Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

jueves, abril 30

Bendita rutina



(La columna de Carmen Posadas en el XLSemanal del 3 de marzo de 2013)

En mi vasta incultura, jamás había oído hablar de Konrad Lorenz. Y sin embargo, este caballero, premio Nobel de Medicina, está considerado el padre de una muy interesante rama de la ciencia, la etología, que se encarga de estudiar el comportamiento de los animales y todo lo que éste revela sobre nosotros, los humanos. En su libro Sobre la agresión, el pretendido mal, Lorenz elabora una brillante teoría que ayuda a entender por qué a veces llegamos a ser tan crueles. Conocer las razones ocultas para actuar de una u otra manera no solo permite comprender mejor a los demás sino, mucho más importante aún, desvela claves sobre actuaciones propias que a veces nos sorprenden y otras nos alarman. Más adelante les hablaré de la agresión y sus claves porque vale la pena, pero hoy me gustaría comentar otra parte del libro más amable, más doméstica y a la vez reveladora de cómo son nuestros secretos mecanismos de comportamiento y del papel que juega en nuestras vidas la rutina, la costumbre.

En estos tiempos infantiloides y simples que vivimos, la rutina está considerada casi una mala palabra. La gente lo que quiere es huir de ella, vivir a mil, centrifugarse a tope. Y eso está muy bien siempre que a uno no se le centrifugue también la sesera cosa que, mirando en derredor, parece que es lo que ocurre, porque van todos de aquí para allá como pollo sin cabeza. Según Lorenz, en cambio, la rutina no solo no es aburrida, cansina o de “pringaos”, sino muy necesaria, sobre todo en tiempos inciertos como los que vivimos. Más aún, a veces se convierte en el único refugio y en un modo de mantener la cordura. Uno de los experimentos que relata Lorenz en su libro es muy revelador.

Había adiestrado a un ganso salvaje para que no tuviera miedo de entrar en casa e incluso subir la escalera interior, algo por lo visto nada fácil para un ánsar. Konrad veía que al ganso le costaba mucho la decisión de subir la escalera y que, antes de hacerlo, indefectiblemente se detenía frente a la ventana y permanecía ahí unos instantes, permitiendo que los rayos del sol lo bañaran de arriba abajo. Siempre era la misma rutina. Entraba, se detenía ante la parte soleada y solo entonces acometía la difícil tarea de subir la escalera. Cada vez lo hacía mejor y con mayor confianza, hasta que un día se detuvo paralizado de terror y, por más que Lorenz lo animaba e incluso azuzaba, fue incapaz de acometer la escalada. ¿Qué había pasado? Simplemente que ese día no había sol, y el ganso no pudo bañarse durante unos segundos en sus rayos, lo que le impidió continuar con la actividad que otros días no presentaba dificultad alguna para él.

Esto me recuerda a alguien a quien admiraba mucho y que como tantos, de un día para otro se vio prejubilado y sin horizonte. En sus tiempos de bonanza, era un hombre ordenado y rutinario. Con puntualidad de reloj suizo salía a las siete y cuarto de su casa, corría por el parque media hora, pasaba por la panadería ocho menos cuarto en punto, llegaba a casa, se duchaba y salía hacia su trabajo hecho un brazo de mar a las ocho y veinticinco. Me sorprendió observar que cuando la vida lo dejó en la cuneta, él continuó exactamente con la misma rutina, gimnasia, panadería, ducha e incluso salía de casa a la hora de siempre vestido del mismo modo que cuando iba a la oficina. ¿A dónde iba? Sospecho que a sentarse en un café o en un banco del parque con un libro. Un día me atreví a preguntarle por qué lo hacía y esto es lo que me contestó: “Porque si no tienes una rutina, un día dirás que para qué hacer gimnasia y otro que para qué ducharte o lavarte la cara; más tarde pensarás que no hay motivo para levantarte de la cama y entonces la vida te habrá vencido del todo”. Han pasado los años y sigo viéndolo sentado en el café. Su traje es ahora más humilde y ha perdido algo de pelo pero en sus ojos hay el mismo brillo de siempre. Quizá porque la rutina tiene un efecto benéfico y redentor como dice Lorenz. O tal vez, porque, como apuntaba Albert Camus, no hay destino por adverso que sea que no pueda conjurarse con la más total indiferencia.

miércoles, abril 29

Jennifer y John; triste pero cierto

(Columna de Edurne Uriarte en la revista Mujer de Hoy del 17 de noviembre de 2012)

Ésta es una de esas historias de las que te sabes la teoría pero no dejas de sorprenderte, y mucho, por la práctica. Es la historia de Jennifer y John, que no son dos personas reales, sino los personajes de un experimento realizado por la Universidad de Yale para saber si aún existe sexismo en el mundo académico de las ciencias. La mala noticia es que la respuesta es sí.
El experimento era sencillo y letal. Letal para nuestro optimismo antropológico, quiero decir. Los investigadores enviaron el currículo de un licenciado a profesores de seis universidades, tres privadas y tres públicas, y de diversos campos científicos, Biología, Química y Física, y les pidieron que valoraran su idoneidad para un puesto de responsable de laboratorio. Debían dar una puntuación y, además, proponer un salario. El currículo enviado era exactamente el mismo para todos, pero con un ligero cambio, el del nombre del candidato: en la mitad de los casos se trataba de Jennifer, una mujer, y en la otra mitad era John, un hombre. Y aquí viene la desagradable noticia y es que la puntuación recibida por John fue superior a la de Jennifer, un 4 para él en una escala del 1 al 7 y un 3,3 para ella. Y aún más, el salario propuesto para él fue de 30.328 dólares frente a los 26.508 para ella. Y discriminaron a Jennifer exactamente igual las mujeres que los hombres consultados.
Y mucho me temo que este experimento daría el mismo resultado en cualquier otro campo o que se mantiene la tendencia a suponer una mayor capacidad al hombre frente a la mujer. Lo mismo que en aquella vieja experiencia de la selección de violinistas para una orquesta que dio diferentes resultados cuando los candidatos tocaron detrás de una cortina y no se pudo saber si eran hombres o mujeres. Es fácil adivinar qué les ocurrió cuando tocaron sin la cortina mediante. Lo mismo que a Jennifer y a John, que a él lo encontraron más dotado para el violín.
Y sin embargo, sigo pensando que las cuotas son una mala solución. Entre otras cosas, porque sustituyen una discriminación por otra. Por eso estoy de acuerdo con los países europeos que acaban de oponerse a la propuesta de la vicepresidenta de la Comisión Europea, Viviane Reding, de imponer por ley la obligatoriedad de reservar a las mujeres un 40% de los puestos de los Consejos de Administración de las grandes empresas europeas. Insiste Reding en que planteará una nueva votación en el futuro para sacar adelante este proyecto, pero ella sabe que no lo logrará, no solo por el gran número de países en contra, sino porque las líderes se oponen de la misma manera que ellos.
Todas queremos que Jennifer tenga las mismas posibilidades que John de ser la responsable de un laboratorio o de entrar en un Consejo de Administración. Pero si Viviane Reding pretende imponerlo con una ley, Jennifer volverá a estar en desigualdad de condiciones. Antes, porque no eran capaces de ver sus cualidades. Después, porque la ley, la cuota y la obligatoriedad también impedirán ver esas cualidades.
P. D.: En España, hay un 11% de mujeres en puestos directivos, por debajo de la media de la Unión Europea, que es del 14%. El país más avanzado, Finlandia, llega al 27%. Estamos lejos de la igualdad, pero con un aumento continuado e imparable de los porcentajes femeninos.

martes, abril 28

Señales



(Extraído de la columna de Paulo Coelho en el XLSemanal del 7 de abril de 2013)

[…] en el año 1185, dos samuráis luchaban ferozmente por el poder en el Japón. El gobernador de Kumano no sabía quién vencería; convencido de que la naturaleza siempre tiene la respuesta, enfrentó en una pelea a siete gallos vestidos de rojo contra siete vestidos de blanco. Ganaron los de blanco, el gobernador apoyó a uno de los guerreros e hizo la apuesta correcta: poco después, aquel samurái dominaba el país. […]

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lunes, abril 27

Aquella Hispania cañí



(La columna de Arturo Pérez Reverte en el XLSemanal del 2 de diciembre de 2012)

Imposible no sonreír, al principio, y que luego se te vaya helando la sonrisa. Estás una tarde de lluvia dándole un repaso a la Historia Romana de Apiano; y cuando te metes en el libro Sobre Iberia empiezas, como digo, sonriendo al leer aquello de «a la que algunos llaman ahora Hispania en vez de Iberia», y piensas que no iría mal a ciertos oportunistas y analfabetos, los que sostienen que la palabra España es concepto discutido y discutible, leer al amigo Apiano y enterarse de que los romanos ya nos llamaban así en el siglo II, cuando los emperadores Trajano y Adriano; que, para más recochineo, nacieron en esa Hispania que ahora dicen que nunca existió. Y si algo queda claro leyendo a Apiano o a cualquiera de sus colegas, es que España ya era entonces cualquier cosa menos discutible. No sólo por razones geográficas y administrativas, sino por la peña que la poblaba: nuestros paisanos de entonces, que tanto recuerdan a los de ahora. Sus maneras familiares e inequívocas, a poco que te fijes. Si algo hemos sido aquí toda la vida es indiscutidos de pata negra. Indiscutibles hasta el disparate.

Y es que lees y te tronchas. Con risa más bien desesperada, claro. Horrorizándote al mismo tiempo. Sobre Iberia abunda en ejemplos. Ese romano que llega muy sobrado con la toga, las legiones y los planos del acueducto bajo el brazo y pregunta: oigan, ¿con quién hay que hablar aquí? Pero no se aclara mucho, así que pacta con la tribu de los moragos -vamos a inventar nombres-, que son los primeros que se topa. Pero resulta que los moragos son vecinos de los berrendos, que odian a los moragos porque les pisan los sembrados y sus mujeres son más guapas. Así que los berrendos se niegan a pactar con Roma, más que nada por joder a los moragos. Mientras tanto, los castucios, cuyas minas de plata son codiciadas por todos, se llevan mal con los berrendos y los moragos. Y en vez de unirse los tres y darle de hostias al cónsul Flavio Vitorio y a sus legionarios, cada uno va a su aire, con lo que al final allí no manda nadie y todo es un carajal. Así que el tal Vitorio se cabrea; y como no hay modo de ponerlos de acuerdo, pasa a cuchillo a los castucios y a los berrendos, de momento, y vende a sus mujeres y niños como esclavos, para gran gozo de los moragos; que a su vez, secretamente, negocian con los cartagineses por si acaso. Pero resulta que de la anterior matanza escaparon unos cuantos, que se echan al monte mandados por un jefe llamado Turulato. Y el tal Turulato se dedica a sabotear acueductos y cosas así, de manera que destituyen en Roma a Flavio Vitorio y mandan al nuevo cónsul Marco Luchino, que pacta con Turulato. Entonces los moragos, mosqueados por el éxito de Turulato, se sublevan contra Roma y resisten en la ciudad de Cojoncia, donde antes que rendirse se suicidan todos heroicamente. El compadre Luchino se las promete felices y sigue con el acueducto, pero hete aquí que otro pueblo de allende el Betis, los lepencios, se subleva porque ese año no llueve y culpa de eso a Roma. El cónsul Luchino, que va conociendo el percal, convoca a los lepencios para negociar, prometiéndoles todo, y cuando están juntos los degüella a mansalva y vende como esclavos, etcétera. A ver si acabamos el acueducto de una puta vez, dice. Pero de la matanza escapan varios lepencios con sus familias, así que vuelta a empezar. Y cuando a éstos rebeldes los acorralan en la ciudad de Ayamontesia y se suicidan todos y parece que al fin la cosa funciona, Turulato, que se aburre de pactar y quiere un estatuto asimétrico para Lusitania, se subleva otra vez. Y al agotado Luchino le da un ataque de nervios horroroso y lo sustituye el cónsul Voreno Claro, que soborna a los fieles capitanes de Turulato; y éstos le dan a su jefe setenta y ocho puñaladas mientras asiste a una corrida de toros en Rondis. Después, el cónsul Claro, que cada vez lo tiene más claro, convoca a los fieles capitanes que se cargaron a Turulato, los pasa a cuchillo y a sus familias las vende, etcétera. Pero en ésas se le sublevan los quelonios, tribu de aquende el Miño. Así que el cónsul los extermina, se suicidan, los vende y tal. Y justo cuando acaba, se amotinan los malagones, en la otra punta de Hispania. Y al cónsul Claro lo sustituyen por el cónsul Cayo Siniestro. Y entonces...

¿Discutida y discutible? Venga ya. España es tan añeja y auténtica como esta cita de Sobre Iberia referida a un rebelde hispano vencido por Pompeyo y enviado a Roma como esclavo con su gente: «La arrogancia de estos bandidos era tan grande, que ninguno soportó la esclavitud, sino que unos se dieron muerte a sí mismos, otros mataron a sus compradores y otros perforaron las naves durante la travesía». 

Y es que llevamos dos mil años siendo los mismos. O casi. Con el acueducto sin terminar.     

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domingo, abril 26

El lago y Narciso



(Leído en la columna de Paulo Coelho en el XLSemanal del 17 de abril de 2011)

Casi todo el mundo conoce la historia original (griega) sobre Narciso: un bello joven que todos los dí­as iba a contemplar su rostro en el lago. Estaba tan encantado consigo mismo que, cierta mañana, mientras trataba de admirarse más de cerca, cayó al agua y terminó por morir ahogado. En el lugar donde cayó nació una flor, que a partir de entonces se llamó narciso.

El escritor Oscar Wilde, sin embargo, hace que esta historia termine de una manera diferente.
El dice que cuando Narciso murió, vinieron las Oréades -ninfas del bosque-y vieron que el agua dulce del lago se habí­a transformado en lágrimas saladas.

-¿Por qué lloras? -preguntaron las oréades.
-Lloro por Narciso.
-Ah, no nos preocupa que llores por Narciso -continuaron ellas. -Al final de cuentas, a pesar de que todas nosotras siempre corrimos detrás de él por el bosque, tú fuiste el único que tuvo la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.
-¿Pero Narciso era bello? -quiso saber el lago.
-¿Quién mejor que tú podrí­a saberlo? -respondieron, sorprendidas, las Oréades. -Al final de cuentas, era en tus márgenes donde él se inclinaba todos los dí­as.

El lago se quedó quieto un momento. Finalmente, dijo:
-Lloro por Narciso, pero jamás habí­a notado que Narciso fuera bello.
“Lloro por él porque cada vez que él se recostaba en mis márgenes, yo podí­a ver, en el fondo de sus ojos, mi propia belleza reflejada”.

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sábado, abril 25

El juglar de Nuestra Señora



(Leído en la columna de Paulo Coelho en el XLSemanal del 17 de abril de 2011)

Cuenta una leyenda medieval que, llevando al Niño Jesús en brazos, Nuestra Señora quiso bajar un día a la Tierra para visitar cierto monasterio.

Orgullosos, todos los religiosos hicieron una gran fila, y cada uno se postraba frente a la Virgen, procurando homenajear a la madre y al hijo. Uno declamó bellos poemas, otro le mostró sus iluminaciones para la Biblia, y un tercero recitó todos los nombres de los santos. De esta manera, todos los monjes iban mostrando uno a uno sus talentos y su adoración por los dos.

Al final de la fila se encontraba un religioso, el más humilde del convento, que no había aprendido los sabios textos de la época. Sus padres eran personas sencillas que trabajaban en un viejo circo de los alrededores, y que sólo le habían enseñado a hacer algunos malabarismos tirando bolas a lo alto.

Cuando le llegó su turno, los otros monjes hicieron mención de poner fin a los homenajes, pues el antiguo malabarista no tenía nada importante que decir, y podía desprestigiar la imagen del convento. Y sin embargo, en el fondo de su corazón, él también sentía una enorme necesidad de ofrecerles alguna cosa a Jesús y a la Virgen.

Avergonzado, y sintiendo la mirada de recriminación de sus hermanos, se sacó algunas naranjas de los bolsillos y las arrojó a lo alto, realizando algunos juegos malabares – que era lo único que sabía hacer.

Fue en este preciso momento cuando el Niño Jesús sonrió, y se puso a aplaudir en el regazo de Nuestra Señora. Y fue sólo a este último religioso a quien la Virgen, extendiendo los brazos, le permitió sostener durante un tiempo a su hijo.  

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