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jueves, abril 26

Sobre el apocalipsis zombie y las preguntas en el senado


(Extraído de un texto de José Oneto en la revista Tiempo del 21 de abril de 2017. Y no, lo de poner senado en minúscula NO es ningún error)

[…]

Mal está el país cuando en el Senado el Gobierno se ha visto obligado a manifestar sus dudas de que los “zombis” puedan llegar a provocar una situación de apocalipsis, “por muchos que sean”, aclarando además que no dispone de protocolos específicos para hacer frente a esa eventualidad, ya que, además, entendida como el fin del mundo, “poco se puede hacer, llegado ese momento”. Así figura en la irónica respuesta del Ejecutivo al senador de Compromís Carles Mulet, quien había preguntado por los planes previstos ante un posible apocalipsis zombi, como protesta por lo que consideraba “poca calidad” de las respuestas escritas del Gobierno a la oposición en el Senado.

En la respuesta, los asesores del Gobierno encargados de redactarla han recurrido al diccionario de la Real Academia Española para buscar la definición de “apocalipsis” y “zombi”. En ambos casos han encontrado dos definiciones. Para el apocalipsis, entendido como “fin del mundo” el Ejecutivo considera que no merece la pena hacer planes porque “poco se puede hacer llegado ese momento”, mientras que frente a la definición de “situación catastrófica”, recuerda que existen planes de emergencias tanto de Protección Civil como de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

La cosa se complica al buscar “zombi” en el diccionario de la RAE. El Gobierno reconoce que no tiene planes específicos para dar respuesta a una situación de alarma causada por “personas que se suponen muertas y reanimadas por arte de brujería, con el fin de dominar su voluntad”, ya que directamente no se cree que esto sea posible, y en su respuesta destaca “la dudosa probabilidad de que se produzca semejante circunstancia bajo tales premisas”. Más credibilidad da el Ejecutivo a la segunda acepción de “zombi”, la de “atontado, que se comporta como un autómata” pero, en ese caso, aunque recuerda los planes de emergencias generales de las administraciones públicas, duda de que un grupo de “atontados” pudiera llegar a protagonizar una situación de apocalipsis, “por muchos que sean”. “En definitiva –ha respondido Mulet indignado en un comunicado–, el Gobierno no tiene ningún protocolo de actuación ante el apocalipsis zombi, y de la respuesta se puede interpretar que el propio Gobierno es en sí un apocalipsis zombi... una catástrofe humana provocada por atontados o personas autómatas”.

[…]

Tiene razón el senador de Compromís cuando se lamenta de que el Gobierno no tenga un plan para combatir a los zombis, sobre todo ante la eventualidad de un apocalipsis, porque la realidad es que los zombis se han instalado tanto en el Congreso como en el Senado. Ya están aquí y... sin plan de emergencia.

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miércoles, abril 25

El Rimbaud más escatológico y silente


(Un artículo de Antonio Puente en la revista Tiempo del 21 de abril de 2017)

Se publica su Obra completa, 1.500 páginas traducidas por Mauro Armiño, con sus cartas y versos zutistas.

La modernidad poética nació ya con una mácula de origen si su principal artífice, el visionario y sublime Arthur Rimbaud (Charleville, 1854; Marsella, 1891), no solo guardó un lacrado silencio en la segunda mitad de su corta existencia (murió a los 37 años), sino que, cabe inferirlo ya, llegó a renegar de sus prodigiosos versos. Poeta ciertamente precoz, que completó su obra entre sus 18 y 20 años, le daría entonces incomprensible sepultura, igualmente precoz, a su genio y figura. Es lo que se desprende del estudio preliminar –y de las propias cartas del poeta– de su Obra completa bilingüe, un lujoso volumen de 1.500 páginas, publicado por Atalanta, al cuidado, lo mismo que la traducción, de Mauro Armiño. Por primera vez, en una entrega sumaria de Rimbaud en castellano se incluye no solo la totalidad de su correspondencia y de sus composiciones poéticas en latín (escritas a sus ¡14 años!), sino también los llamados poemas zutistas, de marcada connotación escatológica. Llama la atención, por ejemplo, su Sonnet du trou du cul (“Soneto del ojo del culo”), que se abre de este modo: “Oscuro y fruncido como un clavel violeta / respira, humildemente agazapado en el musgo, / húmedo aún de amor que sigue la dulce huida / de las blancas Nalgas hasta el corazón de su pliegue”. Escrito al alimón con su entonces amante, Paul Verlaine, ambos pertenecieron por un tiempo al Círculo de los Zutistas, un grupo de poetas maudits que, con jerga escatológica y mucha munición etílica, tenían tertulia en un recoleto hotel del bulevar de Saint-Michel. Componen un total de 22 poemas ofrecido ahora en primicia. Hay elocuentes poemas en prosa, como “Un corazón bajo una sotana”, donde, con perenne vigencia, el poeta denuncia la pederastia clerical inspirada en el colegio en el que estudió.

Lo cierto es que las más célebres consignas de Rimbaud (a quien Paul Claudel llamó “místico en estado salvaje”), como “ser sublime sin interrupción”, “ser absolutamente modernos”, o su proclama del poeta como un vidente, que iluminaron el espíritu de la modernidad poética hasta las vanguardias, se las sacudió de una plumada, o de “un papirotazo”, como señala Armiño. No hay nada de hagiográfico en la aureola que se desprende de este muestrario completo de su obra, con cartas y más cartas (muchas de ellas, peticiones de provisión y cobros atrasados, firmadas por un tal “Rimbaud, comerciante francés”), de su legendario periplo africano, marcado por la penuria y la perpetua huida de sí mismo, para acabar como traficante de esclavos y de armas en Abisinia. Ni una sola palabra de poesía. Lo último literario que escribió fue un texto titulado “Sueños”, en una carta de 1853, a su amigo Ernest Delahaye, donde (escatología obliga) satiriza, con adelantados tintes surrealistas, la cerrada atmósfera de un dormitorio comunal en un cuartel, refiriéndose a gases y quesos franceses, con un vals de fondo...

Se comprueba que, en realidad, Rimbaud nunca alcanzó a saber que llegaría a ser Rimbaud a lo largo de la posteridad. Su más emblemático poemario, Una temporada en el infierno, que fue el único que alcanzó a publicar en vida, solo llegó a exactamente seis destinatarios, incluido Paul Verlaine, ya que la edición quedó postrada en un cajón de la editorial, en Bruselas, hasta 1901, diez años después de la muerte del autor, ya en el siguiente siglo.
 
Por lo demás, el mentado Sonnet du trou du cul prosigue con un cuarteto que bien pudiera ser leído como una alegoría-esfínter de su propio modo de esfumarse, para desembocar en el célebre silencio rimbaudiano: “Filamentos semejantes a lágrimas de leche / han llorado, bajo el viento cruel que los rechaza, / a través de pequeños coágulos de rojizo abono / para irse a perder donde la pendiente los llamaba”.

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martes, abril 24

Cruz Roja: la utopía realizada de Henry Dunant


(Un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 13 de febrero de 2013)

Ginebra, 9 de febrero de 1863 · El filántropo suizo Dunant y cuatro directivos de la Sociedad Ginebrina para el Bienestar Público fundan la Cruz Roja.

Tras su triunfo en Waterloo, uno de los más decisivos de la Historia, Wellington, que tiene que escribir un informe para Londres mientras su ayudante y amigo el coronel Gordon agoniza a su lado, cae en una depresión. En el siglo XIX, cuando los generales todavía libran batallas cuyo escenario queda bajo su mirada, el campo después de la batalla es un escenario infernal para los ojos, los oídos y las narices. Se acumulan miles de muertos y, aún peor, de heridos con sus quejidos y gestos desesperados pidiendo un auxilio que nadie tiene capacidad de darles, y todo acompañado del olor de la muerte y la podredumbre, que termina sobreponiéndose al de la pólvora.

El emperador francés Napoleón III, sobrino de Napoleón el Grande, que había basado su carrera política y su toma del poder en el halo de gloria militar de su nombre, se enfrenta por primera vez a ese espectáculo con más de 50 años, tras su victoria en la batalla de Montebello. Ya impresionado por los montones de cadáveres que se entierran en fosas comunes, entra en una granja convertida en hospital de campaña. “El olor que se desprende se le agarra a la garganta –escribe un cronista–. Sobre mesas de cocina los cirujanos, con delantales cubiertos de sangre, examinan, cortan, cauterizan. En un rincón hay un repugnante montón de manos y pies amputados. Se escapan gritos y alaridos, junto a maldiciones y quejas. Napoleón III está lívido”.

Un mes después de Montebello, el 24 de junio de 1859, viene Solferino, la batalla decisiva de esa guerra que enfrenta a franceses e italianos contra austriacos en la que se decidirá el nacimiento de un nuevo país, la Italia unificada. El teatro de la muerte y el dolor se repite, pero magnificado por el gran número de combatientes, 100.000 austriacos y 120.000 franco-piamonteses. Al final del combate hay 38.000 bajas de los dos bandos esparcidas en el campo de Solferino. La batalla ha estado presidida por tres soberanos, el emperador Francisco José de Austria, Napoleón III y el rey Víctor Manuel del Piamonte, pero no será ninguno de ellos quien tome las medidas heroicas que exige la situación, sino un civil de un país neutral que ha ido allí para hacer una reclamación económica.

Se trata del hombre de negocios suizo Henry Dunant, dueño de una sociedad colonial en Argelia, que persigue a Napoleón III porque el Gobierno francés no le da las ayudas prometidas. El espanto de Solferino, sin embargo, le hace olvidar su demanda y dedica su dinamismo empresarial a organizar a las mujeres de los pueblos cercanas para atender a los heridos sin distinción de uniforme. Son ellas, las mujeres italianas, quienes acuñan el lema de Solferino: Tutti fratelli (“Todos somos hermanos”). Ahí está resumido el espíritu de la Cruz Roja, atender a las víctimas sin tener en cuenta su bando.
Una de las razones del abandono de los heridos, pese a que todos los ejércitos europeos tienen servicios de sanidad, es que se considera a los médicos militares combatientes, y cuando su ejército retrocede ellos también lo hacen para no ser apresados o muertos, abandonando los hospitales de campaña. Precisamente una de las iniciativas de Dunant es convencer a Napoleón III para que libere al personal sanitario austriaco prisionero, para que ayude en el socorro. Así se van acumulando en la mente del suizo los elementos que cuajarán en su invento, la Cruz Roja. Dunant se encarga también de comprar lo que necesitan los heridos de Solferino. Pocos años después su entrega a la causa humanitaria le costará la ruina.

Militante humanitario.

¿De dónde ha salido este hombre providencial? Henry Dunant pertenece a una familia calvinista de Ginebra, tan devota en su estricta religión como activa en el altruismo social. En el siglo XIX hay una corriente de cambio social: abolición de la esclavitud, protección de las mujeres y los menores, respeto a las minorías, tratamiento humano en manicomios y cárceles. El joven Henry es llevado por su padre a una prisión, para que conozca los horrores que hay que resolver, y la visita le marca. A los 19 años funda la Asociación del Jueves, un grupo de jóvenes que lee la Biblia y hace trabajo social. Luego creará en Ginebra la YMCA (Asociación de Jóvenes Cristianos), la primera gran organización juvenil internacional.

Dunant es por tanto un activista, y escribe un libro, Recuerdos de Solferino, que será leído en toda Europa, a la vez que viaja por el continente predicando su causa. En su ciudad natal tiene una especial repercusión, y la Sociedad Ginebrina para el Bienestar Público, una organización presidida por el jurista Gustave Moynier, se suma al proyecto. La primera reunión entre cuatro de sus directivos y Henry Dunant, que forman el Comité Internacional de la Cruz Roja, es el acto fundacional de la organización. Ese comité reúne a delegados de 14 estados para poner en marcha el proyecto, y al año siguiente patrocina otra reunión internacional en donde 12 países firman la Convención de Ginebra, el primer intento internacional serio de paliar los males de la guerra con unas obligaciones humanitarias para los estados.

La Cruz Roja está en marcha e irá cobrando cada vez más fuerza, pero Dunant en cambio desaparece de escena, como si se hubiera muerto. No lo está, aunque ha sufrido un doble ataque letal. Por una parte, sus diferencias con Moynier. Dunant es cada vez más un idealista visionario, que se involucrará en la abolición de la esclavitud, los derechos de la mujer o incluso la creación de un Estado judío que libere a los hebreos de vejaciones y progroms. El jurista Moynier en cambio es un pragmático que aísla y anula a Dunant mientras toma el control burocrático de la Cruz Roja, hasta apartarle completamente del proyecto.

Por otra parte, Dunant ha descuidado la gestión de sus negocios, entregado en cuerpo y alma a la Cruz Roja, y le sobreviene la ruina y el acoso por parte de una legión de acreedores. No le queda más que apartarse de los focos y durante 30 años nadie se acuerda de él. Hasta que un día de 1895 un periodista lo descubre en el asilo de ancianos de Heiden, un recóndito pueblo de la Suiza alemana, y escribe un artículo que publica una revista en Alemania.

Reconocimiento.

El artículo es reproducido por periódicos de todas partes, y el mundo parece hacer un acto de contrición por haber olvidado al filántropo. El Papa escribe a Dunant, la zarina María Feodorovna de Rusia le asigna una pensión vitalicia, recibe premios y subvenciones de varios países, la Universidad de Heidelberg lo nombra doctor honoris causa, aparece un libro de Rudolf Müller en donde se rectifica la historia oficial de la Cruz Roja, que ignoraba a Dunant...

La culminación de estos reconocimientos es el premio Nobel de la Paz en su primera edición (compartido con el pacifista francés Frédéric Passy), galardón en el que, por cierto, tiene que competir con Moynier y el Comité Internacional de la Cruz Roja, también candidatos. Sin embargo, el Comité Internacional de la Cruz Roja le envía una felicitación que supone la reparación oficial: “No hay hombre alguno que merezca más este honor [...] Sin usted, la Cruz Roja, el supremo logro humanitario del siglo XIX, probablemente nunca se habría logrado”.

Por desgracia, Dunant no se puede beneficiar de los 104.000 francos suizos del Premio Nobel. Los acreedores acechan desde hace años, y su valedor ante el Comité Nobel, el militar noruego Hans Daae, deposita el dinero en Noruega, lejos de sus demandantes. Dunant seguirá viviendo en el asilo de ancianos de Heiden hasta su muerte en 1910, aunque ahora sin pasar necesidades y, sobre todo, gozando del reconocimiento del mundo.

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