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jueves, septiembre 22

El verano de fortuna de Isabel la Católica



 (Un artículo de Luis Reyes en la revista Tiempo del 30 de julio de 2013)

Reino de Castilla, julio-agosto de 1468 · La muerte de su hermano Alfonso y la fuga de la reina con un amante abre vía libre al trono a Isabel.

La infanta Isabel de Castilla no parecía un personaje a tener muy en cuenta cuando llegó a la Corte de Enrique IV en 1461. Era una niña de diez años de piel blanca, ojos claros y cabellos trigueños, que había vivido en retiro con su madre, Isabel de Portugal, segunda esposa viuda del rey Juan II de Castilla, y con un hermano más pequeño, el infante Alfonso.

Su hermano mayor –hermano solamente de padre- era el rey Enrique IV, a quien sus enemigos pusieron el vergonzante apodo del Impotente. No le faltaban adversarios al desafortunado Enrique, corrían vientos de fronda entre la nobleza castellana, que esperaba beneficiarse de la debilidad del rey para aumentar su propio poder y privilegios. Fue por eso, y no porque de pronto hubiera tenido una necesidad afectiva, por lo que hizo venir a su hermanita Isabel junto a él, temeroso Enrique de que los nobles la utilizasen.

Las posibilidades de que Isabel se convirtiera en candidata al trono eran, sin embargo, remotas, tenía dos parientes con más derecho delante de ella. En primer lugar la hija del rey, la princesa Juana, heredera indiscutible según la lógica dinástica. Y luego el hermano pequeño de Isabel, Alfonso, que aunque menor, tenía preferencia por varón. Unos obstáculos que desaparecerían en lo que para Isabel fue el afortunado verano de 1568, cuando la Parca se alió con Venus, y entre muerte prematura e impulso amoroso irrefrenable le dejaron vía libre al trono.

Enrique IV había tenido dificultades para engendrar un heredero a la corona. Le resultó imposible con su primera esposa, Blanca de Navarra, con la que estuvo casado desde los 15 a los 28 años. Para buscar otra solución dinástica Enrique acusó a Blanca de brujería, nada menos, de provocar su impotencia por malas artes de encantamiento. Hubo un proceso que debió ser sonado, pues el rey llevó como testigos a prostitutas, que declararon que con ellas “sí podía”; se aceptó como probado el maleficio que provocaba la impotencia real y el obispo de Segovia anuló el matrimonio en 1453, siendo luego refrendada la anulación por el Papa.

Dos años después Enrique IV se casó en segundas nupcias con su prima Juana de Portugal, que tardó seis años en quedarse embarazada. Pero esto no fue el final de los problemas sucesorios, pues desde que se manifestara la preñez de doña Juana comenzaron los rumores de que al rey solo le atraían los muchachos, que se vestía a la moruna y tenía un harén de zagales, y que era el valido del rey, don Beltrán de la Cueva, quien lo había substituido no solo en el Gobierno, sino también en el lecho matrimonial.

La Beltraneja.

No existen pruebas históricas de todo esto, y sí en cambio de que los rumores eran interesados, promovidos por el marqués de Villena y su hermano don Pedro Girón, maestre de Calatrava, rabiosos con don Beltrán porque les había arrebatado el valimiento. Pero el caso es que la niña que dio a luz Juana de Portugal, que fue llevada a la pila bautismal por su tía la infanta Isabel, junto con el nombre cristiano de Juana recibió el poco caritativo apodo de la Beltraneja.

Enrique IV había tomado la precaución de legitimar a su hija antes de que naciese, logrando que las Cortes de Castilla reunidas en Madrid proclamaran legítimo heredero al niño o niña que diese a luz la reina Juana. Sin embargo, los poderosos hermanos Villena y Girón levantaron en fronda a la nobleza, se enfrentaron al rey y lograron que este desheredara a su hija y nombrase heredero a su hermano pequeño, Alfonso. La pugna fue a mayores, no podemos entrar en detalles de este complejo pasaje de la Historia de España, el caso es que se convirtió en guerra civil y los nobles proclamaron rey al joven Alfonso.

El reinado de Alfonso fue corto, no llegó a los tres años. El 5 de julio de 1568, don Alfonso, que tenía 14 años, falleció por causas desconocidas. No faltó quien sospechara de su envenenamiento, pero esto era algo que en la época se decía de toda muerte inesperada. Ahora quedaban frente a frente dos pretendientes mujeres, la hija del rey, Juana la Beltraneja, y la hermana del rey, la infanta Isabel. Fue entonces cuando el mayor escándalo que ha conocido la monarquía hispánica le sirvió cuatro ases a Isabel.

Enrique IV había defendido la legitimidad de su hija manteniendo que era su auténtica hija natural, pero en realidad desconfiaba de su esposa, la reina Juana. Decidió poner a esta a buen recaudo, encerrándola en una cárcel de lujo, acorde a su rango. Fue confiada su custodia al arzobispo Fonseca, uno de los grandes personajes del reino, que la tenía más como huésped que como prisionera en su castillo de Alaejos, al sur de Valladolid. Allí la reina Juana mantenía el protocolo de soberana, rodeada de una pequeña corte, para la que nombró dama de honor a la hermana del arzobispo, doña Beatriz de Fonseca, y maestresala al hijo de esta, Pedro de Castilla y Fonseca, un guapo mozo descendiente del rey Pedro el Cruel.

Fue en ese encierro cuando se hizo evidente lo que hasta ese momento era solo suposición de sus enemigos: que la reina Juana no guardaba fidelidad a su marido, Enrique IV, lo que por otra parte era comprensible, dadas las características del Impotente. El objeto de los amores de la reina fue, como resulta natural, el joven noble que tenía diariamente a su lado como maestresala. No fueron desde luego platónicos aquellos amores y doña Juana se quedó embarazada. Confiaba en que el aislamiento del castillo de Alaejos permitiese evitar el escándalo, pero cuando estaba en avanzado estado de embarazo Enrique IV la mandó llamar. Iba a tener lugar una importante conferencia entre el rey y los nobles rebeldes en los Toros de Guisando y Enrique quería tener junto a él a su esposa y reina en esa ocasión solemne, para dar una imagen de normalidad.

Cuando llegaron los enviados del rey a buscar a doña Juana ella entró en pánico. Planeó la fuga con su amante y esa noche se escapó del torreón donde se hallaba enclaustrada, descendiendo en una cesta atada a una soga. Sus cómplices excavaron un hueco en el muro y salió al campo, donde la esperaba don Pedro acompañado de un amigo, Hurtado de Mendoza, que los llevó bajo protección de su poderosa familia a Buitrago, feudo de don Íñigo López de Mendoza. Allí daría a luz, el día de San Andrés, dos gemelos, Pedro y Andrés de Castilla y Portugal, que serían conocidos como los Apóstoles.

El arrebato pasional de la reina Juana dejaba herida de muerte la candidatura al trono de su hija la Beltraneja. ¿Quién dudaba ahora de que la reina había engañado al rey para concebir su primera hija? En la explanada de los Toros de Guisando, en esa reunión que había provocado la fuga de la reina, la asamblea de nobles obligó a Enrique IV a desheredar de nuevo a la Beltraneja y reconocer como princesa heredera a su hermana, la infanta Isabel. A cambio, ella se casaría con quien eligiese Enrique IV.
Isabel ya no era la niña que llegó a la Corte, era una joven de 17 años de ánimo fuerte, cabeza amueblada y notable perspicacia política. Fue ella quien diseñara el compromiso de Guisando, pues los nobles querían proclamarla directamente reina, pero Isabel prefirió la seguridad de ser heredera de su hermano Enrique –era joven y podía esperar los años de vida que le quedaren al rey- a jugarse la corona en una guerra civil.

Sin embargo, todavía existía una amenaza para su candidatura, otro pretendiente al trono de Castilla: el príncipe don Fernando, heredero de la Corona de Aragón, que era de la estirpe castellana de Trastamara y sostenía tener más derechos que Isabel por su condición de varón, pues las Partidas de Alfonso el Sabio establecen que a igualdad de derechos hereditarios tiene preferencia el hombre sobre la mujer. Isabel resolvió anular al competidor por el expediente de casarse a toda prisa con él.

La boda de Isabel y Fernando, la más importante de la Historia de España, estuvo no obstante llena de irregularidades. Se celebró en secreto en el palacio de Juan de Vivero, en Valladolid, en octubre de 1469; rompía el compromiso adquirido en Guisando de que fuese Enrique IV quien eligiera el novio; y además se utilizó una bula papal falsificada, pues era necesaria la dispensa de Roma, ya que los contrayentes eran primos hermanos, y no era cuestión de esperar el papeleo de la curia. Pero Isabel le planteó a su hermano el rey un hecho consumado, que sería irreversible, y que daría origen nada menos que a la unidad de España.

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