Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

lunes, julio 31

¿Es peligroso usar el móvil en una gasolinera?

(Un texto de Fernando Gomollón-Bel en el suplemento Tercer Milenio del Heraldo de Aragón del 4 de abril de 2017)

Es verdad que está prohibido usarlo en este tipo de instalaciones, pero ¿cuál es la razón? ¿Hay realmente riesgo de que genere una chispa que termine provocando una explosión?

El mito

Igual a vosotros no os ha pasado nunca. Pero yo cada vez que voy a poner gasolina me sorprendo al ver una señal amenazante que me prohíbe usar el teléfono móvil. Que prohíban fumar, vale, yo tampoco acercaría un mechero a algo que prende tan rápido como la gasolina, pero, ¿tiene sentido que no nos dejen usar el móvil? ¿O acaso es una leyenda urbana que ha calado muy, muy hondo? Aquí llega El Desmitificador (irritante musiquilla de chiflo) para aclarar el asunto.

Verdadero o falso

En este caso no me queda otro remedio que empezar el artículo con una advertencia legal: está prohibido usar el móvil en una gasolinera por el artículo 115 del Reglamento General de Circulación. El teléfono te distrae y estás en un sitio donde circulan coches. Así que, ojito, nada de ponerte a responder whatsapps mientras repostas. Pero, ¿es realmente peligroso? ¿Puede incendiarse el coche si atiendo una llamada mientras lleno el depósito?

Lamento decepcionaros profundamente. No, no es peligroso, y no vais a causar ningún incendio si os ponéis a jugar al Candy Crush mientras llenáis de gasolina vuestro utilitario. "¡Pero un día vi un vídeo en Youtube que…!". Mentira cochina. Es cierto que puede incendiarse el depósito mientras repostamos, pero tiene muy poquito que ver con los móviles. Tal y como explicó Daniel Torregrosa (@DaniEPAP) en este artículo, la única y remota posibilidad de que un móvil genere una chispa es que se produzca un fallo en su batería. Así que salvo que llevéis el nuevo Samsung Galaxy (¿puedo decir marcas?), no hay de qué preocuparse.

La culpable de estos espectaculares incendios también tiene la culpa de que os despeinéis al quitaros el jersey de lana que os regaló la suegra por Navidad: la electricidad estática. Ella es la única responsable de que puedan saltar chispas al repostar. Pero de algún modo se las ha ingeniado para que nosotros, inútiles humanos tecnófobos, culpemos a los teléfonos móviles.

Pero que no cunda el pánico. Podemos ganarle la batalla fácilmente y, por fortuna, los incendios en gasolineras son altamente improbables. Es verdad que podemos salir del coche cargados de electricidad estática de la manera más tonta: basta con que, por ejemplo, hayamos frotado un poco los pies en las alfombrillas. Pero ‘descargarse’ es fácil. Para ello, basta con bajar del coche y tocar algo metálico antes de agarrar la manguera. Lo más sencillo, y lo que probablemente tengáis más a mano, es tocar la carrocería del coche.

Es sorprendente cómo, dentro de lo raros que son, este tipo de accidentes ocurren con más frecuencia en personas jóvenes y en Estados Unidos. Podréis pensar que es una soberana tontería, pero, como todo en esta sección, tiene su explicación científica. Los jóvenes, más ágiles, apenas se apoyan en el coche al salir. Las personas mayores necesitan agarrarse a algún sitio y así, sin quererlo, se descargan. Y la elevada frecuencia en EE. UU. la explica un mecanismo de bloqueo que tienen las mangueras de ahí, para que puedas ir a dar una vuelta (o a pagar, o al baño) mientras repostas. En esos paseos puedes cargarte de electricidad estática sin quererlo y, a la vuelta… ¡sorpresa!

De propina

Otro detalle que tal vez también os llame la atención al repostar es que la mayor parte de las gasolinas son ‘sin plomo’. ¿Y eso? Se debe a que antes todos los combustibles llevaban disuelto un compuesto químico llamado tetraetilplomo, que servía de antidetonante, para mejorar la eficacia de la gasolina en los motores de combustión. La historia del tetraetilplomo es fascinante, y está llena de complicadas guerras de patentes entre empresas petroquímicas y científicos como Clair C. Patterson, preocupado por la alta toxicidad del plomo que se liberaba a la atmósfera. A finales de los noventa se prohibió por fin el uso de tetraetilplomo como antidetonante. Nunca sabremos si porque las empresas estaban preocupadas por el medio ambiente o porque el plomo estropea los catalizadores de los coches… y eso tampoco les interesaba.

Para saber más
  • Los desmitificadores originales, los Mythbusters del Discovery Channel, llevaron a cabo varios experimentos para ver si era verdad esto de que el móvil podía desencadenar incendios en gasolineras. Podéis ver cómo desmontan la conspiración en este vídeo.
  • Sobre la historia de Clair C. Patterson y sus investigaciones sobre el plomo (que además de llevar a su prohibición en la gasolina ayudaron a determinar la edad exacta de nuestro planeta), os recomiendo que busquéis el capítulo 7 de la nueva temporada de ‘Cosmos' presentada por Neil deGrasse Tyson. La serie se emitió también en español, comentada por Carlos Sobera, así que con suerte podéis encontrarla fácilmente en nuestro idioma.
  • Una última referencia sobre la electricidad estática.

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domingo, julio 30

Grandes inventos: el sacacorchos



(Un texto de Jessica Nieto en el dominical de El Mundo del 23 de marzo de 2014)

Surgió en el siglo XVII como un utensilio cosmético: las damas de la época lo utilizaban para abrir pequeños frascos de perfume y loción. En 1795 Samuel Henshall presentó la primera patente y se produjo un boom en todo el mundo. Es uno de los inventos que más diseños ha registrado en sus 300 años de historia. Se estima que en la actualidad hay más de 50.000 modelos diferentes.

Origen cosmético
Aunque en la actualidad su uso se relaciona exclusivamente con el mundo del vino, lo cierto es que el primer sacacorchos surgió en el siglo XVII como un utensilio de belleza: se utilizaba para extraer los tapones de pequeños frascos de perfumes, lociones y preparados farmacéuticos de cosmética. Estos primeros modelos eran de bolsillo y las damas de la época los llevaban en sus bolsos para retocarse.

Un gran aliado
Hasta el XVIII el vino se transportaba en barriles y vasijas artesanales, lo que reducía su conservación. A mediados de siglo aparecieron las botellas alargadas y verdes de vidrio soplado, que se cerraban con un corcho. Este nuevo diseño permitía almacenamiento en horizontal, que ayudaba a evitar que el contenido se estropease. De esta forma nace el comercio del vino. A partir de ese momento, la evolución del sacacorchos se centra en el desarrollo del método más cómodo para realizar la operación de apertura, es decir, en el perfeccionamiento del mango y del sistema metálico. "Fue en este momento cuando el invento comienza a adquirir una mayor repercusión", afirma Paolo Annoni, director del Museo del Sacacorchos de Barolo (Piamonte, Italia).

Gran variedad
En 1795 el clérigo inglés Samuel Henshall (1765·1807) presentó la primera patente de sacacorchos y a comienzos del siglo XIX tuvo lugar un boom en todo el mundo: inventores procedentes de Francia, Canadá y Estados Unidos diseñaron sus propios modelos: solo en Inglaterra se contabilizaron hasta 400 distintos. A lo largo de sus 300 años de historia, este ha sido uno de los inventos que más patentes ha registrado. Se calcula que en la actualidad hay unos 50.000 modelos diferentes: de mecanismo simple, de tornillo, monomando, dos palancas, de mayor tamaño para descorchar barriles... Y cada uno está determinado por las preferencias de cada país relacionadas con la bebida. Por ejemplo, en Francia se diseñó uno especifico para descorchar botellas de champán sin que perdiera su efervescencia.

Paralelamente al desarrollo técnico, tiene lugar una estilización. "Junto a los modelos tradicionales de madera, latón o hierro, también se empiezan a fabricar en oro, plata, marfil, nácar e incluso con piedras preciosas y elementos decorativos", añade Annoni. Con su evolución, surgieron también los accesorios, como cuchillas o escobillas para limpiar las botellas.

El español Jacinto Presa Eguren decide en 1995 diseñar una herramienta rápida y fácil de usar para ayudar a su mujer en la tarea de descorchar una botella. Lo llamó el Sacacorchos Perfecto (www.elsacacorchosperfecto.com) y consiguió, en el año 2000, la medalla de oro en el Salón Internacional de Inventos de Ginebra (Suiza), el más importante del mundo en este sector. "Disfruto con el hecho de inventar", afirma su creador. En la actualidad, se vende en más de 40 países de todo el mundo.

El sacacorchos de Eguren está basado en el sistema que utilizan las perforadoras terrestres en busca de acuíferos subterráneos. En solo dos movimientos permite extraer el corcho de lo botella, sin romperlo ni desmigarlo.

Evolución
La primera referencia textual del sacacorchos procede de Inglaterra y se encuentra en el Tratado de la Sidra (James Worligge, 1676). Técnicamente, no se trataba de un sacacorchos como tal, sino de "un tornillo de acero de punta enroscada utilizado para extraer los tapones de los botellas", similar al que empleaban los soldados para limpiar las armas de fuego.

La patente de Henshau tenía forma de T, incluía una arandela que hacía de tope y un pequeño cepillo para quitar los restos de corcho de la botella. Durante el siglo XIX el descorche del vino se convierte en una práctica habitual en toda la sociedad y el sacacorchos en una herramienta muy popular. Incluso los soldados del ejército llevaban uno en su mochila.

A comienzos del siglo XIX aparece el de palanca, que reducía el esfuerzo empleado en la extracción del corcho. Basándose en él, Joseph Haynes diseña en 1844 un modelo destinado a restaurantes y donde la apertura de botellas es una operación que se repite muchas veces. Se conoce como sacacorchos de camarero y continúa vigente hoy día.

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viernes, julio 28

Letra a letra



(Un texto de Alberto Serrano Dolader en el Heraldo de Aragón del 23 de marzo de 2014)

El herrero de Alcalá de Gurrea era un buen hombre. Un domingo se acercó a su fragua un forastero con la burra en apuros: cojeaba y no podían seguir el camino. A pesar de que era día de fiesta, nuestro amigo el raboso (así se apoda a los alcalaínos) remendó las herraduras del animal. Y, además, no quiso cobrar nada porque el apaño fue solo cosa de un momentico. El desconocido, ni siquiera le dio las gracias.

En las afueras del pueblo tenía un huerto el herrero, y a él se encaminó para acabar de pasar la mañana. Al llegar, vio a la borriquilla pastando y, en el peral, un bulto negro que se movía y que enseguida reconoció. Regresó al pueblo, convocó a todos los chicos y les dijo: «Venid conmigo, que me ayudaréis a echar las peras del árbol a pedradas». Al rato y en medio de una lluvia de piedras, se oyó una voz quejumbrosa que salía de entre las ramas: «¡Ay, ay, ay, buen herrero, que me matan con las piedras! Usted que es un santo, dígale a esos chicos que paren». Moraleja: los buenos no necesariamente son tontos.

El chascarrillo lo leo en un curioso librito que escribieron hacia 1935 los niños del colegio de Plasencia del Monte (Hoya de Huesca). Animados por el maestro Simón Omella, 10 compusieron en una imprenta escolar, de manera artesanal, por eso el facsímil que publicó hace un par de años el Museo Pedagógico de Aragón se tituló 'Letra a letra'. Recomiendo su lectura.

Siete años tenía el párvulo que aportó la anécdota del herrero. Y doce quien cuenta una historia de superstición, que ambienta a finales del XIX y pone en voz de un criado de Bolea: «Las brujas andan por la casa de mi amo. Hace una temporada me levanté a dar el segundo pienso y encontré un mulo muerto. Llame a mi amo, vino el veterinario y dijo que no le encontraba ninguna enfermedad. Vino la segunda noche, ¡otro mulo muerto! Llega el veterinario y dice: 'No tiene ninguna enfermedad'. Desde esa noche vigilamos atentamente. La primera que estuvimos alerta, se oyó un chasquido como que le pegaban al mulo royo y enseguida se puso malo. Viene la segunda noche y no dormí. De pronto ¡zas! vimos una mano que el daba a otro mulo. Seis meses enfermo y se murió. Pero una noche se descubrió todo… todo. Era una abuela de la casa que estaba medio bruja. El amo estaba despierto y oyó que se abría la puerta de la abuela. Se levantaba a embrujar las caballerías y la hizo volver a su lecho. Al día siguiente le dijo a la criada: 'Ven con el plato de la abuela con comida (…) y échale estos polvos bien revueltos…’ Pasadas seis horas, había muerto la abuela. Ya no murieron más caballerías».

No es el único relato de brujas que recoge el libro escolar que hoy releo. Por ejemplo, un mozalbete que en aquel 1935 tenía diez años aporta la falordia de un ladrón que robó un brioso caballo blanco: «Un día estaba arando y la reja le atravesó una pata. Se inutilizó. (…) El caballo murió. El ladrón era brujo y se volvió buitre y antes de que los demás buitres se enteraran, se lo comió todo».

Candoroso y encantador.
F cuc El Greco que

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miércoles, julio 26

Entendiendo al río

(La columna de Paulo Coelho en el XLSemanal del 6 de febrero de 2011)

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Mi libro titulado Ser como un río que fluye está inspirado en un poema de Manuel Bandeira. "Un río nunca pasa dos veces por el mismo sitio", dice un filósofo. "La vida es como un río", dice otro filósofo, y así acabamos llegando a la conclusión de que esta es la metáfora que más se aproxima al sentido de la vida. Por lo tanto, es bueno recordar siempre que: 

A. Siempre estamos delante de la primera vez. Mientras nos movamos desde nuestra fuente (el nacimiento) hacia nuestro destino (la muerte), los paisajes serán siempre nuevos. Debemos enfrentar todas estas novedades con alegría y no con miedo, -ya que es inútil temer lo que no se puede evitar-. Un río no deja de correr jamás.

B. En un valle, andamos más lentamente. Cuando todo a nuestro alrededor es más fácil, las aguas se vuelven más tranquilas, somos más amplios, más generosos.

C. Nuestros márgenes siempre son fértiles. La vegetación sólo nace donde existe el agua. Quien entra en contacto con nosotros necesita entender que estamos allí para dar de beber a quien tiene sed.

D. Las piedras han de ser contorneadas. El agua es más fuerte que el granito, pero para comprobarlo hace falta tiempo. De nada sirve dejarse dominar por obstáculos más fuertes, o tratar de chocar contra ellos: gastaremos nuestra energía para nada. Es mejor tratar de entender dónde se encuentra la salida y seguir adelante.

E. Las depresiones necesitan paciencia. De repente, el río entra en una especie de agujero y deja de correr con la alegría de antes. La única forma de salir es con la ayuda del tiempo. Cuando llegue el momento adecuado, la depresión se llenará de agua y el río podrá seguir. En donde había un agujero negro y sin vida, ahora existe un lago, que otros pueden contemplar con alegría.

F. Somos únicos. Nacemos en un lugar que nos estaba destinado, que nos mantendrá siempre lo bastante provistos de agua como para que, frente a obstáculos o depresiones, podamos tener la paciencia o la fuerza necesarias para seguir adelante. Nuestro curso comienza suave, frágil, de manera que hasta una simple hoja puede detenernos. Mientras tanto, como respetamos el misterio de la fuente que nos engendró y confiamos en su Eterna sabiduría, poco a poco vamos ganando todo lo necesario para recorrer nuestro camino.

G. Aunque seamos únicos, en breve seremos muchos. A medida que caminamos, las aguas de otras fuentes se aproximan, porque aquel es el mejor camino para seguir. Entonces ya somos  apenas uno, sino muchos y hay un momento en que nos sentimos perdidos. No obstante, como dice la Biblia, "todos los ríos corren hacia el mar". Es imposible permanecer en nuestra soledad, por más romántica que esta nos parezca.

Cuando aceptamos el inevitable encuentro con otros cursos de agua, acabamos entendiendo que eso nos hace mucho más fuertes, rodeamos los obstáculos y llenamos las depresiones en mucho menos tiempo y con mayor facilidad.

H. Somos un medio de transporte. De hojas, de barcos de ideas. Que nuestras aguas sean siempre generosas, que podamos llevar siempre adelante todas las cosas o personas que necesiten de nuestra ayuda. 

I. Somos una fuente de inspiración. Por lo tanto dejemos a un poeta brasileño, Manuel Bandeira, las palabras finales: 

"Ser como un río que fluye
silencioso en medio de la noche
sin miedo a la oscuridad.
Si hay estrellas en el cielo, reflejarlas.
Y si el cielo se llena de nubes
como el río las nubes son aguas
reflejarlas también sin tristeza
en las profundidades tranquilas".
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lunes, julio 24

Sevilla, un museo al aire libre

(Extraido de un texto de María León en Mujer de Hoy del 30 de enero de 2017. Ella es sevillana y se nota... )

enía muchas ganas de hablaros de mi querida Sevilla y, la verdad, hacerlo en un solo artículo es... ¡misión imposible! No solo es la ciudad que me vio nacer, sino también la que más quiero y con la que, sin duda, me quedaría si me diesen a escoger un solo destino en todo el mundo.

¿Recordáis aquella canción de Los del Río, la de "Sevilla tiene un color especial"? Pues bien, aunque se haya convertido en un tópico, tiene una base 100% real: la luz de Sevilla, tan cálida, tan mágica, es absolutamente distinta a todas y aporta una belleza singular a cada uno de sus rincones. ¡Lo notaréis en cuanto hagáis las primeras fotos!

Aunque me escapo a Sevilla cada vez que puedo, mis épocas favoritas para disfrutar de mi ciudad son la Navidad y la primavera. Es precisamente desde marzo a mayo cuando Sevilla luce en su máximo esplendor: las calles huelen a azahar e incienso y la Semana Santa y la Feria llenan sus rincones de magia.

En Sevilla el arte está en la calle y pasear te lleva a descubrir maravillas.

Antes de guiaros por mi recorrido personal sevillano, que funde lo tradicional con lo contemporáneo, me gustaría contaros algunas pinceladas históricas de Sevilla, sin las cuales no se puede entender lo que es la ciudad a día de hoy. Sobre el pasado de la ciudad circulan muchas leyendas magistralmente recogidas en el libro de José María de Mena Tradiciones y leyendas sevillanas, que os recomiendo leer mientras llegáis a este destino, desde su fundación a cargo de Hércules, hasta el enterramiento del Tesoro del Carambolo, oculto por un rey visigodo: unas piezas de oro de singular belleza que hoy se pueden disfrutar en el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid. Y si hacemos caso a los libros de historia, fue en la época de los Reyes Católicos cuando Sevilla, donde llegaban los barcos de la recién descubierta América, se convirtió en epicentro comercial europeo y, como consecuencia, en una urbe muy cosmopolita.

Un paseo con mucho arte

En Sevilla el arte está en la calle y pasear, sin buscar nada, te lleva a descubrir auténticas maravillas, es como si fuera un museo al aire libre. Un paseo imprescindible es el que rodea la Torre del Oro, la catedral (la más grande de España de estilo gótico), la Giralda, el Archivo de Indias y los Reales Alcázares (un conjunto de palacios de diferentes estilos, que supone en sí mismo un libro abierto para la historia del arte y la arquitectura, ya que recoge en un mismo lugar los estilos islámico, mudéjar, gótico, renacentista o barroco). La catedral, el Archivo de Indias y los Reales Alcázares son Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, ¡una razón más para no perdérselos!

Romántico y bucólico es el paseo por el Barrio de Santa Cruz (antiguo barrio judío, reformado para la Exposición Iberoamericana de 1929), con parada en la las plazas de Santa Cruz y Doña Elvira, en el Callejón del Agua y en el Patio de Banderas, desde donde se pueden tomar unas de las imágenes más especiales de la Giralda. Y, cómo no, un buen paseo por Sevilla incluye el Parque de María Luisa (los antiguos jardines del Palacio de Montpensier) y toda la zona de la antigua Expo del 29, que transformó la ciudad y nos regaló también la Plaza de España, del arquitecto Aníbal González.
En vuestros paseos por Sevilla no pueden faltar las casas históricas que son patrimonio artístico: el Palacio de Lebrija (del siglo XVI), pavimentado con mosaicos romanos; la Casa de Pilatos (1483), de la familia Medinaceli; la Casa Salinas (1570) o la Casa Guardiola (del siglo XIX), ambas impactantes.

Hablando de museos, son imprescindibles visitar el Museo de Bellas Artes (con obras de pintores de la escuela sevillana, como Murillo y Zurbarán), el Hospital de los Venerables (actual Centro Velázquez) o el CAAC, el Museo de Arte Contemporáneo ubicado en el antiguo Monasterio de la Cartuja. Y las iglesias de Sevilla, muchas de edificadas sobre antiguas mezquitas, son también museos, tanto por sus imágenes y retablos como por su construcción. Os recomiendo la Iglesia del Salvador, con el Cristo de Pasión; la Basílica del Gran Poder, con el imponente Señor de Sevilla; la Capilla de los Marineros, con su Esperanza Trianera; o la coqueta Capillita de San José, donde suelo ir a misa cuando estoy en Sevilla.

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sábado, julio 22

El Nadal, más de 70 años y más joven que nunca



(Un texto de Matías Néspolo en El Mundo del 29 de diciembre de 2013. Casi son 75 años ya, pero el artículo sigue vigente)

El […] día de Reyes, el galardón de novela más longevo de España cumple [más de] siete décadas de vida en plena forma y con una envidiable nómina de aciertos entre sus apuestas de autores noveles. 

El modelo se ha repetido hasta el hartazgo, con todos sus fallos inevitables, vicios latentes y tergiversaciones posibles en un verdadero aquelarre de galardones literarios para todos los gustos -en apogeo hasta la consabida crisis-, pero el original sigue allí, incólume y en perfecto estado de salud, a pesar de su longevidad, sin apenas variaciones. Un premio literario organizado por una casa editorial a obra inédita, con el objetivo de descubrir nuevos valores y aprovechar el evento como montaje promocional y reclamo a los potenciales lectores. Hay otros modelos, por supuesto, pero cada sistema literario e industria del libro inherente adoptan el suyo. Y si Francia tiene su Goncourt y Reino Unido, el Booker, España tiene su veterano Premio Nadal de Novela, que celebra en la tradicional velada del […] día de Reyes su […] aniversario. Lejos está de la inocente pureza de sus comienzos; pero sigue cumpliendo con mérito su función, y los servicios prestados a la literatura hispánica, en sus casi tres cuartos de siglo de historia, son innegables.

Todo comenzó el verano de 1944 cuando un treintañero Ignacio Agustí junto a sus colegas editores del semanario Destino José Vergés y Joan Teixidor deciden estimular la convaleciente narrativa de posguerra con un premio de novela a la manera de los galardones Crexells y Folguera, de los años de la República. Redactan las bases y, como pequeño homenaje, lo bautizan con el nombre del redactor jefe del semanario, Eugenio Nadal, fallecido de leucemia ese mismo año. Se fallaría la noche del 6 de enero, en cierto modo para desintoxicar del exceso navideño del régimen, y completarían el jurado los críticos literarios Juan Ramón Masoliver y Rafael Vázquez Zamora.

De los primeros 29 manuscritos recibidos, las cartas ya parecían beneficiar a César González Ruano y al gallego Álvarez Vázquez que se disputarían el premio, pero llegó un último original por correo a la redacción de Destino sobre la fecha límite de admisión. Comenzaba así: "Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie». Lo firmaba una jovencita desconocida de 23 años llamada Carmen Laforet. Se trataba de Nada, la novela que se impuso en las deliberaciones de la velada del 6 de enero de 1945 en el Café Suizo de Barcelona (a partir de 1958 la fiesta se trasladaría al Hotel Ritz, hoy Hotel Palace, donde permanece hasta la actualidad).

Laforet recibiría 5.000 pesetas de dotación -una pequeña fortuna en tiempos de carestía, teniendo en cuenta que una radio a transistores nueva costaba 500 pesetas de aquel entonces- por la obra que se inscribiría sin ambages en el gran canon de la literatura española del siglo XX. Y lo que a primera vista invita a pensar en un descomunal golpe de suerte en la puntería del jurado no lo fue en absoluto, porque el caso de Laforet ilustraba a las claras el espíritu del nuevo premio de novela, cuyos impulsores estaban dispuestos a arriesgarlo todo en el descubrimiento de nuevas voces y a no hacer concesiones a la tibia literatura oficialista del régimen franquista.

La calidad literaria era el único criterio válido, aunque se acabaran imponiendo, como en el caso de Nada, novelas extremadamente críticas con el régimen. Por otro lado, la liturgia del premio y la difusión del fallo, ya irreversible, eran una estratagema óptima para sortear la censura.

Y el espíritu del premio venía reforzado además por un idéntico espíritu editorial de la casa homóloga, Editorial Destino, que había inaugurado su catálogo en 1942 con Cavilar y contar de Azorín. Como fuera, la confirmación de esa línea precursora tan beneficiosa para la literatura con mayúsculas llegaría dos años después con la consagración de un joven y también desconocido autor novel de Valladolid, Miguel Delibes, en 1947 con La sombra del ciprés es alargada.

Es cierto que en sus 70 años de historia el Nadal ha estado muy lejos de ser infalible, a muchos galardonados se los ha tragado piadosamente el olvido, o al contrario: Juan Benet con Volverás a región jamás fue leído por el jurado porque ni siquiera pasó la primera selección.

También se ha mostrado refractario a los autores hispanoamericanos, sólo dos colombianos, Manuel Mejía Vallejo y Eduardo Caballero Calderón, y un argentino, Juan José Saer, lo ganaron. Puede que incluso haya cedido en ocasiones a modas y operaciones comerciales: la obra finalista de 1994, Historias del Kronen de José Ángel Mañas, vendió varias veces (80.000 ejemplares) lo que la ganadora, Azul de Rosa Regás.

Pero sin duda la historia de la novela española del siglo XX no se podría escribir sin el grueso de su nómina de premiados: Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Ramiro Pinilla, Álvaro Cunqueiro, Francisco Umbral, Fernando Arrabal, Juan José Millás, Rafael Argullol, Francisco Casavelia, Maruja Torres y el largo etcétera de una historia que aún no ha acabado.

En la órbita de Planeta

Desde comienzos de los 90, con la adquisición por parte del grupo de José Manuel Lara de Editorial Destino, el premio literario más antiguo de España quedó sumido en la gran órbita Planeta. Para algunos de sus detractores comenzó entonces una etapa marcada por una orientación más comercial que literaria. Sin embargo, el repaso de los autores premiados desde entonces: Alfredo Cande, Gustavo Martín Garzo, Lorenzo Silva, Andrés Trapiello, Pedro Zarraluki, Eduardo Lago, Francisco Casavella, Alicia Giménez Bartlett o Álvaro Pombo, entre otros citables, más bien desmiente la hipótesis. Lo que sí es cierto es que el premio se tomó un tanto conservador y perdió buena parte de la osadía y el riesgo con los que coronaba antaño a autores noveles o prácticamente desconocidos. La sorpresa regresó en la edición 2013 con la segunda novela del periodista cultural Sergio Vila-Sanjuán Estaba en el aire. Puede que buena parte de los 231 autores que han enviado su manuscrito a concurso para la edición del 70 aniversario sean noveles, jóvenes o poco conocidos y confíe en que el jurado vuelva a reparar en las nuevas voces, y no tanto en los autores consagrados.

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jueves, julio 20

Cruz Roja: la utopía realizada de Henry Dunant



(Un artículo de Luis Reyes en la revista Tiempo del 13 de febrero de 2013)

Ginebra, 9 de febrero de 1863. El filántropo suizo Dunant y cuatro directivos de la Sociedad Ginebrina para el Bienestar Público fundan la Cruz Roja.

Tras su triunfo en Waterloo, uno de los más decisivos de la Historia, Wellington, que tiene que escribir un informe para Londres mientras su ayudante y amigo el coronel Gordon agoniza a su lado, cae en una depresión. En el siglo XIX, cuando los generales todavía libran batallas cuyo escenario queda bajo su mirada, el campo después de la batalla es un escenario infernal para los ojos, los oídos y las narices. Se acumulan miles de muertos y, aún peor, de heridos con sus quejidos y gestos desesperados pidiendo un auxilio que nadie tiene capacidad de darles, y todo acompañado del olor de la muerte y la podredumbre, que termina sobreponiéndose al de la pólvora.

El emperador francés Napoleón III, sobrino de Napoleón el Grande, que había basado su carrera política y su toma del poder en el halo de gloria militar de su nombre, se enfrenta por primera vez a ese espectáculo con más de 50 años, tras su victoria en la batalla de Montebello. Ya impresionado por los montones de cadáveres que se entierran en fosas comunes, entra en una granja convertida en hospital de campaña. “El olor que se desprende se le agarra a la garganta –escribe un cronista–. Sobre mesas de cocina los cirujanos, con delantales cubiertos de sangre, examinan, cortan, cauterizan. En un rincón hay un repugnante montón de manos y pies amputados. Se escapan gritos y alaridos, junto a maldiciones y quejas. Napoleón III está lívido”.

Un mes después de Montebello, el 24 de junio de 1859, viene Solferino, la batalla decisiva de esa guerra que enfrenta a franceses e italianos contra austriacos en la que se decidirá el nacimiento de un nuevo país, la Italia unificada. El teatro de la muerte y el dolor se repite, pero magnificado por el gran número de combatientes, 100.000 austriacos y 120.000 franco-piamonteses. Al final del combate hay 38.000 bajas de los dos bandos esparcidas en el campo de Solferino. La batalla ha estado presidida por tres soberanos, el emperador Francisco José de Austria, Napoleón III y el rey Víctor Manuel del Piamonte, pero no será ninguno de ellos quien tome las medidas heroicas que exige la situación, sino un civil de un país neutral que ha ido allí para hacer una reclamación económica.

Se trata del hombre de negocios suizo Henry Dunant, dueño de una sociedad colonial en Argelia, que persigue a Napoleón III porque el Gobierno francés no le da las ayudas prometidas. El espanto de Solferino, sin embargo, le hace olvidar su demanda y dedica su dinamismo empresarial a organizar a las mujeres de los pueblos cercanas para atender a los heridos sin distinción de uniforme. Son ellas, las mujeres italianas, quienes acuñan el lema de Solferino: Tutti fratelli (“Todos somos hermanos”). Ahí está resumido el espíritu de la Cruz Roja, atender a las víctimas sin tener en cuenta su bando.

Una de las razones del abandono de los heridos, pese a que todos los ejércitos europeos tienen servicios de sanidad, es que se considera a los médicos militares combatientes, y cuando su ejército retrocede ellos también lo hacen para no ser apresados o muertos, abandonando los hospitales de campaña. Precisamente una de las iniciativas de Dunant es convencer a Napoleón III para que libere al personal sanitario austriaco prisionero, para que ayude en el socorro. Así se van acumulando en la mente del suizo los elementos que cuajarán en su invento, la Cruz Roja. Dunant se encarga también de comprar lo que necesitan los heridos de Solferino. Pocos años después su entrega a la causa humanitaria le costará la ruina.

Militante humanitario

¿De dónde ha salido este hombre providencial? Henry Dunant pertenece a una familia calvinista de Ginebra, tan devota en su estricta religión como activa en el altruismo social. En el siglo XIX hay una corriente de cambio social: abolición de la esclavitud, protección de las mujeres y los menores, respeto a las minorías, tratamiento humano en manicomios y cárceles. El joven Henry es llevado por su padre a una prisión, para que conozca los horrores que hay que resolver, y la visita le marca. A los 19 años funda la Asociación del Jueves, un grupo de jóvenes que lee la Biblia y hace trabajo social. Luego creará en Ginebra la YMCA (Asociación de Jóvenes Cristianos), la primera gran organización juvenil internacional.

Dunant es por tanto un activista, y escribe un libro, Recuerdos de Solferino, que será leído en toda Europa, a la vez que viaja por el continente predicando su causa. En su ciudad natal tiene una especial repercusión, y la Sociedad Ginebrina para el Bienestar Público, una organización presidida por el jurista Gustave Moynier, se suma al proyecto. La primera reunión entre cuatro de sus directivos y Henry Dunant, que forman el Comité Internacional de la Cruz Roja, es el acto fundacional de la organización. Ese comité reúne a delegados de 14 estados para poner en marcha el proyecto, y al año siguiente patrocina otra reunión internacional en donde 12 países firman la Convención de Ginebra, el primer intento internacional serio de paliar los males de la guerra con unas obligaciones humanitarias para los estados.

La Cruz Roja está en marcha e irá cobrando cada vez más fuerza, pero Dunant en cambio desaparece de escena, como si se hubiera muerto. No lo está, aunque ha sufrido un doble ataque letal. Por una parte, sus diferencias con Moynier. Dunant es cada vez más un idealista visionario, que se involucrará en la abolición de la esclavitud, los derechos de la mujer o incluso la creación de un Estado judío que libere a los hebreos de vejaciones y progroms. El jurista Moynier en cambio es un pragmático que aísla y anula a Dunant mientras toma el control burocrático de la Cruz Roja, hasta apartarle completamente del proyecto.

Por otra parte, Dunant ha descuidado la gestión de sus negocios, entregado en cuerpo y alma a la Cruz Roja, y le sobreviene la ruina y el acoso por parte de una legión de acreedores. No le queda más que apartarse de los focos y durante 30 años nadie se acuerda de él. Hasta que un día de 1895 un periodista lo descubre en el asilo de ancianos de Heiden, un recóndito pueblo de la Suiza alemana, y escribe un artículo que publica una revista en Alemania.

Reconocimiento

El artículo es reproducido por periódicos de todas partes, y el mundo parece hacer un acto de contrición por haber olvidado al filántropo. El Papa escribe a Dunant, la zarina María Feodorovna de Rusia le asigna una pensión vitalicia, recibe premios y subvenciones de varios países, la Universidad de Heidelberg lo nombra doctor honoris causa, aparece un libro de Rudolf Müller en donde se rectifica la historia oficial de la Cruz Roja, que ignoraba a Dunant...

La culminación de estos reconocimientos es el premio Nobel de la Paz en su primera edición (compartido con el pacifista francés Frédéric Passy), galardón en el que, por cierto, tiene que competir con Moynier y el Comité Internacional de la Cruz Roja, también candidatos. Sin embargo, el Comité Internacional de la Cruz Roja le envía una felicitación que supone la reparación oficial: “No hay hombre alguno que merezca más este honor [...] Sin usted, la Cruz Roja, el supremo logro humanitario del siglo XIX, probablemente nunca se habría logrado”.

Por desgracia, Dunant no se puede beneficiar de los 104.000 francos suizos del Premio Nobel. Los acreedores acechan desde hace años, y su valedor ante el Comité Nobel, el militar noruego Hans Daae, deposita el dinero en Noruega, lejos de sus demandantes. Dunant seguirá viviendo en el asilo de ancianos de Heiden hasta su muerte en 1910, aunque ahora sin pasar necesidades y, sobre todo, gozando del reconocimiento del mundo.

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