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lunes, noviembre 20

Tambora: el volcán que cambió la historia del arte

(Un texto de Wolfgang Höbel en el XLSemanal del 26 de junio de 2016)

La erupción del volcán Tambora en Indonesia provocó hace doscientos años un caos climático en todo el planeta. Se sucedieron heladas terribles y nevó incluso en julio y agosto. Ese invierno perpetuo arruinó cosechas, expandió enfermedades, contagió el temor por el fin del mundo y dio alas a un romanticismo tenebroso que sigue marcando el cine, el pop y la literatura.

1816 Fue el año sin verano. Faltó en el hemisferio norte. En Italia, Suiza y la costa este de Estados Unidos nevó durante los meses de julio y agosto. En Alemania llovió durante semanas. el Rin inundó extensos territorios. En la India no hubo monzón. Los arrozales de China eran cenagales.

Las cosechas, arruinadas, provocaron el hambre. En la ciudad italiana de Bolonia, un profeta proclamaba que ese tiempo monstruoso era un castigo de Dios y situó la destrucción del mundo en el 18 de julio de 1816. La mala nueva circuló por toda Europa. Miles de personas cayeron en la histeria. Sin embargo, lo único que ocurrió aquel 18 de julio en casi todos los rincones del continente es que siguió lloviendo sin parar.

Tuvo que pasar un siglo para que los climatólogos descubrieran, ya en 1920, cuál había sido la verdadera causa de aquel terrible verano. la nube de cenizas arrojada a la atmósfera el 5 de abril de 1815 por la erupción del volcán Tambora, en la isla indonesia de Sumbawa, nube que se extendió primero por el hemisferio norte y después por todo el globo. La erupción fue tan violenta que el Tambora pasó de tener 4000 metros de altura a solo 2850. Murieron miles de isleños. La cercanía del lugar con el ecuador favoreció la expansión del polvo volcánico por las corrientes de aire de la atmósfera e hizo que aquel 1816 fuese un año de violentas tormentas y de un descenso térmico de varios grados en el hemisferio norte.

Historiadores analizan las consecuencias
Para los historiadores y los meteorólogos, la crisis de 1816 es el ejemplo perfecto de una catástrofe climática global. Sin embargo, las consecuencias históricas y culturales asociadas a los fenómenos naturales provocados por la erupción del Tambora se están empezando a estudiar ahora. La catástrofe climática no solo llevó a los artistas y literatos de la época a un estado de ánimo especial, sino que les insufló nuevas fuerzas. en parte, lúgubres e inquietantes, de una fantasía oscura y, en parte, de un escapismo ingenuo y jovial. Aquel verano de hace 200 años alentó tanto las terribles imágenes de las primeras novelas europeas de terror como las ensoñaciones idílicas del recargado estilo Biedermeier que se impuso en Europa Central.

Sesenta y un años antes ya se había producido una catástrofe natural con consecuencias histórico-culturales. El terremoto de Lisboa de 1755 provocó la muerte de cien mil personas. El seísmo, el tsunami que lo siguió y el pavoroso incendio que devoró durante días lo que quedaba de la ciudad afectaron negativamente al optimismo propio de la Ilustración, así como la confianza de la cristiandad en su Creador. En 1816, la relación de las personas con su entorno también cambió. La representación de la naturaleza desatada y de la violencia de los elementos se convirtió en un motivo recurrente para pintores, escritores y compositores. La plasmación de naufragios, cielos tormentosos y erupciones volcánicas pasó a ser el tema predilecto.

Resurge el miedo al fin del mundo
Las catástrofes naturales del año 1816 afectaron a una sociedad en transformación. Las revoluciones de Estados Unidos en 1776 y de Francia en 1789 habían sacudido el viejo orden. Se estaba produciendo un cambio de era. Media Europa había quedado devastada por las guerras napoleónicas. El mapa de Europa acababa de ser reordenado en el Congreso de Viena cuando meses y meses de lluvia y hielo provocaron la muerte de al menos 70.000 personas entre 1816 y 1817.

En muchos de los cuadros y escritos que surgieron como consecuencia de tanta catástrofe se puede apreciar la existencia de un miedo al fin del mundo y un sufrimiento que se transformaron en fantasías escapistas a la par que en un romanticismo tenebroso.

«La invención del relato de terror moderno hunde sus raíces en el verano tenebroso de 1816», escribe el historiador alemán Wolfgang Behringer en su reciente y alabada obra, publicada en Alemania con el título Tambora y el año sin verano: cómo un volcán sumió al mundo en la crisis.

Sin embargo, las manifestaciones más visibles del clima volcánico que dominó sobre Europa son los atardeceres violentos, con extraños tonos amarillos y rojos, que el pintor Caspar David Friedrich pintó en 1816. Los famosos y grandiosamente terribles cuadros La balsa de la Medusa y El diluvio universal, que el artista francés de 24 años Théodore Géricault pintó en el verano de 1816 y en los que nubes de un negro verdoso se acumulan como montañas, probablemente también hablen de un miedo al apocalipsis vivido en primera persona. Y es más que seguro que el caos meteorológico que reinaba en Europa le inspirara al pintor inglés Turner los más salvajes de sus dramáticos paisajes, en los que nubes de tormenta ocres y rojizas crecen con violencia a la caída de la tarde.

Las tropas británicas extendieron el cólera
En Alemania, el poeta Ernst T. A. Hoffmann publicó en 1816 una colección de relatos marcados por la lluvia titulada Piezas nocturnas. En Suiza, el aristócrata inglés de 28 años George Gordon Byron, que en el verano de 1816 acogía en su Villa Diodati, a orillas del lago de Ginebra, a un grupo de jóvenes que pronto se harían célebres, describió «un día tan oscuro que las gallinas subieron a dormir a sus palos a mediodía». Oscuridad es el título de la poesía que Lord Byron escribió ese mismo día.

 Científicos e historiadores están analizando doscientos años después cómo la erupción del Tambora transformó la conciencia cultural de la época y han plasmado sus conclusiones en numerosos libros. Los historiadores del clima William y Nicholas Klingaman aseguran en su trabajo El año sin verano. 1816 y el volcán que oscureció el mundo y cambió la historia (disponible por ahora solo en inglés) que aquel fenómeno y sus consecuencias causaron una «gran agitación» en el estado de ánimo de muchas personas tanto en Estados Unidos como en Europa.

Cuentan también que debido al caos climático que siguió a la erupción del Tambora se desató una epidemia de cólera que las tropas coloniales británicas extendieron por numerosos países y que segó la vida de cientos de miles de personas en Arabia, Persia y Asia Oriental. En Irlanda y Suiza, en la Alemania meridional y en la costa este de Estados Unidos desencadenó un movimiento migratorio que hizo que miles de colonos emprendieran viaje, en la confianza de encontrar mejores condiciones de vida en Rusia o en el Medio Oeste de Estados Unidos.

Surge un nuevo lenguaje apocalíptico
En su libro sobre las consecuencias de aquel tiempo tormentoso que reinó sobre el continente, el historiador Wolfgang Behringer habla incluso de un ‘placer por matar’, que se manifestó por ejemplo en pogromos antisemitas o en el apuñalamiento del popular dramaturgo August von Kotzebue a manos del estudiante Karl Ludwig Sand en marzo de 1819. El hecho fue motivo para la promulgación de los Decretos de Karlsbad, que sometían a censura el trabajo de periodistas y artistas en media Europa.

Aquel «ambiente febril de fin de los tiempos» en el continente europeo también dio pie a un nuevo «lenguaje simbólico apocalíptico» en la literatura como reacción directa al trauma del verano catastrófico, según asegura el científico australiano Gillen D Arcy Wood en su libro El invierno volcánico de 1816; el mundo a la sombra del Tambora. En su opinión, muchos pintores y escritores vivieron el ambiente trágico y la «atmósfera literalmente eléctrica» como un «estímulo excepcional».

Es lo que ocurrió en la casa de Lord Byron a orillas del lago de Ginebra. Entre los acompañantes del poeta se encontraban, además de John Polidori, su médico personal, el escritor Percy Shelley, su prometida de 18 años Mary Godwin (quien, tras su boda ese mismo año, se convertiría en Mary Shelley) y una hermanastra de esta, Claire Clairmont (embarazada de Byron). Mary Godwin dijo de los Alpes que eran «el lugar más sombrío del mundo» y, al igual que sus compañeros, se lamentaba del tiempo horrible. Aquellos días de encierro se consumió mucho vino, aguardiente y opio. La tarde del 18 de junio de 1816, los aburridos veraneantes se inventaron un concurso. el ganador sería el que escribiera la mejor historia de terror.

La futura Mary Shelley tituló su obra Frankenstein o el moderno Prometeo, y John Polidori llamó El vampiro a la suya. Esta segunda, una novelilla no muy destacable en lo literario, acabó convirtiéndose en modelo para el Drácula de Bram Stoker, mientras que la elegante novela de Mary Shelley alcanzó fama mundial como pionera del género de terror.

Una catástrofe olvidada por la ciencia
Para los historiadores e investigadores, las alteraciones climáticas, hambrunas y revueltas causadas por la erupción del Tambora conforman una crisis que ha sido imperdonablemente olvidada por la historiografía. «Hasta hace bien poco no teníamos ni una sola monografía sobre el tema», se lamenta el historiador Wolfgang Behringer. En cuanto al mundo de la cultura, y con la vista puesta en las nubes oscuras del más sombrío romanticismo y en el sol artificial del estilo Biedermeier, se puede decir que gracias al verano del Tambora sabemos que el clima también puede contribuir a definir el ambiente intelectual y espiritual de toda una época.

Tormentas de Turner
1816 fue un año de tormentas constantes. El arte mostró la potencia de la naturaleza y la vulnerabilidad del hombre frente a ella. Ese caos climático influyó en pintores como William Turner, maestro en captar el poder violento del mar.

Atmósfera trágica
El francés Théodore Géricault es el prototipo de artista romántico. En sus obras hay un halo trágico. Le gustaba mostrar el sufrimiento y la desesperación.

El pesimismo de Goya
El Romanticismo se expandió desde Alemania e Inglaterra. En Goya se transparenta en sus pinturas negras como Saturno devorando a un hijo.

Tiempo nublado
El artista alemán Caspar David Friedrich pintó paisajes alegóricos con nieblas y brumas como El caminante sobre el mar de nubes.

Y se hizo la luz... 
Algunos pintores y poetas, en vez de reaccionar al oscurecimiento climático general con paisajes e historias sombrías, optaron por una emigración artística hacia un mundo de ensueño, bañado de luz. El arte de estilo Biendermeier, en Alemania, Austria y Suiza plantó cara al cielo tormentoso, la guerra y el hambre construyendo un entorno idílico. Por ejemplo, en todos los cuadros de Carl Spitzberg, siempre brilla el sol.


El Icono
El inglés George Gordon Byron, Lord Byron, influyó en los poetas de su tiempo. Aquel verano de 1816 escribió. «Un día tan oscuro que las gallinas subieron a dormir a sus palos al mediodía».

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domingo, noviembre 19

Ojos bajo el sol

(Un texto de S. Vivas en la revista Mujer de Hoy del 30 de julio de 2016)

En España se venden 21 millones de gafas de sol al año. Pero ¿sabes cómo escoger las más adecuadas para conservar la salud de tu mirada?

¿Qué color necesitas?

Si vas a comprar unas gafas de sol graduadas, el filtro marrón es una buena opción si sufres miopía o astigmatismo; el color verde es el mejor para las personas con hipermetropía; y los filtros de color naranja o amarillo son los más adecuados para conducir. En el extremo opuesto, los filtros rosas y azules no son recomendables porque pueden modificar la percepción de los colores, algo peligroso a la hora de conducir.

En regla

Para proteger los ojos, las lentes deben estar hechas de un material que elimine la radiación UV nociva por debajo de los 400 nm (nanómetros). Una información que solo aparece en el folleto del fabricante, por lo que no es buena idea comprar tus gafas en un mercadillo.

El mejor filtro

Van del 0 al 4 e indican la cantidad de luminosidad que filtra la gafa gracias al tinte que lleva la lente. "La categoría 2 absorbe entre el 57 y el 81% de la luz solar; mientras que la 3 filtra entre el 82 y el 92% de la luz, por lo que es idónea para ir a la playa. La categoría 4, que absorbe hasta un 98%, se reserva para practicar deportes náuticos", explica el dr. Guillermo Giménez-Almenara de la Clínica Baviera.

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sábado, noviembre 18

Viajeros peculiares

(Un texto de Elena Castelló en la revista Mujer de Hoy del 30 de julio de 2016)

Como impulsados por un secreto apostolado, nuestros protagonistas convirtieron el mundo en su reino y lo recorrieron incansablemente. Unos para abrir nuevos caminos, fieles a una especie de misión; otros en busca de un equilibrio personal que les fue esquivo. Construían nuevos palacios, en cada rincón del mundo, en busca del hogar que jamás tuvieron, como Barbara Hutton; o surcaban el cielo, siempre más rápido, más alto y más lejos, como el multimillonario Howard Hugues; o decidían perderse, lejos del sufrimiento que les causaba su país, como la escritora Anne Marie Schwarzenbach, pero solo conseguían adentrarse más profundamente en él. Hoy, todavía quedan solitarios para los que el viaje es una religión, como la prodigiosa y jovencísima Laura Dekker, pero quizá lo único que nos queda en un mundo demasiado global son las estrellas del rock, como epítome del viajero que trata de llevar su mundo con él.

Barbara Hutton: un viaje sin retorno

Bárbara Hutton tenía apenas cinco años cuando descubrió el cadáver de su madre en la suite del Hotel Plaza de Nueva York, donde vivía con sus padres. Edna Woolworth, heredera de la fortuna de los almacenes Woolworth, se había suicidado con estricnina, incapaz de seguir soportando las infidelidades de su marido, el financiero Franklyn Hutton. Desde ese momento, la vida de Barbara fue un deambular sin rumbo entre las mansiones de sus tías y tíos en Rhode Island, Palm Beach o Charleston, rodeada de nannies y gobernantas. A los 11 años, cuando murieron sus abuelos, se convirtió en la niña más rica del mundo y añadió a su séquito varios guardaespaldas.

A los 18 años era, además de la más rica, la más odiada de Norteamérica. Eran los años de la Gran Depresión, pero ella había duplicado su fortuna. El año de su puesta de largo, 1930, acudió a 40 bailes, tés y recepciones, y tras amueblar su apartamento de Manhattan por medio millón de dólares, se gastó otros 60.000 en celebrar su presentación en sociedad en el hotel Ritz-Carlton de la Gran Manzana. Asistieron mil personas, que se bebieron miles de botellas de champán, bailaron al son de cuatro orquestas y recibieron costosos regalos de despedida.

La prensa se ensañó con ella, así que su padre, se la llevó a recorrer el mundo. En Bangkok conoció a Alexis Mdivani, un príncipe georgiano sin fortuna, con el que se casó en París, seis meses después. Convertida en princesa, continuó viaje con 70 maletines y baúles, para pasar la luna de miel en el lago Como y en Venecia, donde compró un palacio del siglo XII; y más tarde, recorrer China y Japón. Solo regresó brevemente a París para celebrar su 22 cumpleaños, en el hotel Ritz, junto a 2.000 invitados. Tras la fiesta, hizo una escapada a Nevada, para firmar el divorcio de Medvani, y luego a Londres, donde al día siguiente se casó con el conde danés Court von Hauwitz-Raventlow.

La guerra fue lo único que consiguió que detuviera su peregrinación en California durante unos años, pero inmediatamente después, volvió a ponerse en marcha y se dirigió a Tánger, donde compró otro palacio, llamado Sidi Hosni, la única ancla en su vida. Pasaba allí todos los veranos, que inauguraba con una gran fiesta a la que invitaba a Paul y Jane Bowles, a la princesa Ruspoli o al interiorista Charles Sevigny.

El resto del año lo dividía entre París, Nueva York y Cuernavaca (donde se habia construido una mansión de estilo japonés). Tuvo siete maridos, entre ellos el actor Cary Grant. Viajaba con su chófer, su guardaespaldas, su secretaria personal y su doncella, y todas las pastillas para dormir, para suprimir el apetito y para combatir el dolor y la depresión que su neceser podía contener. Cuando murió en 1979, a los 66 años, pesaba 40 kilos, y solo le quedaban en efectivo 3.600 dólares.

Howard Hughes: el cielo (no) es el límite

Nunca fue un buen estudiante. Prefería construir cosas y montar ingenios mecánicos. Por eso, cuando su madre le prohibió tener una motocicleta, con 12 años, Howard Hughes decidió construírsela él mismo, ensamblando un motor con piezas usadas de la fábrica de su padre, un próspero inventor y empresario mecánico, y añadiéndoselo a su bicicleta.

Pero lo que en realidad le gustaba a Howard era volar. Tomó sus primeras lecciones de piloto a los 14 años y, aunque nunca terminó una carrera universitaria, estudió aeronáutica en el Instituto Tecnológico de California, uno de los más prestigiosos del mundo. Poco después, se quedó huérfano y un juez le autorizó a disfrutar, antes de la mayoría de edad, de la fortuna que había heredado. Hughes decidió que era el momento de cumplir sus sueños y se marchó a California, "para hacer películas y convertirse en el mejor piloto del mundo". No tardaría en cumplir ambos objetivos.

De su conquista de Hollywood como director dan testimonio películas míticas como Ángeles del infierno (1930), dirigida y producida por él y protagonizada por una debutante Jean Harlow (que él descubrió), o Scarface, un clásico sobre la ambición y el poder. Y tampoco tardó en convertirse en uno de los mejores pilotos de la historia.

Fundó la aeronáutica Hughes Aircraft y con 30 años, batió, el record de velocidad, con su avión H-1, un ingenio con alas de madera que él mismo había diseñado. Un año y medio después, se convirtió en el piloto más rápido volando sin interrupción entre Los Angeles y Newark, Nueva Jersey, en siete horas y media. El 14 de julio de 1938, dio la vuelta al mundo en 91 horas: quería demostrar que era posible viajar de una punta a la otra del mundo de forma rápida y segura. Llegó a su destino con la máscara de oxígeno averiada y casi a punto de asfixiarse, pero era un héroe nacional y desfiló por Broadway bajo una lluvia de confeti.

Murió a bordo de un avión, pero como pasajero, el 5 de abril de 1976, cuando le trasladan a Houston en estado terminal desde el hotel en el que vivía, en Acapulco.

Annemarie Schwarzenbach: Ve al fin del mundo y encuentra la tierra prometida

Anne Marie Schwarzenbach tenía 30 años y agotaba, aquel verano de 1937, una más de sus múltiples estancias de desintoxicación en una clínica de lujo cercana a la propiedad paterna de Zurich, donde había nacido, cuando recibió la visita de su compatriota Ella Maillart. Quería hacer un viaje a Afganistán, atravesando Oriente Medio y Anne Marie, poeta y novelista de culto, le pareció la compañera idea.

Hija de una familia de la alta burguesía suiza de simpatías nazis, incapaz de aceptar su singularidad andrógina, su compromiso antifascista y su talento para la literatura, Anne Marie era un ser doliente, adicto a morfina, el alcohol y la velocidad. Su belleza ambigua había fascinado en el Berlín lujurioso de los años veinte, donde descubrió la libertad, pero también la soledad y una tendencia a la depresión, que la llevaría a varios intentos de suicidio.

Anne Marie, armada con su máquina de escribir y su pequeña Leica, recogió el Ford regalo de su familia -un absoluto lujo en aquella época-, y con Ella a bordo, inició en Ginebra su recorrido. Era junio de 1939 y partieron dirección a Estambul. El viaje duró 12 semanas, siempre al volante de su Ford, en medio del polvo, de la lluvia y el calor sofocante. Las viajeras despertaban curiosidad y asombro -a Anne Marie la confundían siempre con un hombre-, y nadie les negó nunca hospedaje o comida.

En Kabul, Anne Marie, gravemente enferma a causa de una bronquitis, insistió en seguir hasta Turkmenistán, pero Ella no podía ya soportar sus adicciones, ni su desesperanza y se marchó rumbo a la India. Volvieron a encontrarse meses después, cuando Anne Marie embarcaba de regreso a Europa. Ella Maillard contó aquel viaje y su difícil relación en un libro de culto, La vía cruel, publicado en 1947. "Creía en el sufrimiento. Lo veneraba como la fuente de toda grandeza", escribió sobre su gran amiga.

Anne Marie murió al caerse de una bicicleta en las montañas cercanas a Saint Moritz, donde se había refugiado a su vuelta a Europa. Tenía 34 años. Hoy es un símbolo de la generación desesperada de entreguerras.

Laura Dekker: el mar era mi reino

La holandesa Laura Dekker se había pasado todos los veranos de su infancia en el mar. A los seis años, sus padres le regalaron su primer Optimist. A los siete realizaba travesías en una tabla de windsurf acompañada por su padre. Y a los 11 cruzó ida y vuelta, desde Holanda, el canal de La Mancha, así que no es tan raro que al cumplir 12 años, en 2009, anunciara que daría la vuelta al mundo sola en su Optimist, al que puso por nombre Guppy, como todas las embarcaciones que había tenido desde niña.

Lo primero que se encontró Laura fue una batalla legal entre sus padres, divorciados, pero dispuestos a que hiciera realidad su sueño, y el estado holandés, dispuesto a impedirlo en nombre de la seguridad y los derechos de la infancia. Las idas y venidas entre los tribunales duraron dos años, pero Laura finalmente pudo emprender su travesía el 21 de agosto de 2010, desde Portimao, en la costa de Portugal.

De allí siguió viaje a Gibraltar, Lanzarote donde pasó varias semanas para evitar la temporada de huracanes, Gran Canaria, Cabo verde, Simpson Bay (en la isla de Saint Martin, Antillas Holandesas), Dominica, Bonaire, el Canal de Panamá, Ecuador, Galápagos, las Marquesas, Tahiti, Bora-Bora, Fidji, Vanuatu, Australia (donde celebró su 16 cumpleaños con su padre), Sudáfrica y Holanda, donde culminó su travesía el 21 de enero de 2013, convirtiéndose en la persona más joven del mundo en circunnavegar el planeta.

Paró en cinco ocasiones para recibir asistencia de un equipo de apoyo familiar, por ejemplo al llegar a Canal de Panamá. Un sistema de monitorización instalado en el barco permitió seguirla durante todo el trayecto desde Holanda. Sin embargo, la ley le impidió de nuevo que su hazaña figurase en el libro Guiness, por ser menor.

A bordo continuó estudiando y escribió un blog que se convirtió en el artículo más seguido de la prensa holandesa. Hoy sigue viajando incansablemente con el Guppy ahora lleva paneles solares. Se casó el año pasado y vive en otro barco, cómo no, en Nueva Zelanda.

JLo, los Stones, Elton John, Madonna... las exigencias del rock

La de las estrellas del rock en sus giras de conciertos es quizá la ultima excentricidad que queda en un mundo donde todo lo asombroso parece devorado al instante. Copan columnas sensacionalistas, blogs de fans y críticos y, por supuesto, son la comidilla de las redes sociales.

En sus viajes, Jennifer Lopez necesita que todo el mobiliario de sus hoteles y camerinos sea de color blanco y solo duerme en sábanas de 250 hilos. Parece que Julia Roberts se baña exclusivamente en agua mineral. Keith Richards y los Rolling Stones sorprenden por su exquisitez puramente británica: una sala para jugar al billar, televisiones por satélite para seguir el críquet y lirios Casablanca para perfumar el ambiente.

Menos refinadas resultan las peticiones de Madonna, que necesita 20 líneas de teléfono y espacio para su equipo de chefs. Eso sí, también pide rosas blancas y rosas, pero siempre cortadas a una medida especial. Para Elton John, la preocupación principal es su piano, valorado en un millón de dólares, que siempre viaja con él, además de alimentos sin proteínas animales. Pero, sobre todo, le preocupa la temperatura: exactamente 19 grados allí donde se encuentre.

Probablemente la mayor extravagancia, hija de una rebeldía cuyo objetivo es apabullar a quien se ponga por delante, haya sido la de Iggy Pop y los Stoodges: una boa constrictor de tres metros y una prostituta vieja y desdentada disponible las 24 horas cuentan que pidieron en uno de sus últimos conciertos en Latinoamérica. Evidentemente, era broma. ¿O no?

viernes, noviembre 17

Biquinis: (más de) 70 años de libertad

(Un texto de A. Santos en la revista Mujer de Hoy del 9 de julio de 2016)

Acusado de revolucionario, de no dejar nada a la imaginación y de ir contra la moral y el decoro, el septuagenario dos piezas es [...] un símbolo de la evolución cultural del sigo XX y de la liberación de la mujer, que conserva todo su poder de seducción.

[...] Ponerse un biquini no siempre fue un hecho [...] plácido (aunque afortunademente la historia tenga un final feliz): la aparición del primero, hace ahora 70 años, supuso un auténtico escándalo.

Era 1946 cuando el diseñador francés Jacques Heim presentó una prenda de dos piezas bautizada como "Átomo: el traje de baño más pequeño del mundo". Pero solo tres semanas más tarde, su compatriota y rival Louis Réard, un ingeniero automovilístico que había heredado de su madre un negocio de lencería, fue más atrevido y mostró un diseño sensiblemente más pequeño que desafiaba todas las normas del decoro. Apenas unos pedazos de tela que imitaban papel de periódico y dejaban el ombligo al descubierto, una osadía para la época. Tanto así que ninguna modelo profesional se atrevió a lucirlo y Réard tuvo que recurrir a Micheline Bernardini, estríper del Casino de París, para presentarlo oficialmente en la mítica piscina Molitor de la capital francesa.

Ella vaticinó que el evento provocaría "un bombazo" todavía mayor que las pruebas nucleares que el gobierno de Estados Unidos había realizado unos días antes en el atolón de Bikini, en el Océano Pacífico, y su creador tomó prestado el pegadizo nombre. En realidad, su olfato para los negocios solo permitió a este pionero vivir cómodamente de una tienda de baño que tuvo abierta en París durante 40 años. Y la transgresora Bernardini recibió 50.000 cartas de sus fans todos hombres, por supuesto, y nunca más se supo de ella. Pero ambos pasaron a formar parte de la historia de la moda y fueron venerados (u odiados) por las mujeres de todo el mundo.

Tuvo que pasar casi una década para que el biquini empezara a verse con otros ojos. De hecho, en 1951, la ganadora de la primera edición del certamen de Miss Mundo, la sueca Kiki Hakansson, se coronó luciendo un biquini y provocó un grave conflicto diplomático. Los países más conservadores amenazaron con retirar a sus representantes y el Papa Pío XII lo condenó públicamente.

Hasta que llegó el Festival de Cannes de 1953 y una entonces semidesconocida Briggitte Bardott se atrevió a pasear sus generosas curvas por las playas de Saint Tropez con un coqueto dos piezas floreado. A partir de entonces, ella se convirtió en un icono sexual y la Costa Azul en lo más parecido a Sodoma y Gomorra. Ademásm abrió la veda para que otras actrices del "club de las malas", como Marilyn Monroe, Ava Gardner o Rita Hayworth, siguieran sus pasos.

En la década de los 60 la pegadiza canción de Brian Hyland Itsy Bitsy Teenie Weenie Yelow Polka Dot Bikini, que contaba la historia de una chica que se avergonzaba de mostrarse ligera de ropa, arrasaba en las listas de éxitos de todo el planeta; Ursula Andress emergía de las aguas, ataviada con un sugerente biquini y un cuchillo, en 007 contra el Doctor No; y la revista Sports Illustrated lanzaba su primera portada con una modelo en biquini, la alemana Babette March.

Mientras medio mundo asistía a esta revolución, en España se vivía una realidad paralela. Imperaba la censura y la Guardia Civil patrullaba nuestras costas en busca de "desvergonzadas" que atentaban contra la moral... Pero hecha la ley, hecha la trampa. Y tres ciudades españolas se disputan el honor de ser la primera en permitir o, al menos, tolerar el uso del biquini: Benidorm, Santander y Marbella.

Benidorm apenas era un pueblo, pero ya empezaban a llegar las primeras extranjeras y su visionario alcalde, Pedro Zaragoza, no dudó en ir en Vespa hasta Madrid para convencer en persona a Franco de que el futuro turístico de la Costa Blanca pasaba por abrir la mano. En Santander, los estudiantes extranjeros que iban a los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo rebautizaron la península de la Magdalena como Bikini beach.

Ni los carteles disuasorios ni las protestas surtieron efecto. Mientras, en Marbella la vida social, política y económica era controlada por un sacerdote aperturista, que, si bien no firmó ninguna ordenanza, hacía la vista gorda.

Con la llegada de la democracia, el panorama en nuestro país cambió de la noche a la mañana. A la invasión de suecas se sumó el cine del destape y el movimiento hippy. Se pasó de los bañadores como armaduras a diminutos biquinis que popularizaron jóvenes como la modelo Twiggy. El biquini simbolizaba la liberación de la mujer y la aparición de un tejido como la lycra, multiplicaba sus posibilidades. Incluso las más atrevidas, como muestra de rebeldía, se quitaban la parte de arriba y nacía el desafiante topless.

A partir de entonces, el biquini adquirió infinidad de estilos y formas, y fue ganando terreno al bañador. De poco sirvió que el siempre más elegante traje de baño se convirtiera también en algo sexy gracias a Bo Derek. La adoración al dios Sol era la nueva religión y el primer mandamiento ordenaba "cuanta más piel, mejor".

Tras una época horribilis en la que la braguita subía hasta la cintura, las míticas tops de los 90 pusieron al biquini en el lugar que le correspondía. Imposible olvidar a Claudia Schiffer contoneándose por la pasarela con las "ces" entrelazadas de Chanel; a Elle Macpherson demostrando por qué le apodaban el cuerpo; o a la estrella del voleibol estadounidense Gabrielle Reece luciendo los primeros modelos de corte deportivo.

Desde entonces, han aparecido nuevos tejidos como el neopreno y se han reinterpretado los clásicos. Los selfies en biquini invaden las redes y se ha popularizado el tanga. No hay miedo a los colores flúor y se combinan alegremente las partes de arriba y de abajo.

Sin duda, el paso del tiempo le ha sentado de maravilla al dos piezas. Y aunque durante estas décadas se ha convertido en una prenda odiada y adorada a la vez sí, nadie se imagina un verano sin ella, pero tampoco hay nada más temido que ese "momento biquini", en el que lo lucimos ante el espejo por primera vez en la temporada y... ¡horror!, ¿quién no firmaría por cumplir 70 años con semejante vitalidad?

Con motivo del 70 aniversario de la prenda estrella del verano, Vente-Privee, el portal de ventas on line, ha realizado un estudio sobre las preferencias de las españolas en materia de ropa de baño.
Tres de cada cuatro eligen el biquini frente al bañador, según esta encuesta. Y al contrario de lo que ocurre en lencería, donde lo más importante es la comodidad, en moda de baño lo prioritario es la estética: se busca ese un plus de tendencia y sensualidad.

En cuanto a formas, diseños y cortes, las españolas tienen gustos muy diferentes, sobre todo dependiendo de la edad. En las partes de arriba, la tendencia entre las más jóvenes es el bandeau, que deja menos marcas en la piel. En cambio, las mayores de 50 o las que tienen más pecho optan por las tipo halter o las que llevan aros para lograr una mayor sujeción.

El tejido que triunfa sigue siendo la lycra, aunque otros como el croché o el algodón comienzan a ganar adeptas esta temporada. Predominan los tonos azules (12%), seguido por los rojos (10%) y los cítricos (6%). La combinación más habitual es azul-blanco y blanco-negro, y el 6% busca estampados florales, aunque las rayas marineras y los lunares son otros de los prints más demandados.

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jueves, noviembre 16

Excéntricos en pareja; en el amor y en la cama...

(Un texto de Elena Castelló en la revista Mujer de Hoy del 9 de julio de 2017)

Parejas tan apasionadas como escandalosas, amores a tres bandas, relaciones que costaron un trono... En el territorio más privado, todo vale. Aunque, a veces, el precio a pagar es demasiado alto.

En realidad, ¿no somos todos un poco excéntricos? Consideradas de cerca, muchas de nuestras decisiones pueden parecer un puñado de impulsos inconexos, imposibles de comprender según los "cánones" que marca el sentido común, especialmente cuando se trata de cuestiones relacionadas con el amor y las emociones. Quizá, eso es simplemente la vida, intransferible, peculiar y única. 

Más peculiar y única, cuanto más dinero y poder se pone en juego, desde luego: entonces caen las barreras y solo las pasiones parecen dictar el comportamiento humano. Nuestros personajes, que fueron protagonistas del escándalo y víctimas y verdugos de sí mismos casi a partes iguales, convirtieron sus vidas en un auténtico torbellino de sufrimiento para ellos y para los que les rodeaban. Todos vivieron al margen de las normas su amor y sus relaciones.

Charles Chaplin: El coleccionista de jovencitas

En 1936, poco después del estreno de Tiempos Modernos, Chaplin se casaba, en secreto en China, con su compañera de reparto Paulette Goddard. Era su tercera boda y, con 48 años, el actor casi le doblaba la edad. Sin embargo, a sus 25 años, Goddard fue la mayor de sus esposas y la única "adulta". La primera, la actriz Mildred Harris, con la que Chaplin se casó ya en los 30, tenía 16 años. Ella afirmaba que estaba embarazada, aunque luego descubrió que era una falsa alarma, y el hijo vino después. El actor accedió al matrimonio para sofocar el escándalo: su amante quizá no esperaba un hijo, pero era menor.

Su segunda mujer, Lita Gray, que actuó en El chico con 12 años, fue su amante desde los 15, rodando La quimera del oro, y se casó con él a los 16. Le dio dos hijos, pero el matrimonio fue un infierno y acabó entre acusaciones de maltrato y abandono. Para evitar el escándalo, el actor se vio forzado a pactar una indemnización millonaria para Lita, a riesgo de que esta revelara la lista de sus infidelidades con conocidas mujeres casadas.

Su cuarta y última esposa fue Oona, hija del dramaturgo Eugene ONeill, que la desheredó y no volvió a dirigirle la palabra tras la boda. Deslumbrada por el cómico con 16 años, le dio el sí quiero a los 18 y estuvo a su lado hasta su muerte, el día de Navidad de 1977. Tuvieron ocho hijos, entre ellos la actriz Geraldine Chaplin.

Celoso, tiránico y obsesivo, de humor extremo, en sus memorias afirma que mantuvo relaciones con más de 2.000 mujeres. No todas menores, por supuesto. Pero cuando le preguntaron por su amante ideal respondió: "Yo no estoy enamorado exactamente de ella, pero ella lo está locamente de mí". Abandonado por un padre alcohólico y por una madre actriz de music hall que pasó largas temporadas en manicomios, temió la pérdida y nunca confió en las mujeres, sino en chicas a las que podía controlar y moldear. Sus heroínas, frágiles muchachas amenazadas por villanos sin escrúpulos, representan a una madre a la que recordaba en su papel de pastorcilla y a su primer amor, Hattie, a la que idealizó en su desarraigo.

Su vecino en Vevey (Suiza), donde se retiró con su familia tras dejar el cine, era el escritor Vladimir Nabokov: muchos dicen que Chaplin inspiró el personaje de Humbert Humbert en la trágica Lolita.

Elizabeth Taylor: Lluvia de diamantes

Acababa de divorciarse de su primer marido, el heredero de los Hilton, Conrad Hilton Jr. -tío abuelo de Paris-, tras ocho meses de tormentoso matrimonio y descansaba al borde de la piscina de unos amigos en Palm Springs (Florida), cuando un helicóptero aterrizó en la propiedad. La sombra de un hombre le hizo abrir los ojos.

Frente a ella, se erguía el multimillonario Howard Hughes, que intentaba abrirse paso como empresario cinematográfico tras hacer fortuna construyendo aviones. "¡Venga, vístete!", le espetó. "¡Nos casamos!". Para demostrarle que no bromeaba, se metió la mano en el bolsillo y extrajo un puñado de diamantes que esparció sobre ella. La estrella, muerta de risa, huyo corriendo hasta la casa, dispersándolos por el césped. Evidentemente no hubo matrimonio. Fue la única vez que la actriz rechazó piedras preciosas.

El gran amor de su vida y dos veces su marido, Richard Burton, la cubrió de ellas. Claro que las suyas eran más grandes, como el diamante Krupp, de 33 quilates, que ornaba el anillo de compromiso que le regaló en 1968, tras enamorarse rodando Cleopatra. Le costó más de un millón de dólares en la joyería Cartier de Nueva York.

La más conocida de cuantas puso en sus manos lleva el nombre de ambos: el diamante Taylor-Burton, en forma de pera y de casi 70 quilates. El actor lo adquirió en una subasta en 1969: antes de la puja, su propietario, el joyero Harry Winston, se lo envió a Taylor a Suiza, para que pudiera admirarlo. En la subasta, lo adquirió Cartier por más de un millón de dólares. Pero Burton no estaba dispuesto a dejarse vencer y, desde el teléfono público de un hotel inglés, negoció con el intermediario de Cartier, a gritos, hasta que consiguió la piedra.

Cartier puso una condición: exhibirla en su tienda de Chicago antes de llevárselo. "Somos hombres de negocios y ambos estamos contentos de que la señorita Taylor esté contenta", accedió Burton. La actriz lució la gema por primera vez en el 40 cumpleaños de Grace de Mónaco, y el diamante viajó hasta Niza con dos guardias. Cuando se divorciaron por segunda vez, en 1978, Taylor lo vendió por cinco millones de dólares y donó parte del dinero para construir un hospital en Bostwana.

Eduardo VIII: Amor en clima frío

Cuando en junio de 1936, Gran Bretaña supo que su rey, Eduardo VIII, recién llegado al trono, había pasado las vacaciones en un crucero por el Adriático con su amante norteamericana Wallis Simpson, dos veces divorciada y dos años mayor que él ("la puta", según Winston Churchill), fue símbolo de la infamia. Sin embargo, el tiempo ha revelado que ella logró, involuntariamente, que reconociera su falta de cualidades para el trono.

Maltratado por su niñera, con síntomas de anorexia y tics, Eduardo se había quedado varado en una eterna adolescencia. Bon vivant y atractivo, pasó su juventud practicando deporte, bebiendo de fiesta en fiesta y teniendo idilios con mujeres casadas, con las que jugaba a ser un niño pequeño. Era perezoso, poco formado intelectualmente, caprichoso y débil.

"No puedo cumplir mis deberes como rey como querría sin la ayuda y apoyo de la mujer que amo", dijo en su discurso de abdicación, pocos meses después. Wallis, en Francia, lloró al escucharlo. Ahora se sabe que no porque deseara ser reina de Inglaterra. Más bien lo contrario, según revela su correspondencia en una reciente biografía: se sentía atrapada y nunca hubiera imaginado que las cosas llegaran tan lejos. "No dejo de pensar en ti", le escribió a su segundo marido, Ernest Simpson, en esa época.

En los primeros años de su idilio con Eduardo, y estando aún casada, Wallis mantuvo otro affaire. Ser amante del rey era un honor que duraría unos años, imaginaba. Nunca pensó en dejar a su marido. Sin embargo, Eduardo, engatusado por su personalidad y su manera de recordarle que no podía lograrlo todo, empezó a escribirle decenas de veces al día y a amenazarla con suicidarse si le abandonaba.

Se rumoreó que era experta en prácticas sexuales aprendidas en burdeles de China. Wallis llegó a comentar que él era impotente y que ella nunca "había tenido relaciones sexuales tradicionales con sus maridos". En los primeros años de casados, fueron inseparables de un joven millonario bisexual, Jimmy Donahue, y los rumores arreciaron, pero ellos ya eran los reyes de la café society, y todo el mundo los quería en su fiesta.

Ella era la mejor vestida, él creó el "estilo Windsor". Entre tanto, viajaban, compraban joyas y coches, bebían, fumaban y mimaban a sus perros. Los privilegios de ser la esposa de un duque de Inglaterra eran muchos, aunque entre ellos no figurara el verdadero amor.

Courtney Love: Una boda en la playa

El día que se conocieron, en 1990, en un club de Chicago, Courtney Love bromeó sobre el pelo largo de Kurt Cobain y éste le respondió derribándola, en broma, con una llave. La atracción entre el líder de Nirvana e icono de la generación X, y la actriz y vocalista de The Hole y ex stripper fue instantánea. Courtney envió a Kurt una caja en forma de corazón con una muñeca de porcelana, tres rosas secas, una minitaza de té y conchas, con su perfume. Al cantante le obsesionaban las muñecas. Las usaba para composiciones artísticas, repintando sus caras y pegándoles cabello.

Cobain no quería una relación seria. Ella comenzó a perseguirlo hasta que consiguió un sí. Cuando él le propuso que se casaran, ella estaba embarazada. "¡Sabía que, si tenía algo de cerebro, me lo pediría!", contó ella. "Ella es como un imán para todo lo que hay de divertido en la vida", dijo Cobain.

Se casaron en Hawai, el 24 de febrero de 1992, en la playa de Wakiki. Kurt se presentó con un pijama de dibujos verdes. Courtney llevaba un vestido que había pertenecido a la atormentada actriz Frances Farmer, uno de los iconos de Kurt. Asistieron nueve personas, ninguna de sus familias.

Dos años después, Cobain, que consumía unos 400 dólares diarios de heroína y otras drogas, se pegó un tiro en la cabeza. Courtney tiene hoy 52 años y es budista: sus mantras la han ayudado a superar las adicciones, los escándalos y la sensación de pérdida. Pero aún lucha contra la nostalgia.

Tilda Swinton: ¿Una pareja de tres?

Tilda Swinton ganó el Bafta -los Oscar británicos- a la mejor actriz secundaria, en 2007, por su interpretación de una despiadada abogada en Thomas Clayton. Y allí, sobre la alfombra roja se abrió la veda sobre la actriz escocesa de carrera poco convencional: su acompañante no era el padre de sus mellizos Honor y Xavier, el dramaturgo escocés 20 años mayor que ella John Byrne, sino un joven actor alemán -¡20 años menor! - llamado Sandro Kopp. Byrne se había quedado en casa cuidando a los niños.

Los rumores no se hicieron esperar: Tilda vivía un ménage-à-trois con el padre de sus hijos, que ejercía de amo de casa, y un tomboy con el que disfrutaba de la vida. Las palabras de la actriz no ayudaron a despejar dudas: "Vivimos en la misma casa, pero yo viajo por el mundo con un delicioso pintor", aseguró sin más detalles. "Todos nos queremos mucho", corroboró Byrne.

Era oficial: Swinton vivía en su vida privada un arreglo a tres bandas, con dos hombres. Su nombre encabezó, a partir de entonces, las webs de "amor libre" y poliamor, mientras los periódicos sensacionalistas se deleitaban dando detalles supuestamente íntimos.

Tilda no es una mujer convencional ni por su origen en una familia del más rancio abolengo escocés, ni por sus elecciones académicas: se licenció en Políticas y Literatura en Cambridge, en contra de las previsiones familiares que deseaban que se casara con un duque. Tampoco por su físico, andrógino y cambiante. Ni por su forma de entender su trabajo, desarrollado durante años en el cine casi experimental de directores como Derek Jarman. Intelectual e independiente, tampoco rehúye opinar sobre arte o política.

"Nuestra vida no puede ser más ortodoxa. El padre de mis hijos y yo somos muy amigos y los criamos juntos. ¿Cuántas parejas no hacen lo mismo? Desgraciadamente la gente está demasiado acostumbrada a convertir a su ex en un extraño tras años de convivencia", decía la actriz. Byrne ha contado que vive en Edimburgo con una nueva pareja. "Quizá lo que asusta a otra gente es que no dejamos que nadie reduzca nuestras vidas a una simple película de dibujos animados". La actriz insiste: "Fuera de la pantalla, soy la mujer más normal del mundo".

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miércoles, noviembre 15

Felipe II, rey de Portugal (II)



(Un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 25 de diciembre de 2006)

En el siglo XVI, en cambio, sí estaba muy claro por qué queríamos al país vecino. Portugal era un imperio mercantil que se complementaba perfectamente con el español, territorial y militar. Los portugueses no habían echado esfuerzos en conquistar y poblar países, sino en abrir puertos y obtener licencias comerciales en puntos clave, hasta en la lejana China.

Con sus bases alrededor de toda África, en la India y Oceanía, en el Estrecho de Ormuz, la llave del Golfo Pérsico, o en los de Malasia, las puertas entre el Índico y el Pacífico, controlaban las más ricas rutas comerciales.

Lisboa era un emporio cosmopolita que deslumbraba a la sobriedad castellana, donde se encontraban los objetos más caros y lujosos que se podían comprar en Europa, sedas y porcelanas de China, jades, marfiles, plumas y animales exóticos, ¡hasta rinocerontes! Y por supuesto especias de toda clase, que valían más que su peso en oro.

Además, para Felipe II la posibilidad de gobernar esa potencia mercantil tenía un interés estratégico: podría establecer un bloqueo comercial de sal y especias que quebrara la economía de los rebeldes holandeses, el peor enemigo de la monarquía hispánica durante 80 años.

A Portugal también le convenía la unión. La inagotable plata americana hacía del real de a ocho español una moneda fuerte, que permitiría reanimar el comercio con Oriente, en crisis por la falta de dinerario. Y la potencia militar española protegería el comercio portugués de enemigos como los turcos, cuyos corsarios operaban ya por el Atlántico.

Por eso, pese a las reticencias del pueblo portugués, que “antes metería moros que castellanos”, la unión con la monarquía hispánica fue una solución feliz para las clases dirigentes lusitanas.

Autonomía total

La fórmula no era, por cierto, unión, sino “agregación”, y garantizaba la total autonomía de Portugal, que conservaba sus Cortes, leyes, moneda y lengua. No hubo desembarco castellano en Portugal ni en su imperio. Todos los cargos públicos seguían siendo portugueses, y los españoles no podían emigrar a Brasil, única auténtica colonia de Portugal. Y sobre todo, el comercio con Oriente seguía siendo un monopolio luso.

En cambio sí hubo desembarco portugués en España. Desde ministros tan importantes para Felipe II como Ruy Gómez de Silva hasta cartógrafos como Teixeira, popular por su plano de Madrid, pero cuya inmensa obra fue levantar el mapa de las costas españolas para Felipe IV, pasando por artistas como Sánchez Coelho, que se convirtió en el retratista de la Corte madrileña. Los beneficios para Portugal se hicieron evidentes a principios del reinado de Felipe IV, cuando los holandeses se apoderaron de Brasil. Fue un ejército español, al mando de don Fadrique de Toledo, quien recuperó el rico país americano para los portugueses. Lope de Vega le dedicaría una de sus obras, El Brasil recuperado.

Ruptura

Sin embargo, a mediados de este mismo reinado comenzó el ocaso de España como primera potencia. Y fue precisamente la incapacidad española de defender al imperio portugués frente a los holandeses lo que propició el movimiento de independencia lusitano. No fue, en realidad, un hecho aislado, hubo movimientos separatistas en Nápoles, Sicilia, Navarra, Aragón, Cataluña y hasta en Andalucía, donde uno de los Grandes de España, el duque de Medina Sidonia pretendía proclamarse rey.

Portugal se levantó en armas y proclamó rey al duque de Braganza en 1640. La guerra intermitente duró un cuarto de siglo, y hasta 1668 España no reconoció la independencia portuguesa.

Durante el siglo siguiente, las dos monarquías ibéricas mantuvieron en general malas relaciones. Entre 1762 y 1807, España invadió cinco veces Portugal, aunque los éxitos de las armas españolas en el campo de batalla eran siempre anulados por la diplomacia inglesa en la mesa de negociaciones. A veces serán guerras de opereta, como la Guerra de las Naranjas, un capricho de Godoy, el favorito de Carlos IV, que pretendía convertirse en rey de los portugueses.

Después viene un largo divorcio de casi dos siglos. A lo largo del XIX, cuando fraguan los modernos nacionalismos europeos, el de Portugal tiene como cemento “la amenaza española”, aunque España ya no está para amenazar a nadie. Las ciudades fronterizas lusitanas, sin embargo, se fortifican como si esperasen siempre una nueva invasión española.

España, en realidad, ignora a Portugal, se olvida del vecino, como si no existiera. Solamente lo va a descubrir en abril de 1974, cuando la Revolución de los Claveles derribe a la dictadura en el país vecino. Entonces toda la España democrática se pone a cantar –y ahora sí tiene claro el porqué– “¡Ay Portugal! ¿Por qué te quiero tanto?”.

El primer virrey
Tras una temporada en que mantuvo su Corte en Lisboa, Felipe II volvió a Madrid. Para representar al rey habría un virrey de Portugal, que necesariamente tenía que ser portugués, a no ser que fuese miembro de la familia real.

El primero en el cargo fue un sobrino de Felipe II, el cardenal-archiduque don Alberto. Era un cosmopolita: hijo del emperador Maximiliano II, nacido en Viena, educado en España desde los 11 años, terminaría su vida como soberano de los Países Bajos por su matrimonio –tras colgar los hábitos– con la infanta Isabel Clara Eugenia.

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martes, noviembre 14

Felipe II, rey de Portugal (I)



(Un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 18 de diciembre de 2006)

Felipe II perdió un palote y ganó un reino. Con Felipe II los reinos de España y Portugal se unifican, culminando un siglo después la aspiración de los Reyes Católicos.

Felipe II perdió un palote y ganó un reino. Las Cortes portuguesas, reunidas en el monasterio de Tomar, le proclamaron rey Felipe I de Portugal un 16 de octubre de 1581. Era la culminación de la estrategia matrimonial de los Reyes Católicos para unificar la Península Ibérica. 

Y también era el final de la más brillante jugada de la política exterior española, que tuvo a la vez algo “de herencia, de conquista y de compra”. 

La política de enlaces de los Reyes Católicos logró unir las coronas de Castilla, Aragón y Navarra, pero querían más, reunir a la Hispania romana, y echaron sus redes nupciales en el vecino Portugal. Harían falta un siglo, ocho bodas y un considerable embrollo de parentescos (véase el árbol genealógico, muy simplificado) para recoger la pesca.

La tercera generación, Felipe II y Juana, hijos de Carlos V y de Isabel de Portugal, se casaron con los hijos de João III de Portugal, María y Juan. 

Desamor
No fueron muy felices estos matrimonios. María no era precisamente guapa ni a los 17 años, y el joven Felipe buscaba fuera de casa lo que no le satisfacía dentro. La princesa lusa le lloraba a su padre y éste le escribía a Carlos V –su consuegro, triple cuñado y sobrino– trasladando las quejas de “desamor”. 

“Cuando están juntos, parecía que [Felipe] estaba por fuerza, y en sentándose, se tornaba a levantarse e irse”, le detallaba enojado el rey portugués a Carlos V, dándole también noticia de que el joven Felipe se había echado una amante en Cigales con la que tenía un hijo. María duró poco, falleció de parto cuando tuvo su único hijo, don Carlos.

Tampoco Juana disfrutó mucho su matrimonio; quedó viuda cuando estaba embarazada del primer hijo. El niño, don Sebastián, fue rey de Portugal desde los 3 años, y se pensó incluso en que fuera rey de España, en vista de la muerte de don Carlos, pero el joven monarca portugués tenía la cabeza a pájaros, y no se le ocurrió más que irse de cruzada a África. 

En Alcazalquivir don Sebastián encontró la épica que su ardiente corazón le reclamaba, la batalla de los Tres Reyes, la única de la Historia en la que han muerto tres monarcas, dos marroquíes y uno portugués. Don Sebastián se convirtió en leyenda –muchos portugueses negaban que hubiese muerto y periódicamente aparecían seudo-Sebastianes, falsarios o locos que reclamaban el trono–, pero dejó a la dinastía lusitana en vías de extinción. 

Le sucedió un anciano tío que además era clérigo, el cardenal don Enrique. Como era impensable para don Enrique tener hijos, convocó a los posibles herederos y nombró una comisión, los Cinco Defensores del Reino, para que decidiesen quién tenía mejor derecho. 

Pleito
En febrero de 1579 Felipe II recibió del rey-cardenal la “carta de notifi cación” que abría el pleito dinástico. Había cinco “pretensores”, descendientes del rey Manuel el Afortunado. Dos eran príncipes italianos sin ningún peso en Portugal. La duquesa de Braganza era mujer, un handicap en la época. Y el cuarto, don Antonio, era bastardo.

Felipe II era poderoso y vecino, tenía ejércitos y oro, y era el nieto mayor del Afortunado. La alta nobleza apostó por unir su carro al de la primera potencia del mundo, que era España. El arquetipo de ellos fue don Cristóbal de Moura, que realizó una incansable labor convenciendo y comprando a los diputados de las Cortes portuguesas. Tras la muerte de don Enrique en 1580 el bastardo don Antonio se autoproclamó rey de Portugal, pero tres de los cinco Defensores emitieron la Declaração de Castromarim, estableciendo el mejor derecho de Felipe II.

Paralelamente al apoyo de la legalidad, Felipe dio el golpe militar, larga y perfectamente preparado. El duque de Alba invadió Portugal por tierra, y don Álvaro de Bazán por mar. Más que conquista, fue un paseo militar. 

Con el país ocupado y los Defensores apoyando al español, las Cortes portuguesas, reunidas en el monasterio de Tomar, se vieron cargadas de razones y doblones para proclamar a Felipe I rey de Portugal. Empezaba el primer acto del Iberismo.

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