Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

miércoles, abril 29

A propósito de Keynes

(Extraído de un artículo de Carlos Salas en el suplemento económico de El Mundo del 19 de abril)

El próximo 21 abril se conmemora el aniversario de la muerte de John Maynard Keynes. Ha sido el economista más conspicuo de los últimos dos siglos y su principal aportación a esta ciencia es que el Estado tenía que regular la economía. Murió en 1946 y sus teorías económicas pervivieron hasta los años 70, cuando empezó el reino de los mercados libres y los productos financieros agresivos que condujeron a esta crisis. Pero el maestro ha vuelto.Los economistas han rescatado los volúmenes escondidos en la parte más oscura de sus bibliotecas para encontrar las claves que nos ayuden a salir de este laberinto tan crítico.

[...] Keynes conoció dos guerras mundiales, vio tambalearse el patrón oro, ganó dinero en el crack de 1929, vislumbró el fin del imperio británico, anunció el surgimiento de Estados Unidos como hiperpotencia y aportó ideas para combatir las largas colas de desempleados que se formaron a una y otra orilla del Atlántico. Esa fue su principal obsesión: mantener el empleo.

[...]

Keynes nació en Cambridge en 1872, un año en el que la palabra «paro» ni siquiera aparecía en el diccionario de inglés de Oxford. Fue una década prodigiosa en nacimientos, porque también vieron la luz James Joyce, Einstein, Virginia Woolf, Wittgenstein y Bertrand Russell.

Educado en Eton y Cambridge, heredó de sus padres predicadores un fino instinto para la oratoria a lo que se añadía lo que Bertrand Russell denominaba «el intelecto más agudo y claro que he conocido; cuando discutía con él, sentía que estaba en juego mi vida y rara vez terminaba
sin sentirme algo tonto».

Pero más que intelecto, lo que realmente tenía Keynes era intuición.Por eso lo definen como «el más intuitivo de los economistas». Skidelsky afirma en otra biografía que escribió hace muchos años (Keynes, Alianza editorial, 1996) que Keynes era «intuitivo en el sentido en que la gente
suele referirse a la intuición femenina: una sensación de certidumbre alejada de la racionalidad». Añade que otro biógrafo decía que la creatividad de Keynes era «una síntesis de intuición femenina y lógica masculina». Es lo que hoy en el siglo XXI se denomina inteligencia emocional. Quizá eso le vendría de sus inclinaciones homosexuales, pues a pesar de haberse casado con una bailarina rusa, Keynes sentía una gran atracción por las personas de su mismo sexo.

Como economista, volcó sus intuiciones en artículos y libros que tuvieron mucha influencia en su tiempo porque alertó de males que luego azotaron a su país y al mundo. Criticó duramente las multas impuestas a Alemania después de la Primera Guerra Mundial porque eso no solamente
humillaría a una potencia europea, sino que produciría un colapso de su economía y el fin de la paz, tal y como sucedió. Y también denunció que la intervención de EEUU en la Primera Guerra Mundial cambiaría las reglas del juego y al final Gran Bretaña «quedará hipotecada con Estados
Unidos».

Su libro más famoso se titula Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (Fondo de Cultura Económica). Se había dado cuenta de que gran parte del crack de la Bolsa de Nueva York se había debido a la especulación, y por eso propuso la «eutanasia del rentista». Rescató las
leyes medievales contra la usura y defendió el poder del Estado para intervenir en la economía porque era mejor un buen gobierno que el autogobierno.

Esto daba pie a que se pensara que Keynes era un socialista. Entonces, ser socialista era defender la lucha de clases, a lo cual Keynes respondió en varias ocasiones: «La lucha de clases me encontrará en el bando de la burguesía educada». Keynes era un «igualitario que aspiraba a igualar hacia arriba, no hacia abajo», porque deseaba estimular cualquier esfuerzo, capacidad, coraje y personalidad que fueran excepcionales. «No deseo el antagonismo con los que tienen éxito, con los que sobresalen».

¿Cuál es la base de la revolución keynesiana? Los expertos creen que está resumido en el capítulo 12 de su gran libro. Es un ataque a los excesos del capitalismo. «Cuando el desarrollo del capital en un país se convierte en subproducto de las actividades propias de un casino, es probable que aquél se realice mal» (Justo lo que nos ha sucedido). Decía que cuando un empresario se lanza a la aventura hace cálculos matemáticos exactos de sus beneficios, pero luego entran en funcionamiento los animal spirits, la fogosidad, que es lo que beneficia a la comunidad. El problema es que los mercados libres son impredecibles y pueden golpear el optimismo empresarial.

¿Quién puede garantizarle cierta estabilidad? El Estado. Porque lo importante era mantener el pleno empleo. No era el capital sino el trabajo lo más importante de un sistema, y si el capital no estimulaba la economía, entonces se podría recurrir a «to dig holes in the ground», es decir, «cavar agujeros en el suelo, pagados con los ahorros, lo cual incrementará no solo el empleo sino la rentabilidad nacional de bienes útiles y servicios» (Capítulo 16).

Quizá con Keynes la economía sea más aburrida y menos innovadora, pero es preferible un empleado aburrido que un parado divertido, ¿no?

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lunes, abril 27

Ahora que el 1485 ataca de nuevo....

(Y es que va por rachas, pero mira que son pesaditos con lo de las promociones para cambiar de operador de telefonía...)

-Si, ¿dígame?
-Hola buenos días, ¿es usted el titular de la línea?
-Sí, soy yo, dígame
-¿ Me puede decir su nombre por favor?
- José Luis

- Señor José Luis, le llamo de Telefónica para ofrecerle una promoción consistente en la instalación de una línea adicional en su casa, en donde usted tendrá derecho a...

- Disculpe la interrupción Señorita, pero, exactamente ¿quien es usted?

- Mi nombre es Silvina Maciel, de Telefónica y estamos llamando...

- Silvina, discúlpeme, pero para nuestra seguridad me gustaría comprobar algunos datos antes de continuar la conversación, ¿le importa?

- No tengo problemas señor… (extrañada) - ¿Desde que teléfono me llama?, en la pantallita del mío solo pone "NUMERO - PRIVADO"

- El interno mío es el 1004

- ¿Para qué departamento de Telefónica trabaja?

- Tele marketing Activo

- ¿Me podría dar el número de trabajadora de Telefónica?

- Señor, disculpe, pero creo que toda esa información no es necesaria...

- Entonces lamentablemente tendré que colgar, porque no tengo la seguridad de hablar con una trabajadora de Telefónica

- Pero yo le puedo garantizar...

- Vea Silvina, cada vez que YO llamo a Telefónica, antes de poder comenzar cualquier trámite, estoy obligado a dar mis datos a toda una legión de empleados...

- Está bien Señor, mi número es el 34591212

- Un momento mientras lo verifico, no se retire Silvina..Dos minutos)

- Un momento por favor, toda la gente en casa se encuentra ocupada....(Otros dos minutos)

- ¿Señor?

- Un momento por favor, toda la gente en casa se encuentra ocupada....

- Pero... ¿Hola?... ¿Señor?

- Sí Silvina, gracias por la espera, nuestros sistemas están un poco lentos hoy... ¿Cual era el asunto de su llamada?

- Lo llamo de Telefónica, estamos llamando para ofrecerle nuestra promoción "Línea Adicional", en la que usted tiene derecho al uso de otra línea a muy bajo costo. ¿Usted estaría interesado José Luís?

- Silvina, le voy a comunicar con mi mujer que es la encargada de la sección de adquisición de productos técnicos de la casa; por favor, no se retire. -

Coloco el auricular del teléfono delante de un grabador y pongo el CD de Caribe Mix 2004 con el Repeat activado. Después de unos minutos, mi mujer atiende el teléfono:

- Disculpe por la espera, ¿me puede decir su Nº de teléfono?, en la pantallita del mío solo aparece "NUMERO PRIVADO". - 1004

- Gracias, ¿Con quien estoy hablando?

- Con Silvina

- ¿Silvina que?

- Silvina Maciel (ya demostrando cierta irritación en la voz)

- ¿Cual es su número de trabajadora de Telefónica?

- 34591212 (mas irritada todavía)

- Gracias por la información Silvina, ¿en que puedo ayudarla?

- La llamo de Telefónica, estamos llamando para ofrecerle nuestra promoción "Línea Adicional", en la que usted tiene derecho otra línea. ¿Estaría interesada?

- Voy a ingresar su solicitud en nuestro programa de Nuevas Adquisiciones y dentro de algunos días contactaremos con usted.

- ¿Quiere usted anotar el numero de ingreso al programa por favor?...

- ¿Hola?... ¿Silvina?... ¿Hola? - TU...TU....TU...TU....

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sábado, abril 25

En la luna

(Una de estas cosas que no sirven para nada, y que, pese a todo, alguien se ha molestado en calcular. Como siempre, leído en Peluche.)

Aunque existe la creencia de que, debido a la ausencia de lluvia y viento, las pisadas dejadas por el hombre en la Luna durarán lo que dure el satélite, tan afirmación no resulta del todo correcta.

Los físicos han descubierto que las temperaturas extremas que reinan allí (107 grados C a mediodía y -153 grados C a medianoche) provocan contracciones y dilataciones en la superficie lunar que remueven lentamente el terreno.

El físico John Mills estima que las huellas dejadas por los doce astronautas de EE.UU. entre 1969 y 1972 se borrarán hacia el año 2070 .

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jueves, abril 23

Dia del libro

La UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) aprobó en 1995 la propuesta de dedicar una jornada al año, el 23 de abril, a rendir homenaje a la literatura y sus autores, a valorar su aporte creativo y emocional a la humanidad y a animar a
toda la población a disfrutar del placer de la lectura.

La fecha no fue elegida al azar, ya que ese día -hoy-, se conmemora el fallecimiento, en 1616, de tres grandes escritores: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso. Además , también en un 23 de abril nacieron o murieron otros grandes autores, como Vladimir Nabokov, José Pla o Manuel Mejía Vallejo. La ocasión se aprovecha en España para entregar el principal galardón de las letras hispanas: el Premio Cervantes.

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sábado, abril 18

Y en la prehistoria, no había ordenadores

(Así comenzaba siempre el curso uno de mis profesores de la universidad, recordándonos después como empezó todo esto de las máquinas "inteligentes". El otro día, Peluche nos recordó de donde salen las calculadoras)

En 1642, Blaise Pascal construyó una máquina aritmética para que su padre contara el dinero de su negocio. La máquina se servía de engranajes mecánicos para sumar y restar automáticamente.

Años más tarde Leibniz la perfeccionó con un modelo que, además podía multiplicar, dividir y calcular raíces cuadradas. Éste fue el punto de partida de las calculadoras.

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viernes, abril 17

¿Quién tiene el pez?

(Cuenta la leyenda que este acertijo fue propuesto por Einstein, asegurando que solo un 2% de la población podría resolverlo...)

Planteamiento:

  • Existen 5 casas de diferentes colores.
  • En cada una de las casas vive una persona con una diferente nacionalidad.
  • Los 5 dueños beben una determinada bebida, fuman una determinada marca de cigarrillos y tienen una determinada mascota.
  • Ningún dueño tiene la misma mascota, fuma la misma marca de cigarrillo o bebe la misma bebida.

La pregunta es:

  • ¿Quién tiene el pez?

Claves:

  • El británico vive en la casa roja.
  • El sueco tiene como mascota un perro.
  • El danés toma te.
  • La casa verde está a la izquierda de la casa blanca.
  • El dueño de la casa verde toma café.
  • La persona que fuma Pall Mall tiene un pájaro.
  • El dueño de la casa amarilla fuma Dunhill.
  • El que vive en la casa del centro toma leche.
  • El noruego vive en la primera casa.
  • La persona que fuma Blends vive junto a la que tiene un gato.
  • La persona que tiene un caballo vive junto a la que fuma Dunhill.
  • El que fuma Bluemaster bebe cerveza.
  • El alemán fuma Prince.
  • El noruego vive junto a la casa azul.
  • El que fuma Blends tiene un vecino que toma agua.

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jueves, abril 16

‘Eztamo casi orientao’

La inmersión del catalán en la vida española causa, en ocasiones, situaciones esperpénticas, en las que lo mejor que puede ocurrir es que el humor se apodere de ellas. Tal es el caso del cruce de cartas que reproducimos bajo estas lineas. La misiva en catalan del consejero del área de juventud del ayuntamiento de Barcelona a la empresa andaluza « Isleña de navegaciòn SA », de Algeciras, creó tal situación que la mejor respuesta fue el humor. La contestación en « andalú » del director de la empresa gaditana no tiene desperdicio.

Ajuntament de Barcelona
Area de joventut i sports

Barcelona, 14 de gener de 1986

Senyors,
Com cada any, l’Area de joventut i sports de l’Ajuntament de Barcelona, editará la revista « Que fem aquest estiu ? », publicaciò que pretén donar ais joves de la nostra ciutat la informaciò necessaria per preparar las seves vacances. A la vegada, es creara un banc de recursos que estará a disposició dels joves que vulguin consultar-lo.
Per aquest motiu, us preguem ens envieu els vostres programes i ofertes el més aviat possible. I com máxim fins a l’i de maig de 1986.
La correspondencia ha d’anar adreçada a :
Centre d’Informaciò e Assesorament per a Joves
C/ Avinyo 7, ppal
08082 Barcelona
Tanmateix, aprofitem l’ocassio per recordar-los que durant tot l’any ens poden enviar tot tipos de activitats i programes que puguin esser d’interés per a joves. Agraint la seva colaboratio, els saludent atentament :
Eric Truño i La Gares
Conseller Regidor de l’area de Joventut i Sports

He aqui la respuesta….

Isleña de Navegación S.A.
S. Consejero Diorector General


Eric Truño i La Gares
Conseller Regidor de l’area de Joventut i Sports
Ajuntament de Barcelona

Agesira Mare, (Cai)
24 d’Enero 1986
Zeñó:
He recibío zu carta de fesha catorse der corriente me d’enero.

Nó ha sío una jartá de difisi enterarno de lo susedío, y má o meno eztamo cazi orientaó.
Lo que toavía no z’entiende der tó é lo de « Que fem aquest estiu ? » y ezo no lo podemos conchabá. En cuatito lo zepamos le contestaremo con musho arte.

Ea, zeñoré, quedar con Dió
Fdo : Juan Luis Bandres Guerrero

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miércoles, abril 15

La caída de los templarios y la economía...

(Un artículo de Ignacio de la Torre en el Confidencial del 8 de abril... por si acaso alguien dudaba que es el dinero lo que mueve -y movía- el mundo)

El 19 de Marzo de 1314 Jacques de Molay, último maestre general de los templarios, fue quemado vivo en una hoguera levantada a unos cientos de metros frente a Nôtre Dame, en un extremos de L’île de la Cité, justo debajo del actual Pont Neuf, (que a pesar de su nombre es el más antiguo de París). Siete años antes, en 1307, la mayoría de los templarios franceses fueron arrestados en una operación policial sin precedentes, y sus bienes apresados por el Rey Felipe IV. Pronto, otros monarcas europeos siguieron el ejemplo, y en 1312 el Papa Clemente V, sometido a fuertes presiones, aceptó suprimir la Orden. ¿Qué había ocurrido para que la orden militar más poderosa de la cristiandad fuese desmantelada por los poderes fácticos en cuestión de cinco años? Les sorprendería saber que el quantitative easing (en cristiano “máquina de imprimir”) emprendido por Francia desde 1290 tuvo mucho que ver en tan fatídico desenlace. Veamos.

Felipe IV llega al poder en 1285, y pronto emprende una agresiva política exterior que se traduce en continuas guerras, que no pueden ser sostenidas por los ingresos públicos. Para solucionar este problema, el Rey comienza a reacuñar la moneda eliminando un porcentaje de plata y añadiendo vellón. Estos ingresos extraordinarios de la plata que se extraía de cada moneda en las cecas reales hicieron frente durante más de 15 años a los gastos bélicos. El coste económico fue enorme: al distribuirse la moneda debilitada (que la gente llamaba “falsa”) los precios se dispararon, la plata y el oro pronto desaparecieron de la circulación, y los franceses sabiamente escondieron las monedas fuertes para evitar que les fueran sustituidas por las nuevas monedas débiles. Se cumplió así la ley de Gesham por la cual la moneda débil desplazaba a la fuerte.

Esta situación provocó una parálisis general en el reino, ya que desaparecía el numerario para realizar transacciones, y poco a poco la economía, incursa en una importante contracción, volvió al trueque. En su desesperación ante la falta de dinero, el Rey no sólo prohibió con la pena capital toda exportación de metal precioso, sino que además ordenó a los funcionarios llevar a las cecas todas las vasijas de plata que encontrasen, para así poder emitir moneda. Sin embargo, como la historia ha demostrado a lo largo de los siglos, el poder político poco puede hacer frente a las leyes económicas cuando se ha jugado con el valor de la moneda. El caso es que la plata siguió desapareciendo, y los precios disparándose. Como consecuencia, el valor de la libra tornesa (la moneda de referencia en Francia en el siglo XIII) se hundió en los mercados internacionales frente a monedas más fuertes como la libra esterlina inglesa, y por supuesto frente al precio de los metales preciosos (oro y plata) que se disparó en términos de la moneda francesa.

Pronto el Rey buscó fuentes alternativas de efectivo, para hacer frente al caos que había creado. En 1292 los comerciantes lombardos fueron arrestados, y sus bienes apresados. Sólo obtuvieron su libertad tras “comprar” bajo coacción la nacionalidad francesa. Como los gastos bélicos siguieron superando con creces los ingresos, se tuvo que acelerar el programa de debilitamiento de la moneda.

Una situación fuerte de inflación beneficia al endeudado (campesinos y la Corona), a costa de los prestatarios (aristocracia y clero), que veían con horror cómo sus préstamos a favor, otorgados en moneda fuerte, eran devueltos en moneda débil. La situación se hizo insostenible, y los obispos y la alta nobleza enviaron un ultimátum a Felipe IV para que pusiera fin al caos monetario. Como por fin las armas francesas se habían impuesto al enemigo flamenco en 1305, el Rey decidió que había llegado el momento para reorganizar la situación. Para eso hacía falta volver a la “buena moneda” y ese paso exigía encontrar ingentes cantidades de plata.

En 1306 los judíos fueron arrestados, sus bienes confiscados, y se decretó una orden de expulsión. La moneda francesa siguió depreciándose, lo que muestra que el efectivo capturado a los judíos no fue suficiente para reacuñar la moneda fuerte. La suerte de los templarios estaba sellada. El año siguiente a su captura Francia volvió a emitir moneda fuerte, lo que nos da una pista sobre qué ocurrió con el famoso tesoro de los templarios.

Tenemos por tanto una situación de déficit público desbocado, escasez de liquidez acuciante, creación de dinero sin valor, precio del oro y de la plata disparado frente a la moneda en curso ¿les suena? Al final hay que pagar tantos excesos. En la época de Felipe IV pagaron lombardos, judíos y templarios. ¿Y hoy? ¿A quién quemarán en las hogueras mediáticas nuestros políticos para buscar un culpable al caos que han contribuido a crear?

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martes, abril 14

El mayor ser vivo del mundo

(Leído en el boletín de Madri+d de ayer, aunque se ha publicado originalmente en el ABC electrónico)

El mayor ser vivo de la Tierra, y probablemente también el más viejo, se llama Pando. Y no es un elefante, una ballena azul ni un calamar gigante. Ni siquiera es un gigantesco animal prehistórico ni un monstruo marino legendario. Pando está vivo, y lo seguirá estando cuando todos nosotros hallamos desaparecido para siempre.

Pando. Un nombre sencillo y modesto, sin duda, para un ser tan impresionante. Un nombre que viene del latín y que significa «(yo) esparzo». Una criatura, por otra parte, que cualquiera puede ver y contemplar con sus propios ojos con sólo desplazarse hasta Utah, en Estados Unidos, y pagar el precio del billete que da derecho a visitar el parque nacional de Fishlake.

Una vez allí, el visitante se encontrará en medio de lo que en apariencia es un simple bosque de álamos. Pero la cosa no es tan sencilla. A pesar de tener cerca de 47 hectáreas de extensión, el bosque es, en realidad, un único álamo. O mejor, una colonia clonal surgida a partir de un único álamo, hace alrededor de 80.000 años. Claro que para darse cuenta de ello nuestro visitante tendría que viajar provisto con un equipo de análisis genético. Y realizar pruebas de ADN en todos los árboles. Sólo entonces se daría cuenta de que todos ellos, sin excepción, son genéticamente idénticos. Y ello es así porque todos forman parte, en realidad, de un mismo árbol, con un único y enorme sistema de raíces común.

La historia de Pando comienza decenas de miles de años antes de que los primeros Homo sapiens llegaran a Europa (hace 40.000 años). Y muchísimo antes de que éstos se esparcieran y llegaran hasta el continente americano (hace unos 20.000).

Hace 80.000 años, un árbol, un álamo de la especie Populus tremuloides (álamo temblón) surgió de una semilla. Creció y echó raíces pero entonces, y con el paso del tiempo, más y más árboles empezaron a surgir de esas mismas raíces, en un proceso que no se ha interrumpido desde
entonces y que sigue funcionando hoy en día. Los árboles individuales (los tallos de Pando) pueden morir, es cierto, pero eso es como si cualquiera de nosotros perdiera un cabello, o una uña. El organismo principal sigue viviendo.

En la actualidad, pesa en total más de seis millones y medio de kilogramos, ocupa una superficie de 43 hectáreas y tiene cerca de 47.000 tallos que viven una media de 130 años y que se van renovando continuamente. Durante su dilatada existencia, Pando ha tenido que soportar calentamientos y glaciaciones. Hoy, las condiciones climáticas son muy diferentes a la época en la que brotó aquella primera semilla. Tanto, que los investigadores piensan que su última floración (es decir, la última vez que se reprodujo por medio de semillas) tuvo lugar hace más de diez mil años.

Hay otros organismos parecidos, pero menores. Aunque su reinado como mayor ser vivo del mundo podría llegar pronto a su fin. Otro álamo de Utah podría pulverizar su récord y colocarlo en 80 hectáreas de extensión y un millón de años de antigüedad...

Autor: José Manuel Nieves

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lunes, abril 13

Esperando a los bárbaros

(Un poema de Constatino Kavafis. Y que cada cual substituya a los bárbaros por quien corresponda)

-¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan.

-¿Por qué esta inacción en el Senado?
¿Por qué están ahí sentados sin legislar los Senadores?
Porque hoy llegarán los bárbaros.
¿Qué leyes van a hacer los senadores?
Ya legislarán, cuando lleguen, los bárbaros.

-¿Por qué nuestro emperador madrugó tanto
y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad,
está sentado, solemne y ciñendo su corona?
Porque hoy llegarán los bárbaros.
Y el emperador espera para dar
a su jefe la acogida. Incluso preparó,
para entregárselo, un pergamino. En él
muchos títulos y dignidades hay escritos.

-¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron
hoy con rojas togas bordadas;
por qué llevan brazaletes con tantas amatistas
y anillos engastados y esmeraldas rutilantes;
por qué empuñan hoy preciosos báculos
en plata y oro magníficamente cincelados?
Porque hoy llegarán los bárbaros;
y espectáculos así deslumbran a los bárbaros.

-¿Por qué no a acuden, como siempre, los ilustres oradores
a echar sus discursos y decir sus cosas?
Porque hoy llegarán los bárbaros y
les fastidian la elocuencia y los discursos.

-¿Por qué empieza de pronto este desconcierto
y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!)
¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

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sábado, abril 11

El miedo y la oportunidad

(Extraído del dominical de Ele Pais del 5 de abril)

[...]

Según el editor y escritor Juli Peradejordi, el miedo también nos ofrece enseñanzas para el futuro si sabemos leer su mensaje. Para explicar el sentido del miedo se sirve de la figura del espantapájaros.

En una primera lectura, el espantapájaros asusta a los pájaros. Pero si en lugar de salir huyendo, el ave decide acercarse, entonces se abre una tercera fase. "Cuando el miedo ha desaparecido tiene lugar una verdadera revelación: el espantapájaros no es un peligro, sino una oportunidad, ya que nos señala con precisión el lugar en el que podemos encontrar alimento. Por un baile de letras el miedo se ha convertido en el medio".

Este juego de palabras nos revela algo altamente provocador: el miedo indica dónde se halla el tesoro. Cada temor descubre un aspecto no resuelto del que debemos ocuparnos. Así como los pájaros se nutren de los sembrados, el alimento de nuestro futuro es despejar las brumas que
no nos dejan ver con claridad el horizonte.

Por tanto, bienvenido sea el miedo al futuro si nos sirve para ocuparnos de un tema no resuelto: cómo encaramos el resto de nuestra vida, cuáles son nuestras prioridades y qué vamos a hacer a partir de ahora mismo para alcanzar nuestras metas.

[...]

viernes, abril 10

La luz al final del tunel

(Una forma bonita de ponerlo)

"Nunca temas a las sombras. Solo significan que hay una luz brillando cerca."
Ruth E. Renkel

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jueves, abril 9

Tradiciones holandesas de Semana Santa

(Dedicado a Pepi y a su tulipán)

Fuegos de Pascua

En Holanda es tradición el encendido de fuegos en Semana Santa. Originalmente, el encendido del fuego pascual era un rito pagano. Se creía que, en primavera, al despertar de la naturaleza, este fuego traería fertilidad a la gente, los animales y la tierra. Además, ¡las llamas ahuyentarían todos los espíritus malignos!

Fuegos del años

Actualmente, el Segundo día de Pascua se encienden fuegos de Pascua en varios lugares en el noreste y este de Holanda. Mucha gente recoge madera en algún sitio durante semanas, para que juntos tengan el montón más grande. Por último, los montones son examinados y los más bonitos ganan un premio. El montón termina devorado por el fuego. Estos fuegos de Pascua forman parte de los 'fuegos del año' de Europa. Pero sólo pueden encenderse una vez que la municipalidad los haya aprobado. Las disposiciones son controladas muy estrictamente en cuanto al fuego y el medio ambiente.

Dia de Ramos

Ya desde el siglo XVII los niños atraviesan las ciudades y los pueblos el Domingo de Ramos (el domingo antes de Pascua) con el ramo de palma. Durante este desfile los niños cantan canciones y traen regalos a la gente mayor. A cambio suelen recibir dulces o dinero. El desfile actual se ha originado por la mezcla de la costumbre religiosa (la procesión de Jesús) y la fiesta de mayo, que es signo de la próxima primavera.

Normalmente, este ramo de palma tiene la forma de una cruz y está decorado con frutas, dulces, huevitos de azúcar y encima un gallito de pan. Muchas veces también hay ramas verdes, las cuales se refieren a la procesión de Jesús. Jesús entró en burro a Jerusalén, durante lo cual la muchedumbre le saludaba con las palmas.

El gallito de pan que se pone encima del ramo es el símbolo de Jesús. A fin de cuentas, un gallo le despierta y le cuenta que llegará la luz. Además, los gallitos en las torres de las iglesias giran su pico contra el viento: ¡es un pájaro con agallas! Los dulces en los ramos indican que sobre todo el Día de Ramos es una fiesta.

El símbolo de la Semana Santa

Sin duda alguna, el símbolo de la Semana Santa en Holanda es el huevo, es el símbolo de la vida.
Una gran tradición familiar en Holanda es pintar los huevos (una vez cocidos). Después se esconden los huevos por la casa, o el jardín, y para terminar la diversión se realizan pequeñas competiciones entre los familiares o amigos chocando sus huevos, ganando el que no se ha roto, o se ha roto menos. Por eso se ven huevos de chocolate en todos los tamaños en casi todas las confiterías en Holanda por estas fechas.

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martes, abril 7

Sobre Milton Friedman

(Un artículo de Paul Krugman, premio nobel de economía, sobre uno de los padres de la economía, el 19 de octubre del año pasado. Creo que lo vi en el Confidencial)

La historia del pensamiento económico en el siglo XX es algo parecida a la del cristianismo en el XVI. Hasta que John Maynard Keynes publicó su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero en 1936, la ciencia económica -al menos en el mundo anglosajón- estaba completamente dominada por la ortodoxia del libre mercado. De vez en cuando surgían herejías, pero siempre se suprimían. La economía clásica, escribía Keynes en 1936, "conquistó Inglaterra tan completamente como la Santa Inquisición conquistó España". Y la economía clásica decía que la respuesta a casi todos los problemas era dejar que las fuerzas de la oferta y la demanda hicieran su trabajo.

Predecir el fenómeno de la estanflación fue uno de los mayores triunfos de la economía de posguerra "A Milton todo le recuerda la oferta monetaria. A mí todo me recuerda el sexo, pero no lo escribo".

Pero la economía clásica no ofrecía ni explicaciones ni soluciones para la Gran Depresión. Hacia mediados de la década de 1930, los retos a la ortodoxia ya no podían contenerse. Keynes desempeñó la función de Martín Lutero, al proporcionar el rigor intelectual necesario para hacer la herejía respetable. Aunque Keynes no era ni mucho menos de izquierdas -vino a salvar el capitalismo, no a enterrarlo-, su teoría afirmaba que no se podía esperar que los mercados libres proporcionaran pleno empleo, y estableció una nueva base para la intervención estatal a gran escala en la economía.

El keynesianismo constituyó una gran reforma del pensamiento económico. Inevitablemente, le siguió una contrarreforma. Diversos economistas desempeñaron un papel importante en la gran recuperación de la economía clásica entre los años 1950 y 2000, pero ninguno fue tan influyente como Milton Friedman. Si Keynes era Lutero, Friedman era Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas. Y al igual que los jesuitas, los seguidores de Friedman han actuado como una especie de disciplinado ejército de fieles y provocado una amplia, pero incompleta, retirada de la herejía keynesiana. A finales de siglo, la economía clásica había recuperado buena parte de su anterior hegemonía, aunque ni mucho menos toda, y a Friedman le corresponde buena parte del mérito.
No quiero llevar demasiado lejos la analogía religiosa. La teoría económica aspira al menos a ser ciencia, no teología; se ocupa de la tierra, no del cielo. La teoría keynesiana se impuso en un principio porque era mucho mejor que la ortodoxia clásica a la hora de dar sentido al mundo que nos rodea, y la crítica de Friedman a Keynes adquirió tanta influencia porque supo detectar los puntos débiles del keynesianismo. Y sólo a modo de aclaración: aunque este artículo sostiene que Friedman estaba equivocado en algunos aspectos, y a veces parecía poco sincero con sus lectores, le considero un gran economista y un gran hombre.

Milton Friedman desempeñó tres funciones en la vida intelectual del siglo XX. Estaba el Friedman economista de economistas, que escribía análisis técnicos, más o menos apolíticos, sobre el comportamiento de los consumidores y la inflación. Estaba el Friedman emprendedor político, que pasó décadas haciendo campaña en nombre de la política conocida como monetarismo y que acabó viendo cómo la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra adoptaban su doctrina a finales de la década de 1970, sólo para abandonarla por inviable unos años más tarde. Por último, estaba el Friedman ideólogo, el gran divulgador de la doctrina del libre mercado.
¿Desempeñó el mismo hombre todas estas funciones? Sí y no. Las tres estaban guiadas por la fe de Friedman en las verdades clásicas de la economía del libre mercado. Además, su eficacia como divulgador y propagandista descansaba en parte en su merecida fama de profundo economista teórico. Pero hay una diferencia importante entre el rigor de su obra como economista profesional y la lógica más laxa y a veces cuestionable de sus pronunciamientos como intelectual público. Mientras que la obra teórica de Friedman es universalmente admirada por los economistas profesionales, hay mucha más ambivalencia respecto a sus pronunciamientos políticos y en especial su trabajo divulgativo. Y debe decirse que hay serias dudas respecto a su honradez intelectual cuando se dirigía a la masa de ciudadanos.

Pero dejemos de lado por el momento el material cuestionable y hablemos de Friedman en cuanto teórico económico. Durante la mayor parte de los dos siglos pasados, el pensamiento económico estuvo dominado por el concepto del Homo economicus. El hipotético Hombre Económico sabe lo que quiere; sus preferencias pueden expresarse matemáticamente mediante una función de utilidad, y sus decisiones están guiadas por cálculos racionales acerca de cómo maximizar esa función: ya sean los consumidores al decidir entre cereales normales o cereales integrales para el desayuno, o los inversores que deciden entre acciones y bonos, se supone que esas decisiones se basan en comparaciones de la utilidad marginal, o del beneficio añadido que el comprador obtendría al adquirir una pequeña cantidad de las alternativas disponibles.

Es fácil burlarse de este cuento. Nadie, ni siquiera los economistas ganadores del Premio Nobel, toma las decisiones de ese modo. Pero la mayoría de los economistas, yo incluido, consideramos útil al Hombre Económico, quedando entendido que se trata de una representación idealizada de lo que realmente pensamos que ocurre. Las personas tienen preferencias, incluso si esas preferencias no pueden expresarse realmente mediante una función de utilidad precisa; por lo general toman decisiones sensatas, aunque no maximicen literalmente la utilidad. Uno podría preguntarse por qué no representar a las personas como realmente son. La respuesta es que la abstracción, la simplificación estratégica, es el único modo de que podamos imponer cierto orden intelectual en la complejidad de la vida económica. Y la suposición del comportamiento racional es una simplificación especialmente fructífera.

La cuestión, sin embargo, es hasta dónde se puede llevar. Keynes no atacó de lleno al Hombre Económico, pero a menudo recurría a teorías psicológicas verosímiles y no a un cuidadoso análisis de qué haría una persona que tomara decisiones racionales. Las decisiones empresariales estaban guiadas por impulsos viscerales (animal spirits); las decisiones de consumo, por una tendencia psicológica a gastar parte, pero no la totalidad, de un aumento de la renta; los acuerdos salariales, por un sentido de la equidad, y así sucesivamente.

¿Pero era realmente una buena idea reducir tanto la función del Hombre Económico? No, decía Friedman, que en un artículo de 1953 titulado The methodology of positive economics [La metodología de la economía positiva] sostenía que las teorías económicas no deberían juzgase por su realismo psicológico, sino por su capacidad para predecir el comportamiento. Y los dos mayores triunfos de Friedman como economista teórico procedieron de aplicar la hipótesis del comportamiento racional a cuestiones que otros economistas habían considerado fuera del alcance de dicha hipótesis.

En un libro de 1957 titulado Una teoría de la función del consumo -no exactamente un título que agradara a las masas, pero sí un tema importante-, Friedman sostenía que el mejor modo de entender el ahorro y el gasto no es, como había hecho Keynes, recurrir a una teorización psicológica laxa, sino, por el contrario, pensar que los individuos hacen planes racionales sobre cómo gastar su riqueza a lo largo de la vida. Ésta no era necesariamente una idea antikeynesiana; de hecho, el gran economista keynesiano Franco Modigliani planteó de manera simultánea e independiente el mismo argumento, incluso con más cuidado, al considerar el comportamiento racional, en colaboración con Albert Ando. Pero sí señalaba un retorno a los modos de pensar clásicos, y funcionaba. Los detalles son un poco técnicos, pero la "hipótesis de la renta permanente" planteada por Friedman y el "modelo del ciclo vital" de Ando y Modigliani resolvían varias paradojas aparentes sobre la relación entre renta y gasto, y todavía hoy siguen constituyendo las bases de cómo estudian los economistas el gasto y el ahorro.

El trabajo sobre el comportamiento de los consumidores habría forjado por sí solo la fama académica de Friedman. Sin embargo, obtuvo un triunfo al aplicar la teoría del Hombre Económico a la inflación. En 1958, el economista neozelandés A. W. Phillips señalaba que existía una correlación histórica entre el desempleo y la inflación, de modo que la inflación iba asociada a un bajo desempleo y viceversa. Durante un tiempo, los economistas trataron esta correlación como si fuera una relación fiable y estable. Esto provocó un debate serio sobre qué punto de la curva de Phillips debería escoger el Gobierno. ¿Debería Estados Unidos, por ejemplo, aceptar una tasa de inflación más alta para alcanzar una tasa de desempleo más baja?

En 1967, sin embargo, Friedman pronunciaba ante la Asociación Económica Estadounidense una conferencia presidencial en la que sostenía que la correlación entre inflación y desempleo, aun siendo visible en los datos, no representaba una verdadera compensación, al menos no a largo plazo. "Siempre hay", decía, "una compensación temporal entre inflación y desempleo; no hay una compensación permanente". En otras palabras, si los políticos intentaran mantener el desempleo bajo mediante una política de generar mayor inflación, sólo conseguirían un éxito temporal. Según Friedman, el desempleo acabaría por aumentar de nuevo, incluso con una inflación elevada. En otras palabras, la economía sufriría la situación que Paul Samuelson más tarde denominaría "estanflación".

¿Cómo llegó Friedman a esta conclusión? (Edmund S. Phelps, premio Nobel de Economía de este año, había llegado de manera simultánea e independiente al mismo resultado). Como en el caso de su trabajo sobre el comportamiento de los consumidores, Friedman aplicó la idea del comportamiento racional. Sostenía que después de un periodo de inflación sostenido, las personas introducirían las expectativas de inflación futura en sus decisiones, lo cual anularía cualquier efecto positivo de la inflación sobre el empleo. Por ejemplo, una de las razones por las que la inflación puede aumentar el empleo es que contratar a más trabajadores se vuelve más rentable cuando los precios suben más que los salarios. Pero en cuanto los trabajadores comprenden que el poder de adquisición de sus salarios se verá erosionado por la inflación, exigen por adelantado acuerdos de subida salarial más elevados, para que los salarios alcancen el mismo nivel que los precios. En consecuencia, cuando la inflación se mantiene durante un tiempo, ya no proporciona el mismo impulso al empleo que al principio. De hecho, se producirá un aumento del desempleo si la inflación no cumple las expectativas.

En el momento en que Friedman y Phelps propusieron sus ideas, Estados Unidos tenía poca experiencia con la inflación sostenida. De modo que ésta fue verdaderamente una predicción, en lugar de un intento de explicar el pasado. Sin embargo, en la década de 1970, la inflación persistente puso a prueba la hipótesis de Friedman-Phelps. Sin duda, la correlación histórica entre inflación y desempleo se rompió exactamente como Friedman y Phelps habían predicho: en la década de 1970, mientras la tasa de inflación superaba el 10%, la tasa de desempleo era tan elevada o más que en las décadas de 1950 y 1960, unos años de precios estables. Al fin la inflación se controló en la década de 1980, pero sólo después de un doloroso periodo de desempleo extremadamente elevado, el peor desde la Gran Depresión.

Al predecir el fenómeno de la estanflación, Friedman y Phelps alcanzaron uno de los grandes triunfos de la economía de posguerra. Este triunfo, más que ninguna otra cosa, confirmó a Milton Friedman en su categoría de grande entre los economistas, independientemente de lo que pudiera pensarse de sus demás funciones.

Una interesante anotación: aunque avanzó mucho en la aplicación del concepto de racionalidad individual a la macroeconomía, también sabía dónde parar. En la década de 1970, algunos economistas llevaron más lejos aún el análisis de Friedman, llegando a sostener que no hay una compensación útil entre inflación y desempleo ni siquiera a corto plazo, porque los ciudadanos anticiparán las acciones del Gobierno y aplicarán esa anticipación, así como la experiencia pasada, al establecimiento de precios y a las negociaciones salariales. Esta doctrina, conocida como las "expectativas racionales", se extendió por buena parte de la economía académica. Pero Friedman nunca la aceptó. Su sentido de la realidad le advertía de que esto era llevar demasiado lejos la idea del Homo economicus. Y así se demostró: la conferencia pronunciada por Friedman en 1967 ha superado la prueba del tiempo, mientras que las opiniones más extremas propuestas por los teóricos de las expectativas racionales en los años setenta y ochenta no la han superado.
"A Milton todo le recuerda la oferta monetaria. Bien, a mí todo me recuerda el sexo, pero no lo pongo por escrito", escribía en 1966 Robert Solow, del MIT. Durante décadas, la imagen pública y la fama de Milton Friedman se definieron en gran medida por sus pronunciamientos sobre la política monetaria y su creación de la doctrina conocida como monetarismo. Sorprende darse cuenta, por tanto, de que el monetarismo se considera en gran medida un fracaso, y que parte de lo dicho por Friedman sobre el dinero y la política monetaria -al contrario que lo que dijo acerca del consumo y la inflación- parece haber sido engañoso, y quizá de manera deliberada.
Para comprender de qué trataba el monetarismo, lo primero que hay que saber es que la palabra dinero no significa exactamente lo mismo en economía que en el lenguaje común. Cuando los economistas hablan de oferta monetaria [en inglés, money supply, oferta de dinero] no se refieren a riqueza en el sentido habitual. Sólo se refieren a esas formas de riqueza que pueden usarse de manera más o menos directa para comprar cosas. La moneda -trozos de papel con retratos de presidentes muertos- es dinero, y también los depósitos bancarios contra los que se pueden extender cheques. Pero las acciones, los bonos y los bienes raíces no son dinero, porque hay que convertirlos en efectivo o en depósitos bancarios antes de poder usarlos para hacer compras.

Si la oferta monetaria constara sólo de moneda, estaría bajo el control directo del Gobierno, o más precisamente, de la Reserva Federal, un organismo monetario que, como sus homólogos los bancos centrales de muchos otros países, está institucionalmente un poco separado del Gobierno propiamente dicho. El hecho de que la oferta de dinero incluya también los depósitos bancarios complica un poco la realidad. El banco central sólo tiene control directo sobre la base monetaria -la suma de moneda en circulación, la moneda que los bancos tienen en sus cámaras acorazadas y los depósitos que los bancos guardan en la Reserva Federal-, pero no sobre los depósitos que los ciudadanos tienen en los bancos. En circunstancias normales, sin embargo, el control directo de la Reserva Federal sobre la base monetaria basta para darle también un control efectivo sobre la oferta monetaria total.

Antes de Keynes, los economistas consideraban la oferta monetaria una herramienta primordial de la gestión económica. Pero él sostenía que en condiciones de depresión, cuando los tipos de interés son muy bajos, los cambios en la oferta monetaria tienen pocas consecuencias sobre la economía. La lógica era la siguiente: cuando los tipos de interés son del 4% o del 5%, nadie quiere que su dinero quede ocioso. Pero en una situación como la de 1935, cuando el tipo de interés de las letras del Tesoro a tres meses era sólo del 0,14%, hay muy poco incentivo para asumir el riesgo de poner el dinero a trabajar. El banco central podría tratar de estimular la economía acuñando grandes cantidades de moneda adicional; pero si el tipo de interés es ya muy bajo, es probable que el efectivo adicional languidezca en las cámaras acorazadas de los bancos o debajo de los colchones. En consecuencia, Keynes sostenía que la política monetaria, un cambio en la oferta de dinero circulante para gestionar la economía, sería ineficaz. Y por eso, él y sus seguidores creían que hacía falta una política presupuestaria -en especial un aumento del gasto público- para sacar a los países de la Gran Depresión.

¿Por qué es esto importante? La política monetaria es una forma de intervención pública en la economía altamente tecnocrática y en gran medida apolítica. Si la Reserva Federal decide aumentar la oferta monetaria, todo lo que hace es comprar unos cuantos bonos del Tesoro a bancos privados, y pagar los bonos mediante anotaciones en las cuentas de reserva de esos bancos: en realidad, todo lo que la Reserva Federal tiene que hacer es acuñar un poco más de base monetaria. En cambio, la política presupuestaria supone una participación mucho más profunda del sector público en la economía, a menudo de un modo cargado de ideología: si los políticos deciden usar las obras públicas para promover el empleo, tienen que decidir qué construir y dónde. Por tanto, los economistas con una inclinación al libre mercado tienden a querer creer que la política monetaria es todo lo que hace falta; los que desean un sector público más activo tienden a creer que la política presupuestaria es esencial.

El pensamiento económico tras el triunfo de la revolución keynesiana -como se refleja, por ejemplo, en las primeras ediciones del libro de texto clásico de Paul Samuelson- daba prioridad a la política presupuestaria, mientras que la política monetaria quedaba relegada a los márgenes. Como Friedman decía en la conferencia pronunciada en 1967 ante la Asociación Económica Estadounidense:
"La amplia aceptación de las opiniones entre los profesionales de la economía ha hecho que durante dos décadas, prácticamente todos menos unos cuantos reaccionarios pensaran que los nuevos conocimientos económicos habían vuelto obsoleta la política monetaria. El dinero no importaba".

Aunque esto tal vez fuese una exageración, la política monetaria no estuvo muy bien considerada en las décadas de 1940 y 1950. Friedman, sin embargo, hizo una cruzada a favor de la propuesta de que el dinero también importaba, la cual culminó con la publicación en 1963 de A monetary history of the United States, 1867-1960, en colaboración con Anna Schwartz
Aunque A monetary history of the United States es una gran obra de extraordinaria erudición, que abarca un siglo de desarrollos monetarios, su análisis más influyente y controvertido fue el relativo a la Gran Depresión. Friedman y Schwartz afirmaban que habían refutado el pesimismo de Keynes acerca de la eficacia de la política monetaria en condiciones de depresión. "La contracción" de la economía, declaraban, "es de hecho un trágico testimonio de la importancia de las fuerzas monetarias".

¿Pero qué querían decir con eso? Desde el principio, la posición de Friedman y Schwartz parecía un poco escurridiza. Y con el tiempo, la presentación que Friedman hacía de la historia se hizo más grosera, no más sutil, y acabó pareciendo -no hay otra forma de decirlo- intelectualmente corrupta.

Al interpretar los orígenes de la Gran Depresión es crucial distinguir entre la base monetaria (dinero más reservas bancarias), que la Reserva Federal controla directamente, y la oferta monetaria (dinero más depósitos bancarios). La base monetaria aumentó durante los primeros años de la Gran Depresión, subiendo de una media de 6.050 millones de dólares en 1929 a una media de 7.020 millones en 1933. Pero la oferta monetaria cayó drásticamente, de 26.600 millones a 19.900 millones de dólares. Esta divergencia reflejaba principalmente las consecuencias de la oleada de quiebras bancarias de 1930-1931: a medida que los ciudadanos perdían la fe en los bancos, empezaron a guardar su riqueza en efectivo y no en depósitos bancarios, y los bancos que sobrevivieron empezaron a tener grandes cantidades de efectivo a mano en lugar de prestarlo, para evitar el peligro de un pánico bancario. La consecuencia fue que se hacían muchos menos préstamos y, por tanto, muchos menos gastos de los que habría habido si los ciudadanos hubieran seguido depositando el efectivo en los bancos, y los bancos hubieran seguido prestando los depósitos a las empresas. Y dado que el desplome del gasto fue la causa próxima de la depresión, el deseo repentino tanto por parte de los individuos como de los bancos de poseer más efectivo empeoró sin duda la recesión.

Friedman y Schwartz sostenían que la caída de la oferta monetaria había convertido lo que podría haber sido una recesión ordinaria en una depresión catastrófica, un argumento de por sí discutible. Pero incluso poniendo por caso que lo aceptemos, cabe preguntar si puede decirse que la Reserva Federal, que al fin y al cabo aumentó la base monetaria, provocó la caída de la oferta monetaria total. Al menos inicialmente, Friedman y Schwartz no dijeron eso. Lo que dijeron, por el contrario, fue que la Reserva Federal pudo haber prevenido la caída de la oferta monetaria, en especial acudiendo al rescate de los bancos en quiebra durante la crisis de 1930-1931. Si la Reserva Federal se hubiera apresurado a prestar dinero a los bancos en apuros, la oleada de quiebras bancarias podría haberse evitado, y eso a su vez podría haber evitado la decisión de los ciudadanos de guardar el dinero en efectivo en lugar de depositarlo en los bancos, y la preferencia de los bancos supervivientes por acumular los depósitos en sus cámaras acorazadas en lugar de prestar esos fondos. Y esto, a su vez, podría haber evitado lo peor de la depresión.
A este respecto, tal vez sea útil una analogía. Supongamos que se desata una epidemia de gripe, y que análisis posteriores indican que una acción adecuada de los centros de control de enfermedades podrían haber contenido la epidemia. Sería justo culpar a las autoridades públicas de no tomar las medidas adecuadas. Pero sería un exceso decir que el Estado causó la epidemia, o usar el fallo de esos centros para demostrar la superioridad de los mercados libres sobre el sector público.

Pero muchos economistas, y todavía más lectores legos en la materia, han interpretado que la explicación de Friedman y Schwartz significa que de hecho la Reserva Federal causó la Gran Depresión; que la depresión es en cierto sentido una demostración de los males de un Estado excesivamente intervencionista. Y en años posteriores, como he dicho, las afirmaciones de Friedman se volvieron más imprecisas, como si quisiera alimentar esta percepción errónea. En su alocución presidencial de 1967 declaraba que "las autoridades monetarias estadounidenses siguieron políticas altamente deflacionarias", y que la oferta monetaria cayó "porque el Sistema de la Reserva Federal forzó o permitió una reducción aguda de la base monetaria, al no ejercer las responsabilidades que tenía asignadas", una afirmación extraña dado que, como hemos visto, la base monetaria aumentó de hecho mientras la oferta monetaria caía. (Friedman tal vez se refiriese a dos episodios en los que la base monetaria cayó moderadamente por breves periodos, pero aun así su declaración es, como mínimo, muy engañosa).

En 1976, Friedman les decía a los lectores de Newsweek que "la verdad elemental es que la Gran Depresión se produjo por una mala gestión pública", una declaración que seguramente sus lectores interpretaron como que la depresión no se habría producido si el Estado se hubiera mantenido al margen, cuando de hecho lo que Friedman y Schwartz afirmaban era que el sector público debería haberse mostrado más activo, no menos.

¿Por qué los debates históricos sobre la función de la política monetaria en la década de 1930 importaban tanto en la de 1960? En parte porque encajaban en el programa más amplio de Friedman en contra del sector público, del que hablaremos más adelante. Pero la aplicación más directa era su defensa del monetarismo. De acuerdo con esta doctrina, la Reserva Federal debía mantener el crecimiento de la oferta monetaria en una tasa baja y constante, por ejemplo, el 3% anual, y no desviarse de ese objetivo, con independencia de lo que ocurriese en la economía. La idea era poner la política monetaria en piloto automático, eliminando cualquier poder por parte de las autoridades públicas.

El razonamiento de Friedman a favor del monetarismo era en parte económico y en parte político. Sostenía que el crecimiento constante de la oferta monetaria mantendría una economía razonablemente estable. Nunca pretendió que siguiendo esta norma se eliminarían todas las recesiones, pero sí afirmaba que las variaciones en la curva de crecimiento de la economía serían suficientemente pequeñas como para ser tolerables, de ahí la afirmación de que la Gran Depresión no habría ocurrido si la Reserva Federal hubiera seguido una norma monetarista. Y junto a esta fe con reservas en la estabilidad de la economía con un régimen monetario se daba su desprecio sin reservas hacia la capacidad de los directivos de la Reserva Federal para hacerlo mejor si se les daba poder para ello. La demostración de la falta de fiabilidad de la Reserva Federal estaba en el inicio de la Gran Depresión, pero Friedman podía señalar otros muchos ejemplos de políticas que habían salido mal. "Un régimen monetario", escribía en 1972, "aislaría la política monetaria del poder arbitrario de un pequeño grupo de hombres no sujetos al control de los electores, y de las presiones a corto plazo de la política partidista".

El monetarismo fue una fuerza poderosa en el debate económico durante unas tres décadas a partir de que Friedman expusiera por primera vez su doctrina en Un programa de estabilidad monetaria y reforma bancaria, publicado en 1959. Hoy, sin embargo, es una sombra de lo que era, por dos razones principales.

En primer lugar, cuando Estados Unidos y Reino Unido intentaron poner en práctica el monetarismo a finales de los setenta, los resultados fueron decepcionantes: en ambos países, el crecimiento constante de la oferta monetaria no consiguió impedir recesiones graves. La Reserva Federal adoptó oficialmente objetivos monetarios al estilo Friedman en 1979, pero los abandonó de hecho en 1982, cuando la tasa de desempleo superó el 10%. Este abandono se hizo oficial en 1984, y desde entonces la Reserva Federal realiza precisamente el tipo de afinación discrecional que Friedman condenaba. Por ejemplo, en 2001 respondía a la recesión reduciendo los tipos de interés y permitiendo que la oferta monetaria creciese a ritmos que en ocasiones superaban el 10% anual. Cuando se convenció de que la recuperación era sólida, la Reserva Federal cambió el rumbo, subiendo los tipos de interés y permitiendo que el crecimiento de la reserva monetaria cayese a cero.

En segundo lugar, desde comienzos de la década de 1980, la Reserva Federal y sus homólogos de otros países han realizado un trabajo razonablemente bueno, debilitando la imagen que Friedman daba de los banqueros centrales, a los que consideraba chapuceros irredimibles. La inflación se mantiene baja, las recesiones -excepto en Japón, país del que hablaremos enseguida- han sido relativamente breves y leves. Y todo esto ha ocurrido a pesar de las fluctuaciones de la oferta monetaria, que horrorizaban a los monetaristas y que los llevaron -incluso a Friedman- a predecir desastres que no llegaron a materializarse. Como señalaba David Warsh, de The Boston Globe, en 1992, "Friedman despuntó su lanza prediciendo la inflación en la década de 1980, durante la que se equivocó profunda y frecuentemente".

En 2004, el Informe Económico del Presidente, escrito por los muy conservadores economistas del Gobierno de Bush, podía no obstante hacer la altamente antimonetarista declaración de que "una política monetaria audaz", no estable ni constante, sino audaz, "puede reducir la profundidad de una recesión".

Ahora, unas palabras sobre Japón. Durante la década de 1990, Japón experimentó una especie de reproducción a pequeña escala de la Gran Depresión. La tasa de desempleo nunca llegó a los niveles de la Depresión, gracias a un enorme gasto en obras públicas que hizo que cada año Japón, con menos de la mitad de población, vertiese más cemento que Estados Unidos. Pero las condiciones de tipos de interés muy bajos que se dieron en la Gran Depresión reaparecieron con fuerza. Hacia 1998, el tipo del dinero a la vista, los tipos de los préstamos a un día entre bancos, era literalmente cero.

Y en esas condiciones, la política monetaria resultó tan ineficaz como Keynes había afirmado que lo fue en los años treinta. El Banco de Japón, el equivalente japonés a la Reserva Federal, podía aumentar la base monetaria, y lo hizo. Pero los yenes añadidos se guardaban, no se gastaban. Los únicos bienes de consumo duradero que se vendían bien, me dijeron por aquel entonces algunos economistas japoneses, eran las cajas fuertes. De hecho, el Banco de Japón se vio incapaz siquiera de aumentar la oferta monetaria tanto como deseaba. Puso en circulación enormes cantidades de efectivo, pero las medidas más generales de oferta monetaria crecieron muy poco. Por fin, hace dos años, iniciaba una recuperación económica, impulsada por una recuperación de la inversión empresarial para aprovechar las nuevas oportunidades tecnológicas. Pero la política monetaria nunca consiguió arrancar.

En efecto, Japón en los años noventa brindó una nueva oportunidad para poner a prueba las opiniones de Friedman y Keynes respecto a la eficacia de la política monetaria en condiciones de depresión. Y claramente los resultados respaldaban el pesimismo de Keynes y no el optimismo de Friedman.

En 1946, Milton Friedman debutó como divulgador de la economía del libre mercado con un panfleto titulado Roofs or Ceilings: The Current Housing Problema
[Tejados o techos: el actual problema de la vivienda], escrito en colaboración con George J. Stigler, que más tarde se uniría a él en la Universidad de Chicago. El panfleto, un ataque contra el control de los alquileres, que todavía era universal inmediatamente después de la II Guerra Mundial, se publicó en circunstancias bastante extrañas: era una publicación de la Fundación para la Educación Económica, organización que, como Rick Perlstein escribe en Before the Storm (2001), su libro sobre los orígenes del movimiento conservador actual, "difundía un evangelio libertario tan drástico que rondaba el anarquismo". Robert Welch, fundador de la John Birch Society, era miembro de su consejo directivo. Esta primera aventura en la popularización del libre mercado anticipaba de dos maneras el curso de la evolución de Friedman como intelectual público a lo largo de las seis décadas siguientes.

En primer lugar, el panfleto demostraba la especial voluntad de Friedman de llevar las ideas del libre mercado hasta sus límites lógicos. Ni la idea de que los mercados son medios eficientes de asignar bienes escasos ni la propuesta de que los controles de precios crean escaseces e ineficacias eran nuevas. Pero muchos economistas, temiendo la reacción negativa contra una subida repentina de los alquileres (que Friedman y Stigler predecían que sería del 30% para el país en su conjunto), podrían haber propuesto una especie de transición gradual a la liberalización. Friedman y Stigler quitaban hierro a esas preocupaciones.

En décadas posteriores, esta tozudez se convertiría en uno de los sellos característicos de Friedman. Una y otra vez pedía soluciones de mercado a problemas -educación, atención sanitaria, tráfico de drogas ilegales- que en opinión de casi todos los demás exigían una intervención estatal extensa. Algunas de sus ideas han sido objeto de aceptación generalizada, como sustituir las normas rígidas sobre contaminación por un sistema de permisos de contaminación que las empresas pueden comprar y vender. Otras, como los cheques escolares, tienen un amplio respaldo en el movimiento conservador, pero no han avanzado mucho políticamente. Y algunas de sus propuestas, como eliminar los procedimientos de concesión de licencia para los médicos y abolir la Administración de Alimentos y Medicamentos, las consideran estrambóticas incluso la mayoría de los conservadores.

En segundo lugar, el panfleto demostraba lo bueno que Friedman era como divulgador. Está escrito de manera elegante y sagaz. No hay jerga; los argumentos se presentan con ejemplos del mundo real inteligentemente escogidos, desde la rápida recuperación de San Francisco tras el terremoto de 1906 hasta los problemas de un ex combatiente en 1946, recién licenciado del ejército, para encontrar un lugar decente donde vivir. El mismo estilo, mejorado por la imagen, marcaría la celebrada serie televisiva de Friedman en la década de 1980 Free to choose
[Libre para elegir].

Hay muchas probabilidades de que la gran oscilación hacia las políticas liberales que se produjeron en todo el mundo a comienzos de la década de 1970 se hubiera dado aunque Milton Friedman no hubiese existido. Pero su incansable y brillantemente eficaz campaña a favor de los libres mercados seguramente ayudó a acelerar el proceso, tanto en Estados Unidos como en todo el mundo. Desde cualquier punto de vista -proteccionismo frente a libre comercio; reglamentación frente a liberalización; salarios establecidos mediante convenio colectivo y salarios mínimos obligatorios frente a salarios establecidos por el mercado-, el mundo ha avanzado en la misma dirección que Friedman. E incluso más llamativa que su logro en lo referente a los cambios de la política real ha sido la transformación de la opinión general: la mayoría de las personas influyentes se han convertido hasta tal punto al modo de pensar de Friedman que simplemente se da por sentado que el cambio de políticas económicas promovido por él ha sido una fuerza positiva. ¿Pero lo ha sido?

Consideremos en primer lugar los resultados macroeconómicos de la economía estadounidense. Tenemos datos de la renta real -es decir, teniendo en cuenta la inflación- de las familias estadounidenses entre 1947 y 2005. Durante la primera mitad de ese periodo de 55 años, desde 1947 hasta 1976, Milton Friedman era una voz que predicaba en el desierto, cuyas ideas no eran tenidas en cuenta por los políticos. Pero la economía, a pesar de todas las ineficacias que él denunciaba, mejoró enormemente el nivel de vida de la mayoría de los estadounidenses: la renta media real se duplicó con creces. Por contraste, en el periodo transcurrido desde 1976, las ideas de Friedman se han ido aceptando cada vez más; aunque siguió habiendo intervención pública de sobra para que él pudiera quejarse, no cabe duda de que las políticas de libre mercado se generalizaron mucho más. Pero el aumento del nivel de vida ha sido mucho menos fuerte que durante el periodo anterior: en 2005, la renta media real sólo era un 23% superior a la de 1976.
Parte de la razón de que a la segunda generación de posguerra no le fuese tan bien como a la primera era la tasa total de crecimiento económico más lenta, un hecho que tal vez sorprenda a quienes suponen que la tendencia hacia el libre mercado ha aportado mayores dividendos económicos. Pero otra razón importante del retraso en el nivel de vida de la mayoría de las familias es un incremento espectacular de la desigualdad económica: durante la primera generación de posguerra, el aumento de la renta se extendió ampliamente a toda la población, pero desde finales de la década de 1970, la mediana de la renta, la renta de la familia típica, sólo ha subido la tercera parte de la renta media, que incluye la gran subida experimentada por las rentas de la pequeña minoría situada en lo más alto de la pirámide.

Esto plantea una cuestión interesante. Milton Friedman solía asegurar a su público que no hacía falta ninguna institución especial, como el salario mínimo y los sindicatos, para garantizar que los trabajadores compartiesen los beneficios del crecimiento económico. En 1976 les decía a los lectores de Newsweek que los cuentos de los perjuicios causados por los barones ladrones eran puro mito:

"Probablemente no haya habido ningún otro periodo en la historia, en este o en cualquier otro país, en el que el hombre de a pie haya experimentado una mejora tan grande de su nivel de vida como en el periodo transcurrido entre la guerra civil y la I Guerra Mundial, cuando más fuerte era el individualismo desenfrenado".

(¿Y qué hay del extraordinario periodo de 30 años posterior a la II Guerra Mundial, que abarcó buena parte de la trayectoria profesional del propio Friedman?). Sin embargo, en las décadas que siguieron a ese pronunciamiento, mientras se permitía que el salario mínimo cayese por debajo de la inflación y los sindicatos desaparecían en gran medida como factor importante en el sector privado, los trabajadores estadounidenses veían cómo sus fortunas iban a la zaga del crecimiento de la economía en general. ¿Era Friedman demasiado optimista respecto a la generosidad de la mano invisible?

Para ser justos, hay muchos factores que afectan tanto al crecimiento económico como a la distribución de la renta, por lo que no podemos culpar a las políticas friedmanistas de todas las decepciones. Aun así, dada la suposición común de que el cambio a las políticas de libre mercado ha hecho grandes cosas por la economía estadounidense y por el nivel de vida de los estadounidenses corrientes, es asombroso el poco respaldo que los datos proporcionan a esa afirmación.

Dudas similares respecto a la falta de pruebas claras de que las ideas de Friedman funcionan de hecho en la práctica se pueden encontrar, todavía con más fuerza, en Latinoamérica. Hace una década era normal citar el éxito de la economía chilena, en la que los asesores de Augusto Pinochet, educados en Chicago, se habían pasado a las políticas del libre mercado después de que Pinochet se hiciera con el poder en 1973, como prueba de que las políticas inspiradas por Friedman mostraban la senda hacia un próspero desarrollo económico. Pero aunque otros países latinoamericanos, desde México hasta Argentina, han seguido el ejemplo de Chile en la liberación del comercio, la privatización de empresas y la liberalización, la historia de éxito chilena no se ha repetido.

Por el contrario, la percepción de la mayoría de los latinoamericanos es que las políticas neoliberales han sido un fracaso: el prometido despegue del crecimiento económico nunca llegó, mientras que la desigualdad de la renta ha empeorado. No quiero culpar de todo lo que ha salido mal en Latinoamérica a la Escuela de Chicago, ni idealizar lo sucedido antes, pero hay un asombroso contraste entre la percepción que Friedman defendía y los resultados reales de las economías que se pasaron de las políticas intervencionistas de las primeras décadas de posguerra a la liberalización.

Centrándonos más estrictamente en el tema, uno de los principales objetivos de Friedman era la, en su opinión, inutilidad y naturaleza contraproducente de la mayor parte de la reglamentación pública. En una necrológica para su colaborador George Stigler, Friedman elogiaba en concreto la crítica de Stigler a la normativa sobre la electricidad, y su argumento de que los reguladores normalmente acaban sirviendo a los intereses de los regulados y no a los de los ciudadanos. ¿Cómo ha funcionado entonces la liberalización?

Empezó bien, comenzando con la liberalización del transporte por carretera y de las aerolíneas a finales de la década de 1970. En ambos casos, la liberalización, aunque no contentó a todos, aumentó la competencia, en general bajó los precios, y aumentó la eficacia. La liberalización del gas natural también fue un éxito.

Pero la siguiente gran oleada de liberalización, la del sector eléctrico, fue otra historia. Al igual que la depresión japonesa de la década de 1990, demostraba que las preocupaciones keynesianas por la eficacia de la política monetaria no eran un mito; la crisis de la electricidad en California en 2000 y 2001 -en la que las compañías eléctricas y las distribuidoras de energía crearon una escasez artificial para hacer subir los precios- nos recordó la realidad que había tras los cuentos de los barones ladrones y sus depredaciones. Aunque otros Estados no sufrieron una crisis tan grave como la de California, en todo el país la liberalización de la electricidad supuso un aumento, no una disminución, de los precios, y unos beneficios enormes para las compañías eléctricas.
Aquellos Estados que, por la razón que fuera, no se subieron al vagón de la liberalización en la década de 1990 se consideran ahora afortunados. Y las más afortunadas son aquellas ciudades que por algún motivo no recibieron el memorando sobre los males del sector público y las bondades del sector privado, y siguen teniendo compañías eléctricas públicas. Todo esto demuestra que los argumentos originales a favor de la reglamentación eléctrica -la observación de que sin reglamentación las compañías eléctricas tendrían demasiado poder monopolístico- siguen siendo tan válidos como siempre.

¿Debería esto llevarnos a la conclusión de que la liberalización es siempre mala idea? No. Depende de los detalles específicos. Deducir que la liberalización es siempre y en todas partes una mala idea sería incurrir en el mismo tipo de pensamiento absolutista que, se podría decir, fue el mayor defecto de Milton Friedman.

En la reseña de 1965 sobre Monetary history, de Friedman y Schwartz, el fallecido premio Nobel James Tobin acusaba levemente a los autores de ir demasiado lejos. "Considérense las siguientes tres proposiciones", escribía. "El dinero no importa. Sí que importa. El dinero es lo único que importa. Es demasiado fácil deslizarse de la segunda proposición a la tercera". Y añadía que "en su celo y euforia", eso es lo que muy a menudo hacían Friedman y sus seguidores. La defensa del laissez-faire por parte de Milton Friedman parece haber seguido una secuencia similar. Después de la Gran Depresión, muchos empezaron a decir que los mercados nunca pueden funcionar. Friedman tuvo la valentía intelectual de decir que los mercados sí funcionan, y sus dotes teatrales, unidas a su habilidad para organizar datos objetivos, lo convirtieron en el mejor portavoz de las virtudes del libre mercado desde Adam Smith. Pero caía con demasiada facilidad en la afirmación de que los mercados siempre funcionan y que son lo único que funciona. Es extremadamente difícil encontrar casos en los que Friedman reconociese la posibilidad de que los mercados pudieran funcionar mal, o de que la intervención pública podía ser útil.

El absolutismo liberal de Friedman ha contribuido a crear un clima intelectual en el que la fe en los mercados y el desdén por el sector público a menudo se imponen a los datos objetivos. Los países en vías de desarrollo se apresuraron a abrir sus mercados de capitales, a pesar de las advertencias de que eso podría exponerlos a crisis financieras; después, cuando las crisis llegaron como era previsible, muchos observadores culparon a los Gobiernos de esos países, no a la inestabilidad de los flujos de capital internacionales. La liberalización de la electricidad se produjo a pesar de las claras advertencias de que el poder de monopolio podría ser un problema; de hecho, al tiempo que la crisis de la electricidad en California seguía su evolución, la mayoría de los analistas quitaban importancia a las preocupaciones por el posible amaño de los precios alegando que no eran más que teorías de conspiración descabelladas. Los conservadores siguen insistiendo en que el libre mercado es la respuesta a la crisis sanitaria, frente a las abrumadoras pruebas en contra.

Lo extraño del absolutismo de Friedman respecto a las virtudes de los mercados y los vicios del Estado es que en su trabajo como economista teórico era de hecho un modelo de comedimiento. Como ya he señalado, hizo grandes contribuciones a la teoría económica al resaltar la importancia de la racionalidad individual, pero, a diferencia de algunos de sus colegas, sabía cuándo parar. ¿Por qué no mostró el mismo comedimiento en su papel de intelectual público?

La respuesta, sospecho, es que se vio atrapado en una función esencialmente política. Milton Friedman, el gran economista, sabía reconocer la ambigüedad y la reconocía. Pero de Milton Friedman, el gran defensor de la libertad de mercado, se esperaba que predicase la verdadera fe, no que manifestase sus dudas. Y acabó desempeñando la función que sus seguidores esperaban. A consecuencia de ello, la refrescante iconoclasia de los primeros años de su carrera se convirtió con el tiempo en una rígida defensa de algo que se había convertido en la nueva ortodoxia.
A la larga, a los grandes hombres se les recuerda por sus virtudes y no por sus defectos, y Milton Friedman fue de hecho un hombre muy grande, un hombre de valentía intelectual que fue uno de los pensadores económicos más importantes de todos los tiempos, y posiblemente el más brillante comunicador de las ideas económicas a los ciudadanos en general que jamás haya existido. Pero hay buenas razones para sostener que el friedmanismo, al final, fue demasiado lejos, como doctrina y en sus aplicaciones prácticas. Cuando Friedman inició su trayectoria como intelectual público, había llegado la hora de llevar a cabo una contrarreforma contra el keynesianismo, y todo lo que eso conllevaba. Pero lo que el mundo necesita ahora, diría yo, es una contra-contrarreforma. Paul Krugman

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

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lunes, abril 6

Así se vive con deflación

(Ahora que España ya sabe lo que es la deflación, creo que es un buen momento para desenterrar este artículo de Richard Lloyd Parry, publicado en el suplemento salmón de El Mundo del 22 de febrero.)

Igual que la fusión de los casquetes de hielo o que una monja borracha y gamberra, hay algo profundamente perturbador en el espectáculo del comportamiento indeseable del dinero. Es un fenómeno que asociamos a sitios sobre los que han caído todos los males, como Zimbabwe, con sus billetes de un billón de dólares, o a tiempos remotos, como la Alemania de Weimar, donde la gente salía de compras empujando carretillas llenas de marcos que no tenían ningún valor.

La hiperinflación, ese fenómeno en el que los precios aumentan de manera descontrolada, es fácil de entender, aunque contemplarla resulte alarmante. Sin embargo, la moneda empezó a sucumbir durante el año pasado a una enfermedad nueva y poco corriente, un mal difícil de
detectar y sigiloso que, en su variante más extrema, puede ser igual de catastrófico.

El Indice de Precios al Consumo del Reino Unido cayó al 0,1% esta semana, el punto más bajo en los últimos 49 años. Esta es una confirmación más de lo que los economistas consideran inevitable en 2009, un deslizamiento hacia la deflación, el fenómeno en el que los precios caen durante un período prolongado. El último caso de gravedad se produjo en la Gran Depresión, así que muy pocas personas de menos de 80 años tienen experiencia de vivir con deflación. Sin embargo, en el periodo de 10 años que concluyó hacia el 2005, convivieron con ella 130 millones de japoneses, y yo también. Se trata de una experiencia curiosa y engañosa, en la que un hecho que a primera vista parece estupendo (que todo se consigue más barato) insensibiliza a cualquiera frente al daño gravísimo que sufren la economía y el país en su conjunto.

Llegué a Tokio en 1995 con la idea de que me estaba trasladando a la ciudad más rica y más cara de la historia del mundo. Eso había sido verdad a finales de los años 80, cuando la economía japonesa, en plena expansión, había alcanzado su punto máximo, y todavía circulaban anécdotas increíbles sobre aquellos tiempos.

Alguien había calculado que el enorme parque que rodea el Palacio Imperial tendría un valor mayor que todo el estado norteamericano de California en el mercado inmobiliario. Se decía que un billete de 10.000 yenes, plegado todo lo que se pudiera y dejado caer en el suelo en el centro de Tokio, no sería suficiente para comprar el centímetro cuadrado de terreno que ocupara. En contraste con el resto de Asia, eran los turistas norteamericanos y europeos, no los del país, los que parecían andrajosos y pordioseros. Hecho un manojo de nervios, me preparé para vivir en un infierno inflacionista.

Cuando yo llegué, los fuegos artificiales se habían acabado.Ya estaba claro que una gran parte de los créditos bancarios en los que se había basado la burbuja nunca serían devueltos.Los bancos dejaron de conceder préstamos y, con una década y media de adelanto sobre Europa y Estados
Unidos, Tokio experimentó su propia crisis crediticia. Se multiplicaron las quiebras y las reestructuraciones y con ellas llegaron las pérdidas de empleos en masa, hasta unos extremos que los asalariados japoneses no habían conocido jamás. Hubo suicidios y depresiones. En los parques públicos y a lo largo de las orillas de los ríos empezaron a aparecer poblados de tiendas de campaña, muy ordenados y limpios, eso sí, de gente que se había quedado sin casa.

Para todos aquellos que seguían conservando sus puestos de trabajo y no estaban agobiados por deudas ni propiedades (personas como yo, por ejemplo), aquella fue una época de prosperidad extraña y sin complicaciones.

Me trasladé a la casa en que ahora vivo, un pequeño piso de dos dormitorios, en 1999. Todas las mañanas hacía un viaje de 20 minutos en el metro para ir al trabajo. A la hora de comer, me tomaba un pescado a la plancha y un tazón de arroz y, por las noches, cenaba un plato de pasta y una botella de vino. De vez en cuando, me iba a cantar, más bien achispado, canciones de David Bowie en el salón de karaoke del barrio. En 10 años, ninguno de estos dispendios subió de precio de manera importante, si es que se produjo alguna subida.

El alquiler que pago en la actualidad es el mismo, en yenes, que cuando me trasladé a esta vivienda. Algunos costes han disminuido en términos reales como, por ejemplo, los del karaoke y el golf, y también los de comer en restaurantes de comida rápida como consecuencia de una
despiadada guerra de precios entre McDonald's y su principal competidor en Japón, que tiene un nombre magnífico, MosBurger. Aparte de una congelación efectiva del coste de los productos más consumidos a diario, han surgido nuevas propuestas comerciales. Han proliferado las tiendas todo-a-cien, que venden a precios irrisorios comida, bebidas, productos de belleza y juguetes por el equivalente a medio euro en un país que antes era famoso por su pasión por los artículos de la gama más exquisita del lujo.Las peluquerías ofrecen cortes de pelo a un precio tan de saldo como 1.000 yenes. Para alguien que se haya educado en la idea de que, con el paso del tiempo, todo va
siendo cada vez más caro (de una manera gradual, razonable), experimentar lo contrario era casi estimulante. Sin embargo, por muy gracioso que nos pareciera a personas como yo, para Japón en su conjunto era desolador.

Los perjuicios causados por la deflación son menos evidentes y dramáticos que los de la hiperinflación, pero penetran más profundamente. La consecuencia más evidente es que reduce el gasto de los hogares. Si los precios no dejan de bajar cada mes, ¿por qué darse prisa en comprar un iPod, un frigorífico o un coche nuevo? ¿Por qué no esperar hasta que todavía se abaraten más, sobre todo si el valor de tu vivienda está cayendo y tienes miedo de perder tu trabajo?

Ahora bien, si la gente no compra nada, se fabrican y se venden menos cosas. Cierran tiendas y fábricas y se pierden puestos de trabajo. Cae el valor de las propiedades inmobiliarias a la par que el de todo lo demás y los que están endeudados dejan de pagar sus hipotecas, lo que amenaza la posición de los que prestan. Como se reduce el número de gente que tiene dinero, caen los precios todavía más si cabe, en un esfuerzo por estimular el consumo.

¿Es éste el camino que Europa tiene por delante? Los malos tiempos pueden reportar beneficios a largo plazo como, por ejemplo, bancos más saneados y empresas mejor preparadas y más eficaces que, una vez pasada la tormenta, se van a encontrar con que sus competidores se han quedado en el camino. Sin embargo, una caída profunda en la deflación resulta difícil de remontar. En el caso de Japón, parecía que el problema residía, en general, no tanto en el ámbito de la política económica como en el de la psicología de masas.

A finales de los años 80, Japón era uno de los protagonistas mundiales más seguros de sí mismos y más agresivos; tan seguro que adquiría propiedades inmobiliarias que eran todo un símbolo en otros países, como los estudios cinematográficos Columbia y el Rockefeller Center de Nueva
York, y que amenazaba con arrebatar a Estados Unidos su posición de mayor economía del mundo. En cambio, entró en el nuevo milenio hecho un mar de dudas y con una falta de confianza de la que todavía no se ha recuperado.

La deflación es a la inflación lo que la hipotermia a unas fiebres altísimas. Deja heladas a las personas así como las economías y ralentiza sus sistemas vitales. Afecta al corazón tanto como a la cabeza, y no supone ningún consuelo que, a cambio, los fideos, los cortes de pelo y el karaoke sean baratos.

Richard Lloyd Parry es el director para Asia del diario británico The Times

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domingo, abril 5

La crisis, según tres generaciones

(Un artículo de Carlos Salas en el suplemento económico de El Mundo del 8 de marzo. Por si alguien dudaba que la economía es cíclica)

Voy a comparar la vida de tres generaciones enfrentadas a sus crisis: la de nuestros padres, que abarca de la posguerra a la Transición. La mía, que es la que va de Fórmula V hasta la entrada de España en el Mercado Común, y la actual, que abarca desde entonces hasta internet.

La generación de la posguerra daba gracias por todo porque lo había perdido todo. Tener un trabajo era una bendición, como lo era poder comer tres veces al día y vivir sin la cartilla de racionamiento. Era la generación de los sobres: un sobre para la letra del piso, otro para la
cesta de la compra, para el colegio de los chicos El coche llegó tan tarde que la gente se sacaba el carné a la edad en la que ahora pensamos en el plan de pensiones.El televisor había que pagarlo en cinco años o más. Los recién casados se iban de vacaciones a Madrid o Barcelona, y casi nadie conocía otro país que el suyo propio.

Era una generación que quería dejar algo a los hijos, pues cualquier día podría sobrevenir una catástrofe: el piso, las acciones de Telefónica y el álbum de sellos. Para aquella generación, la vida consistía en trabajar mucho, gastar lo justo, salir pronto de las deudas y ahorrar por si las moscas. Vivieron unos años tan duros, que ahora se les reconoce en la calle porque, cuando hay huelga de transportistas, corren al mercado a por lentejas, latas de atún y leche porque «esto es como en la Guerra».

Gracias a ellos, mi generación conoció las mesas llenas de comida y la frase más común era: «Cómete todo porque tú no sabes lo que es pasar hambre». Nos jartaron de sopa cubierta, pescadillas, filetes de ternera, cocidos de todas las regiones (madrileño, lebaniego, pote asturiano). Pero no tres, sino ¡cuatro veces al día! Porque a la hora de la merienda nos enchufaban bocadillos de sobrasada, de chorizo, de pan con leche condensada (había una versión a la que se le añadía Cola-Cao), y había gente que merendaba unos bocadillos como el antebrazo de un albañil. Comer, comer, comer Había que dejar el plato limpio y los pescados en las raspas, porque de lo contrario uno estaba insultando la memoria de la Guerra Civil, y se iba a la cama con tantos remordimientos que se imponía ya tres avemarías automáticos.

Mi generación conoció lo que es salir con la familia a los restaurantes los domingos después de misa, («al nene, una tortilla francesa o filete con patatas»). En verano, uno visitaba Benidorm y sentía como si hubiese estado en el extranjero.

Esa misma generación mía fue la que, mientras sufría la crisis económica en la Transición, se rebeló en las universidades, pegó carteles, gritó consignas, discutió con sus padres de política, atacó a Estados Unidos mientras compraba discos de Crosby, Stills, Nash & Young, pero, al final
de esa larga jornada de lucha, siempre nos esperaba una mesa llena de calamares, sobrasada, filetes de lomo y Casera, como muestra la serie Cuéntame cómo pasó.

Nuestros padres, en su mayoría, no eran de una generación rebelde porque tener un piso donde caer muertos y un caldo calentito ya era una gran rebeldía contra el hambre de la posguerra. «¡Burgueses! ¡Reaccionarios! ¿Dónde están los ideales?», exclamábamos nosotros.«En la olla exprés, bonito, acompañados de esa morcilla que tanto te gusta», decían ellos.

Como estos argumentos nos revolvían el estómago, al final huíamos de esa dictadura gastronómica, viajábamos a otros países, trabajábamos de camareros en verano, ¡que sabrán nuestros viejos lo que es currar duro!, y nos curtíamos en la escuela de la guerra de la vida. Luego nos casábamos y pasábamos la luna de miel en Portugal para traer la cubertería de plata ¿Benidorm? Puaj. Y a la hora de comprar un piso, bueno sí, una ayudita de los padres o los suegros, pero pequeña, ¿eh? «Y que conste don Manuel que se la voy a devolver con el sudor de mi frente». Ah, y nosotros sí educaríamos a nuestros hijos con los valores de la libertad y el diálogo, nos confesarían todo y seríamos sus colegas, eso que nunca fueron nuestros padres. Dictadores.

Si la generación de nuestros padres fue la de los sobres, la de ahora es la de las sobras. Sobran platos de comida que se tiran al cubo de basura sin el remordimiento por el hambre de la posguerra. Sobran coches en las casas. Sobran salidas de copas, porque los fines de semana comienzan los jueves por la noche.Y sobra coca cola a la hora de comer. Ya cuando eran críos, uno iba al restaurante, y en lugar de tortilla francesa, los mocosos exclamaban: «A mí, una ración de pata negra.Y la carne, lomo alto argentino, por supuesto, al punto si puede ser».

Lo del diálogo con los hijos salió torcido porque no les interesa hablar de política pero sí del Madrid o del Barça. No está mal. Menos peleas. Hay tanto diálogo que los chicos no se van de casa ni aunque pierdan el Madrid o el Barça 100 veces seguidas.

Es una generación que se casa y viaja a Bali o a Punta Cana. Cosa inexplicable, pues el piso en el que se meten cuesta, en proporción, más que el de sus padres. En los años 50 se tardaba en pagar los pisos entre 10 y 15 años. En los 80, entre 15 y 20 años. Y ahora, les hacen firmar una hipoteca de 35 a 50 años.Por eso, para compensar gastos, se van a Ikea y MediaMarkt, llenan la casa de trastos en un día y, en lugar de un niño, tienen dos periquitos.

Ahora, a esa generación también le ha llegado la crisis. A los de la posguerra, con sus pensiones y sus casas ya pagadas, esto les parece grave, pero no tan grave como las cartillas de racionamiento. Para mi generación, esto nos recuerda los años del paro y la crisis en la Transición, que parecían no tener fin.

Como es la primera vez que esto pilla a la generación del móvil e internet, se han quedado traspuestos. No hay empleo, no hay dinero, no hay futuro. Así de pronto. ¿Es el fin? No, porque dos generaciones ya la conocieron a su modo. Bienvenidos a la mesa. Os estábamos esperando para cenar.

carsalas21@gmail.com

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sábado, abril 4

Para no olvidar en los momentos bajos

(Leído en la columna de Pilar Cambra del 22 de marzo)

"No hay pozo más hondo ni bache más profundo que los que nos cavamos nosotros mismos."

viernes, abril 3

Diálogo para besugos I

(Cuando era cría, me encantaban los diálogos para besugos que salían en los tebeos de tapa blanda. Encontré unos cuantos el otro día, por Internet, y aunque no son de los mejores, siguen teniendo ese toque absurdo que me encantaba.)

- Buenos días.
- Buenas tardes.
- ¿Tienen ustedes violines desafinados?
- ¿Cómo desafinados, oiga? Es la primera persona que pregunta por violines desafinados. Si los toca, van a parecer una gaita.
- Es para mi sobrino.
- ¿Le cae gordo su sobrino?
- No. Pero el pobre desafina cantidad musical, y así, con un violín desafinado, podrá darle la culpa al instrumento.
- ¡Qué buena idea! ¿Es suya?
- Sí, y en casa tengo más
- ¿Tiene más ideas?
- Y que no falten. Yo siempre he sido muy ideota. ¿Usted no tiene ideas?
- ¡No tiene usted idea de mis ideas! Yo ideo mucho.
- ¿Y qué idea?
- Ideas. Si ideara garbanzos ya no idearía garbanzos porque ya están ahí.
- ¿Tiene garbanzos? ¿Dónde?
- Ahí. Es un modo de decir que ya están ideados.
- Ah. Tiene usted un modo de decir “ahí” que es demasiado.
- Pues no me ha oído usted decir allá.
- ¡Ay, diga allá! Me muero de ganas de oírle decir allá.
- Me da un nosequé decir allá en público.
- Diga, diga.
- ¡Qué va usted a decir de mí si me oye decir allá…!
- No voy a decir nada. O quizá sí diré que usted es un señor que dice allá.
- Bueno, pues allá voy.
- Vaya, vaya.
- ¿Dónde quiere que vaya?
- Allá.
- Sí, señor. Para todos ustedes, voy a decir con mucha ilusión, “allá”.
- Sí, pero no se vaya allá. Diga allá aquí.
- Es que es el mejor sitio para decir allá, es allá.
- ¿Por qué Allá?
- Porque allá suena mejor allá que aquí.
- ¿Cómo suena aquí?
- ¿Aquí?
- Allá.
- Allá, aquí suena allá.
- ¿Y allá?
- ¿Aquí, allá?
- No, allá, allá.
- Allá, allá suena así:
- ¿Suena así? ¡Pues si que suena raro allá!
- Allá no suena así.
- Me acaba de decir que allá allá suena así. U así no se parece en nada a allá, se diga allá, se diga aquí o se diga ahí.
- Me ha interpretado mal. He dicho, dos puntos.
- ¿Ha dicho dos puntos? ¿Cuándo ha dicho dos puntos?
- ¡Ahora! Y no me interrumpa.
- Si me empieza a decir cosas que no me ha dicho, me lía.
- Yo he dicho que allá suena así, dos puntos.
- ¿Que allá suena así dos puntos?
- Allá, allá suena así. Dos puntos. Y ahora digo como suena allá allá. ¿Me entiende?
- ¡Ah! Los dos puntos no es un sonido, es una puntuación ortográfica.
- Pues, empiezo. Voy a decirles con todo mi corazón allá. Atención: ¡Allá!
- La verdad, ese allá se podía decir desde aquí. Es un allá corrientito…
- Vaya a escucharlo allá y verá como allá suena mejor allá.
- Voy allá. Buenos días.
- Buenas tardes.

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jueves, abril 2

Vida

(Un poema de José Hierro que nos recuerda que todo es relativo. Lo curioso es que el poeta lo dedica a su nieta, Paula Romero. )

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

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miércoles, abril 1

Un clásico de ovejas y pastores

Este es un pastor que tenía un rebaño de ovejas, pero no tenía un macho para cubrirlas. Le comenta su problema a un colega y éste le dice:

- No pasa nada. Llévatelas al monte y las cubres tú mismo. Si al día siguiente se ponen al sol es que están preñadas y se ponen a la sombra vuelves a intentarlo.

El pastor sube a las ovejas a la furgonetilla, se las lleva al monte y... ale!!!

A la mañana siguiente se despierta y pregunta a su mujer:

- Mariaa, ¿las ovejas están al sol o a la sombra?
- Están a la sombra - contesta la mujer.

El pastor vuelve a subir a las ovejas a la furgoneta y repite la operación.

A la mañana siguiente:
- Mariaaa, ¿las ovejas están al sol o a la sombra?
- Están a la sombra - contesta la mujer.

El pastor vuelve a cargar sus ovejas en la furgoneta, y así sucesivamente durante varios días, hasta que una mañana:

Mariaaa, ¿las ovejas están al sol o a la sombra?

Pues la verdad, ni al sol ni a la sombra, desde las 6 de la mañana están todas subidas en la furgoneta tocando el claxon como unas locas.

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