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viernes, septiembre 16

El derrumbe de Francia (1ª guerra mundial)



(Un artículo de Luis Reyes en la revista Tiempo del 29 de mayo de 2015)

Bélgica y Francia, mayo-junio de 1940. La ofensiva alemana destroza al Ejército francés en dos semanas.

Francia ha levantado su Muralla China para protegerse de los bárbaros, la Línea Maginot, y tras ella se agazapa el Ejército francés al estallar la Segunda Guerra Mundial. Durante 9 meses de drôle de guerre (guerra extravagante), tres millones de movilizados permanecen mano sobre mano, sin hacer nada por enfrentarse al enemigo. Los soldados se quejan airadamente de... aburrimiento, y las autoridades toman medidas para remediar el descontento: llevan al frente artistas y cantantes, organizan concursos de acordeón y todas las jóvenes francesas se convierten en madrinas de guerra, adoptan un soldado al que mandan cartas animosas, fotos y prendas de abrigo por ellas tricotadas.

El Ejército francés es el mejor equipado del mundo en bufandas y calcetines de lana, pero su armamento, organización y tácticas son obsoletas, de la guerra anterior. Y no es solo eso, el auténtico cáncer que corroe a esa máquina de guerra hasta hacerla inservible es la absoluta determinación del mando de no luchar. “El Ejército francés se consideraba vencido aun antes de entablar la lucha –escribe en La agonía de Francia Chaves Nogales, testigo excepcional desde su exilio en París–. El generalísimo Gamelin mismo estaba íntimamente convencido de la falsa posición estratégica que había adoptado y (…) esperaba solo poder mantener la apariencia de frente de batalla, mientras evolucionaba la situación política internacional”. Hablando en plata, mientras se firma la paz con Hitler, una posición que defienden varios ministros del Gobierno Daladier, pues ya que Polonia está irremisiblemente perdida, ¿de qué sirve sacrificar a la juventud francesa como en 1914?

Un coronel brillante y detestado, Charles De Gaulle, ha publicado en 1934 Hacia el Ejército profesional, donde argumenta la primacía de las fuerzas blindadas en el campo de batalla; se dice que los estrategas alemanes han leído atentamente el libro. En realidad todos los oficiales franceses están convencidos en 1939 de que su añeja infantería no puede resistir a las divisiones blindadas alemanas, pero el alto mando no hace nada para remediarlo. Francia tiene tantos tanques –unos 3.000– como Alemania, pero el Estado Mayor los tiene desperdigados entre la infantería, mientras que la Wehrmacht los agrupa en divisiones Panzer (blindadas), optimizando su eficacia.

Emboscados. A los movilizados les aseguran que ganarán la guerra sin tener que hacerla, aunque por si acaso hay un millón de emboscados. Diputados y alcaldes compiten por rescatar a “sus” movilizados, argumentando que son trabajadores imprescindibles para la industria, agricultores imprescindibles para la cosecha. Los políticos se aseguran así votos fieles, sin importarles que la patria quede desguarnecida.
Todos encuentran justificación para sus corruptelas porque el discurso oficial es que todo va muy bien y la guerra se gana sola. La propaganda del Gobierno o de la prensa les halaga los oídos asegurándoles que las cosas están fatal en Alemania, que el Reich está a punto de quebrar. “Hitler ha pasado una noche de insomnio”, escribe para solaz de sus lectores Geneviève Tabouis, la más intrépida periodista francesa.
Frente a esa propaganda dirigida a tranquilizar a la opinión francesa, la máquina de Goebbels se dirige hacia fuera, a desmoralizar al adversario. Ha creado en Berlín una emisora que emite en francés bajo el nombre Radio Humanité, como si fuera el órgano del Partido Comunista francés, aprovechando que el Gobierno ha prohibido la auténtica Humanité. Porque en Francia se produce un conflicto interno con los comunistas, a los diputados del PC les retiran la condición de parlamentarios y los confinan, mientras que su secretario general, Maurice Thorez, huye a Moscú.

La Radio Humanité de Goebbels habla constantemente de una quinta columna, pero no son los paracaidistas alemanes disfrazados de monjas que muchos dicen haber visto, son los numerosísimos militantes comunistas que, con más o menos aprensión, siguen las consignas de Stalin, en ese momento aliado de Hitler. Ha sido la firma del Pacto Germano-soviético lo que le ha permitido a Hitler empezar su guerra en una semana, repartirse Polonia con Stalin y recibir de Rusia materias primas vitales, como el petróleo.

Propaganda desde Berlín. La posición oficial comunista es “la paz a cualquier precio”, pues la guerra solo defiende los intereses de los capitalistas a costa de los sacrificios del pueblo. “La propaganda comunista que se hacía en el Ejército francés estaba dirigida desde Berlín casi al día”, afirma Chaves Nogales, que explica cómo las ediciones clandestinas de L’Humanité –la auténtica– reciben las consignas de Goebbels vía Moscú. Durante la invasión de Polonia Alemania había dejado en el frente occidental solamente 42 divisiones, sin tanques. Frente a ellos los franceses les doblaban en número. Pero en mayo la Wehrmacht, con las espaldas seguras por el pacto con Stalin, ha podido reunir 150 divisiones, incluidas 10 Panzer (blindadas). Ese Ejército formidable no solo se ha fogueado contra Polonia, sino que ha experimentado la nueva forma de combate, la Blitzkrieg (guerra relámpago), el empleo de tanques y aviones coordinados que usará a escala mucho mayor, decisiva, para conquistar Francia.

El 10 de mayo los alemanes lanzan un ataque frontal contra Bélgica. Es una trampa, porque el grueso de las fuerzas francesas e inglesas entra en ese país para detenerlos en el río Mosa. Entonces las divisiones Panzer se infiltran por debajo, entre Bélgica y Francia, por los bosques las Ardenas que los aliados creían infranqueables, y avanzan en auténtica “guerra relámpago” hacia la costa. En ocho días la vanguardia Panzer, la División Fantasma del general Rommel, llega al mar, y Bélgica se convierte en una almadraba llena de aterrorizados atunes franceses e ingleses, que pugnan por huir por Dunquerque.

El enorme Ejército francés y el cuerpo expedicionario británico se desintegran en dos semanas, después de aburrirse durante nueve meses de drôle de guerre. El 26 de mayo empieza la retirada de Dunquerque, que Churchill presenta como un éxito pero que en realidad es una huida vergonzosa de los ingleses, abandonando el armamento. El 14 los alemanes entran en París sin que se dispare un tiro para defenderla. Dos días después sube al poder el mariscal Pétain, que en 24 horas pide el alto el fuego. El 22 de junio Francia, rendida, es sometida a la humillación de firmar el armisticio en el mismo vagón de tren donde lo hizo Alemania en 1918. Dos millones de soldados franceses se entregan al enemigo y van a los campos de prisioneros. 

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