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...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

viernes, septiembre 30

1714, 1814, 1914, 2014



(Un texto de Guillermo Fatás en el Heraldo de Aragón del 14 de diciembre de 2014)

El año 2014 concluye. Al fín queda atrás la tabarra nacionalista con su peculiar visión del año 1714, presentado como fecha del martirio de Cataluña a manos de España. Se ha conmemorado (poco) en algunas partes de España el bicentenario del final de la Guerra de la Independencia en 1814. Y, en fin, la prensa ha preferido el centenario de la guerra mundial de 1914.

Fueron tres guerras internacionales que dejaron huella intensa en España. Nuestro país no vive aislado del mundo y conseguirlo no está en la mano de nadie, por muy dictador que sea. Sin la perspectiva internacional no se entienden cabalmente las cosas de España. Así la división de los españoles en 1700 entre austracistas y borbónicos no se explica sin la lucha por la hegemonía internacional entre Francia e Inglaterra; los Sitios de Zaragoza se comprenden mejor si se estudian los planes europeos de Bonaparte desde 1805. Incluso la vida española en la I Guerra Mundial se alteró con el hundimiento de barcos de pabellón nacional -quizá un quinto de la flota mercante- por los submarinos del káiser, aunque nuestro país no era beligerante.

En Aragón se conserva la memoria de hechos de carácter heroico desde 1808, sobre los que no es posible exagerar. La lectura de los documentos de época ratifica lo excepcional de ciertos sucesos locales que, aún hoy, se consideran dignos del recuerdo colectivo. Aunque, si bien se mira, al fondo del paisaje la enseña verdaderamente victoriosa es la británica: Wellington usó del suelo ibérico y de los ejércitos portugués y español -menores, pero no insignificantes- como fichas del 'gran juego', al igual que hacía su enemigo Bonaparte. Bajo el mando de los dos combatieron los españoles, y no sólo en suelo patrio, sino en lugares tan distantes como Alemania, Rusia o Dinamarca.

En 1814 volvió, por fin, el joven rey Deseado, Fernando VII, de cuyo carricoche fueron desuncidos en Valencia los caballos, sustituidos por voluntarios que quisieron pasear así a la persona, casi divinizada, del monarca. El general Elío lo animó para que aboliese la joven Constitución de 1812 y ese fue el primer golpe militar de una lista prolongada durante ciento doce años. Nadie lo ha conmemorado.

Ni tampoco que, cuatro años antes se vivió en Andalucía un clima similar de exaltación, pero en favor del rey José I Bonaparte, el 'rey intruso', hermano mayor de Napoleón. Está olvidado del todo.

Ya es posible en España renegar del chovinismo y de los mitos históricos sin sufrir sanción legal, pero la social aún se estila en ambientes bajo control nacionalista, el discrepante adopta a menudo el silencio como táctica instintiva de supervivencia, evitando así ser señalado por traición: la 'memoria' que deserta es castigada.

'Nuestro' 1814, como recordación histórica, puede apoyarse en algunos episodios más relevantes. La conciencia ciudadana hallará en ellos puntos de encuentro, vínculos comunes con un pasado que, precisamente por sernos dado desde tan lejos, no tendría por qué implicar ni determinación de culpas ni atribución de responsabilidades que se usan como garrote para la agresión 'ínter vivos', a menudo con efecto bumerán. Un caso interesante es la salida final de los últimos franceses acantonados en suelo aragonés, de la que se cumplen dos siglos en 2014.

La guerra no había concluido en 1813, como a veces se oye, con la batalla de San Marcial y La toma -e infame pillaje- de San Sebastián por Los 'liberadores' lusobritánicos, episodio que los voceros batasunos imputan ahora, con desvergüenza típica, a las tropas españolas, que no estuvieron allí. En febrero de 1814 aún había imperiales en el Alto Aragón, abandonados a su suerte, pero dispuestos a batirse. A mitad de mes, capitularon las guarniciones de dos ciudades-castillo, Monzón y Jaca, tomada ésta por Espoz y Mina, navarro de Idocin.

Palafox, que había pasado un amargo cautiverio en Vincennes -agravado por órdenes específicas de Bonaparte, que lo detestaba-, regresó en marzo, entre aclamaciones. Sólo una semana después, entró en Zaragoza el rey Fernando, lo que colmó las ilusiones de los vecinos. La ciudad, semirruinosa y empobrecida, se acicaló lo mejor que pudo para acoger al soberano liberado, que prodigó gestos afectuosos a los supervivientes de los famosos asedios. Poco tardaría en mostrar su perfil genuino, con la drástica persecución de los liberales y la restauración de la Inquisición, cosa que en Zaragoza se celebró con tedeum incluido y que tampoco se recuerda hoy.

Las últimas tropas francesas se rindieron en Benasque, el 23 de abril de 1814, día de san Jorge. Ya no había en el viejo reino más sitios por liberar. Hoy, en 2014, en vista de las recidivas nacionalistas, puede señalarse que el arduo asedio, con uso depurado de la artillería, fue una acción conjunta de militares aragoneses y vascos.

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viernes, septiembre 23

Chorradas y chorradicas: días que “celebrar”



(Un texto de Francisco Abad Alegría en el suplemento gastronómico del Heraldo de Aragón del 30 de noviembre de 2013)

Y ese es el meollo de las líneas que siguen: fechas anecdóticas, ocurrencias más o menos felices, auténticas gansadas, que luego va y salen en la prensa a todo color, referentes al mundo de la alimentación y la gastronomía, como si fuesen auténticos hitos en el devenir gastronómico internacional.

Empecemos por fechas próximas. Desde el año 2006 se celebra el 16 de octubre el 'Día mundial del pan'. La idea de tal conmemoración es promover el consumo de este preparado básicamente elaborado con cereales (a menudo lleva añadidos dudosos) para la mejor nutrición mundial y placer gustativo de los comensales en general. Estoy intentando imaginar el tremendo impacto del simpático día en Etiopía, en plena selva amazónica, en las tierras del Sahel, o incluso en las estepas siberianas, comparándolo con los exquisitos ambientes del mundo-harto-de-todo, y se me abren las carnes.

Además este año es muy divertido para España; durante décadas disminuyendo el gasto de pan, al tiempo que aumenta la estatura media, la esperanza de vida y el consumo de proteínas, el año pasado subió casi un 2% el consumo de pan en nuestra patria, fruto sin duda de la publicidad positiva sobre el producto, o según dicen los malpensados, de la penuria económica, que ya recuerda a las tortillas de engaño o los bocadillos con mucho pan y poco chorizo.

El 11 de octubre, víspera de Nuestra Señora del Pilar, se conmemoraba el 'Día mundial del huevo', así, como suena. A unos señores muy listos se les ocurrió implantar esta conmemoración el año 1996, situándola el segundo viernes de octubre. Parece que la idea fundacional parte del principio de que el huevo es un mundo nutriente, que lleva en sí casi todo lo que puede erradicar el hambre en el mundo y paliar la desnutrición de los estratos más desfavorecidos de la sociedad y de los pueblos más pobres.

Para ello se programan eventos diversos, concursos de cocina y hasta en el Canal Cocina nos ponen un huevito en forma de corazón, que sustituye ventajosamente al frito con puntillas. Como idea no está mal, si sirviera para algo; y es que los pueblos más miserables, los que sufren la depredación por parte de sus dirigentes, de la naturaleza hostil y de las naciones extranjeras que saquean sus productos, no tienen huevos... para comérselos.

El colmo de la creatividad española es el llamado 'Día mundial de la tapa', que se celebra desde 2012. La asociación Saborea España, capitaneada por el célebre cocinero Pedro Subijana, dio en celebrar un día mundial para destacar el hecho cierto e incontestable de que la tapa es una creación tan española como el toreo; de hecho, todo el mundo en España nos alimentamos en fechas señaladas con tapas diversas, que preparamos en casa o consumimos con fruición en bares de todo pelaje, acompañando tales minibocados con maridajes diversos de olorosos, finos, cariñenas, riveras y demás caldos sustanciosos.

Ya saben que lo oficial acaba siendo verdad, de modo que en España se ha comido siempre de tapas y punto. No se han tomado tapas de vez en cuando; las tapas son nuestra cocina oficial y tradicional. Esos dim-sun asiáticos, esos meze greco-turcos no han existido nunca; son copias inducidas por la envidia a lo nacional, como con 'la Roja', vamos. El 29 de septiembre quedará como un burdo invento comercial dirigido desde donde siempre, falseando la realidad española e inventando tradiciones inexistentes.

Hay más fechas memorables que señalan en nuestra agenda cuándo centrar la atención en ítems gastronómicos y nutricionales. Veamos unas pocas fichadas en el archivo, por orden cronológico; comprueben la infinita capacidad del ser humano para hacer el ridículo.

El 3 de enero se celebra en Estados Unidos el 'Día nacional de las frutillas (frambuesas, grosellas, fresas) recubiertas de chocolate' y en el mismo ámbito, el día 4 es el 'Día nacional del spaghetti'. ¿Fuerte, no?

El día 8 de enero se celebra en el Reino Unido el 'Día nacional del toffee inglés' y, coincidiendo con el día de la muerte del insigne cocinero Antonin Carême en París, el 12 de enero de 1833, el 'Día nacional del mazapán' en Estados Unidos, que como todo el mundo sabe son turroneros desde la batalla del Potomac. En la patria de la democracia, no podía pasar desapercibido un hecho tan importante como la patente de la manteca de cacahuete y se celebra su día el 24 de enero.

Coincidiendo con el día de san Julián el Hospitalario, patrón de los viajeros en el mundo anglosajón, el día 12 de febrero se pregona el 'Día del pudding de ciruela'. El 22 de febrero se conmemora en Francia la creación de la sopa Agnes Sorel, fruto de la inventiva de la cocinera del rey Carlos VII de Francia a principio del siglo XV. Los populares Conguitos de hace décadas, tienen su día fundacional en Estados Unidos el 25 de febrero.

No falta un 'Día de la patata chip', asignado al 14 de marzo, para que recordemos los viejos tiempos de aperitivo de campamento con patatas fritas y cacahuetes, y sin ganchitos de queso, que no existían en los años 60.

El pastel de manzana tiene su día en EE. UU. el 13 de mayo; probablemente una conmemoración sensata, por la importancia que tuvo la preparación en la naciente sociedad americana durante largas décadas. Y otro preparado emblemático de nuestra gran América, Martini seco, tiene su día el 19 de junio. No está mal para dos pivotes de la civilización occidental.

Aunque no es un día conmemorativo, debo citar un hito en la preparación de alimentos: la primera demostración de una máquina de fabricar hielo, el 14 de julio de 1850.

El 10 de agosto se celebra el 'Día del percebe' en Meirás desde este mismo año. El 6 de octubre, desde el año 2012, se celebra en Leiza (Navarra) el 'Día del talo', rememorando la preparación antigua de tortas de maíz en los hogares de las casas, durante el invierno, sobre planchas metálicas pequeñas, sustituyendo así al pan de trigo o de centeno; un remedio casi de fortuna elevado a alimento emblemático e identitario.

Quedan muchísimas conmemoraciones más de similar calibre. Como ven, auténticas chorradicas, ganas de dar la nota, o de vender o de salir en los medios defendiendo la pata de araña peluda o el grelo rizado de mi pueblo. Insensateces diversas que nos hacen la vida, a veces, más divertida; a menudo, algo ridícula.
Otros días absurdos
Día mundial del orgasmo femenino.
El día 8 de agosto, en Brasil.
Día de la toalla.
El 25 de mayo.
Día del inodoro.
El 19 de noviembre.
Día del pene.
Se conmemora en Japón el 15 de marzo.
Día Nacional de Vestir de Rojo.
Fijado el 3 de febrero por los norteamericanos.
Día de llevar el perro al trabajo.
Se celebra en Estados Unidos el 22 de junio.

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jueves, septiembre 22

El verano de fortuna de Isabel la Católica



 (Un artículo de Luis Reyes en la revista Tiempo del 30 de julio de 2013)

Reino de Castilla, julio-agosto de 1468 · La muerte de su hermano Alfonso y la fuga de la reina con un amante abre vía libre al trono a Isabel.

La infanta Isabel de Castilla no parecía un personaje a tener muy en cuenta cuando llegó a la Corte de Enrique IV en 1461. Era una niña de diez años de piel blanca, ojos claros y cabellos trigueños, que había vivido en retiro con su madre, Isabel de Portugal, segunda esposa viuda del rey Juan II de Castilla, y con un hermano más pequeño, el infante Alfonso.

Su hermano mayor –hermano solamente de padre- era el rey Enrique IV, a quien sus enemigos pusieron el vergonzante apodo del Impotente. No le faltaban adversarios al desafortunado Enrique, corrían vientos de fronda entre la nobleza castellana, que esperaba beneficiarse de la debilidad del rey para aumentar su propio poder y privilegios. Fue por eso, y no porque de pronto hubiera tenido una necesidad afectiva, por lo que hizo venir a su hermanita Isabel junto a él, temeroso Enrique de que los nobles la utilizasen.

Las posibilidades de que Isabel se convirtiera en candidata al trono eran, sin embargo, remotas, tenía dos parientes con más derecho delante de ella. En primer lugar la hija del rey, la princesa Juana, heredera indiscutible según la lógica dinástica. Y luego el hermano pequeño de Isabel, Alfonso, que aunque menor, tenía preferencia por varón. Unos obstáculos que desaparecerían en lo que para Isabel fue el afortunado verano de 1568, cuando la Parca se alió con Venus, y entre muerte prematura e impulso amoroso irrefrenable le dejaron vía libre al trono.

Enrique IV había tenido dificultades para engendrar un heredero a la corona. Le resultó imposible con su primera esposa, Blanca de Navarra, con la que estuvo casado desde los 15 a los 28 años. Para buscar otra solución dinástica Enrique acusó a Blanca de brujería, nada menos, de provocar su impotencia por malas artes de encantamiento. Hubo un proceso que debió ser sonado, pues el rey llevó como testigos a prostitutas, que declararon que con ellas “sí podía”; se aceptó como probado el maleficio que provocaba la impotencia real y el obispo de Segovia anuló el matrimonio en 1453, siendo luego refrendada la anulación por el Papa.

Dos años después Enrique IV se casó en segundas nupcias con su prima Juana de Portugal, que tardó seis años en quedarse embarazada. Pero esto no fue el final de los problemas sucesorios, pues desde que se manifestara la preñez de doña Juana comenzaron los rumores de que al rey solo le atraían los muchachos, que se vestía a la moruna y tenía un harén de zagales, y que era el valido del rey, don Beltrán de la Cueva, quien lo había substituido no solo en el Gobierno, sino también en el lecho matrimonial.

La Beltraneja.

No existen pruebas históricas de todo esto, y sí en cambio de que los rumores eran interesados, promovidos por el marqués de Villena y su hermano don Pedro Girón, maestre de Calatrava, rabiosos con don Beltrán porque les había arrebatado el valimiento. Pero el caso es que la niña que dio a luz Juana de Portugal, que fue llevada a la pila bautismal por su tía la infanta Isabel, junto con el nombre cristiano de Juana recibió el poco caritativo apodo de la Beltraneja.

Enrique IV había tomado la precaución de legitimar a su hija antes de que naciese, logrando que las Cortes de Castilla reunidas en Madrid proclamaran legítimo heredero al niño o niña que diese a luz la reina Juana. Sin embargo, los poderosos hermanos Villena y Girón levantaron en fronda a la nobleza, se enfrentaron al rey y lograron que este desheredara a su hija y nombrase heredero a su hermano pequeño, Alfonso. La pugna fue a mayores, no podemos entrar en detalles de este complejo pasaje de la Historia de España, el caso es que se convirtió en guerra civil y los nobles proclamaron rey al joven Alfonso.

El reinado de Alfonso fue corto, no llegó a los tres años. El 5 de julio de 1568, don Alfonso, que tenía 14 años, falleció por causas desconocidas. No faltó quien sospechara de su envenenamiento, pero esto era algo que en la época se decía de toda muerte inesperada. Ahora quedaban frente a frente dos pretendientes mujeres, la hija del rey, Juana la Beltraneja, y la hermana del rey, la infanta Isabel. Fue entonces cuando el mayor escándalo que ha conocido la monarquía hispánica le sirvió cuatro ases a Isabel.

Enrique IV había defendido la legitimidad de su hija manteniendo que era su auténtica hija natural, pero en realidad desconfiaba de su esposa, la reina Juana. Decidió poner a esta a buen recaudo, encerrándola en una cárcel de lujo, acorde a su rango. Fue confiada su custodia al arzobispo Fonseca, uno de los grandes personajes del reino, que la tenía más como huésped que como prisionera en su castillo de Alaejos, al sur de Valladolid. Allí la reina Juana mantenía el protocolo de soberana, rodeada de una pequeña corte, para la que nombró dama de honor a la hermana del arzobispo, doña Beatriz de Fonseca, y maestresala al hijo de esta, Pedro de Castilla y Fonseca, un guapo mozo descendiente del rey Pedro el Cruel.

Fue en ese encierro cuando se hizo evidente lo que hasta ese momento era solo suposición de sus enemigos: que la reina Juana no guardaba fidelidad a su marido, Enrique IV, lo que por otra parte era comprensible, dadas las características del Impotente. El objeto de los amores de la reina fue, como resulta natural, el joven noble que tenía diariamente a su lado como maestresala. No fueron desde luego platónicos aquellos amores y doña Juana se quedó embarazada. Confiaba en que el aislamiento del castillo de Alaejos permitiese evitar el escándalo, pero cuando estaba en avanzado estado de embarazo Enrique IV la mandó llamar. Iba a tener lugar una importante conferencia entre el rey y los nobles rebeldes en los Toros de Guisando y Enrique quería tener junto a él a su esposa y reina en esa ocasión solemne, para dar una imagen de normalidad.

Cuando llegaron los enviados del rey a buscar a doña Juana ella entró en pánico. Planeó la fuga con su amante y esa noche se escapó del torreón donde se hallaba enclaustrada, descendiendo en una cesta atada a una soga. Sus cómplices excavaron un hueco en el muro y salió al campo, donde la esperaba don Pedro acompañado de un amigo, Hurtado de Mendoza, que los llevó bajo protección de su poderosa familia a Buitrago, feudo de don Íñigo López de Mendoza. Allí daría a luz, el día de San Andrés, dos gemelos, Pedro y Andrés de Castilla y Portugal, que serían conocidos como los Apóstoles.

El arrebato pasional de la reina Juana dejaba herida de muerte la candidatura al trono de su hija la Beltraneja. ¿Quién dudaba ahora de que la reina había engañado al rey para concebir su primera hija? En la explanada de los Toros de Guisando, en esa reunión que había provocado la fuga de la reina, la asamblea de nobles obligó a Enrique IV a desheredar de nuevo a la Beltraneja y reconocer como princesa heredera a su hermana, la infanta Isabel. A cambio, ella se casaría con quien eligiese Enrique IV.
Isabel ya no era la niña que llegó a la Corte, era una joven de 17 años de ánimo fuerte, cabeza amueblada y notable perspicacia política. Fue ella quien diseñara el compromiso de Guisando, pues los nobles querían proclamarla directamente reina, pero Isabel prefirió la seguridad de ser heredera de su hermano Enrique –era joven y podía esperar los años de vida que le quedaren al rey- a jugarse la corona en una guerra civil.

Sin embargo, todavía existía una amenaza para su candidatura, otro pretendiente al trono de Castilla: el príncipe don Fernando, heredero de la Corona de Aragón, que era de la estirpe castellana de Trastamara y sostenía tener más derechos que Isabel por su condición de varón, pues las Partidas de Alfonso el Sabio establecen que a igualdad de derechos hereditarios tiene preferencia el hombre sobre la mujer. Isabel resolvió anular al competidor por el expediente de casarse a toda prisa con él.

La boda de Isabel y Fernando, la más importante de la Historia de España, estuvo no obstante llena de irregularidades. Se celebró en secreto en el palacio de Juan de Vivero, en Valladolid, en octubre de 1469; rompía el compromiso adquirido en Guisando de que fuese Enrique IV quien eligiera el novio; y además se utilizó una bula papal falsificada, pues era necesaria la dispensa de Roma, ya que los contrayentes eran primos hermanos, y no era cuestión de esperar el papeleo de la curia. Pero Isabel le planteó a su hermano el rey un hecho consumado, que sería irreversible, y que daría origen nada menos que a la unidad de España.

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