Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

martes, abril 30

Un flechazo

Bonita forma de describir el flechazo (De Raymond Queneau): "Habían caminado un buen trecho en silencio, uno al lado del otro. Entonces se miraron y sonrieron: sus corazones acababan de hablar".

Londres como en casa



(Algunos sitios de Londres recomendados por Brenda Otero en el suplemento dominical del Periódico de Aragón del 11 de diciembre de 2011)

Llegó a Londres hace ocho años y en estos años se ha especializado en moda, música y cultura en general. De la sociedad británica le llaman la atención ?los rodeos que dan para evitar preguntarte algo directamente, que el sentido del humor pueda arreglarlo todo y su capacidad para mantener conversaciones enteras sobre el tiempo?. 

Ópera en un pub. Es posible ver La Traviata vestido “de trapillo” y con una cerveza en la mano. Little Opera House representa algunas de las óperas más conocidas en un pub (www.kingsheadtheatre.com).
Algunos de los museos más curiosos de Londres están en casas. Como la de Sir John Soane, un excéntrico arquitecto del siglo XIX con síntomas de sufrir síndrome de Diógenes, o la de Dennis Sever’s House, una vivienda de hugonotes de principios del siglo XVIII que se ha mantenido intacta en el barrio de Spitalfields. Aunque solo abre los lunes. 

Otro de los planes más novedosos y más de moda en la capital inglesa es montar restaurantes en tu propio salón. Los hay en pisos compartidos, viviendas sociales o apartamentos de cocineros profesionales. Ms Marmite (marmitelover.blogspot.com), fue una de las pioneras del movimiento, y el director de arte Tony Hornecker ofrece cena con cabaret.

Por último, encontrar un bed and breakfast en el centro de Londres es más complicado de lo que parece, pero en la web Air bnb (www.airbnb.com), los particulares ofrecen alojamiento en sus habitaciones de invitados. Los anfitriones ofrecen té, recomendaciones y una ventana a la auténtica vida londinense. Russell’s, ubicado en un edificio de la época victoriana, lo dirige la ex manager de grupos musicales Anette Russell en Dalston, el barrio más cool de la ciudad.

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lunes, abril 29

Nueva York: secretos ocultos



(Algunos sitios de Nueva York recomendados por Bárbara Celis en el suplemento dominical del Periódico de Aragón del 11 de diciembre de 2011)

En estos días, en Manhattan, es importante salir con la cabeza abrigada y con un buen café en el cuerpo. Ambas cosas pueden conseguirse en la calle 7, entre las avenidas 1 y 2. En el café Abraço sirven el espresso más buscado de la ciudad, y de momento, solo los neoyorquinos se han enterado, así que está a salvo de turistas. Unos metros más abajo hay una tienda de sombreros, The Village Scandal, donde por poco dinero es posible abrigarse y, encima, parecer moderno. Desde aquí se puede ir callejeando hacia el sur y visitar dos museos poco célebres pero que permiten conocer cómo vivían algunas comunidades de neoyorquinos: el Tenement Museum y el Museum of Chinese in America, en el Lower East Side y Chinatown, respectivamente. El primero está centrado en la vida en el Lower East Side cuando era uno de los principales barrios obreros de la ciudad, poblado principalmente por judíos. El segundo se centra en la historia de los inmigrantes chinos de Nueva York y además ofrece exposiciones temporales de artistas chino-estadounidenses. Los dos son apasionantes. Ambos barrios se tocan y sus culturas se mezclan aunque el que esconde los mejores secretos es Chinatown. Hay que evitar la calle Canal y atreverse con el área situada bajo el puente de Manhattan. Allí hay un restaurante al que se entra a través de un centro comercial chino. Está en la segunda planta del 88 East Broadway. Se llama 88 Palace y es el paraíso del dim sum, que se sirve en carritos que los camareros pasean por el local. Popular entre los chinos y apenas conocido por el resto. El cóctel años 20 está de moda. Una apuesta segura es el bar Elsa. Variedad excelente de cócteles imaginativos y siempre exquisitos.

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domingo, abril 28

Kerouac, la vida a todo gas



(Un artículo de Imma Muñoz en el suplemento dominical del Periódico de Aragón del 14 de octubre de 2012)

Cuando la cirrosis se lo llevó a los 47 años ya había entrado en el imaginario de la rebeldía con el libro que lo convertiría en clásico. De la contracultura, pero clásico al fin y al cabo. “En la carretera” sigue hoy acompañando a quienes no se resignan a vivir pisando el freno.

Lleva 55 años en las librerías de todo el mundo y sigue despachando una media de 100.000 ejemplares al año solo en Estados Unidos. Tiene todo lo necesario para despertar el interés de las nuevas generaciones de lectores sin perder el de aquellas que paladeaban la juventud cuando el texto vio la luz: al inexcusable sexo, drogas y rock’n’roll (aunque aquí el trío sería drogas, sexo y saxo; el de Charlie Parker, concretamente), hay que sumar el aura de mito que ha adquirido la obra tras entrar en el olimpo de los libros que ponen patas arriba las certezas cuando irrumpen en la vida de alguien. 

En la carretera se publicó por primera vez en la neoyorquina editorial Viking Press el 5 de septiembre de 1957. Su autor, Jack Kerouac (1922-1969), lo había escrito en 20 días, entre el 2 y el 22 de abril de 1951, y en él sintetizaba los viajes que había hecho durante tres años, de 1947 a 1950, de costa a costa de EE UU junto a Neal Cassady. Por las carreteras de la que ellos convirtieron en mítica Ruta 66 se habían cruzado con individuos de muy diverso pelaje y afectación psicotrópica que configuraban un microcosmos de subversión y carpe diem que estamparon, cual tarta de nata en número de clowns, en la cara de una sociedad amordazada por el American way of life.

Tres años de una vida vivida a todo gas contenidos en un rollo de 36 metros mecanografiado del tirón en 20 días de anfetamínico impulso creativo. Esa es la leyenda, sustentada por una prosa en la que no se aprecia respiro. Con Kerouac, rey de los escritores del movimiento beat, vida y obra se unen indisolublemente en una variante de la escritura automática del surrealismo que los beats llamaron “prosa espontánea”. Se vive a todo trapo, con excesos, sin cálculos; se escribe igual. 

Esa es, decíamos, la leyenda: el arrebato creativo existió, pero llegó precedido del trabajo del material acumulado durante el viaje, y hubo revisiones posteriores de ese primer manuscrito en los seis años que mediaron entre el punto final y la publicación. Kerouac, de hecho, se planteó escribir el libro en francés (su lengua materna, ya que era hijo de quebequeses y hasta los 6 años no empezó a estudiar inglés en el colegio) y tuvo importantes dudas de hacia dónde tirar hasta que una conversación con su amigo Cassady lo puso en el camino.

Durante 50 años, En la carretera fue una novela en clave, en la que los nombres de los verdaderos protagonistas, los poetas y escritores de la generación beat que sacudió la década de los 50 y sin la que difícilmente habría llegado nunca la revolución hippy, se escondían en nombres ficticios que en realidad no engañaban a nadie. Todo el que se hubiera adentrado mínimamente en el universo de la contracultura sabía que Sal Paradise era el propio Kerouac; Dean Moriarty, Neal Cassady; Carlo Marx, Allen Ginsberg; Bull Lee, William Burroughs; Mary Lou, Luanne Henderson, la esposa adolescente de Cassady, y Camille era Caroline, la mujer que la acabó sustituyendo en la cama del poeta. 

La ficción se mantuvo hasta que, en 2007, la misma editorial que se había atrevido a publicar el texto que Kerouac le había entregado (el que se había ido reeditando durante décadas) quiso ofrecer a sus lectores el primer manuscrito íntegro, sin suavizar ni una sola de las transgresiones vitales ni estilísticas de Kerouac, quien, con el afán de llevar a su texto el ritmo del jazz, había jugado con las abreviaturas y la composición de palabras y había optado por prescindir de los párrafos. La traducción española que publicó Anagrama en 2009 respeta esa vocación de literalidad, con una sola excepción: el diálogo se desprende del flujo del texto para facilitar la lectura.

Más de medio siglo después del bofetón a una sociedad que vivía acogotada por la amenaza nuclear, del aullido con el que los beatniks quisieron hacer ver a las mentes biempensantes que solo bienpensando las sociedades estaban destinadas a la destrucción, el mensaje de Kerouac y sus rompedores secuaces sigue interesando. Probablemente a la misma gente que interesaba a Keroruac: aquella “que está loca: loca por vivir”. 

El manuscrito original de “En la carretera”, propiedad de James Isray, dueño del equipo de fútbol americano Indianápolis Colts, está escrito en un rollo de papel de 36 metros, mecanografiado a un espacio y sin un solo punto y aparte.

Cuando se publicó En la carretera, Kerouak llamó a Marlon Brando para pedirle que comprara los derechos del libro y lo llevara a la pantalla. “No se preocupe por la estructura: yo sé cómo comprimir la trama”. Se ofrecía a reconvertir las idas y venidas en un solo viaje, y tenía claro el reparto: “Usted sería Dean, yo mismo sería Sal”. Brando ni siquiera le contestó. Quien sí compró los derechos, en 1979, fue Francis Ford Coppola, pero no pudo hacer nada con ellos hasta hace poco: él es el productor ejecutivo de la primera adaptación cinematográfica del clásico […]

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sábado, abril 27

El saqueo que el 'tycoon' W.R. Hearst hizo del tesoro artístico español


(Un artículo de Peio Riaño en elconfidencial.com del 10 de enero de 2013)

Hubo un tiempo en que España vendía su patrimonio artístico al peso. Un tiempo en el que cuanto más se pudiera estirar el talonario para comprar a vecinos, políticos, historiadores, periodistas, sacerdotes y obispos, más fácil era sacar del país un convento, sillar a sillar, embaladas en cajas de madera, como un rompecabezas irresoluble de 36.000 piezas, transportadas en once barcos para volver a montarlo en la finca de un multimillonario al otro lado del Atlántico. Era la España pobre, ignorante y analfabeta sometida a la dictadura de Miguel Primo de Rivera, en la que el dólar resolvía leyes, límites y trabas. Era una España que veía en su herencia artística un estorbo que, en su mayor fortuna, convertía en un establo o dejaba a la ruina y el olvido.

Para cuando Erik 'el Belga' se dedicó en la década de los setenta del siglo pasado a asaltar las iglesias, algunas veces con la complicidad y el soborno de curas y cabildos, otros habían peinado ya cincuenta años antes las tierras de conventos y palacios en busca de joyas exóticas para su capricho y colección.
No eran ladronzuelos que actuaban por la noche y vendían al mejor postor por el día; eran multimillonarios que pagaban por la dilapidación y que si se ensuciaron sus manos en la razzia artística fue con los giros bancarios que solicitaban sus intermediarios en el país que expoliaban. No ha habido magnate de fortuna norteamericana del primer cuarto del siglo XX que no haya metido mano en el tesoro español: desde John D. Rockefeller, J. P. Morgan, Samuel H. Kress, Andrew Mellon, Henry Clay Frick, Charles Deering a William Randolph Hearst.

Además de carecer de escrúpulos, el padre de la prensa sensacionalista, W.R. Hearst, tenía un insaciable gusto acaparador que culminó con el saqueo del patrimonio europeo y no paró hasta que la Gran Depresión de 1929 tumbó sus aspiraciones megalómanas. Los irreparables daños que ha causado al conjunto de bienes históricos y culturales de este país nacen de la combinación de tres factores destructivos: la voracidad del llamado coleccionista, la ignorancia del pueblo y la mezquindad de políticos y clero corruptos.

En abril de 1929 se firma la fugaz y silenciosa venta de una enorme reja del siglo XVIII, que se hizo para cerrar el coro de la catedral de Valladolid, entre el cabildo y el intermediario del millonario. El acuerdo le hizo dueño de la maravillosa forja por una peseta y quince céntimos el kilo. Por el mismo precio el comprador se llevó dos púlpitos de lectura del antiguo presbiterio, una “colección de hierros sueltos e inservibles” y el zócalo de piedra en el que se encontraba la reja. Todo por “la cantidad alzada de quinientas pesetas”. Hoy divide uno de los espacios del Metropolitan Museum of Art de Nueva York.

Hearst como coleccionista fue un dislate que acumuló por cantidad más que por calidad, no se rodeó de auténticos artistas ni de entendidos en arte. Un pretencioso fanfarrón que acaparó objetos de diversa categoría para enseñar a sus visitas. En apenas quince años, el alter ego de Charles Foster Kane, creado por Orson Welles, saqueó conventos y monumentos, y sustrajo artesonado, armaduras, tapices, cuadros, muebles, objetos de oro y plata, objetos artísticos, cerámica, porcelana y cristalería, edificios y partes, autógrafos, manuscritos y dibujos originales, vitrales, colgaduras misceláneas, joyería y piedras preciosas, banderas y estandartes, alfombras, así como elementos arquitectónicos que fue insertando en la decoración de sus más de una docena de residencias.

Basta con la recreación del “apartamento” que poseía en Nueva York para entender las dimensiones del apetito devorador al que respondía con un plan demencial. En los cinco últimos pisos del edificio Clarendon, en Manhattan, frente al Hudson, estaba la Tapestry Gallery, un gran salón de 94,5 pies de largo, por 27 de ancho y 36 de altura, cubierto por bóvedas góticas de estilo tudor, realizado todo en piedra, con cuatro puertas góticas flamencas de arcos conopiales y dos monumentales chimeneas francesas. Entre su colección de armaduras y tapices, colgaba “El credo de los Apóstoles”, tapiz procedente de la catedral de Toledo. Cuando el millonario se quedó sin nada y tuvo que venderlo todo, los nuevos dueños del quíntuplex convirtieron los anteriores 24 apartamentos en otros 60.

Hearst no actuó solo. La codicia del empresario tuvo un compinche único en España: Arthur Byne, el agente de Hearst en España, sus ojos, su comercial, quien cocinó los mejores platos para su cliente, un tratante de guante blanco con contactos en ministerios y parroquias, un gran farsante y especulador del arte, el hombre de prestigio que escondido bajo el disfraz de hispanófilo realizó en nuestro patrimonio artístico “una de las más trágicas sangrías que se pueda imaginar”, desde 1914 hasta 1931, como apuntan los historiadores José Miguel Merino de Cáceres y María José Martínez Ruiz en el libro “La destrucción del patrimonio artístico español” (publicado por Cátedra). Las investigaciones de Byne, su obra escrita, sus libros y artículos, “no es otra cosa que el catálogo de las piezas artísticas que pretendía vender y de hecho, en muchos casos, vendió”.

Reconocen que a pesar de los años dedicados a la investigación sobre las actividades de este siniestro personaje, todavía sigue siendo un misterio para ellos habida cuenta del secretismo con que desarrolló sus actividades. Sin embargo, han tenido acceso a cartas y telegramas que Byne mantuvo con el magnate de la prensa y con su brazo derecho, la arquitecta Julia Morgan, responsable de levantar los deseos del millonario.

“Creo que el Sr. Byne debe continuar mejorando la caza. Estoy seguro de que hay muchos palacios y mejores, aunque sé que las dificultades estriban en su salida de España”, es la respuesta de Hearst a Morgan, en 1931, respecto a las ofertas del marchante. La narración de misivas y comunicados entre ambas partes del mundo es realmente espeluznante y lo que hacen de este libro uno de los ensayos más importantes publicados en el último año.

El matrimonio Byne empezó vendiendo al magnate fotografías de arquitectura española, del románico, gótico y renacimiento, pero en pocos años deciden convertirse en anticuarios para vender a gran escala media España, “la tierra de los claustros por excelencia”, como él mismo la definió. “Mirando sus fotografías, se nos ocurrió al Sr. Hearst y a mí que quizás usted pudiera sacar los arcos, bóvedas, muros, etc., sin modificar el aspecto exterior. En cualquier caso, el Sr. Hearst dice que, por favor, lo consiga de alguna manera, aunque tenga que recurrir a comprar al periódico adverso”, escribe Morgan a Byne en 1931 respecto a la fallida compra del claustro del convento de San Benito de Alcántara (Cáceres), confirmando las peores alusiones del ciudadano Kane de Welles.

No debieron pintarle del todo bien las cosas al matrimonio Byne con la Administración republicana, señalan los historiadores, ya que con la fecha de 19 de julio le vemos quejándose a Hearst: “El actual ministro de Bellas Artes parece decidido a declarar Monumento nacional cada grano de arena”.
“Desde que el nuevo Gobierno (el siguiente a la Dictadura) se ha hecho cargo del poder, está realizando un esfuerzo para atajar la venta de objetos de arte por parte de los obispos de la Iglesia española […] Esto ha desatado las iras de los obispos que claman por su libertad para vender cuanto les plazca”.
El final de la ignorancia y el desprecio de los españoles por su patrimonio hundían su negocio. Años antes la mujer de Byne, Mildred Stapley, escribía el retrato más crítico y más cínico de todos de aquel negocio clandestino: “Él conoce bien la enorme suma de dinero estadounidense gastado en la adquisición de monumentos históricos españoles, monumentos que los propios nativos vergonzosamente han maltratado. Del mismo modo que él sabe que si el arte español se vende fuera del país es porque son los propios españoles quienes imploran a los extranjeros que compren, a precios siempre fantásticos por sus productos”.

Ese maltrato es el que mandó a los claustros de Óvila y de Sacramenia a los EEUU. El primero llegó a California en 1931, en 11 barcos y quedó arrinconado en los almacenes portuarios de San Francisco. En 1941, ahogado por el hundimiento de su emporio, decidió deshacerse del molesto cargamento, que no llegó a desembalar nunca, cediéndolo a la ciudad por la irrisoria cantidad de 25.000 dólares, cuando en la operación llevaba invertido casi medio millón de dólares. Hoy, desperdigado, algunos de sus elementos han sido reutilizados en la ampliación de un nuevo monasterio al norte de San Francisco.

El claustro del monasterio segoviano de Sacramenia también estuvo arrumbado en los almacenes que poseía el empresario en el Bronx. Quince años, descuartizado pieza a pieza a la espera de que apareciese la oportunidad de venderlo. Así que lo vendió por 7.000 dólares, aunque lo había comprado por 50.000 dólares. Hearst había invertido en el monasterio, entre compra, embalaje, transporte, reembalaje y almacenaje más de 170.000 dólares, y siempre se mostró reacio a su venta, que ocurrió en 1951, cuatro meses después de la muerte del magnate. Dos promotores inmobiliarios se hicieron con él que lo querían alzar como principal reclamo turístico en Miami. Tenían que reconstruir un rompecabezas de 36.000 piezas que habían sido mal clasificadas. Allí quedó.

El ocaso del imperio Hearst arrecia con fuerza en 1937. Las pérdidas de sus empresas tras la Depresión, las deudas y los impuestos sin pagar amenazan la economía del empresario que vende la mayor parte de sus posesiones. Liquida sus periódicos, un buen número de sus residencias y pone a la venta sus colecciones de arte. La gran venta sucede en 1941, en Nueva York, con “precios eran de saldo”, “sólo alcanzaron el diez por ciento” de lo que Hearst había pagado por ellos. Una gran almoneda. Las mejores colecciones norteamericanas bebieron de la caída de este imperio, que se enriquecieron con obras singulares de la historia del arte a precios de saldo.

El botín de las grandes fortunas norteamericanas dejó en España heridas que no cicatrizan, por las que se han marchado obras capitales de grandes maestros como El Greco, Goya o Velázquez, gracias a los consejos y negocios de los mismos que decían protegerlas de su desaparición. Una época de destrucción, expolio, venta, abandono y exportación que no hemos abandonado del todo.

La ruina del patrimonio artístico sigue siendo una de las especialidades del segundo país con más bienes de la humanidad, según la UNESCO, y el tercero que peor los cuida, según el último informe del Fondo Mundial de Monumentos (WMF en sus siglas inglesas). El 30% menos cada año en los presupuestos públicos para su conservación y restauración (ni los robos en iglesias o las desafortunadas restauraciones de vecinos), no es el síntoma que corrobora que la herencia cultural está libre de la sangría monumental que padeció en las dos primeras décadas del siglo XX.

viernes, abril 26

Combate los efectos del cambio de hora

(Sacado de un artículo publicado en la revista Mujer de Hoy del 7 de enero de 2012)

¿Cuál es el impacto del cambio horario de primavera según nuestro barómetro de estrés? Máximo. Por eso, es el momento de probar las duchas frías. En los EE.UU., un investigador ha demostrado que basta con pasar cinco minutos al día bajo una ducha a 20ºC para provocar una afluencia eléctrica significativa a nivel cerebral, capaz de tener un efecto antidepresivo. Sus colegas han subido aún más el listón y encuentran que este sistema repercute positivamente sobre el cansancio y la ansiedad. 

Para usar este método, lo mejor es ir progresivamente. Al principio quédate solo un minuto bajo el agua fría. Prueba a aumentar ese tiempo un poco más cada día hasta alcanzar los cinco minutos beneficiosos.  

Y además, un truquito antiestrés. Los profesionales antiestrés creen en la coherencia cardíaca. La idea es ralentizar la respiración y, de esta manera, también hacer más lento el ritmo cardíaco. Así, lograremos agobiarnos menos y tomar distancia de los acontecimientos, simplemente porque frenamos la producción de cortisol, la hormona del estrés, y aumentamos las defensas. Para ponerlo en práctica encuentra un momento y concéntrate en la respiración (y solo en eso) durante 15 minutos. Al día siguiente, cuenta tus ciclos de inspiración/expiración e intenta reducirlos progresivamente hasta alcanzar los 5 cpm (ciclos por minuto).

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jueves, abril 25

Meteórologos célebres

(Un artículo de José Miguel Viñas en el Heraldo de Aragón del 14 de febrero de 2012)

A lo largo de la historia, unos cuantos personajes que no han pasado a la posteridad comometeorólogos o estudiosos del clima sí que se interesaron mucho por estas cuestiones. Algunos de ellos incluso desarrollaron teorías que contribuyeron al desarrollo de la meteorología como disciplina científica. Entre estos ‘meteorólogos en la sombra’ encontraremos a Descartes, Kant, Lamarck, Volta o Goethe.


Volta estudia las tormentas
El 26 de junio de 1800, Alessandro Volta (1745- 1827) dio a conocer en la Royal Society de Londres la invención de la pila eléctrica, lo que le dio fama universal. Lo que no es tan conocido es que los estudios sobre el cielo y, particularmente, sobre las tormentas, fueron los que llevaron a Volta a inventar la pila. No es de extrañar que, a un físico como él, obsesionado con la electricidad, le fascinaran las tormentas e intentara comprender lo que en ellas acontecía. Ello le llevó a establecer una teoría sobre la formación del granizo, que durante mucho tiempo fue la que prevaleció, hasta que finalmente fue desterrada. Volta, entre otras ideas algo extravagantes, sugería que la electricidad dentro de la nube tormentosa era la que mantenía en suspensión a los granizos, hasta que caían al ir ganando peso y volumen. 

Dalton, fiel observador
Ya desde niño, John Dalton (1766-1844, conocido por describir el daltonismo) sintió atracción por la meteorología. Uno de sus mentores, John Gough, le sugirió que fuera anotando en un cuaderno las observaciones meteorológicas que había comenzado a hacer con instrumentos caseros. En 1787, Dalton comenzó una serie de estudios sobre los gases que forman el aire, los fenómenos atmosféricos y la observación meteorológica que se prolongarían hasta su muerte, en 1844. En esos 57 años acumuló del orden de 200.000 observaciones, anotando en sus cuadernos las mediciones diarias de temperatura, presión y precipitación acumulada en Manchester (Gran Bretaña), su lugar de residencia. Dalton fue el primero que postuló que la lluvia se forma como consecuencia de una bajada de temperatura y no por un cambio de presión, si bien, ambas variables están interrelacionadas. En 1793, John Dalton publicó su primera obra, ‘Observaciones y ensayos meteorológicos’, que en su momento pasó bastante desapercibida, a pesar de contener importantes aportaciones en el campo de la química. 




Wegener, meteorólogo extremo en Groenlandia
El científico y explorador alemán Alfred Wegener (1880-1930), conocido mundialmente por haber desarrollado la teoría de la deriva continental, estudió inicialmente astronomía, doctorándose en la Universidad de Berlín en 1904, pero por aquel entonces mostraba ya un interés creciente por la geofísica y por dos ciencias emergentes a principios del siglo XX: la meteorología y la climatología. En ese acercamiento a las ciencias atmosféricas debió de influir bastante su suegro, ya que se casó con la hija del meteorólogo ruso Vladimir Köppen, autor de la famosa clasificación de los climas. Alfred Wegener fue pionero en el lanzamiento de globos para estudiar las capas altas de la atmósfera y formó parte de una expedición danesa a Groenlandia, donde pasó un par de inviernos haciendo observaciones meteorológicas. A su vuelta a Alemania, en 1908, fue nombrado profesor de Meteorología en la Universidad de Marburgo. Posteriormente, también lo fue en la Universidad austriaca de Graz. Volvería un par de veces más a Groenlandia; murió de hipotermia en su última expedición, en 1930.

Hertz mide la humedad atmosférica
El físico alemán Heinrich Rudolf Hertz (1857-1894) fue el primero en demostrar la existencia de las ondas electromagnéticas, lo que llevó, entre otras muchas aplicaciones prácticas, al desarrollo de la radio.Hertz tuvo interés desde muy joven por la meteorología, aunque dicho interés fue diluyéndose a medida que se fue enfrascando en el asunto de las ondas hercianas (llamadas así precisamente en su honor). En su etapa universitaria de Berlín, teniendo como profesor al insigne Hermann von Helmholtz, publicó un artículo que versaba sobre la evaporación de los líquidos. También contribuyó al desarrollo de una nueva clase de higrómetro –instrumento que mide el contenido de humedad del aire– y desarrolló varios métodos gráficos que permitían determinar las características del aire húmedo cuando evoluciona adiabáticamente, es decir, sin intercambiar calor con el aire circundante. Posteriormente, cuando ya ejercía de profesor en Bonn, tuvo como ayudante a Vilhem Bjerknes, considerado el padre de la meteorología moderna.

Mendeleiev se interesa por el aire
El químico ruso cuyo nombre asociamos de inmediato con la tabla periódica de los elementos, Dimitri Mendeléiev (1834-1907), también hizo incursiones en el campo de la meteorología. Su interés por conocer las propiedades de determinados gases presentes en el aire le llevó a entablar contacto con algunos de los meteorólogos de la época. En 1879 viajó a Roma, donde participó en el II Congreso Meteorológico Internacional, en el que se reunieron 40 delegados de 18 países, con el principal objetivo de fomentar la cooperación entre ellos en materia meteorológica, aparte de dar a conocer las últimas teorías y avances sobre distintas cuestiones de índole atmosférica. En aquel histórico congreso, Dimitri Mendeléiev tuvo ocasión de hacer públicas sus investigaciones sobre los gases. También inventó un barómetro preciso y se sabe que en una ocasión subió en un globo para estudiar un eclipse de sol y efectuar observaciones meteorológicas

Descartes explica el arcoíris
Aunque tuvo a la filosofía como principal estandarte, un personaje tan polifacético como René Descartes (1596-1650) recorrió los caminos de la ciencia y abordó algunas cuestiones meteorológicas. Su conocida obra ‘Discurso del Método’, publicada en 1637, servía de introducción a tres importantes ensayos que vieron la luz ese mismo año: ‘La Dióptrica’, ‘La Geometría’ y ‘Los Meteoros’. En este último trabajo, ofrecía una explicación científica del arcoíris basada en los fenómenos de refracción y reflexión de la luz, para lo cual hizo un detallado estudio geométrico de las trayectorias de los rayos de luz al atravesar las gotas de lluvia. Aunque Descartes suele llevarse los honores de ser el primero en explicar el arcoíris, en honor a la verdad fue el veneciano Marco Antonio de Domini quien, en 1611, publicó un tratado donde afirmaba que dentro de cada gota de agua tenían lugar un par de refracciones y una reflexión interna de la luz.

Goethe, retratista de altos vuelos
El famoso escritor Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) fue uno de los principales impulsores del movimiento romántico y, gracias a sus aportaciones, cambió la visión que se tenía hasta entonces de la naturaleza. La atmósfera, como parte integrante de ella, cautivó a Goethe desde joven. Tuvo un especial interés y curiosidad por las nubes, que retrató en centenares de dibujos. Cuando, en 1803, el inglés Luke Howard sacó a la luz su clasificación de las nubes, Goethe quiso conocer de primera mano los avances que en esa materia había llevado a cabo el propio Howard, para lo cual inició una relación epistolar con él. Se especula, incluso, con que llegaron a conocerse en persona.

Stevenson encuentra teorías en el bosque
Los Stevenson, tanto el padre de Robert Louis (1850-1894) –el ingeniero Thomas Stevenson– como su abuelo y el hermano de este, se hicieron famosos en Escocia por dotar a los faros de un novedoso sistema de iluminación, en el que jugaban un importante papel los cristales estriados que rodeaban las bombillas. Desde joven, Thomas Stevenson mostró interés por lo que acontecía en la atmósfera. En 1864 diseñó una garita de madera que cumplía la misión de proteger los termómetros de la intemperie y garantizar unas medidas fiables de la temperatura del aire. En 1866 fue instalada una de esas garitas en el Observatorio de Greenwich, para posteriormente irse instalando otras en más observatorios, y terminar convirtiéndose en el único tipo de garita homologada por la Organización Meteorológica Mundial, bautizada en su honor: ‘garita Stevenson’. En ese ambiente familiar, Robert Louis, el autor de ‘La isla del tesoro’, también se aficionó a la meteorología. En mayo de 1873 presentó un trabajo en la Royal Society de Edimburgo que versaba sobre la influencia térmica de los bosques. También se sabe, por una carta que escribió a su madre durante una estancia en Alemania, que le pidió dinero para poder asistir a un congreso de meteorología que se celebraba en Leizpig.

Lamarck clasifica las nubes
En la primera década del siglo XIX, Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) publicó una serie de once anuarios meteorológicos –correspondientes a los años 1800 a 1810– en los que ofrecía pronósticos del tiempo, cuyos principales destinatarios eran los médicos, marinos y agricultores. En dichos anuarios, Lamarck elucubraba también sobre distintas cuestiones relacionadas con el medio atmosférico. Una de ellas fue la de las escurridizas nubes, que hasta ese momento nadie había sido capaz de clasificar. En su anuario de 1802, Lamarck publicó un estudio titulado ‘Sobre las formas de las nubes’, donde establecía hasta cinco tipos distintos, pero su clasificación no llegó a cuajar, llevándose el farmacéutico inglés Luke Howard el gato al agua.

Kant y los vientos alisios
Aparte de ser uno de los filósofos másimportantes de todos los tiempos, el autor de la 'Crítica de la razón pura' fue unestudioso de otras materias como la Cosmología y la Meteorología. En la segunda mitad del siglo XVIII, todavía quedaba lejos de nuestro alcance la capacidad de predecir el tiempo haciendo uso de las matemáticas y la física. Immanuel Kant (1724-1804) cultivó ese par de disciplinas durante sus primeros años como profesor en la Universidad de Köninsberg. En el semestre del verano de
1756 impartió unas clases de Geografía Física y, en los apuntes que preparó de la asignatura, enunció su particular teoría de los vientos, introduciendo en ella la idea de que la rotación terrestre influye en el
movimiento del aire; una teoría que, de forma independiente, había considerado también el capitán de la marina británica George Hadley. En aquellos años, fueron varios los eruditos que postularon teorías
capaces de explicar la aparición de los vientos alisios. Kant fue uno de ellos.

miércoles, abril 24

La butaca Swan: el dinamismo de las curvas



(Un artículo de Goito Paradelo en la revista Mujer de Hoy del 30 de enero de 2010)

Creada en el año 1958 por el arquitecto y diseñador danés Arne Jacobsen, para ocupar el lobby y las salas del Royal Hotel SAS de Copenague, la butaca Swan supuso una ruptura radical para el diseño funcional que se realizaba en la época.
Su estructura de aluminio fija y sus curvas ultracontemporáneas, realizadas en mousse de látex, supusieron uno de los primeros trabajos basados en el diseño orgánico. Fue precisamente gracias a piezas como ésta cómo el creador nórdico conoció el reconocimiento internacional. Desde su aparición se han vendido más de 800.000 ejemplares y muchos asientos se han inspirado después en sus líneas. 
 
Su forma. Recuerda a las alas de un cisne (de ahí su nombre) o a las hojas de una orquídea.
Material. La original estaba realizada en acero y cuero.
Producción. En el año 1973, su base rígida pasó a ser pivotante.
Moderna y funcional. Existe también una versión en sofá de tres plazas. La butaca cuesta 2.981 euros.

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