Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

viernes, septiembre 22

El reino más pequeño del mundo

(Un texto de José Segovia en el XLSemanal del 8 de mayo de 2016)

Se llama Tavolara y se asienta en una pequeña isla de cinco kilómetros cuadrados del Mediterráneo, al sur de Cerdeña. Su soberano es Antonio Bertoleoni, más conocido como Tonino, un antiguo pescador octogenario cuyo tatarabuelo Giuseppe llegó a la isla en 1807 junto con sus dos esposas huyendo de la justicia, que lo acusaba de bígamo. Este islote poblado de cabras salvajes, cuyos dientes eran de color dorado por la ingesta de líquenes y algas, resultó el lugar idóneo para esconderse.

Con el paso del tiempo, la historia de esas cabras singulares llegó a oídos del rey de Cerdeña, Carlo Alberto, quien en 1836 organizó una expedición para cazar algunos ejemplares. Al llegar a la isla, Paolo, hijo de Giuseppe, se presentó como rey de la isla. Tras la partida de caza y varias comilonas en casa de Paolo, el rey de Cerdeña se despidió de su anfitrión tan complacido que le dijo: “En verdad, eres el rey de Tavolara”.
 
Tiempo después, Paolo recibió un documento de la Casa de Saboya que certificaba su condición de monarca del diminuto reino. La isla nunca había pertenecido al Reino de Cerdeña de forma oficial, y Carlo Alberto debió de pensar que su ocurrencia era inocua para la integridad territorial de su reino. Ni corto ni perezoso, Paolo diseñó su escudo de armas y construyó un cementerio para él y sus descendientes. Había nacido un nuevo reino en el mundo.

La noticia corrió. Victoria emperatriz británica encargó al capitán de un barco que se detuviera en la isla para tomar una foto de la familia real de Tavolara, que se conservó en el palacio de Buckingham con una frase en el marco. El reino más pequeño del mundo . Si las fuentes no mienten, el rey de Cerdeña Vittorio Emanuele II firmó un tratado de paz con la isla en 1903. Un gesto innecesario. El reino nunca ha sufrido una guerra ni una invasión. Hasta 1962, cuando la OTAN construyó una estación de radio para submarinos en una zona que quedó vedada a los tavolarenses.

Aunque la isla nunca fue anexada a la Italia moderna, el reino no es reconocido por ningún país, lo que no inquieta al jubilado Tonino, cuya actividad principal es acompañar a los visitantes de su pequeño paraíso. Mientras él y su sobrino comandan el ferry que los une a Cerdeña, su hijo, el príncipe Giuseppe, administra el restaurante familiar construido junto a la playa.

Cinco kilómetros cuadrados

Soy posiblemente el rey más ordinario del mundo , afirma Tonino Bertoleoni mientras echa un ojo a su pequeño restaurante. Mi único privilegio es tener comidas gratis , subraya este monarca, que viste pantalones cortos y sandalias.

Traslado forzoso

En Tavolara había cabras con dientes dorados por la ingesta de líquenes y algas. Casi todas se trasladaron a Cerdeña en 1962, cuando la OTAN construyó en la isla una estación de radio. Todavía quedan varios ejemplares y un puñado de halcones que sobrevuela el pico más alto de Tavolara.

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jueves, septiembre 21

¿Qué es el Consorcio internacional de Periodistas de investigación?

(Extraído de un texto de Silvia Font en el XLSemanal del 8 de mayo de 2016)

[...] un equipo de periodistas de Washington [...] lleva 20 años destapando abusos de poder de gobiernos, empresas e individuos en todo el planeta. Se trata del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), una organización sin ánimo de lucro.

Todo empezó en 1992. Charles Lewis era un prestigioso pero discreto reportero de 39 años que había dado un portazo a su trabajo -el programa 60 minutos, de la cadena CBS- porque sus jefes habían censurado uno de sus reportajes. Lewis había decidido ser él quien tuviera la última palabra y montó en su casa de Washington con un par de colegas una organización sin ánimo de lucro para investigar y controlar los servicios públicos. el entonces desconocido Center for Public Integrity (Centro para la Integridad Pública).

En esas estaba cuando asistió en Moscú a una conferencia sobre periodismo de investigación. Aquello resultó “una revelación”. En aquel encuentro coincidió con grandes figuras del reporterismo como Carl Bernstein, Phillip Knightley, Anthony Sampson “los reporteros más duros del mundo”. Allí, esos periodistas de raza compartieron sus problemas; sobre todo, la falta de recursos para seguir una investigación cuando esta se prolongaba demasiado en el tiempo. Pero Lewis reparó en algo más. “Me di cuenta de que el hambre de exclusivas de los periodistas era también un obstáculo. Era un momento extremadamente competitivo, en el que la mayoría de los periodistas se ‘comían’ entre ellos”. Así que Lewis decidió que debía crear algo, un medio, para que aquellos “caballeros jedis”, como a él le gusta llamarlos, trabajaran juntos. Y así nació el ICIJ, el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, una organización sin ánimo de lucro que, financiada mediante donaciones, lleva casi 20 años destapando los abusos de poder de gobiernos, empresas e individuos en todo el planeta.

Los principales donantes del ICIJ son grandes fundaciones como la Fundación Ford, la Adhesion Foundation o una por la que han recibido no pocas críticas: la Open Society Foundation, el brazo filantrópico del especulador George Soros. Además de las donaciones, todas ellas detalladas en su web, el Consorcio aplica lo que ellos llaman “la economía colaborativa aplicada al periodismo”. Es decir, periodistas de distintos medios en diferentes países colaboran en cada investigación. Ellos pagan a su equipo propio -que puede llegar al centenar cuando se enfrentan a una gran investigación-, pero el coste de los periodistas restantes los paga cada medio.

En los últimos años, el ICIJ ha destacado por su cobertura de los paraísos fiscales. En parte, porque su actual director, Gerard Ryle, venía de cubrir información sobre evasión fiscal en medios de Australia e Irlanda y, en parte, porque “un leak llama a otro leak”. En 2013 recibieron una información que publicaron como OffshoreLeaks; luego vino LuxLeaks en 2014; y en febrero de 2015, SwissLeaks, desarrollado a partir de la llamada lista Falciani. Reconocen que se han convertido en el ‘sitio al que ir’ si quieres filtrar algo sobre paraísos fiscales. Y así llegaron los papeles de Panamá a sus oficinas hace un año. Nada menos que 2,6 terabytes de información con las bases de datos de la firma de abogados panameña Mossack Fonseca. Once millones y medio de documentos.

[...]

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miércoles, septiembre 20

Los grandes expresos europeos

(La columna de ArturoPérez Reverte en el XLSemanal del 8 de mayo de 2016)

Muchos de ustedes los conocieron: Compañía internacional de coches cama y grandes expresos europeos, estaba rotulado sobre las ventanillas. Hasta el nombre evocaba glamour y aventura. Uno se acostaba en Madrid y se despertaba en París o en Lisboa. También podía disfrutar de una buena cena en el vagón restaurante cuando por el pasillo un empleado agitaba la campanilla anunciando «Primer turno… Segundo turno» como Louis de Funès en la película Fantomas. Llegabas descansado, duchado y desayunado. Era una forma cómoda y agradable de viajar. Un servicio que, con las limitaciones propias de los tiempos, se mantuvo operativo hasta no hace mucho. Lo caro del asunto quedaba compensado al ahorrarte dos noches de hotel por viaje; así que frente a las incertidumbres y humillaciones de los aeropuertos, el coche cama o el más económico vagón de literas ofrecían una alternativa estupenda. Nunca fui a París de otro modo mientras los trenes nocturnos de Renfe funcionaron. Me gustaba ir en ellos. Por desgracia, esa compañía que antes llamaba pasajeros a los viajeros y ahora los insulta llamándolos clientes suprimió el de París, condenándonos al avión. Pero mantuvo el de Lisboa. Y en él viajé el otro día. Para mi desdicha.

Eran los mismos vagones de la última vez, hace cinco o seis años. Pero con el deterioro, no reparado por nadie, de todo ese tiempo. Una especie de caspa ferroviaria. Subí al vagón con desasosiego al comprobar el escaso mantenimiento general. No había ningún empleado en el andén, así que busqué mi departamento y me metí en él. Al rato apareció un señor portugués bajito y se quedó parado en la puerta, mirándome con cara de preguntarse qué haría allí aquel pringado. Me pidió el billete de ida –rompió el de vuelta al cortarlo con mucha torpeza– y le di una propina generosa, natural para alguien que supones, según las viejas tradiciones de los coches cama, que va a ocuparse de tu bienestar durante toda la noche. Y confieso que su expresión de indiferencia al guardarse el billete me alarmó. Va a dar igual que me des propina o no, decía aquel careto. Para lo que hay.

De lo que había -especialmente de lo que no había- me iba a enterar pronto. De momento observé que el cuarto de baño no ofrecía más que una toalla cutre, una botellita de agua con un vaso de plástico rajado y un neceser elemental, querido Watson. Luego, al poner un libro en un soporte de plástico, el soporte se partió con toda la naturalidad del mundo, llenándome la moqueta –que era raída y algo mugrienta– de incómodas esquirlas. Decidí consolarme en el vagón restaurante con una cena razonable, así que salí al pasillo y busqué el vagón, sin encontrarlo. Pero di con el bar. Allí estaba el empleado bajito de antes, transformado en camarero. Seguía teniendo una gracia como para bailar sevillanas. Por suerte había otro camarero portugués alto, más simpático, que a mis preguntas respondió que ya no había vagón restaurante, y que para comer algo estaba aquel bar. Y qué tiene el bar, pregunté; a lo que respondió señalando melancólico un rincón donde había exactamente un minibotellín de vodka, otro de whisky y otro de anís del Mono, dos kit-kat, galletitas saladas y dos donut. Entonces, de vinos ni le pregunto, dije. Hace bien, respondió el camarero, porque sólo tengo una botella de vino blanco. Pero puedo ofrecerle un filete a la plancha. Me lo puso, y tras varios asaltos dejé el vino intacto, el filete a la mitad y el cuchillo doblado encima.

De regreso a mi departamento vi que una puerta estaba abierta, como en las películas de espías. Iba y venía con el traqueteo del tren. Es justo lo que faltaba, pensé, para que todo sea igual que aquellos trenes cutres de los años cincuenta en los países del Telón de Acero. Por supuesto, no había ningún empleado a la vista. Cerré la puerta preguntándome si alguien se habría caído por ella, y me fui a dormir. En peores trenes viajaste, me dije. Tómalo con calma. Por la mañana, a una hora de Lisboa, me puse bajo la ducha, abrí el grifo y no salió más que un débil chorrillo de agua fría, luego un gorgoteo agónico y por fin, nada. Silencio administrativo. Ingenuamente había empezado a enjabonarme, así que me enjuagué al estilo Sarajevo, con la botellita de agua y otra que, previsor, había comprado en la estación. Después de vestirme reincidí en lo del bar. Los tres minibotellines y los donut habían desaparecido. Pedí un café con leche y el kit-kat que quedaba. Ya sólo falta que me canten un fado, pensé. Los camareros. Que no se me olvide darle las gracias a Renfe por esta noche deliciosa.

Y aquí me tienen, oigan. Dándoselas.

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lunes, septiembre 18

¿Es Felipe VI rey de Jerusalén?

(Un texto de José Segovia en el XLSemanal del 3 de abril de 2016)

El 19 de junio de 2014, la ciudad de Jerusalén estrenó nuevo rey en la persona del Monarca Felipe VI, que ese día llegó al trono español.

Al mismo tiempo que Juan Carlos I abdicaba como rey y le entregaba a su hijo Felipe la Corona de España, también le cedió una lista de más de treinta títulos nobiliarios, entre los cuales se encontraba la Corona de Jerusalén. Pero ¿existe ese reino? En realidad, no existe desde el siglo XIII, aunque España mantiene su Corona desde tiempos de Fernando el Católico.

La historia comenzó en 1095, cuando el Papa Urbano II hizo un llamamiento a los mejores caballeros de la cristiandad para que engrosaran las filas de una Cruzada contra los ejércitos turcos y fatimíes que acosaban a los cristianos en Bizancio y en Tierra Santa. Desde Europa, unos 50.000 combatientes se encaminaron a Jerusalén, a donde llegaron el 7 de julio de 1099 bajo el mando de Godofredo de Bouillon.

A continuación, los cruzados perpetraron una terrible matanza entre los habitantes de la Ciudad Santa. No quedó vivo ningún musulmán ni tampoco ningún judío. Estos últimos murieron quemados dentro de su sinagoga. Los tres días de rapiña y asesinatos culminaron con el ofrecimiento del título de rey de Jerusalén a Godofredo de Bouillon, que declinó la oferta, aunque sí aceptó el cargo de protector del Santo Sepulcro. A su muerte le sucedió su hermano Balduino I, que fue coronado como primer rey de Jerusalén.

Cuando Saladino reconquistó Jerusalén, el reino se mantuvo vivo en la cercana ciudad de San Juan de Acre. La Corona pasó de generación en generación hasta que María de Antioquía, esposa del emperador de Bizancio, la vendió en 1277 a Carlos de Anjou, rey de Nápoles. Catorce años después, el sultán Khalil, con un ejército de mamelucos, capturó San Juan de Acre, lo que dejó sin tierras a la Corona de Jerusalén, aunque el trono siguió vinculado al de Nápoles.

En 1504, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, conquistó Nápoles para el rey Fernando el Católico, que se hizo de esa forma con la Corona de Jerusalén. Carlos V se la concedió a su hijo Felipe II cuando este se casó con María Tudor. Felipe II dejó huella de su reinado en Tierra Santa en los medallones de piedra del Monasterio de El Escorial. Y así ha llegado el título de rey de Jerusalén al Monarca actual, Felipe VI.

Un dato que tener en cuenta
El Rey de España engloba todos los títulos que los monarcas han acaparado a lo largo de la historia. Nuestra Constitución reconoce esos títulos, pero no explícitamente, limitándose solo a señalar que están tradicionalmente vinculados a la Corona.

El saludo de Shimon Peres
Cuando se encontraba con el Rey Juan Carlos I, el presidente de Israel -Shimon Peres- siempre decía lo mismo. “El monarca de los Santos Lugares” , dando a entender que todavía se le reconocía como rey de Jerusalén.



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domingo, septiembre 17

Sobrevivir a Hitler de milagro

(Un texto de Fátima Uribarri en el XLSemanal del 3 de abril de 2016)

Dos hermanos que saltaron de un tren con destino a Auschwitz, un joven comunista que sobrevivió a un pelotón de fusilamiento, un zapatero judío que resistió escondido en un desván en Berlín… Todos los protagonistas de este reportaje lograron salvar la vida en medio del horror de la Alemania de Hitler.

A Rolf Joseph, aprendiz de carpintero de 20 años judío, lo salvó la suerte, la ayuda de otros y su valentía. Saltó del tren que lo llevaba a Auschwitz, se tiró por la ventana de un tercer piso para escapar de prisión y se negó a seguir a los policías que lo arrestaron. Sobrevivió escondido en Berlín hasta el fin de la guerra. Puro milagro.

Hannah, Alice, Herbert y Andrea también protagonizaron peripecias increíbles. El historiador Eric H. Boehm recogió sus testimonios y el de otros ocho supervivientes milagrosos en el libro Sobrevivimos, que ahora se reedita y en el que se cuenta cómo opositores y judíos se salvaron en el corazón del imperio nazi. Muchos lo lograron porque ciudadanos alemanes se jugaron la vida para ayudarlos. Lo explica Eugen Gerstenmaier, teólogo y clérigo protestante y opositor al nazismo que fue apresado pero logró sobrevivir: “Goebbels tenía una habilidad diabólica para hipnotizar a las masas, pero no logró convencer a todos los alemanes”.

A Rolf Joseph, el primero que lo ayudó fue el vecino que lo alertó por señas de que se alejara de su casa. el camión de las deportaciones estaba allí; se estaban llevando a todos los judíos, entre ellos, a los padres de Rolf. A partir de ese día, 5 de junio de 1942, Rolf y su hermano Alfred vivieron a salto de mata. los cuatro primeros meses, en la calle; durmiendo en los baños de estaciones del metro; luego los acogió en un sótano inmundo Mieze, una excéntrica vendedora de periódicos viejos con síndrome de Diógenes y una generosidad infinita que compartió con Rolf, Alfred y Arthur (otro chico judío) su cartilla de racionamiento. Mieze los ayudó sin conocerlos.

Se ocultaban en el sótano, pero salían a buscar comida. Rolf se hizo con la documentación de un amigo fallecido. Lo detuvieron en un control y lo acusaron de desertor, lo iban a fusilar como tal, por eso Rolf desveló su condición de judío. Lo encerraron y machacaron a latigazos. Lo metieron esposado en un vagón de tren camino a Auschwitz. Rolf pudo esconder un alicate en su bota. En el vagón cortó las esposas y las de otros cinco presos y rompieron varias tablas.

Tuvieron que enfrentarse a otros pasajeros que les recriminaban que si escapaban el resto sufriría las represalias. Tuvimos que intimidarlos. Solo seis nos atrevimos a saltar. Los demás tuvieron miedo de hacerlo, a pesar de saber lo que les esperaba al llegar a su destino, cuenta Rolf en Sobrevivimos.
Dos se rompieron una pierna al caer, pero no les alcanzaron los disparos. Al cabo de unos días acabaron atrapándolos. En la prisión los machacaron. Rolf quedó maltrecho y con fiebre, fingió tener escarlatina, una enfermedad contagiosa. Lo trasladaron a un hospital prisión berlinés. De allí escapó saltando por la ventana de un tercer piso. Lo ayudó la suerte: los guardas fueron tras el hombre que saltó antes que él. Regresó, en tranvía, al sótano de Mieze.

Pero había que seguir saliendo a la calle a por comida. Un día se encontró con un compañero de colegio que le prometió ayuda. En la siguiente cita, dos oficiales de la Policía Criminal atraparon a Rolf. De nuevo se salvó. Increíble. “Íbamos por la calle. Me paré. Sin saber lo que hacía, les dije: ‘Me pueden matar. Pero no voy a ir con ustedes. Ya tuve suficiente’. Los policías cargaron sus pistolas. Se miraron. Uno le dijo al otro: ‘¿Lo dejamos ir?”. Lo dejaron.
Alfred, Rolf y Arthur vivieron en el inmundo sótano de Mieze hasta que en 1943 fue destruido por las bombas. Se mudaron a una choza de cartones. Por el camino los detuvo un oficial nazi: dijeron que eran emigrantes por bombardeo. Les creyó. Rolf se fabricó una tarjeta de identidad falsa que mostró hasta en tres ocasiones. “Vivimos entre los nazis sin levantar sospechas”, cuenta Rolf. Contactaron con grupos opositores y distribuían pasquines antinazis. A Alfred lo pillaron. Sobrevivió a los campos de concentración y consiguió regresar a la choza, donde se reencontró con Arthur, Mieze y su hermano Rolf.

La Conspiración del té

También se salvaron de manera increíble las opositoras Hannah Solf y su hija, la condesa de Ballestrem Solf. Al salón de casa de Hannah -acaudalada viuda de un embajador alemán- acudían intelectuales, políticos, militares y aristócratas. Parecía que iban a tomar el té. En realidad conspiraban contra los nazis y dirigían una red de salvamento de judíos. Los apresaron a todos. Mataron a la mayoría, pero Hannah y su hija se salvaron. De milagro. Estuvieron en el campo de concentración de Ravensbrück en unas celdas semisubterráneas. “Me subía hasta la ventana y veía sobre mí a las mujeres del campo paradas durante horas interminables”, cuenta la hija de Hannah. Las trasladaron para juzgarlas. El juez había muerto en un bombardeo; su expediente había ardido, pero las iban a ejecutar. El 23 de abril, un amigo consiguió una baja médica para ellas y que las sacaran de aquella prisión. Al día siguiente ejecutaron al resto de las reclusas. Hannah Solf y su hija, supervivientes de lo que se llamó ‘la conspiración del té’, testificaron en Núremberg.

El escritor Günther Weisenborn, condenado a muerte por pertenecer a una organización antinazi, también se salvó in extremis. Consiguió comunicarse a base de golpecitos en la pared con el preso de la celda que había testificado contra él. Tardaron una noche angustiosa en llegar a un código para entenderse. Lo encontraron: la ‘a’, un golpecito; la ‘b’, dos; la ‘c’, tres… Günther convenció al otro de que cambiara su testimonio. Conmutaron su pena de muerte por la de trabajos forzados. Y sobrevivió.

Salvados por extraños

A menudo los salvadores no conocían a sus protegidos. Valerie y Andrea Wolffenstein se mudaron de escondite dieciocho veces durante los dos años y medio que permanecieron ‘sumergidas’. A ellas las ayudó una cadena de soporte de la Iglesia luterana y el doctor Amman, quien las escondió en su casa y que fue uno de los científicos llevados a los Estados Unidos tras la guerra.

A la escritora Alice Stein la ocultó en su casa, desde octubre de 1942 hasta el final de la guerra, Claire, una veinteañera aria que no se perdonaba no haber impedido que deportaran a su mejor amiga, judía, y decidió salvar a otra persona. Compartió todo con Alice, incluida la enorme posibilidad de que las descubrieran.

Increíble del todo es la supervivencia del zapatero Moritz Mandelkern, judío y lisiado por una herida de guerra de la Primera Guerra Mundial. Permaneció 18 meses en la cama de un desván helador, quieto y callado. Cuando un bombardeo destruyó su escondite, salió a la escalera y se topó con un guardián, que sacó su pistola. una bomba oportuna permitió su fuga.

Tampoco el escritor Eric Hopp conocía al director de orquesta que lo ocultó en Eichwalde, un pueblo de mayoría nazi. Hopp, su mujer y su hijo adolescente sobrevivieron gracias a la generosa ayuda de varios benefactores y a la astucia de la mujer, Charlotte, encargada de proveer de alimentos a su marido y su hijo, que al ser hombres en edad militar debían permanecer siempre ocultos.

Charlotte -también judía- se movía por Berlín con una documentación burdamente falsificada. Salió airosa de varios controles. En una ocasión se ofreció como traductora para el oficial que interrogaba a otro pasajero y así consiguió pasar inadvertida. En otra ocasión, los agentes se llevaron al pasajero anterior a ella, y hubo una vez en la que examinaron sus documentos, pero no se dieron cuenta de que eran falsos.

Torturado y fusilado

El colmo de la supervivencia lo protagoniza el comunista Herbert Kosney, que fue encarcelado, torturado ¡y fusilado! Se salvó porque la bala entró por el cuello y salió por la mejilla. Se quedó inmóvil en el suelo. Esperó a que se fueran. Logró caminar. Lo detuvo una patrulla militar. “Señalé mi cara sangrienta y me dejaron seguir”, cuenta. Llegó a casa de su hermano (combatiente en una cédula antinazi y muy buscado por la Gestapo), quien lo llevó al hospital: dijo que lo había encontrado tirado en la calle. Cuando se acercaban los rusos, su hermano lo sacó de allí a hurtadillas para que no lo tomaran por un soldado alemán. Hitler ya se había suicidado. Nosotros le sobrevivimos, apostilla Alfred Joseph.

Fugas asombrosas

Alfred y Rolf Joseph, judíos berlineses, sobrevivieron a salto de mata desde junio de 1942. Rolf saltó del tren que lo llevaba a Auschwitz y se tiró por la ventana del tercer piso de una prisión. Los ocultó en un sótano una excéntrica vendedora de periódicos.

Controles policiales

Rolf y Alfred Joseph salían del sótano de Berlín donde se ocultaban a buscar comida. En un control, Rolf mostró documentos falsos. Lo acusaron de desertor. Lo detuvieron.

Controles constantes

Uno de los principales problemas de los judíos ocultos en Alemania eran los constantes controles en los que se pedía la documentación. Además, corrían el riesgo de que los recono-ciera alguien. No podían acudir a los refugios durante los bombardeos. Cada salida del escondite era un riesgo inmenso.




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sábado, septiembre 16

Envejecer

(Leído por ahí...)

El otro día leí que "la vejez consiste en juntarte con la pandilla de siempre y no hablar de tu última conquista, sino de lo último que te ha prohibido el médico."

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viernes, septiembre 15

Cajeros automáticos: dinero (y otras cosas) las 24 horas del día



(Un texto de ángel gavin en el tercer milenio del heraldo de Aragón del 23 de mayo de 2017) 

No poder retirar dinero de su banco porque había cerrado puso en marcha la cabeza del escocés John Shepherd-Barron, creador del primer cajero automático que sería aceptado por los usuarios. Fue en los años sesenta. La inspiración le vino de las máquinas dispensadoras de chocolatinas.

[…] sabemos que quien inventó los cajeros automáticos lo hizo precisamente después de no poder retirar dinero de su banco, al encontrarse la oficina cerrada. Paradójicamente no fue el primero en intentarlo, pero sí en tener éxito.

Todos conocemos, desde que íbamos al colegio, al gran Thomas Alva Edison. Menos conocido es Luther George Simjian, al que algunos denominan el ‘segundo Edison’ por tener casi 200 patentes a su nombre. Simjian quedó huérfano de padres tras el genocidio del pueblo armenio por parte del imperio otomano. De pequeño tuvo que emigrar a Estados Unidos, donde terminaría desarrollando una brillante carrera como inventor.

Simjian inventó el primer cajero automático, pero no tuvo éxito. A veces pasa cuando eres el primero. En 1939 registró hasta 20 patentes relacionadas con los cajeros automáticos. Contactó con el grupo bancario Citi y consiguió que se hiciera una prueba. Sin embargo, el resultado no fue el esperado: la gente que usaba el cajero lo hacía persiguiendo el ‘anonimato’, sin ser vistos por el personal del banco.

Habría que esperar a los años sesenta para encontrar el primer cajero automático que fue aceptado por los usuarios. Se le debe al escocés John Shepherd-Barron. Cuenta la historia que, un sábado por la mañana, John pretendía sacar dinero del banco y se encontró que había cerrado hacía solo unos minutos.

Como otros muchos en su tiempo, sufrió en sus carnes el problema de no poder disponer de efectivo 24 horas al día, todos los días del año. Pero, a diferencia del resto, puso su empeño en resolver este ‘pequeño’ inconveniente. John trabajaba por entonces en una empresa que hacía máquinas para contar billetes. Pero la inspiración le vino de las máquinas dispensadoras de chocolatinas: una manera sencilla de conseguir chocolate en cualquier momento del día.

El primer cajero era muy distinto a los que conocemos ahora. No existían las bandas magnéticas, por lo que las ‘tarjetas’ eran cheques impregnados con un material radiactivo. Ideó también los códigos PIN (siglas de Número de Identificación Personal, en inglés) de cuatro dígitos para identificar al propietario. John Shepherd-Barron pensó en un número de seis dígitos, como el que identifica a los soldados, pero su mujer le recomendó que fueran cuatro por ser más fácil de recordar.

El cajero de Shepherd-Barron no estaba conectado a la red del banco. Solo dispensaba billetes de 10 libras y, al no poder comprobar si el usuario disponía de saldo, estaba restringido a personas de máxima confianza del banco.

Fue el grupo Barclays quien puso en marcha el primer cajero automático de Shepherd-Barron, en el municipio londinense de Enfield Town, un 27 de junio de 1967. Los cajeros automáticos no llegarían a España hasta 1974, ya con banda magnética. Desde entonces, han estado en constante evolución.

Por su aportación a la banca, en 2005 John Shepherd-Barron recibió el nombramiento de Oficial de la Orden del Imperio Británico.

En la actualidad, los medios de pago están evolucionando de forma vertiginosa. La introducción de banda magnética, la conexión a red, la posibilidad de pagar en comercios… son realidad desde hace tiempo. Hoy en día ya no necesitamos ni la tarjeta.

Pero, ¿y si nos olvidamos el móvil y la cartera? ¿Podemos todavía pagar? Los bancos ya han pensado en ello: relojes inteligentes, huellas dactilares, iris del ojo o reconocimiento facial nos están liberando ya de esos ‘pesados’ artilugios que son las tarjetas. 

LECCIONES APRENDIDAS

NO IMPORTA NO SER EL PRIMERO
Ser el primero en hacer o conseguir algo no significa necesariamente alcanzar el éxito. Facebook no inventó el concepto de red social, ya había una antes (My Space). Pero por algún motivo My Space desapareció y fue Facebook quien se llevó todos los honores.

LA SOLUCIÓN QUE VALE PARA TI VALE PARA OTROS
Como ya se ha dicho en otras ocasiones, si tienes un problema, resuélvelo. Una vez resuelto descubrirás que son muchos a los que tu propuesta les resulta interesante.

INCONFORMISMO
El inconformismo siempre ha sido un valor en alza. Si todo el mundo asumiera que «las cosas siempre han sido así» y no se hiciera nada por cambiarlas, entonces no habría progreso.

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