollywood. Chaplin nunca había ocultado sus simpatías por los laboristas británicos (aunque en la foto pose con el conservador Winston Churchill en 1931) y había confesado cierta filia socialista, pero negó ser comunista. Con todo, el Comité de Actividades Antiamericanas lo puso en el punto de mira. En 1953, cansado del acoso, Chaplin se marchó de los Estados Unidos. Volvió en 1972, a recoger un Óscar honorífico. 

El día que se inventó a Charlot
Un personaje polifacético y nada armónico. «Necesitamos unos gags. Maquíllese y póngase un disfraz cómico. Cualquier cosa», le dijo el actor Ford Sterling a Chaplin durante el rodaje de la película Extraños dilemas de Mabel, donde el inglés tenía un pequeño papel. «Al dirigirme hacia el vestuario, pensé que podría ponerme unos pantalones muy holgados, unos zapatones y añadir al conjunto un bastón y un sombrero hongo, quería que nada fuera armónico», cuenta Chaplin. Como le habían dicho varias veces que era muy joven, se pintó un bigote que lo envejeciera, sin ocultar su expresión. 

De camino al set empezó a contonearse y a hacer molinetes con el bastón. «Este personaje es polifacético: es a la vez un vagabundo, un caballero, un poeta, un soñador, un tipo solitario que espera siempre el idilio y la aventura», explicó a Sterling. «Suba al plató y veremos qué puede hacer», le dijeron. La escena discurría en el vestíbulo de un hotel. Chaplin se sentía como «un impostor que se hacía pasar por uno de los huéspedes, cuando en realidad era un vagabundo que buscaba cobijo. Entré y tropecé con el pie de una dama. Me volví y me quité el sombrero; luego choqué con una escupidera; me volví una vez más y levanté el sombrero ante la escupidera». Las carcajadas resonaban en el plató. Acudieron actores de otros estudios, escenógrafos, carpinteros, sastres. Todos se desternillaban. Charlot había triunfado.

jueves, octubre 30

Algunos datos sobre Trafalgar



(Un texto de Eduardo Punset en el XLSemanal del 14 de septiembre de 2014, publicado con el título “¿qué piensa un británico cuando recuerda Trafalgar?”)

Ayer estuve en Londres y pasé por delante de Trafalgar Square. Recordé todas las veces que había querido evitar esta plaza. Nunca admiré aquella ruta obligada para alcanzar la National Gallery. Todo era ruido y tránsito. Sin embargo, ayer me detuve en su centro y pensé: «¿Cuántas personas de las que pasan por Trafalgar Square conocen el cabo de trafalgar, en la provincia de Cádiz, entre Conil y Barbate?».

Cuando un británico piensa en Trafalgar, ve una batalla ganada con naves grandiosas que involucraron a toda la flota del imperio. ¿Pero qué vinculo guarda la plaza de Trafalgar con el lugar donde acaeció esa batalla en 1805?

Pensé en Mary, una amiga inglesa que, al regresar de su primera visita al cabo de Trafalgar, me contó cuánto le costó imaginar que «aquella playa con casas desparramadas había sido el escenario de batallas imperiales». El abismo que había entre la plaza de Trafalgar de Londres y aquella playa solitaria y rocosa afectaba su percepción histórica. Aunque leyó el póster explicativo plantado en la arena de la playa, dudó de lo que relataba el texto: «¿Aquí? ¿La batalla de trafalgar? ¡No puede ser!».

Su incredulidad frente al cartel la llevó a leer la historia de la batalla de Trafalgar. «Pero lo que más me impactó –siguió contándome– no fue la batalla, sino las nueve epidemias de fiebre amarilla que azotaron Cádiz y Sevilla a partir de 1800. La que más menguó la población, provocando la interrupción de todas las actividades, fue la primera de una oleada ininterrumpida que duraría hasta 1819. De los 80.568 habitantes de Sevilla, 76.393 enfermaron y 14.685 murieron. Las consecuencias sobre la población obligaron a reclutar marineros en una leva que el militar José de Mazarredo describió así: «Llenamos los buques de una porción de ancianos, de achacosos, de enfermos e inútiles para la mar». Y con buques cuyo estado era tan lamentable que algunos capitanes españoles sufragaron de su bolsillo las reparaciones y la pintura de sus barcos.

Hacía más de 50 años que no se actualizaba la flota de guerra, que si bien se mantenía en pie para intentar defender el imperio, ya no estaba en condiciones de sostener enfrentamientos a gran escala contra la más moderna de las flotas. El general Antonio de Escaño escribió: «esta escuadra hará vestir de luto a la nación en caso de un combate, labrando la afrenta del que tenga la desventura de mandarla». No fue el único en avisar.

La derrota se reseñó antes de que esta sucediera. Algunos propusieron una estrategia de dilación en el puerto, esperando que la flota inglesa pudiera verse debilitada en la mar por las tormentas invernales. Pero al análisis cauto y realista de los españoles se contrapusieron objetivos de otra índole, los de Napoleón y de su almirante Villeneuve.

Napoleón despreciaba a Villeneuve y había decidido descartarlo dejándole llevar a cabo una batalla que se daba de antemano por perdida. Por su parte, Villeneuve, que esperaba recuperar la confianza perdida con una gran victoria, no quiso retrasar la batalla.

Ocurrió lo previsto.

Villeneuve perdió la batalla, lo exiliaron y lo ejecutaron. Con aquella historia que me contó Mary, aprendí que la plaza de Trafalgar recuerda una batalla que ocurrió por objetivos dispares y que se llevó adelante a pesar del aviso de derrota. Tal vez por ello no recordé nada concreto cuando –como esta mañana– atravesé la plaza de trafalgar para ir a la National Gallery.

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miércoles, octubre 29

La oscura Edad Media



(La columna de Juan Manuel de Prada en el XLSemanal del 2 de febrero de 2014)

Entre los tópicos más estúpidos y enquistados en la mentalidad contemporánea se cuenta considerar que los casi mil años que transcurren entre la caída de Roma y la pérdida de Constantinopla fueron un periodo oscuro en la historia de la humanidad. Tópico tan simplista que solo puede haber sido lanzado por mentes desquiciadas, o bien animadas por el odio (si es que ambas cosas no son la misma); y solo puede haber prendido en mentes arrasadas por la propaganda. Cuando lo cierto es que la Edad Media llegaría a albergar una forma de civilización como quizá no se haya dado en ninguna otra época, que alcanzaría su apogeo en el siglo XIII y auspiciaría las más nobles creaciones del genio humano.

La misma denominación de Edad Media se trata, en realidad, de un sinsentido. Tomada en su acepción literal, tal denominación presupone una división tripartita de la Historia: por un lado la Antigüedad clásica, por otro la Modernidad, y entre ambas una edad de tinieblas que seguiría a los siglos de luz que fueron los de la Antigüedad clásica y que precede a los siglos de plenitud y progreso indefinido que son los modernos. Por supuesto, esta denominación de 'Edad Media', tan esquemática y grosera, no es inocente; fue impuesta por los humanistas, en quienes se mezclaban prejuicios religiosos y dudosos criterios estéticos, para enseguida prender en los ambientes reformistas, a los que convenía una caracterización siniestra de la época medieval para justificar su rebelión. Luego proseguirían esta tarea de demolición los filósofos ilustrados y, de un modo diverso, los románticos, cuyo gusto por las épocas pretéritas no era sino licencia para construir una Edad Media tergiversada que, si bien redescubrió la tradición caballeresca o la poesía de los trovadores, sirvió a su exaltación del vitalismo, la autonomía personal y los nacionalismos.

Existe una explicación -digámoslo así- psicológica que ayuda a entender la aversión que los apóstoles de la modernidad tienen por la Edad Media. El hombre medieval tenía un sentido de la filiación que el hombre moderno desdeña. En la Edad Media, el legado del pasado se juzgaba respetable; en la Edad Moderna, el hombre cree incuestionablemente en el progreso indefinido, y para ello necesita descalificar el pasado. Así se entiende, por ejemplo, la beligerancia iconoclasta de los humanistas del Renacimiento contra el arte gótico, que tildaban de bárbaro; también el odio hacia las instituciones políticas y asociativas creadas durante la Edad Media, que adquirirá gran virulencia durante la época de la monarquía absolutista, para alcanzar cotas delirantes con el liberalismo; o, por referirnos a una época más reciente, el desprestigio al que se somete al más potente intelectual que la sangre europea haya dado al mundo, santo Tomás de Aquino, y a su método filosófico. Y es que a la mala conciencia de nuestro mundo envilecido le conviene que no se sepan muchas cosas que ocurrieron durante la Edad Media: el reparto de la tierra entre muchos (a diferencia de lo que ocurre hoy con el reparto de la riqueza), el auge de gremios e industrias cooperativas, la existencia de monarcas que defendían a sus súbditos frente a la nobleza (a diferencia de lo que ocurre en nuestra época, en la que los gobiernos son zascandiles del capitalismo financiero que estruja y vampiriza a la 'ciudadanía', que es como ahora se llama el pueblo reducido a masa amorfa que ha renunciado a sus prerrogativas humanas, a la vez que se refocila en el disfrute de sus 'derechos', que ahora ya solo son de cintura para abajo, pues los otros salen muy caros al Estado).

Todos los tópicos acumulados contra la Edad Media se intensifican en el caso español, por haberse constituido nuestra nación histórica sobre la asunción de una identidad religiosa y en combate con la invasión musulmana. Los promotores de la leyenda negra pintaron enseguida unos reinos cristianos bárbaros y crueles, frente a una España musulmana refinada y sensible que nunca existió. Pero, extrañamente, esta visión desquiciada llegaría a prender en la propia conciencia española, tan magistralmente descrita por el poeta Joaquín Bartrina: «Oyendo hablar a un hombre fácil es / acertar donde vio la luz del sol: / si habla bien de Inglaterra, será inglés; / si os habla mal de Prusia, es un francés; / y si habla mal de España... es español». Y como la conciencia de España se labra precisamente en estos siglos que denominamos Edad Media, los españoles nos pusimos a denostarla, como pobrecitos lacayos de la propaganda. En el pecado llevamos las múltiples penitencias.

martes, octubre 28

Madre en pie de guerra



(Un texto de Cristina Morató en la revista Mujer de Hoy del 2 de febrero de 2013)

La vi por primera vez hace unos días en los informativos, mirando a la cámara desafiante, dando el nombre y los apellidos de políticos y jueces implicados en la desaparición de su hija. Me impactó su valor, su serenidad y la insondable tristeza de su rostro marcado por el dolor y la incertidumbre de no saber qué le ocurrió a su hija. Susana Trimarco es la madre de Marita Verón, una joven argentina que fue secuestrada hace 11 años en Tucumán y obligada a ejercer la prostitución. Ante la inoperancia de la policía, esta madre coraje decidió buscarla con sus propios medios, lo que la llevó a adentrarse en el oscuro mundo de la trata de mujeres y enfrentarse cara a cara a los mafiosos. Sin ella desearlo, se ha convertido en una abanderada de la lucha contra este lucrativo negocio.

El día que Marita desapareció en San Miguel de Tucumán se dirigía al médic
o. Era una chica risueña de 23 años, madre de una niña pequeña y con toda una vida por delante. Según un testigo, unos desconocidos la forzaron en la calle a subir a un coche. Tres días más tarde, unos policías la encontraron a más de 30 kilómetros de la capital en un estado lamentable. Llevaba unos zapatos de tacón en lugar de sus deportivas y parecía muy nerviosa. Tras llevarla a la comisaría, estos policías la acompañaron a una parada de autobuses pero jamás llegó a su destino. Susana nunca imaginó que en su ciudad existieran redes dedicadas al tráfico sexual, pero cuando supo que su hija había sido secuestrada se transformó. Lejos de hundirse, de resignarse a su pérdida, emprendió una auténtica cruzada contra esta lacra. La tranquila ama de casa sacó fuerzas para organizar manifestaciones, patear las puertas de los despachos oficiales, enfrentarse a las organizaciones mafiosas más peligrosas y disfrazarse de prostituta para conocer el paradero de Marita. Con apenas apoyo del Estado consiguió liberar a otras chicas que, como su hija, vivían esclavizadas en burdeles por todo el país.

Desde que le plantó cara a las mafias, vive amenazada. Un año incendiaron su casa, destruyendo el cuarto donde guardaba todos los recuerdos de su hija. Han intentado atropellarla en la calle y ha tenido que aprender a vivir con las constantes amenazas de muerte e insultos que le llegan a diario a la página web de su fundación. En medio de este sufrimiento interminable, no deja de recibir distinciones dentro y fuera de su país. En el 2007 recibió el Premio Madre Coraje de manos de la secretaria de Estado norteamericana Condoleeza Rice y los abogados argentinos acaban de presentar su candidatura para el Nobel de la Paz.

La investigación del caso Marita Verón permitió sentar en el banquillo a 13 acusados de raptar a su hija, pero todos ellos han sido absueltos por falta de pruebas a pesar de los testimonios que identificaron a los culpables. El fallo ha provocado la indignación en toda Argentina. Al conocer la sentencia, lejos de rendirse, Susana dijo alto y claro: “Ya no tengo lágrimas en los ojos pero mientras mi corazón siga latiendo lucharé por encontrar a mi hija”. Gracias a mujeres como ella el mundo, no lo duden, es un lugar mejor.

P. D.: En 2007 esta madre convertida en heroína nacional creó una fundación para rescatar a mujeres que habían sido secuestradas por las mafias dedicadas a la trata de seres humanos. Hasta la fecha ha conseguido liberar a más de 200, pero aún no a su hija.

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