Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

martes, mayo 31

¿Una unión europea? cosa fácil...

(Extraído de un texto de Sergio Aguilar en el Heraldo de Aragón del 21 de mayo de 2016)

En 1613 el abate de Saint-Pierre, predecesor del europeismo, públicó su 'Proyecto de tratado para hacer que la paz sea perpetua entre los soberanos cristianos'. Proponía una aproximación al concepto de 'unión europea' a través de una federación compuesta por un Senado y un ejército confederado. Uno de sus críticos más mordaces fue el rey ilustrado, Federico II de Prusia, quien escribió a Voltaire: "el abate de San Pierre me ha enviado un hermoso escrito sobre el modo de restablecer la paz en Europa y de consolidarla para siempre. La cosa es muy practicable... Para hacerla triunfar sólo falta el consentimiento de los europeos y algunas otras bagatelas".

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lunes, mayo 30

A la sombra de la torre ausente (la Torre Nueva)



(Un texto de Paula Figols en el Heraldo de Aragón del 12 de octubre de 2014)

Zaragoza pudo ser más famosa que Pisa. Tal vez lo fue durante un tiempo. Durante casi cuatro siglos tuvo una de las torres más altas y admiradas de Europa: la Torre Nueva. También estaba inclinada, como la de la ciudad italiana, y también fue motivo de polémica. Estaba en la plaza de San Felipe. En 1504 comenzó la construcción de esta torre para albergar un reloj público que diera las horas a los zaragozanos. La torre alcanzó los 80 metros de altura y pronto se detectó su inclinación, que llegó a ser de 2,57 metros respecto a la vertical. En Pisa decidieron conservarla, repararla y hacer de ella su símbolo. Aquí fue derribada en 1892, tras encendidos debates en la prensa de la época y en el Ayuntamiento. Hoy queda un dibujo estrellado en el suelo; una escultura de un chico que mira la torre en mitad de la plaza; referencias en los libros de historia; recuerdos de algunos nostálgicos, y el famoso reloj guardado en el Museo de la Torre Nueva (en la misma plaza). El derribo costó 16.000 pesetas. Lo cuenta un cuadro del Museo, escondido en los bajos de la tienda Montal.

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En los años 50, la plaza de San Felipe era una plaza de barrio, con sus tiendas y sus vecinos que se conocían por el nombre. «Mis abuelos y mis padres vivieron en la plaza. Tenía mucha vida, con todas las tiendas abiertas. La nuestra era una tienda de ultramarinos, con productos básicos, como legumbres, aceite a granel, latas... Después, en los años 80 se fue especializando para convertirse en una tienda gourmet, como la conocemos ahora. Y aquí seguimos, pensando en cómo celebraremos el centenario, en 1919», cuenta Nacho Montal, dueño del negocio familiar Montal (cuarta generación) y testigo de la evolución de la plaza.

En los años 80 se reabrió el debate sobre la reconstrucción de la Torre Nueva. Se creó una asociación de amigos de la torre y el Ayuntamiento instaló un memorial en la plaza. El monumento se convirtió en un foco de suciedad y fue derribado (también con polémica) en 1998. En mitad de la plaza se conservó la escultura del chico mirando la torre. Hoy conviven los negocios abiertos y cerrados, unos pocos vecinos con los turistas o la gente de paso. No está la torre, pero queda su recuerdo. «¿Te imaginas cómo sería si siguiera la Torre Nueva? Sería un atractivo turístico con fama mundial, como Pisa. La plaza siempre estaría llena de gente, habría filas para subir a verla...», reflexiona Nacho Montal.

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Nota: El Palacio de los Condes de Argillo, en la plaza de San Felipe, fue sede del Colegio San Felipe desde 1860 hasta mediados del siglo XX. El Ayuntamiento compró y restauró el edificio, que hoy es el Museo Pablo Gargallo.

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domingo, mayo 29

Promesas

(Un texto de Encarna Samitier en el Heraldo de Aragón del 14 de mayo de 2016)

Las campañas electorales son viejas casi como el mundo, como muestra el 'Breviario' de consejos que escribió Quinto Tulio Cicerón, hermano pequeño del famoso autor de las 'Catilinarias'. Quinto era mucho más contemporizador y astuto, como corresponde a un asesor político. En su breviario de campaña escrito en el siglo I antes de Cristo, lanza consejos que podría subscribir hoy mismo el encargado de imagen de un candidato. Él era también político, y sabía qué terreno pisaba, de ahí que se muestre convencido de lo que el pueblo espera de un aspirante a un cargo: "que lo conozca por su nombre, lo halague, mantenga un trato asiduo con él, sea generoso, suscite la opinión popular y ofrezca una buena imagen en su actividad pública". Más de dos mil años después, son consejos extrapolables, y lo mismo puede decirse de los anuncios preelectorales. Quinto Tulio Cicerón estaba convencido de que "las promesas quedan en el aire y no tienen plazo". En cambio, decía, las negativas te granjean, indudable e inmediatamente, muchas enemistades. Dos mil cien años después, la sociedad debería haber evolucionado, pero hay cosas que se resisten a cambiar.

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sábado, mayo 28

Plantas, leyendas urbanas



(Un texto de David Navarro en el Heraldo de Aragón del 31 de enero de 2015)

¿Verdadero o falso?
Existen todo tipo de creencias, y cada particular tiene las suyas, pero algunas rozan el absurdo. Conviene estar atento y no caer en estos errores que pueden dañar e incluso matar a nuestras plantas.

Alcohol y aspirina para las flores cortadas
La semana pasada publicamos [que] una botella de vodka para recordar que un chorrito de este alcohol en el agua permite a la flor cortada durar más tiempo. Y un seguidor nos preguntó: «¿Es eso verdad, o es una leyenda urbana como lo de la aspirina?». Existen tantas curiosidades botánicas que lo verdadero está pasando por falso y viceversa. Respondiendo a la pregunta del seguidor: sí, la aspirina y el vodka funcionan. El alcohol de alta graduación evita que proliferen microbacterias que pueden atacar a los ramos cortados, mientras que la aspirina aporta carbohidratos que la flor todavía puede absorber por el tallo. Pero... ¿qué pasa con otras leyendas que son falsas y han pasado por ciertas durante años?

El error del fertilizante
Una de las leyendas más perjudiciales está relacionada con el abono. ¿Cuanto más, mejor? Pues no. Cuanto más, más contaminante. Las plantas pueden absorber una cantidad limitada de nitratos, el resto acaba filtrado en la tierra y se va por el desagüe o en los jardines acaba en los acuíferos y después en los ríos. La contaminación por nitratos supone un problema para la fauna y tampoco nuestras plantas estarán a gusto: el color verde brillante atraerá a más depredadores y tendremos que utilizar más insecticidas, lo que supone un peligroso círculo.

Los cactus 'mágicos'
A veces nos preguntan conocidos o lectores: «¿Qué pongo en mi balcón si todo se me muere?», y tras escuchar una retahíla de posibilidades, afirman: «Mejor pondré unos cactus y así no riego». Pues lo mismo dará, porque se morirán igualmente. Las plantas adaptadas a grandes periodos de sequía almacenan el agua en su interior o en las hojas. Pero necesitan agua, o morirán. Corno cualquier ser vivo.

Los errores de la poda
Para algunos jardineros, la poda es sinónimo de vida. No conciben una planta que no sea podada al menos una vez al año y denominan el procedimiento 'sanear'. Algunas plantas sí necesitan poda, para que no se vuelvan leñosas, pero otras prefieren que las dejen tranquilas, sin tanto meneo. Por ejemplo, cuando llegan a nuestro jardín: no es cierto que haya que podar la mayoría de ramas de un arbusto o árbol cuando se planta. Si las raíces son las adecuadas, todo el sistema estará equilibrado. Solo se deben podar ramas cuando se adquieren como 'raíz desnuda', es decir, cuando ese sistema radicular ha sido podado previamente para su transporte. Tampoco es cierto que haya que aplicar una masa para cubrir las heridas. Si la poda se hace ahora en enero, con un corte correcto y herramienta limpia, el árbol creará por su cuenta un muñón. Esa masa puede impedir que el vegetal sane por sus propios medios.

Plantas que dan alergia
Las alergias es otro nutrido grupo de leyendas urbanas. Mucha gente confunde semillas con polen, y creen que la pelusa que vuela en primavera es la responsable de las alergias del mes de mayo. En realidad, son las gramíneas las que afectan en esa época y su polen es invisible al ojo humano. Pero esta leyenda urbana ha calado tan hondo que incluso hay ciudades que han talado sus chopos por petición popular. Otra leyenda es que el polen de las flores hace estornudar porque nos produce alergia. En realidad, estornudarnos si el polen es muy excesivo (igual que lo hacemos con la pimienta, por ejemplo) o por que el perfume es muy intenso. Eso sucede con los tilos, cuyo aroma resulta tan fuerte que las narices más sensibles lo rechazan.

viernes, mayo 27

¿Por qué es mejor podar y trasplantar en enero y febrero?



(Un texto de David Navarro en el Heraldo de Aragón del 31 de enero de 2015) 
Para algunos jardineros, los trabajos se realizan en verano: consideran que las bajas temperaturas y el exceso de humedad del invierno afectan al delicado sistema radicular (en el caso de los trasplantes) o en las heridas de la poda. Sin embargo, cada vez son más los que prefieren el mes de enero y los primeros días de febrero para reorganizar el jardín o la terraza, y eso se debe a que es ahora cuando la planta tiene un menor nivel de actividad.

Un trasplante es el momento más difícil para un vegetal, cuya existencia se basa en nacer y crecer en el mismo sitio. Cambiar de lugar supone la rotura de muchos pelos radicales (por donde absorbe los nutrientes) y necesitará varias semanas para recuperarlos. Si se rompen [en enero o febrero], tiene tiempo de sobra, porque no ha de llevar tanta agua y sales minerales a las hojas. Lo mismo sucede al podar: en este estado de letargo, la actividad es mucho menor y la planta no ha de realizar apenas la fotosíntesis. Si quitamos una rama en verano, cuando necesita tanta energía para florecer o reproducirse, la dejarnos sin parte del alimento y se puede resentir.

jueves, mayo 26

Don Quijote en Aragón, el Aragón que inmortalizó Cervantes



(Un texto de Antón Castro en el Heraldo del 25 de enero de 2015)

Se cumplen 400 años de la publicación de la II parte de 'Don Quijote de la Mancha', que tiene muchos escenarios y vínculos aragoneses: el Ebro, Pedrola y el palacio de los duques, Alcalá de Ebro y la ínsula Barataria, Sansueña o el soldado de Ibdes, Jerónimo de Pasamonte.

Una de las preguntas que, tantos años después, seguimos haciéndonos es: ¿estuvo Miguel de Cervantes (1547-1616) alguna vez en Zaragoza o en Aragón? No se sabe con certeza, aunque se dice a menudo que en el invierno de 1568, cuando huía de Madrid tras agredir a un hombre, pernoctó en el palacio de los duques de Villahermosa, gobernado entonces por Martín de Aragón y Gurrea, aficionado a la poesía y a las bellas artes. Cervantes, según esa hipótesis, acompañaba al cardenal Giulio Acquaviva, camino de Roma. Luego su vida le llevaría por distintos lugares y acabaría, convertido en superviviente manco más que en héroe, en la batalla de Lepanto (1571) y de recluso en Argel.

Nos detenemos un instante en Lepanto para recordar otra conexión aragonesa: allí coincidió con el soldado Jerónimo de Pasamonte, que había nacido en Ibdes (Zaragoza) en 1553, al que luego criticará en la primera parte del 'Quijote' (1605). Este, que redactó su autobiografía, se vengaría con la redacción del 'Quijote apócrifo', firmado por Alonso Fernández de Avellaneda y publicado en Tarragona en 1614, un año antes de la aparición de la segunda parte del 'Quijote' en 1615. Quería tomarle la delantera del éxito. ¿Son Avellaneda y Pasamonte la misma persona? Para Martín de Riquer, y algunos más, sí: anunció la teoría en 1969 y la concretó en 1988 en el volumen 'Cervantes, Passamonte y Avellaneda' (Sirmio). Este es otro de los misterios cervantinos: ha hecho correr ríos de tinta. Y sigue haciéndolo.

Hace no demasiado tiempo, Antonio Sánchez Portero, estudioso bilbilitano, publicó un libro -'Cervantes y Liñán de Riaza. El autor del otro Quijote atribuido a Avellaneda' (2012)- donde afirma que el toledano Pedro Liñán de Riaza, afincado en Calatayud, sería la máscara real de Avellaneda, quien, a la postre, también resultaría decisivo en la continuación de la novela. Cervantes le hace decir a su héroe que, tras haber leído ese volumen, «no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno». Aunque no ponga los pies en Zaragoza, Sansueña en el libro, es la ciudad más citada y está muy cerca de algunos de los lugares donde ocurren episodios centrales de la segunda parte: el Ebro, el palacio de Buenavía de los duques de Villahermosa o Luna, el caserón donde ejercerá Sancho Panza de gobernador (en una magistral burla que se vuelve contra los burladores) y la Ínsula Barataria.

Los estudiosos, historiadores y filólogos han puesto nomenclatura exacta allí donde Cervantes solo sugiere o enmascara deliberadamente. El palacio de los duques estaría en Pedrola y la Ínsula Barataria, citada por primera vez en el capítulo XXV y escenario capital a partir del XLV, sería Alcalá de Ebro. Martín de Riquer, en una de sus ediciones del Quijote, advierte en el capítulo XXX: «Téngase en cuenta, no obstante, que no hay identificación total entre los duques de la novela y los históricos de Luna, pues Cervantes ni menciona jamás su título ni da el nombre de la residencia en donde viven». Otro tanto cabria decir a propósito de Alcalá de Ebro y la Ínsula Barataria.

¿Cómo surgió entonces esa identificación? La formuló en 1797 el erudito Juan Antonio Pellicer (Encinacorba, Zaragoza, 1738-Madrid, 1806); en ese año publicó una biografía del autor y editó, en cinco tomos, el libro para Antonio de Sancha. La audacia -que tenía su fundamento por la proximidad, por los meandros que dejaba el río y por el número de habitantes, etc.- tuvo fortuna y son muchos los estudiosos que se han abonado a esa idea, entre ellos, por citar un ejemplo, el cervantista Luis Astrana Marín, experto y traductor de otro autor bajo sospecha de identidad: William Shakespeare.

En el capítulo XLV, Sancho Panza toma posesión de su isla: «Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se llamaba la Ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba Baratario, o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recibirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron muestra de general alegría, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego con algunas ridículas ceremonias le entregaron las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria». A partir de este instante, Sancho empieza a juzgar con admirable sensatez como si fuera el rey Salomón.

Alcalá de Ebro asumió pronto, con la habitual timidez aragonesa, su condición de espacio de la imaginación universal. Le dedicó una calle a Miguel de Cervantes, ha colocado diversas placas y leyendas en el edificio del ayuntamiento, y ha instalado a orillas del río una escultura, verdosa, de un Sancho meditabundo, con una inscripción cervantina, que realizó el escultor Carlos Pérez de Albéniz, ya fallecido. Hace poco tiempo a la escultura se le ha construido una especie de protección o navío para que no se deteriore con las inundaciones, tal como explica el fotógrafo de la Ribera Alta José Ignacio Iguarbe.

Ahora, el solitario Sancho encara la curva del Ebro y Jo mira de frente: al fin y al cabo, en su corriente y en su ribera, vivió algunas aventuras. La más fascinante y peligrosa fue la del barco encantado. En este caso, la padeció en compañía de su señor Don Quijote: este vio una barca de pescadores del río y la confundió con un barco hechizado. «¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor? -dijo Sancho- ¿No echa a ver que aquéllas son aceñas que están en el río, donde se muele el trigo?». Se subieron al bote y le cortaron las amarras con la ribera. «Calla, Sancho -dijo don Quijote-; que aunque parecen aceñas, no lo son; y ya te he dicho que todas las cosas tras truecan y mudan su ser natural los encantos». La frase es casi una poética general del Quijote. Lo que sucedió luego es un episodio de humor, horror y locura.

Cerca de Alcalá de Ebro, pero no a las dos horas que dijo Cervantes, está Pedrola. En el centro de la población, pero alejado del cauce del río, se sitúa el palacio desde el cual los duques urdían sus burlas y trapacerías, que Cervantes define con el término «busilis». Allí suceden algunas cosas: la más impresionante es la del caballo Clavileño, que tiene el atributo de volar y de poder llegar al reino de Candaya, donde hay un mágico ungüento que permitiría acabar con las barbas de tres mujeres que le imploran ayuda a Don Quijote. Si se va por tierra, le indican, «hay cinco mil leguas, dos más o menos; pero si se va por el aire y por línea recta, hay tres mil y doscientas y veinte y siete». La candidez del Caballero de la Triste Figura daba para todo.

También le dicen que si algún día viniera un caballero libertador, el famoso mago Malambruno le mandaría «una cabalgadura harto mejor», que es, ni más ni menos, que «Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de leño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que carnina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso Rocinante». La aventura de Clavileño y la dueña Dolorida es desternillante y es «una de las más famosas del Quijote» y «desarrolla paródicamente un tema propio de novelas medievales», según escribió Martín de Riquer.

Aragón no ha creído mucho en su patrimonio cultural jamás. No sorprende que no exista una ruta cervantina: esa es una asignatura pendiente y se fantasea con aprobarla con nota en cada efemérides. También ahora. Y quizá el año que viene: se cumplirán cuatro siglos de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, el amigo misterioso de Aragón. 

De Tronchón y la Aljafería a Ibarra y Navarrete

Aragón aparece de formas muy diversas en la narración del Caballero de la Triste Figura. He aquí un pequeño recuento.

Tronchón. El famoso queso de Tronchón (Teruel) aparece citados dos veces en la II parte de 'Don Quijote de la Mancha'. En el capítulo LII se dice: «...y más un queso que Teresa le dio, por ser muy bueno, que se aventajaba a los de Tronchón». Y en el LXVI se lee: «aquí llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajitas de queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso está durmiendo».

Maese Pedro. En varios capítulos de la II parte se cuenta la historia del titiritero Maese Pedro y su mono. En el capítulo XXVI se dice: «Vuelvan vuestras mercedes a aquella torre que allí parece, que se presupone que es una de las torres del alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería».

Joaquín Ibarra. El impresor !barra (Zaragoza, 1725-Madrid, 1785) realizó, por encargo de la Real Academia Española, una primorosa edición del Quijote en 1780 (la empezó en 1777) en cuatro volúmenes, con tipos nuevos y con 33 ilustraciones. La encargó Grimaldi, el secretario de Carlos III. Se recuperó en edición facsímil hace una década por el Gobierno de Aragón. Es una joya admirada no solo en España sino en Europa.

Javier Blasco. El catedrático zaragozano de la Universidad de Valladolid sostiene que Avellaneda es Baltasar de Navarrete. Ha escrito: «Los documentos que hoy conocemos sitúan a fray Baltasar Navarrete (teólogo y maestro en Artes, catedrático de la Universidad de Valladolid...) en el centro del escenario en que madura el 'Quijote apócrifo', libro que, como ocurría con 'La Pícara Justina', también escuda en el seudónimo su presentación en sociedad».

Otros. El aragonés Alberto Blecua realizó la edición del IV centenario (cuyos actos coordinó su hermano José Manuel), en un único volumen, para el sello Espasa. Aurora Egido, Juan Antonio Frago, Alfonso Zapatero o Isaias Moragas, entre otros, le han dedicado monografías y estudios. Y Antonio Pérez Lasheras firmó 'Sin poner los pies en Zaragoza (algo más sobre el Quijote y Aragón)' (Rolde de Estudios Aragoneses, Zaragoza, 2009), donde además explica el verso «O en las montañas de Jaca », que aparece en el capítulo XLIV, como expresión casi arquetípica del frío y las cumbres.

El gobernador de la ínsula Barataria. Se dice que Aragón ocupa 37 capítulos de los 74 de la segunda parte del Quijote. Varios de ellos están dedicados al escudero Sancho Panza, que es objeto de una promesa de Don Quijote y de burla de los duques de Villahermosa. Le entregan el gobierno de la ínsula Barataria, que sería Alcalá de Ebro, tal como conjeturó en 1797 Juan Antonio Pellicer. […]

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miércoles, mayo 25

Brujas, demonios, astrólogos y nigromantes



(Un texto de Mariano García en el Heraldo del 25 de enero de 2015)

El filólogo e historiador Alberto Montaner ha coordinado junto a Eva Lara la edición de un volumen de más de 1.000 páginas que analiza todas las facetas del mundo mágico en la literatura española del Siglo de Oro. 

Hechiceras, magos y pactos con el diablo; nigromantes, astrólogos, conjuros y brujas desfilan por las páginas de 'Señales, portentos y demonios', un libro monumental (949 páginas de apretada escritura), que acaba de publicar la Sociedad de Estudios Medievales y Renacentistas y que han coordinado Alberto Montaner, de la Universidad de Zaragoza, y Eva Lara, de la Universidad Católica de Valencia. Una quincena de especialistas ha analizado todos los fenómenos relacionados con el mundo mágico y esotérico en la literatura renacentista española. El libro, una edición cuidada con tipografía de aroma antiguo y numerosas ilustraciones, está plagado de datos curiosos. Y de biografías apasionantes, como la de Jaime Manobel, clérigo de Sariñena detenido en 1590 en El Escorial tras haber robado en Zaragoza un libro de magia que lo mismo ofrecía remedio al dolor de muelas como conjuros para «ligar un hombre a una mujer».

«Teníamos la idea que la literatura del Renacimiento era realista y recatada, carente de elementos mágicos y eróticos, y no es verdad -sostiene Montaner-. El tema de la magia y lo que hoy entendemos como ciencias ocultas ya estaba presente en la literatura de la Edad Media, pero fue en el Renacimiento cuando eclosionó. Podemos encontrar alusiones a la magia en todos los géneros literarios de la época, desde las novelas pastoriles y de caballerías hasta el teatro o la épica. Por eso decidimos preparar este libro».

Una obra de lenta cocción, en la que se ha trabajado durante cuatro años. Los 15 especialistas invitados a participar en ella han abordado el tema desde todos los puntos de vista posibles. Y fundamental ha sido la labor de los editores, que han hecho un deslinde de conceptos porque incluso entre los historiadores no estaban claras las fronteras entre brujería, nigromancia, alquimia...

«Ha habido que hilar fino -subraya Montaner-porque es muy frecuente la confusión entre brujería y hechicería, y entre la hechicería y cualquier otro tipo de magia. Por ejemplo, los brujos no son magos en el sentido estricto del término. Buena parte de la confusión se generó en el siglo XIX, cuando se metieron en el mismo saco magia, astrología y alquimia. Pero en el siglo XVI estaban relacionadas pero no confundidas. Los tratadistas de la época distinguen entre lo que llaman magia natural, que se basa en fenómenos naturales, como el influjo de los astros en la vida en la Tierra; y magia preternatural, que solo pueden hacer los espíritus puros, que no son ni la divinidad ni el hombre; es decir, los ángeles y los demonios».

El libro tiene numerosas referencias aragonesas. Además del coordinador y de la historiadora María Tausiet, que aporta sus conocimientos en uno de los estudios, se habla de personajes como Jaime Manobel o Pedro Ciruelo. «Lo que sí se echa en falta en la literatura de la época es la existencia de autores españoles de tratados de magia. La mayoría de los tratados que circularon en España, y fueron muchos, venían de Francia. Pero sí se escribieron tratados antimágicos. Lo hizo, por ejemplo, Pedro Ciruelo, un matemático de Daroca que realizó una dura crítica de las supersticiones». Su libro, 'Reprovación de las supersticiones y hechizerías', publicado en Salamanca en 1538, tuvo bastante éxito y fue objeto de reimpresiones.

Como curiosidad, en las páginas de 'Señales, portentos y demonios' se encuentra incluso una nueva transcripción del crismón de la catedral de Jaca ('En esta escultura, lector, procura entender así: la Pes el Padre, la A es el Hijo y la Doble es el Espíritu Salvífica. Estos tres por derecho propio son un solo y mismo Señor').

Capítulo aparte merecen 'Los recetarios mágicos moriscos: brebajes, talismanes y conjuros aljamíados', artículo de Pablo Roza basado casi en su totalidad en la literatura morisca hallada en Aragón. Pero el libro va mucho más allá y trasciende fronteras geográficas. Es, en realidad, un termómetro de cómo era la sociedad española de la época, a caballo entre ciencia y superstición. «Los elementos mágicos nunca son el tema central de las obras literarias del Siglo de Oro -concluye Montaner-, pero sí constituyen un elemento fundamental, hasta el punto de que hay géneros completos que no se conciben sin la presencia de la magia en ellos. Si hasta ahora no había parecido importante en esas obras se debe a que no está en primer plano; pero sí está en segundo. Ni la épica ni los libros de caballería se explicarían sin la magia, y en la tradición celestinesca resulta indispensable. El Siglo de Oro es un periodo fantástico en el que conviven las creencias antiguas y el nacimiento de la Ciencia moderna No hemos estudiado más allá del siglo XVII, cuando desaparecen géneros como la novela pastoril, pero sería muy interesante explorar también ese periodo».

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