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viernes, junio 2

Cervantes y Shakespeare, el cosmopolita y el sedentario



(Un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 8 de abril de 2016)

Roma, diciembre de 1569. Cervantes llega en el séquito  del cardenal Acquaviva.
La vida de Miguel de Cervantes fue un azogue, viajó muchísimo y corrió estremecedoras aventuras. William Shakespeare en cambio nunca se alejó más de 100 millas de su pueblo, la distancia entre Stratford Upon Avon y Londres. Estas actitudes vitales tan diversas se diría que reflejan las naturalezas opuestas de sus lugares natales, el cosmopolitismo de Alcalá de Henares frente al ruralismo de Stratford.

Alcalá era una villa con títulos de nobleza, el castro celtibérico de Ikesancom Kombouto, que acuñaba moneda propia, refundado por los romanos en el siglo I con el nombre de Complutum. Fue la población romana más importante del centro de España, ocupaba 50 hectáreas a mitad de la vía entre César Augusta (Zaragoza) y Emérita Augusta (Mérida), y a finales del siglo III alumbró a sus primeros hijos insignes, los santos niños mártires Justo y Pastor.

Tras su reconquista fue lugar de residencia de los reyes de Castilla, donde se celebraron Cortes y se dictaron los famosos Ordenamientos de Alcalá. Allí falleció Juan I, Enrique III recibió a los embajadores de Tamerlán, emperador de los mongoles, e Isabel la Católica se entrevistó con Colón. Allí nació su hija pequeña, Catalina, que sería reina de Inglaterra en el mismo siglo en que nació Shakespeare, y también el segundo hijo varón de Juana la Loca, Fernando, que sería emperador.

Pero aún más importante para destacar a Alcalá en el mapa del mundo
 –Wijngaerde la incluyó en sus vistas de ciudades– fue el mecenazgo del cardenal Cisneros, que fundó la Universidad Complutense y, al amparo de esta, publicó en Alcalá la Biblia Políglota, culmen de la erudición bíblica de todos los tiempos y obra maestra del arte de la edición realizada en la imprenta de la universidad.

Frente a tales glorias, Stratford Upon Avon resultaba insignificante. Los bárbaros anglo-sajones fundaron una aldea que se convirtió en pequeño burgo relativamente próspero gracias a su mercado semanal. Eso permitía que el municipio mantuviese una grammar school donde Shakespeare, hijo de un concejal, fue a estudiar, aunque aprendió “poco latín y menos griego”. Allí pasó los 20 primeros años de su vida sin hacer nada más importante que casarse a los 18.

Cervantes, en cambio, no llegó a estudiar en la Complutense porque cuando tenía 4 años su padre se trasladó a Valladolid, entonces sede de la corte. La familia de Cervantes se movió mucho de un lugar a otro, lo que algunos ven práctica de judeoconversos, que así intentaban borrar sus antecedentes. Esta hipótesis crearía uno de esos vínculos subliminales entre los dos escritores, pues la madre de Shakespeare era católica, una minoría perseguida en la Inglaterra isabelina.

A los 19 años Cervantes cursaba en el Estudio de la Villa de Madrid, y su catedrático, López de Hoyos, incluyó un soneto de su “caro y amado discípulo” en un libro dedicado a la fallecida reina Isabel de Valois, ópera prima de la literatura cervantina. A la misma edad no habría apuntado Shakespeare como escritor, pero ambos emprendieron viajes al entrar en la veintena por razones oscuras. Aquí sí hay una coincidencia notable, se cree que Miguel y William cometieron delitos graves que les empujaron a huir de Madrid y Stratford respectivamente, aunque en ambos casos existen muchas dudas, muchas lagunas: Cervantes habría malherido a alguien bien relacionado en la corte, Shakespeare habría cazado el ciervo de un noble, lo que estaba tan perseguido como el homicidio.

No se sabe de cierto cuándo llegó Shakespeare a Londres y se aventura que su primer contacto con el teatro fue cuidar los caballos de los espectadores, aunque logró introducirse bien en el medio, pues entró como actor y luego autor en la acreditada compañía de los Hombres del Lord Chambelán, que pasaría al patrocinio real como los Hombres del Rey. Sin más afanes que los nervios de los estrenos, fue pronto aclamado como el dramaturgo de moda, ganó mucho dinero, lo invirtió bien, y en 1613, cuando llevaba en Londres unos 25 años, el incendio del Teatro del Globo pareció empujarle a abandonar las tablas y volver a Stratford como un rico propietario, que ya no hizo nada hasta su muerte.

Cervantes abandonó Madrid con mejores augurios, pues lo llevaba en su séquito el cardenal Acquaviva, embajador papal, lo que le permitiría conocer las maravillas de Italia, algo anhelado por todo hombre de letras. Tuvo la oportunidad de residir en Roma, “reina de las ciudades y señora del mundo” en sus propias palabras, donde “visitó sus templos, adoró sus reliquias y admiró su grandeza”, y podría haber hecho carrera como camarero del cardenal, que era empleo muy distinguido.

Hombre de guerra

En cambio, su naturaleza inquieta le hizo cambiar la curia por las armas, y como soldado de los tercios españoles estuvo cinco años guerreando contra el Turco de una punta a otra del Mediterráneo. Se bautizó de fuego en Lepanto, donde perdió “la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”, según escribiría en el prólogo de las Novelas ejemplares, mostrando su conciencia de haber participado en las glorias de la Historia. Luego, como la negra noche sucede al día, vinieron cinco años de inmovilidad forzosa, cautivo en Argel, su trance más terrible y al que dedicaremos el próximo número.

Cervantes fue liberado en 1580, tenía 33 años, edad madura en la época, pero aún hizo de agente secreto en el norte de África y buscó vehementemente irse a las Indias. Le escribió al rey para que le otorgase “la Contaduría del Nuevo Reino de Granada (Colombia), o la Gobernación de la Provincia de Soconusco en Guatemala, o Contador de las Galeras de Cartagena (Colombia), o Corregidor de la Ciudad de la Paz (Bolivia)”... No le importaba el país con tal de que fuese un cargo de la categoría que creía merecer.
No lo logró, se hubo de conformar con ser comisario de provisiones de la Armada Invencible y recaudador de impuestos, lo que le haría visitar media España, incluida la cárcel de Sevilla por un problema financiero, reuniendo experiencias que volcaría en las andanzas de Don Quijote, engendrado en el dolor de su segundo cautiverio. ¡Qué suertes tan distintas las de los dos genios!

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martes, mayo 30

Diez claves para comer bien



(Un texto de A. Paris en la revista Mujer de Hoy del 10 de noviembre del 2012)

1. Sé, de verdad, omnívora 

Nuestro cuerpo no está diseñado para alternar un régimen muy proteico del estilo Dukan con otro hipocalórico como el de la sopa de repollo. Si comemos así, nos exponemos a sufrir fatiga, molestias digestivas, una bajada de defensas, altos niveles de estrés... En resumen, todo lo que intentamos evitar con una dieta sana. Por ello, niégate a mantener tu talla siguiendo el trío infernal lechuga-filete a la plancha-queso blanco o con absurdas monodietas. Para mantenerte sin ganar kilos de más y aumentar tu vitalidad, tienes que comer de todo. Eso sí, un poco. Carne, pescado, huevos, frutas, verduras (en todas las comidas), cereales (integrales, ya que estamos puestos), legumbres... ¡hasta queso y chocolate!

2. Come con “plena conciencia”

Está científicamente demostrado: un sándwich engullido en un rincón de la oficina mientras verificamos los mensajes de la mañana de nuestro correo electrónico engorda más que aquel que nos tomamos el tiempo de saborear. Estar realmente atentas a lo que comemos nos permite sentirnos saciadas con más rapidez, picotear menos durante la tarde, escuchar mejor los deseos y las necesidades de nuestro organismo y, además, librarnos de un poco del estrés que sufrimos todos los días.

3. Desayuna con yogur

¿Unas rebanadas de pan con mantequilla y mermelada o huevos con bacon al estilo “british”? Si tomamos en consideración el índice de glucemia de los alimentos, es decir, su capacidad para elevar el azúcar en sangre, es mejor el desayuno anglosajón. ¿Cuál es su beneficio? Que su menor índice de glucemia ayuda a regular nuestro índice de insulina. El resultado es que hacemos menos stock de calorías bajo la forma de grasas, nos sentimos saciadas durante más tiempo y evitamos comer porquerías durante la mañana. ¿No te sientes tentada por el dúo huevos y bacon a primera hora? En ese caso, prepárate unas rebanadas de pan integral y agrega una fruta y un yogur que también ayuda a controlar el índice de glucemia. Y sustituye el zumo de naranja industrial bebido en ayunas (demasiado azucarado) por un batido de frutas con plátano, pomelo, frutos rojos y almendras. Para finalizar, las más audaces pueden probar el té blanco con clavo y jengibre o el café con cardamomo. Bebidas especiadas, deliciosas, ricas en antioxidantes e hipertónicas.

4. Ve a lo sencillo

Para comer bien no hace falta aprender a cocinar como Ferrán Adrià ni pasarse las horas muertas en el mercado. Solo necesitas comprar con cabeza. Usa las frutas y verduras de temporada (en este momento alcachofas, acelgas, calabaza, endivias, manzanas, peras...), que son las más ricas en vitaminas, minerales y antioxidantes. Y evita en la medida de lo posible los productos elaborados, ricos en sal y grasas trans, que obstruyen nuestras arterias.

5. Despídete de los gases

Espasmos, hinchazón abdominal, gases... muchas mujeres sufren durante toda la jornada estos síntomas desagradables y agotadores. Si eres una de sus víctimas, ten en cuenta que puedes evitarlo si moderas tu consumo de leche, pues la mayor parte de la población adulta carece de lactasa, la enzima que permite digerir la lactosa de este alimento. También te ayudará el reducir el consumo de cereales (trigo, centeno, cebada, escanda....) que contienen gluten. Esta proteína es responsable de una grave intolerancia, la enfermedad celíaca, que solo padece el 1% de la población. Pero, ¿cómo afecta a los demás? El gluten es una molécula grande que muchas personas tienen, sin saberlo, dificultades para digerir. Para evitar sentir el estómago revuelto y mantener el vientre plano, es inútil suprimir totalmente el pan y la pastas o la sémola. Se deben reducir las dosis (sobre todo en lo que concierne a pizzas, tartas preparadas y bollería) y reemplazarlos por arroz, patatas (al vapor), polenta o quinoa, que no engordan si se come el equivalente a dos cucharadas soperas por comida.

6. Descubre el trigo sarraceno

El alfordón es un alimento poco calórico, rico en fibra y que contiene proteínas de alta calidad. Otra de sus ventajas es que no contiene gluten. Se puede comer cocido, ya que es muy digestivo y hace sentir una sensación de saciedad rápidamente. También es posible tomarlo como una infusión todas las mañanas. Para esta última preparación hay que tostar durante dos minutos a fuego medio los granos, infusionarlos entre cuatro y cinco minutos en agua caliente, y filtrar el líquido resultante. De este modo, obtendrás un “té” con gran poder desintoxicante, muy rico en minerales y en antioxidantes, especialmente en rutósido, una sustancia que ha demostrado su eficacia contra la insuficiencia venosa.

7. Saca partido al restaurante

Ni hablar de prohibir las salidas por temor a incorporar un michelín o dos gramos de más a nuestra cintura. Sobre todo, porque comer fuera permite también diversificar la alimentación eligiendo aquello que no tomamos en casa: otras verduras, pescados cuya preparación es complicada... Por lo tanto, organízate. Come un yogur antes de salir. A la hora de escoger, privilegia la fórmula de un entrante y un plato principal. No te dejes tentar por el pan crujiente que ya se encuentra servido sobre la mesa. Cuando llegue el momento del postre, recuerda que el estómago tiene el tamaño de un puño cerrado y que ya se encuentra suficientemente lleno. O, si lo prefieres, puedes optar por tomar un postre 0% arrepentimiento a base de frutas o un sorbete.

8. Renueva tu  vajilla

Ya sabemos que utilizar platos y cubiertos pequeños permite reducir las raciones y nos fuerza a pasar más tiempo en la mesa. Pero lo que ahora se ha descubierto es que el color de la vajilla también afecta a la sensación de saciedad. Si el blanco es neutro, el rojo incita a comer más y de manera más rápida. Por otro lado, los platos azules tienden a cortarnos el apetito con mayor rapidez, simplemente porque, en la naturaleza, los alimentos de este color son raros y, la mayoría de ellos, tóxicos. Nuestros ancestros han dejado grabada esta información tan valiosa en nuestro cerebro. Por ello, aún cuando nuestro estómago pide más, nuestra cabeza dice “¡stop!”.

9. Toma bayas de goji

Eso sí, de forma moderada porque, como muchos frutos secos, las bayas de goji son auténticas minibombas calóricas (356 cal / 100 g). Sin embargo, tienen su sitio en una alimentación equilibrada y vitaminada. Estas bayas son concentrados de proteínas, vitaminas, ácidos grasos y antioxidantes. Tomar un pequeño puñado al día permite evitar las carencias de micronutrientes y llenar el depósito de vitalidad. Pero cuidado: a menudo se secan de manera industrial (a más de 400 °C), lo que destruye sus nutrientes. Hay que elegir las secadas naturalmente al sol y rehidratarlas en agua caliente antes de consumirlas.

10. Escoge bien el pan

Con tanta crisis, hemos recuperado el gusto por los alimentos básicos y sencillos, como el pan. Desgraciadamente, desde hace unos años elegir un sándwich se ha convertido en un quebradero de cabeza. ¿Con pan de centeno, con aceituna o chapata? ¿De tomates y mozzarella, jamón y mantequilla, pollo tikka o atún con verdura? Ciertos sándwiches son muy creativos pero también, a veces, ricos en calorías. Cuando no estamos seguras de lo que hay en su interior, lo mejor es optar por los básicos: jamón y queso o atún con vegetales, con la menor cantidad posible de grasas. Resumiendo, sin mayonesa. Lo mismo ocurre con las ensaladas que, a pesar de su imagen saludable, no siempre son light, ni mucho menos. Huevo + pavo + queso + salsa + picatostes = estragos. 

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sábado, mayo 27

Los que tampoco fueron… a recoger el Nobel



(Un texto de Luis Algorri en la revista Tiempo del 25 de noviembre de 2016 que viene muy al pelo pensando en que Dylan ha ido a recoger el suyo in extremis, cuando ya faltaba nada para no poder coger el dinero que comporta)

Juan Ramón Jiménez 1956. El poeta español residía en Puerto Rico cuando recibió la noticia del Nobel tres días antes de que muriese su mujer, Zenobia. Cayó en una depresión enorme.

Borís Pasternak 1958. El novelista ruso, autor de obras universales como Doctor Zhivago, recibió todo tipo de presiones del Gobierno soviético para rechazar el premio. Y obedeció, qué iba a hacer.

Jean Paul sartre 1964. El único caso en 115 años de un escritor que rechazó el premio por propia voluntad. Aceptarlo le habría supuesto un conflicto como filósofo, dijo. Y se quedó tan fresco.

Samuel Beckett 1969. El legendario irlandés no era un ancianito enfermo: tenía 63 años cuando le dieron el Nobel. Simplemente, no fue. Envió a su editor a hacerle el recado. 

A. Solzhenitsyn 1970. El gran escritor no fue a Estocolmo porque temía que no le dejaran volver a Rusia. Pero lo recogió en 1974 con un discurso memorable.

Vicente Aleixandre 1977. El poeta español tenía casi 80 años y estaba muy frágil y delicado de salud. Vivía en su casa de la calle Velintonia de Madrid. Envió a recoger el premio Nobel a un amigo, Justo Jorge Padrón.

Doris Lessing 2007. La británica, autora de El cuaderno dorado o El quinto hijo, era una octogenaria achacosa cuando le dieron el último gran premio de su vida, el Nobel. No pudo ir.

Bob Dylan 2016. Se le ha echado el mundo encima por anunciar que no irá a Estocolmo a recoger el Nobel de Literatura porque tiene “otros compromisos para ese día”. Ni siquiera es la excusa más tonta que han dado los muchísimos escritores que tampoco fueron a la ceremonia.

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miércoles, mayo 24

Hispanidad



(Extraído de un texto de Agustín Sánchez Vidal en el Heraldo de Aragón del 23 de octubre de 2016)

[…] el [concepto] de Hispanidad lo inventó en 1929 Zacarías de Vizcarra y Arana, un vasco que llegó a ser obispo y vivió veinticinco años en Argentina. Fue allí donde se le ocurrió que el “Día de la Raza” –que se celebraba desde 1913- fuese substituido por el “Día de la Hispanidad”, más adecuado para un ámbito tan heterogéneo en su diversidad étnica. Según sus palabras, el término que le sirvió de inspiración fue el de Cristiandad, como compendio de valores espirituales. Un amigo vasco, Ramiro de Maetzu, entonces embajador de España en Buenos Aires, adoptó la propuesta. Y la desarrolló en una serie de artículos publicados en el órgano de su partido, el derechista Acción Española, y recogidos en forma de libro en 1934: ‘Defensa de la Hispanidad’.

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