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viernes, agosto 19

El infortunio de César Borgia



(Un texto de Luis Reyes leído en la revista Tiempo del 11 de mayo de 2007)

Hace cinco siglos murió en Viana César Borgia. El inspirador de “El Príncipe”, de Maquiavelo, sigue siendo un personaje maldito y fascinante.

Estuvo a punto de ser rey de Italia y sin embargo murió en una obscura guerra feudal en Navarra, un país lejano geográfica y culturalmente de la Italia de sus anhelos. La rueda de la fortuna que le había llevado tan alto, giró muy rápido para César Borgia.

Como segundón de una noble familia le destinaron a la Iglesia. A los 7 años ya era canónigo, a los 14, obispo de Pamplona, y enseguida arzobispo de Valencia y cardenal. Es lo bueno que tiene seguir la carrera eclesiástica cuando el padre de uno es el Papa.

Se creía que el joven César, tan inteligente como firme de carácter, duro, astuto y encantador, llegaría también a Sumo Pontífice. Si el primer Papa Borja, Calixto III, le había preparado el camino a su sobrino Alejandro VI, bien podía éste colocar en el trono de San Pedro a su hijo. Así, el nepotismo (nipote es sobrino en italiano) daría paso al sistema hereditario en la monarquía de la Iglesia.

Pero César no quería ser Papa, quería ser rey. Quizá desconfiaba de alcanzar un poder que otorgaban por votación los cardenales en el cónclave. Prefería uno que se conquistara por la fuerza de las armas y su propia capacidad política y diplomática. La ocasión le llegó con la muerte de su hermano mayor, Juan, jefe de los ejércitos de la Santa Sede.

Sospechas
Muchos pensaron que el propio César había fabricado la ocasión. La muerte de Juan Borgia fue un suceso escalofriante y jamás aclarado. Ambos hermanos habían cenado en casa de su madre, la abandonaron juntos y luego se separaron. Juan despidió a sus acompañantes, según dijeron éstos, y ya nadie le volvió a ver con vida.
¡El hijo mayor del Papa desaparecido en Roma! Uno que tenía un puesto de leña junto al Tíber dio la pista: de madrugada había visto a un caballero, acompañado de gente de mala catadura, que había llegado junto al río con un cuerpo atravesado en su montura y lo había arrojado al basurero del río. Cuando encontraron el cadáver tenía nueve estocadas.

Con el ejército pontificio a sus órdenes, César fue conquistando ciudades- Estado, pequeños principados al norte de Roma con los que llegó a formar un Estado compacto en el centro de Italia. Tras sus éxitos militares, no obstante, era preciso asegurar diplomáticamente las conquistas, lograr el apoyo de una de las dos grandes potencias con ambiciones en Italia, España y Francia.

César apostó por la última. Se presentó en París con un soberbio despliegue de lujo. ¡Sus mulas llevaban herraduras de plata! También portaba un regalo valiosísimo: la anulación del matrimonio del rey de Francia.
Luis XII quería volver a casarse con otra mujer, lo que solamente era posible si el Papa anulaba el anterior casamiento. Caprichos regios como éste alteraban la Historia. Recuérdese que Enrique VIII inventó el protestantismo inglés porque el Papa no le daba el divorcio de Catalina de Aragón.

El monarca francés, en cambio, quedó tan complacido con Roma que no sólo bendijo las conquistas del hijo del Papa, sino que colmó a César de prebendas: un ducado, una gran renta y la mano de una princesa de sangre real, Catalina Albrecht, hermana del rey de Navarra, satélite francés en aquella época.

Cónclave
Ahora sí que podía pavonearse con su lema Aut Cesar aut nihil, (O César, o nada). Todo encajaba para dar el último paso, la proclamación de César como rey, algo que sólo podía hacer el Papa. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, se murió Alejandro VI y todo se vino abajo como un castillo de naipes.

“César Borgia, que no adquirió sus Estados más que por la fortuna de su padre, los perdió luego que ella le hubo faltado”, dice Maquiavelo en El Príncipe, su famosa obra en gran parte inspirada en la fi gura de César Borgia. Efectivamente, para sus planes era imprescindible el apoyo papal. De hecho, César había tomado medidas para que, cuando muriese su padre, los cardenales eligieran a otro Papa favorable a él. Sin embargo, la enfermedad mortal de Alejandro VI coincidió con una dolencia similar de su hijo. Se especuló con que ambos habían sido envenenados, aunque la historiografía ha determinado que fue el paludismo lo que atacó a padre e hijo. El caso es que estaba demasiado enfermo para manejar bien el cónclave.

Los cardenales votaron, no obstante, a un partidario de César, Francesco Picolomini, que subió al trono de San Pedro con el nombre de Pío III, pero sólo duró en él tres semanas. También murió.

En el segundo cónclave salió elegido un enemigo, Giuliano della Rovère, Julio II, sin que César maniobrase para impedirlo. Tan pronto se asentó la tiara sobre la cabeza, el nuevo Papa le metió en la cárcel.
El Príncipe había perdido Roma. Su caída sería ya imparable.

La política del asesinato
No existe ninguna prueba de que César matara a su hermano. Tampoco de que albergara unos celos incestuosos por su hermana Lucrecia (a la derecha) que provocaran el fratricidio, como dice la leyenda negra. Lo único cierto es que la muerte de Juan le favoreció y que utilizaba con toda naturalidad el asesinato como instrumento político, incluso con parientes cercanos... No existe ninguna duda, por ejemplo, de que asesinase a su cuñado Alfonso de Aragón, marido de Lucrecia, lo que le enfrentaría con Fernando el Católico y, al fin, le llevaría a la desgracia.

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