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lunes, abril 17

Objetivo: matar a Trotsky

(Un texto de José Segovia en el XLSemanal del 9 de agosto de 2015)

Un hombre atractivo, el español Ramón Mercader, sedujo a una de las colaboradoras del líder de la Revolución rusa y se ganó su confianza. El 21 de agosto de 1940, hace 75 años, le dio a leer un artículo y le clavó un piolet en la cabeza.

“Seré asesinado por uno de los de aquí, o por uno de mis amigos de fuera, pero alguien con acceso a la casa. Porque Stalin no puede perdonarme la vida”, confesó León Trotsky a Eduardo Téllez, periodista de ‘El Universal’, semanas antes de que Ramón Mercader -hijo de un industrial catalán y de una estalinista fanática- acabara con su vida.

El 21 de agosto [de 2015 se cumplieron] 75 años del asesinato de Lev Davidovich Bronstein, más conocido por su apodo. León Trotsky. Fue uno de los líderes de la Revolución de Octubre de 1917 y también el organizador del Ejército Rojo. Tras la muerte de Lenin, Trotsky afirmó que el dominio de una casta burocratizada había dejado de lado los valores de la Revolución rusa, y que esta sería aplastada por el capitalismo si el pueblo no era capaz de parar los pies a los oligarcas del Kremlin.

Desde aquel momento, Trotsky se convirtió en el mayor enemigo de Stalin. Aunque el dictador soviético era un paranoico que veía enemigos por todas partes, su animadversión hacia Trotsky era comprensible, ya que este era el único que podía hacerle sombra. En 1937, Stalin puso en marcha la maquinaria del Gran Terror, uno de los periodos más negros en la historia de la Unión Soviética que estuvo marcado por la represión salvaje a militares, obreros e intelectuales.

El poderoso presidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética sabía que la guerra mundial estaba a punto de estallar. Pensaba que su país iba a ser atacado por sus enemigos, fueran estos los nazis o una coalición de naciones enemigas. En su paranoia, Stalin creía que el líder de esa fuerza atacante sería Trotsky, que hacía ya casi una década que había huido del país.

Tranquilidad en México

Tras peregrinar por media Europa y Turquía, el disidente soviético halló refugio en Coyoacán (Ciudad de México), en un chalé conocido como la Casa Azul, residencia de los pintores Diego Rivera y Frida Kahlo. Allí, el Viejo, como se conocía a Trotsky entre los suyos, esperaba encontrar un espacio de tranquilidad que le permitiera continuar su denuncia de los crímenes estalinistas.

Mientras tanto, en Moscú, Stalin organizó la Operación Utka (‘pato’ en ruso). El nombre se relacionaba con la expresión "cuando los patos están volando", que hacía alusión a las técnicas de desinformación y confusión que empleaban los medios oficiales soviéticos para machacar a los enemigos del régimen. "Y eso era lo que pretendía hacer Stalin con la figura de Trotsky", escribe el historiador Eduard Puigventós en su libro Ramón Mercader, el hombre del piolet (Now Books), un relato apasionante sobre la sangrienta persecución del revolucionario soviético y su violenta muerte a manos de un sicario de Stalin.

A pesar del peligro que suponía ser el mayor enemigo del régimen soviético, Trotsky recuperó una cierta tranquilidad en su refugio mexicano, permitiéndose una aventura amorosa con Frida Kahlo, esposa de su anfitrión en Ciudad de México. El affaire con la pintora duró solo unos meses. Frida se embarcó en aquella relación como una venganza contra Diego Rivera, del que se separó definitivamente meses después. Por su parte, Trotsky escribió largas cartas de arrepentimiento a su mujer, Natalia Sedova, y regresó al hogar con la esperanza de no haber roto su matrimonio.

En mayo de 1939, mientras el revolucionario y los suyos se trasladaban a una nueva casa en la avenida Viena de la capital mexicana, la NKVD (la agencia precursora de la KGB) dio luz verde a la Operación Utka. Sus integrantes se dividieron en tres grupos. El primero era una red de información dirigida por Caridad Mercader y su hijo Ramón, que se hizo pasar por el canadiense Frank Jacson, y cuyo objetivo era tratar de acercarse al círculo de Trotsky para obtener datos precisos sobre sus movimientos y los de sus hombres.

El segundo grupo, el encargado de perpetrar el atentado, lo encabezaba el muralista David Alfaro Siqueiros, miembro del Partido Comunista mexicano. El tercer grupo de apoyo, que acabó uniéndose al segundo, lo dirigía Iosif Grigulevich, un estalinista muy activo en la Guerra Civil española y cómplice de Orlov en la ejecución del trotskista catalán Andreu Nin, líder del POUM. Sin embargo, a pesar de la gente involucrada y de la importante suma de dinero que se invirtió en esta trama criminal, el atentado fracasó. Tirotearon a Trotsky y a su mujer, pero erraron.

Lejos de desanimarse, Stalin ordenó un segundo ataque contra Trotsky. En esta ocasión, el dictador soviético ordenó que lo llevara a cabo un individuo en solitario, dejando a un lado las redes de agentes de la NKVD. "Fue en aquel momento, y no antes, cuando Ramón Mercader apareció como un mercenario ideológico, que aceptó la responsabilidad de un asesinato y se concienció para cumplirlo", afirma Puigventós, que en su libro desmonta la idea de que Mercader fuera elegido desde un primer momento como el verdugo de Trotsky.

Mercader, un seductor

Para llevar a buen término su misión original, que consistía en recabar información sobre el refugio de la avenida Viena, Mercader sedujo a la trotskista americana Sylvia Ageloff, cuya hermana era una estrecha colaboradora del revolucionario, lo que le permitió introducirse en su círculo íntimo con una identidad falsa y sin despertar sospechas.

La facilidad con la que Mercader logró su objetivo resulta sorprendente.  El 20 de agosto de 1940, Mercader pidió al revolucionario que echara un vistazo a un artículo que supuestamente iba a publicar en una revista extranjera. Trotsky inició la lectura y Mercader se situó detrás de él, dejando a un lado el impermeable donde llevaba un , un cuchillo y una pistola. Pensó que el piolet  sería más silencioso y dejaría al Viejo sin opción de defenderse. Lo alzó y con las dos manos asestó un golpe muy fuerte en el cráneo de su víctima. Le había golpeado con gran furia, pero no con la fuerza suficiente para tumbarlo.

“El hombre comenzó a chillar como un cerdo al que están degollando; e inmediatamente se me echaron encima sus ayudantes y no pude hacer nada”, confesó Mercader a su hermano Luis. El brazo ejecutor de Stalin no fue capaz de reaccionar. No empuñó su pistola ni tampoco volvió a usar el piolet contra su víctima. Cuando llegaron los hombres que le debían haber defendido, Trotsky se desmayó. Murió horas después en un hospital, el 21 de agosto de 1940. Tenía sesenta años.

Si Mercader hubiera podido asesinar al revolucionario sin hacer ruido, habría podido huir de la casa. Pero lo atraparon. Le propinaron una paliza tremenda. Su aspecto era lastimoso.

El 29 de agosto, el comunista español fue sometido a un careo con su amante Sylvia Ageloff, en el que se produjo una situación tensa que desembocó en reproches y gritos. A las preguntas que le hizo el juez, Sylvia respondió que Mercader era un canalla que la había utilizado para acercarse a Trotsky y asesinarlo.

Durante un tiempo, la estadounidense fue considerada cómplice del atentado, hasta que las autoridades mexicanas se convencieron de su inocencia y la dejaron libre. El asesinato de Trotsky supuso para Mercader veinte años de silencio entre rejas. En ese tiempo, la URSS experimentó profundos cambios. Stalin falleció en la más absoluta soledad el 5 de marzo de 1953. Su cuerpo embalsamado fue depositado junto a la momia de Lenin en la Plaza Roja de Moscú. Solo tres años después, durante el XX Congreso del Partido, su sucesor al frente de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov,  dejó sin habla a los asistentes cuando leyó el informe titulado Sobre el culto a la personalidad y sus consecuencias. El nuevo líder soviético acusó a Stalin de haber liquidado a los mejores camaradas del ejército, de la deportación de pueblos étnicos, de haber alimentado un enfermizo culto a la personalidad y de falsificar la historia del Partido Comunista.

Las revelaciones de Jrushchov provocaron un terremoto en el Comité Central. En 1961 se sacó el cuerpo de Stalin del mausoleo para enterrarlo fuera del Kremlin. La caída en desgracia de Stalin debió de ser un duro golpe para Mercader, que por lealtad al estalinismo había dejado escapar los mejores años de su vida en una prisión mexicana. Finalmente, el 6 de mayo de 1960, el español fue liberado y pudo viajar a la URSS, cuyas autoridades le proporcionaron una pensión vitalicia y lo condecoraron con la medalla de Héroe de la Unión Soviética. Años después se instaló en La Habana, donde falleció el 18 de octubre de 1978.


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jueves, abril 13

El metro de los diputados

(Un texto de F. Goitia en el XLSemanal del 9 de agosto de 2015)

El metro más corto del mundo discurre por los sótanos del poder, bajo el suelo del Capitolio, en Washington D.C. Consta de tres líneas, ninguna mide más de 400 metros y es el lugar perfecto para conciliábulos entre congresistas y senadores a la hora de negociar leyes.

En servicio desde 1909, el tren conecta la docena de edificios del Legislativo, entre Congreso, Senado y oficinas de senadores y congresistas. Se inauguró con una sola línea y permaneció inalterado hasta 1960, cuando se instaló un monorrail y se amplió el recorrido, que no paró de crecer hasta 1993, año en el que entró en servicio el tren automático actual.

Los turistas pueden usarlo si no hay votación en curso, momento en que se restringe su uso a los legisladores y sus tratos secretos.

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domingo, abril 9

Las frases que nadie dijo y todos repiten

(Un texto de José Segovia en el XLSemanal del 9 de agosto de 2015)

Tras la caída del Muro de Berlín el 10 de noviembre de 1989, algunos políticos pensaron que la unificación de Alemania volvía a resucitar el fantasma de la Segunda Guerra Mundial. Otros temieron que iba a costarle mucho dinero a la Unión Europea. En aquellos momentos de incertidumbre prosperó una irónica frase que decía: «Me gusta tanto Alemania que prefiero que haya dos». La sentencia ha sido atribuida al presidente francés Françoise Mitterrand, al siete veces primer ministro italiano Giulio Andreotti y al premio Nobel francés Françoise Mauriac, que falleció años antes de la desaparición de la República Democrática Alemana.

A estas citas de múltiple paternidad se añaden otras que nunca fueron dichas por sus supuestos autores. Entre ellas, figura una muy famosa que se adjudica a Maquiavelo: «El fin justifica los medios». Lo que realmente escribió el filósofo y diplomático florentino en su obra El príncipe fue lo siguiente: «Si el monarca lleva cuidado de conservar el Estado, los medios serán siempre estimados, honorables y aplaudidos por todo el mundo».

En 1633, la Inquisición acusó a Galileo Galilei de defender la teoría copernicana de que la Tierra era la que se movía alrededor del Sol. Y siempre se afirmó que tras oír su condena Galileo murmuró: «¡Eppur si muove!» (“Y, sin embargo, se mueve”). Lo cierto es que un comentario como ese, aun cuando fuese un murmullo apenas audible, le habría costado la cabeza al matemático italiano.

Tampoco es de Voltaire una sentencia que siempre se le atribuye: «No estoy de acuerdo con lo que decís, pero defenderé hasta la muerte vuestro derecho a decirlo». La cita fue utilizada por primera vez por Evelyn Beatrice Hall, que escribió un libro titulado Los amigos de Voltaire (1906), bajo un seudónimo masculino, Stephen G. Tallentyre.

Las diferencias ideológicas constituyen otro factor que favorece la falsa adjudicación de citas históricas. «Cuando oigo la palabra ‘cultura’, saco mi revólver», es una frase que los anglosajones han atribuido a los dirigentes nazis Hermann Göring y Joseph Goebbels. En España, la misma sentencia, con pequeñas variaciones, se ha adjudicado a los generales Emilio Mola y Millán Astray. En realidad, la frase dice así: «Cuando oigo la palabra ‘cultura’, ¡le quito el seguro a mi Browning!», y su origen es la obra teatral Schlageter, escrita por Haans Johst, un poeta y dramaturgo nazi que le dedicó este panfleto teatral a Hitler como regalo de cumpleaños.

Sentencias inventadas
En la literatura también aparecen algunas citas apócrifas. Por ejemplo, Sherlock Holmes, el genial detective ideado por Arthur Conan Doyle, jamás pronunció la famosa coletilla: “Elemental, querido Watson”.

Cita anónima 
“Se puede engañar a todo el mundo alguna vez, y a alguna persona todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. La frase se atribuye a Abraham Lincoln, pero no consta en ningún periódico ni documento de la época.

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miércoles, abril 5

Crítica musical: retablo de ilustres mentecatos



(Extraído de un texto de Luis Algorri en la revista Tiempo del 12 de junio de 2016)

Un libro reúne las barbaridades que han dicho los críticos sobre los grandes músicos durante 150 años.
Quienes hemos ejercido la crítica musical nos hemos preguntado en silencio, más de una vez (espero que más de una vez), por qué nos pagaban en realidad. Qué derecho teníamos a poner en un periódico nuestro individual parecer sobre un concierto o una ópera, y por qué eso era necesario, y por qué nuestra opinión tenía dos gramos más de valor que la de cualquiera que nos leyese. Vamos, que por qué rayos nos pagaban.

–Usted olvida, caballerete –dirá el crítico veterano al que le regalan las entradas y le tratan como al archiduque de Austria en cuanto pisa el Auditorio o el Real– que nosotros, los críticos, hemos estudiado mucho, tenemos grandes conocimientos, un criterio basado en años de experiencia; y por eso somos ecuánimes y nuestra opinión es fiable y útil para los lectores.

Sí, ¿eh?

“Rechazo a Brahms con todo mi desdén. Su música es un vacío ruidoso y lleno de reverberaciones. No pretendo, de ninguna manera, decir que Brahms fuera un idiota; era mucho más que eso (...). Como tengo la desgracia de ser músico, no puedo apreciar a Brahms; no hay en el mundo una sinfonía más insoportablemente aburrida que la Sinfonía en Mi menor”. Esto lo escribía J. F. Runciman, crítico de música del Musical Record de Boston, en los últimos años del siglo XIX. Hoy nadie sabe quién coño fue ese Runciman. Pero todos sabemos quién es, y sigue siendo, Brahms.

“Carmen debe juzgarse por sus propios méritos, que son muy escasos. No es más que una compilación de coplas y canciones. Como obra de arte, es inexistente”. Esa claridad de juicio tenía el crítico de The New York Times ante el estreno en la ciudad de la ópera de Bizet, que hoy se sigue representando con todo éxito en el mundo entero. Del crítico no queda ni el nombre.

“Es como una pelea primitiva, casi carente de forma y sin una tonalidad definida, salvo por los ritmos insistentes que hacen que las melodías de los tambores de las amables tribus del Congo parezcan supersofisticadas (...). Si no hubiese habido una explicación en el programa, podría haberse creído que la obra representaba una juerga de Nochevieja de una pandilla de adictos al aguardiente casero y los sencillos pasatiempos de un grupo de jóvenes y señoritas, vestidos prudentemente con hojas de higuera”.
Así juzgaba en 1922 el crítico musical de The North American, de Filadelfia, La Consagración de la Primavera, de Igor Stravinsky. Es una de las más emocionantes composiciones para orquesta de todos los tiempos. Del crítico tampoco se conserva el nombre. Por fortuna para sus nietos.

Todo esto que leen son pasajes de un libro que se acaba de publicar en España y que escribió el fallecido director de orquesta, compositor y pianista norteamericano Nicolas Slonimsky. El libro se titula Repertorio de vituperios musicales (Taurus) y es exactamente eso: una antología exhaustiva de las colosales sandeces que escribieron los críticos sobre grandes compositores y sobre obras maestras absolutas –hoy sabemos que lo son–, desde los tiempos de Beethoven hasta hace más o menos cincuenta años.

Suerte que tenemos
La suerte se ha posado sobre el cráneo pelado de los críticos actuales porque ya apenas se hace crítica de obras; nos limitamos casi solo a las interpretaciones, que es algo menos resbaladizo porque si un tenor desafina o cala, pues desafina o cala y no hay más que hablar, lo ve todo el mundo. Ya no es fácil que aparezca un cernícalo como Louis Spohr que ponga por escrito que el último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven le parece “tan feo, tan de mal gusto y tan trivial que ni siquiera puedo entender cómo Beethoven pudo escribirlo (...). Carecía del sentido de la belleza”.

Ya no es de temer que alguien escriba: “Es la obra más pobre de Verdi. Carece de melodía. Esta ópera tiene escasas posibilidades de pasar a formar parte del repertorio”, y eso lo dijo el lumbreras del crítico de la Gazette musicale de Paris de la ópera Rigoletto, que es, junto con Traviata, la más representada de todos los tiempos.

La lectura de este libro nos lleva a una conclusión: el crítico tiene una tendencia irreprimible al conservadurismo. Le gusta lo que conoce y aborrece lo que no conoce. El futuro, para él, es repetición, no creación. El merluzo de L. Rellstab, que escribía en Iris (Berlín, 1833), lamentaba profundísimamente que Chopin inventase cosas y no hiciese lo que ya habían hecho otros: “Donde Field sonríe, Herr Chopin hace una mueca burlona; donde Field suspira, Herr Chopin gruñe; Field se encoge de hombros y Herr Chopin arquea el lomo como un gato (...). Si se pusieran los encantadores romances de Field ante un espejo deformante, de modo que cada uno de sus hermosos rasgos resultara exagerado, se verían las obritas de Chopin”. Ante esa muestra de clarividencia musical, lo primero que el lector se pregunta es: pero ¿quién rayos era ese Field? Y, sobre todo, ¿cuánto le pagaban al tal Rellstab por hacer el ridículo de manera tan desvergonzada?

Los hay con cierto talento, eso es verdad. Como el crítico que decía de una obra de Franz Liszt que “quizá dentro de veinte o veinticinco años, esta música le guste a la gente. Nos alegramos de no vivir para verlo”. Confianza por confianza: nosotros también nos alegramos.

Del mismo modo que la peor enemiga de los políticos es la hemeroteca, el peor enemigo de los críticos es aquello que escriben (que escribimos) sintiéndonos más importantes que una boñiga en un solar. Y no lo somos. Ni siquiera tenemos claro por qué nos pagan. 

Ese judío oriental
El crítico del Musical World de Londres explicaba que las horribles composiciones de Chopin, disonantes, ruidosas, desagradable al oído (¡¡Chopin!!) se debían a que el compositor estaba liado con la “archihechicera Jorge Sand”. Pero Rudolf Louis escribía en la Alemania de 1909 sobre Mahler: “Habla un lenguaje musical alemán, pero con el acento, con el tono y, sobre todo, con los gestos de un judío oriental, demasiado oriental. Por lo tanto no puede comunicar nada”. Luego habla de la “vacuidad absoluta” de su arte y le llama “modistilla”. Lo que se llama un caso de pre nazismo puro…

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sábado, abril 1

La mamá del monstruo



(Un texto de Fernando Savater en la revista Tiempo del 1 de julio de 2016)

Frankenstein, una criatura hecha de pedazos de cadáveres, desesperada por la soledad, que admite su maldad pero la presenta como fruto de su desdicha.

Pocas reuniones intelectuales han marcado tanto la historia literaria europea como la que mantuvieron un grupo de amigos en Villa Deodati, cerca del lago Leman, a mediados de junio de 1816. La erupción de un volcán indonesio había cambiado el clima veraniego en otro casi invernal incluso allí, en los alrededores de Ginebra. Los amigos que habían querido pasar su tiempo navegando por el lago o paseando por los campos soleados se vieron obligados a permanecer durante largas veladas encerrados en la casa, con el fuego encendido y leyendo cuentos inquietantes de Hoffmann y otros autores alemanes, algo más propio de fechas navideñas que de comienzos del estío.

Los personajes de la reunión lo tenían todo para llamar la atención y avivar la imaginación de los lectores incluso en nuestros días. Para empezar, el dueño de la villa y anfitrión de los demás: Gordon lord Byron, ventiocho años, poeta fuera de serie y escándalo público aún más notorio. Denostado hasta la execración, venerado hasta la idolatría, perseguidor perseguido por bellezas de ambos sexos, atleta a ratos y estragado libertino en ocasiones. Sabía vivir como un potentado sin serlo y en Villa Diodati contaba con los cuidados de su médico personal William Polidori, un parásito pedante. Su huésped principal era Percy Bysshe Shelley, venticuatro años, también poeta de no menor talento y por tanto rival (aunque se llevaban bien), autor del panfleto La necesidad del ateísmo que provocó su expulsión de la Universidad de Oxford, rebelde contra toda tiranía real o imaginaria, salvo la del amor. Le acompañaba su amante (que luego sería su mujer, al suicidarse la esposa legal que había abandonado) Mary Godwin, diecinueve años, hija del reformador social William Godwin, autor de Justicia política, y de Mary Wollstonecraft, pionera del feminismo y autora de Vindicación de los derechos de la mujer. Apasionada pero racional, no llegó a conocer a su madre que murió al darla a luz (en cambio conoció a Percy. B. Shelley un día visitando su tumba) pero siempre admiró su obra y puso en ejercicio el feminismo práctico que ella había preconizado.

Después de haber leído muchos cuentos terroríficos, al grupo reunido en Villa Deodati se les ocurrió la idea de escribir ellos mismos relatos de ese género. Lord Byron no fue más allá de esbozar una historia protagonizada por un vampiro, que dejó inacabada. Años después, el doctor Polidori aprovechó la idea para su relato El vampiro, en el que aparece Lord Ruthven, un no-muerto aristócrata con todos los rasgos que más tarde haría famosos cierto conde transilvano… Shelley parece que siguió con sus poemas pero Mary se dedicó en serio a la tarea y empezó a escribir lo que dos años después se publicó con el título de Frankenstein o el moderno Prometeo. Una criatura hecha de pedazos de cadáveres, desesperada por la soledad, que admite su maldad pero la presenta como fruto de su desdicha. Un siglo después, un director de cine –James Whale– y un maquillador genial, Jack Pierce, convirtieron al hijo de Mary Shelley en un icono a la vez horrible y ávido de afecto, que nos representa a todos. 

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martes, marzo 28

El incidente de Agadir



(Un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 1 de julio de 2016)

Agadir, 1 de julio de 1911. La llegada de una cañonera alemana, a punto de provocar la Gran Guerra.
La matanza de 1914 fue una tragedia muy anunciada. Desde décadas atrás las dos principales potencias continentales, Francia y Alemania, mantenían una hostilidad que solo podía acabar en guerra, y que arrastraría al mundo a lo que se llamó Gran Guerra o Primera Guerra Mundial.

La germanofobia francesa era un sentimiento primario y natural, nacido de la humillación. En 1870 los prusianos habían aplastado al Ejército francés, proclamado su II Reich (Imperio) en Versalles, y se habían quedado con Alsacia y Lorena. El revanchismo estaba por tanto generalizado entre militares y políticos, a derecha e izquierda, y por supuesto en el ámbito popular.

La inquina alemana era más compleja. Alemania, a principios del siglo XX, era la nación más desarrollada y con el mejor Ejército del mundo, la más poblada de Europa Occidental, y sin embargo no disponía de un imperio colonial para expandirse, solo le habían caído unas migajas en el reparto de África. Ver que Francia, a la que habían vencido, era dueña de media África, provocaba un sentimiento de agravio. Para remediar esa frustración, desde finales del XIX, Berlín emprendió un programa naval que la convertiría en una potencia sobre los mares, y una diplomacia agresiva en Oriente Medio y África.

En 1905 tuvo lugar la I Crisis de Marruecos, cuando Guillermo II, en crucero de placer por el Mediterráneo, desembarcó en Tánger en olor de multitudes y proclamó su apoyo a la soberanía marroquí, declarando que Alemania no permitiría que Francia fuese la dueña absoluta de Marruecos. Para remediar aquella crisis, la Conferencia de Algeciras repartió en 1906 el protectorado de Marruecos entre España y Francia. Era un remedio de urgencia, pero no resolvía nada, y cinco años después sobrevino la II Crisis o Incidente de Agadir.

En 1911 Marruecos ardía en rebelión contra el sultán. En esas circunstancias, las potencias europeas intervenían en defensa de sus intereses y súbditos, era la “política de la cañonera” aceptada por todos. Alemania envió un buque de guerra, el Panther, a proteger a sus comerciantes en Agadir, el mejor puerto atlántico del protectorado, una base naval estratégica, y muchos franceses reaccionaron como si los alemanes hubieran invadido el suelo patrio. Era la excusa para la guerra que buscaban los revanchistas, y la contienda habría estallado de no ser presidente del Gobierno Joseph Caillaux.

Personaje de Proust
 Con su aspecto de dandi altanero, Joseph Marie Auguste Caillaux da la imagen tópica del vástago de las clases altas de la Belle Époque, como los que retrata Proust. Y lo es: papá ministro, colegio de jesuitas, brillante hacendista, político ganador, rico… Pero Caillaux es un republicano radical, un progresista que ha militado a favor de Dreyfus y, sobre todo, ha inventado algo que le ganará el odio eterno de la derecha, el impuesto progresivo sobre la renta. Además Caillaux es pacifista, lo que unido a que, según un cronista francés, “cultiva el arte de hacerse antipático”, le hace detestable también en el centro y la izquierda, incluidos sus compañeros de Gobierno y camaradas ideológicos Poincaré y Clemenceau, futuros presidente de la República y primer ministro durante la Gran Guerra, ambos belicistas.

Caillaux sabe que muchos miembros de su propio Gobierno quieren la guerra, de modo que puentea a su ministro de Exteriores y lleva directamente las negociaciones con Alemania. Tiene fama de excelente polemista y negociador, además de genio de las finanzas, de modo que sabe que toda negociación exige pagar un precio. Afortunadamente tiene la bolsa repleta de la moneda que ambiciona Alemania. Le ofrece al káiser una parte del Congo Francés, además de derechos para comerciar en las colonias francesas, y obtiene a cambio el reconocimiento alemán de la supremacía francesa en Marruecos.

Dándole al káiser un trozo de tarta africana, Caillaux no solo evita la guerra inminente, sino que elimina el foco de conflictos con Alemania que es Marruecos, e inicia la colaboración con el vecino país que, según él, debe substituir al revanchismo. Pero para muchos franceses se ha convertido en un repugnante traidor, y de hecho Clemenceau lo hará procesar por traición en 1918 y será condenado a tres años de prisión –aunque luego será amnistiado y rehabilitado–.

Pero antes de ese miserable ajuste de cuentas, en 1914, Caillaux está a punto de volver a ser nombrado jefe de Gobierno, solo le falta un trámite, ganar en las elecciones de abril su escaño de diputado por Mamers, como ha hecho ya cuatro veces consecutivas. En Historia no se puede especular con los contrafactuales, pero cabe hacerse ilusiones: ¿habría evitado Caillaux la Gran Guerra otra vez, como hizo en Agadir?

La derecha y los revanchistas lanzan una feroz y sucia campaña de injurias y calumnias contra Caillaux, encabezada por Le Figaro, para impedirle ser primer ministro. Sin poder soportarlo, rotos los nervios, la esposa de Caillaux, cuya fama también ha sido pisoteada por Le Figaro, asesina al director del periódico.
El escándalo da la excusa al presidente de la República, el belicista Poincaré, para no encargar a Caillaux la jefatura del Gobierno, pese a que vuelve a ganar las elecciones. Y estalla la Guerra del Catorce, aunque eso es otra historia… 

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viernes, marzo 24

Para escoger la talla de sujetador

Eminentemente práctico...

En corsetería, España sigue el tallaje francés, no el europeo. La talla del sujetador consta de una cifra un múltiplo de cinco, entre 80 y 105 y una letra (A, B, C, D y E).

Mídete el contorno del tórax donde el pecho es más voluminoso y luego, justo debajo del surco submamario. Si a esta segunda cifra le añades 15, tendrás tu talla de contorno. Por ejemplo, si este tiene 75 cm, la talla será la 90. Para calcular la copa, resta las dos medidas. Si la cifra es 15, la copa será la B. Con una variación de más o menos tres centímetros saldrán las otras letras: A (12 cm), C (18 cm), D (21 cm) y E (24 cm).

Además, el sujetador tiene que quedar cómodo y adaptarse al cuerpo. Los aros deben recoger toda la mama y los tirantes, mas o menos anchos según del tamaño del pecho, han de estar tersos para repartir el peso en los hombros.

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