Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

jueves, agosto 6

Rehenes del algoritmo

(La columna de Juan Manuel de Prada en el XLSemanal del 13 de octubre de 2024)

A menudo nos referimos a los peligros en ciernes que el periodismo tendrá que afrontar con el desarrollo de la llamada -con detestable oxímoron- 'inteligencia artificial'; y se nos olvida referirnos a los peligros ya asumidos, consumados y enquistados.

Extrañamente, cuando se habla de 'inteligencia artificial" no advertimos que los llamados 'algoritmos constituyen una de sus variantes, si se quiere rudimentaria mas no por ello menos insidiosa. Por 'algoritmos' nos referimos al conjunto de fórmulas de programación que emplean los grandes motores de búsqueda en interné, favoreciendo la visibilidad de algunas noticias o publicaciones y dificultando la de otras; o determinando quiénes serán las personas a las que dichas noticias o publicaciones se les mostrarán en sus artilugios electrónicos. Los 'algoritmos' rigen el funcionamiento de las redes sociales, imponen una selección 'basada en los gustos del usuario' y determinan nuestra navegación en interné (a veces incluso de forma intrusiva y capciosa). Inevitablemente, los 'algoritmos' han logrado influir en los contenidos que ofrecen los medios de comunicación, que ajustan y retocan sus contenidos para amoldarse a las 'preferencias' del omnimodo Google (que, por supuesto, no son inocentes. ni aleatorias), en su afán por captar la veleidosa atención del lector, a veces etiquetándolos con términos resultones o sensacionalistas, o rotulando de formas equívocas y chillonas, o incluso fabricando 'seudonoticias' protagonizadas por la chusma de famosetes que nos infesta, o por los homínidos que participan en los concursos televisivos (siempre, por supuesto, haciendo énfasis en sus alegrías o bochornos de bragueta, en sus declaraciones más austrolopitecas, etcétera). Todo ello convierte las webs de muchas publicaciones en auténticas letrinas del chismorreo inane que sólo pueden complacer a gentes inmundas y gravemente cretinizadas, mientras provocan desapego y grima entre los lectores más exigentes.

Y a esta infestación de cochambre favorecida por los 'algoritmos' hay que sumar otro efecto demoledor sobre el periodismo digno de tal nombre. Una vez averiguadas las fórmulas del 'algoritmo' que favorecen el 'posicionamiento' e incrementan el 'tráfico', muchos medios se dedican a repetir hasta la náusea los mismos asuntos birriosos y tratamientos párvulos, con la esperanza de que los motores de búsqueda, los 'agregadores' de noticias, los 'feeds' personalizados y demás ingenios de la programación piquen el anzuelo y atraigan nuevos usuarios hasta sus aguas (que para entonces se han convertido más bien en una charca de vómitos regurgitados). De este modo, la información resulta suplantada por un zurriburri de inanidades y engañifas sin fuste, un reciclaje machacón de los mismos materiales de derribo y una agotadora explotación de fórmulas basurientas, hasta convertir los medios de comunicación en una suerte de rueda para hámsteres.

Esta inmolación del periodismo en los altares del 'algoritmo' se justifica alegando que de este modo se alcanzan los objetivos comerciales deseados; pues, de lo contrario, si se hiciese caso omiso de las querencias de los motores de búsqueda, se condenaría al medio a la invisibilidad. Así se sacrifican la calidad y diversidad de los contenidos, se reprimen la creatividad y la perspicacia del periodista y se renuncia al rigor que debe regir la selección de noticias. Y todo ello para incrementar el 'tráfico', para asegurarse 'posiciones' preferentes en la selección personalizada que los motores de búsqueda brindan a los 'usuarios', en cuanto encienden sus artilugios electrónicos. Acaso sin darse cuenta, los medios de comunicación que satisfacen los 'algoritmos' están enterrando el oficio periodístico, provocando desafección entre quienes anhelan que la verdad sea alumbrada (que es la misión del periodismo digno de tal nombre), a cambio de apacentar a unas masas cretinizadas que sólo requieren una ración de alfalfa que las mantenga entretenidas e hipnotizadas ante su pantallita táctil.

Si el periodismo en verdad desea sobrevivir tendrá necesariamente que desentenderse de los 'algoritmos' y fundar su fortaleza en el compromiso de sus lectores, dispuestos a pagar por acceder a unos contenidos rigurosos y esmerados, inspirados en la búsqueda de la verdad. De lo contrario, el triste destino del periodismo no será otro sino el de actuar de mamporrero de la llamada 'inteligencia artificial', cuya misión es la misma que la de aquel anillo de Sauron en la célebre novela de Tolkien: «Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas». 

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miércoles, julio 29

'Ichigo ichie'

(Una carta escrita al XLSemanal por María Bretos Lana y publicada el 13 de octubre de 2024)

Un joven empresario me enumeró las mejores lecciones de su vida: "Entender que todo termina, apreciar lo que tienes y vivir el presente». Sin saberlo, había descubierto el significado de la filosofía japonesa que titula esta carta ('una oportunidad en la vida"). La transitoriedad es una constante ineludible. Con mi primer cuarto de siglo ya cumplido, lo tengo claro: aceptar que todo tiene un final no es resignarse, es encontrar en ello una motivación para aprovechar cada instante, valorar la vida en todas sus formas y aprender a soltar, dejar ir lo que ya cumplió su ciclo y abrazar lo nuevo, con sus incertidumbres
y promesas. Este escrito no solo invita a vivir más intensamente: es un grito a ser más conscientes de nuestras acciones y decisiones. Así que toma ese café pendiente, saborea el silencio, despeja tu mente caminando sin rumbo fijo, abandona las amistades que no mereces y rie a carcajadas recordando aquella anécdota. Y, por favor, recuerda desconectar del mundo tecnológico.

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miércoles, julio 22

Yo y mis supersticiones

(La columna de Carmen Posadas en el XLSemanal del 13 de octubre de 2026)

En uno de los muchos templos budistas que visité en un reciente viaje a Camboya con la familia, asistimos
a una ceremonia que culminó con una bendición simbolizada por una cinta de lana gruesa de dos colores que, entre cánticos, un monje nos ató a la muñeca. Una cinta destinada a atraer la buena suerte, propiciar todo tipo de situaciones positivas y hacer que se cumpla aquello que uno desea en ese momento. Total y en resumen, un amuleto rebosante de virtudes, pero bastante feo y, sobre todo, difícil de esconder, por lo que aquí tienen ahora a servidora de ustedes con este dilema: ¿aguanto con estas lanas rojas y color azafrán que encima pican a rabiar hasta que se caigan de viejas y se complete el conjuro (dos o tres años, calculo yo) o les doy un tijeretazo y fin del engorro? Lo más absurdo del asunto es que yo nací un viernes 13 y me considero inmune a todas las supersticiones habituales. Me da igual ser trece a la mesa o derramar sal en el mantel. Cada vez que veo una escalera, paso por debajo, y les hago pedorretas a los gatos negros y a las culebras. Pero, ay, las pulseritas como las que llevo ahora mismo. Las pulseritas cumpledeseos son para mí harina de otro costal. Les contaré por qué. Hace años, en una época nada fácil de mi vida, una amiga me regaló una cinta tan cantosa y feucha como la que ahora llevo. Una del Senhor do Bonfim de Bahía, color amarillo chillón, que para más inri estaba confeccionada con no sé qué material plástico irrompible que tardó añares en desgastarse.

Pero, oh, portento. Cuando por fin, raída y desastrada, se rompió, tres días más tarde, gané el Premio Planeta. ¿Casualidad? Puede. Pero yo tengo otra teoría al respecto. Los conjuros cumplen una función. En realidad, dos. La primera es marcar, en este caso con una pulsera, que uno quiere alcanzar tal o cual objetivo: encontrar un trabajo, enamorarse, tener un hijo, etcétera. Obviamente, la cintita en cuestión no tiene poderes taumatúrgicos, pero posee, en cambio, un poder imbatible: el de poner en marcha nuestra voluntad de conseguir algo. Además, es un recordatorio diario de que nos hemos enfocado en conseguir tal o cual objetivo y que trabajamos en su obtención. Para eso sirven los símbolos y los rituales. Para predisponernos. Y el truco funciona. Esto explica, por ejemplo, las infinitas supersticiones que existen de las que solo les pondré un ejemplo. En muchas culturas se dice que bañarse en tal o cual playa o en tal o cual río propicia la fertilidad y hace que una mujer quede embarazada. Y en muchos casos, incluso algunos muy complicados, así ocurre. ¿Quiere esto decir que el agua tiene poderes mágicos? No, pero hacer un ritual y cumplir con los requisitos que este requiere pone en marcha mecanismos que existen en nosotros y que desconocemos. Es exactamente lo mismo que ocurre con el efecto placebo. Basta con creer que algo nos va a curar para que una píldora de agua con azúcar logre que así sea. Pero volvamos a nuestros rituales. Da igual lo absurdos que estos sean (dar siete veces la vuelta a un pozo para hacer desaparecer una verruga o cortarse las uñas a la luz de la luna para conseguir novio o novia), el caso es que funcionan. Porque, además de predisponernos a conseguir el fin que perseguimos, los rituales generan confianza. Que se lo digan si no a los deportistas. Cada uno tiene los suyos y no da un paso sin ellos. Rafa Nadal antes del saque realiza una serie siempre idéntica de muecas y gestos, mientras que Cristiano Ronaldo empieza a vestirse por el brazo o la pierna derecha y siempre ocupa el mismo asiento en el autocar que lo lleva al campo. ¿Bobadas? Sí y no, según se mire. Bobada sí, porque un ritual no tiene nada de científico. Y bobada no, porque, si alguno surte efecto, a ver quién es el guapo que no se entrega a él. Por eso, aquí me tienen con mi cinta de lana picosa color azafrán en la muñeca. No porque me haya hecho budista ni porque crea en las meigas (que sí que creo), sino porque en unos días sale mi nueva novela y espero que guste y que encuentre su público. Está basada en una serie de hechos reales, tiene a Emilia Pardo Bazán como personaje y, por detrás de toda la trama, navega el Titanic. Pero sobre todo está escrita siguiendo esa premisa de Oscar Wilde que dice que «la mejor manera de hablar de temas serios (el amor, la muerte, la injusticia, la esperanza, etcétera) es hacerlo en broma». Va por ustedes. 

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martes, junio 23

Esa saludable incertidumbre

 (La columna de Arturo Perez Reverte en el XLSemanal del 18 de octubre de 2020. La subscribo de cabo a rabo; yo también soy de las que confían en el papel, en sus manos y en usar la cabeza para que no se olvide cómo hacerlo)

Si se entra y sale de las redes sociales sin tomárselas muy en serio, adoptando precauciones profilácticas, éstas son un medio estupendo para tomar el pulso al paisaje y al paisanaje. Un magnífico termómetro de la temperatura y del mundo. En mi caso, cada vez que me asomo a ellas aprendo algo. También me liberan de algunas o de muchas cosas. De cierta clase de compasión, por ejemplo, ante los efectos de la estupidez humana, que Twitter, Facebook y sitios así ayudan a detestar y temer más que la maldad. Pero ése no es el objeto de este artículo. Creo.

Hace unos días, en una foto que colgué en Twitter se veía la mesa de cartas del velero en el que navego cuando puedo hacerlo; y en ella, una carta náutica tradicional y un cuaderno de bitácora con la singladura anotada hora a hora. Muchos seguidores, navegantes o no, lo acogieron con comentarios simpáticos: viejas maneras, tradiciones del mar, etcétera. Sin embargo, aparte el placer de comunicarme con amigos y gente afín –algunos colgaron sus propias fotos, y fue un rato divertido–, aquello tuvo una variante curiosa: los mensajes de quienes no comprendían esa imagen e incluso se choteaban de ella. Vaya forma rancia de navegar, señalaban. Eso es postureo, don Arturo. Entre en el siglo XXI y entérese de que existen el GPS, el plotter y el móvil. Que parece usted un abuelo Picapiedra.

Fue interesante por varias razones. Como puede suponer quien sepa de barcos, a bordo llevo todos esos instrumentos, y los uso cuando salgo al mar. Lo que no es obstáculo para que, de forma paralela, mantenga ciertos usos o precauciones, como fiarme más de una carta de papel que de una electrónica, o trazar con lápiz, regla y compás los rumbos a seguir y el camino hecho en viajes largos, así como situarme cada hora (con el GPS, naturalmente, aunque de vez en cuando sucumbo al placer de tomar enfilaciones a tierra o hacerlo en la carta mediante la sonda) y registrar posición e incidencias en un cuaderno de bitácora. Es más: a riesgo de horrorizar a la peña, confieso que llevo en la camareta un sextante, porque a mi generación de capitanes de yate del Pleistoceno Inferior nos lo exigían para el examen, y todavía sé tomar la meridiana, aunque maldita la falta que haga ahora. Sin embargo, nunca se sabe. Y ahí está el punto. En que nunca se sabe.

Una de las ventajas de ciertas biografías es que adiestran para la percepción del desastre. Y no hace falta trabajar veintiún años en países en guerra: cualquier médico, soldado, bombero, abogado, policía, sabe a qué me refiero. El mundo es un lugar peligroso y todo puede irse a tomar por saco con mucha naturalidad. Lo que pasa es que estamos convencidos de que la tecnología, simbolizada en el teléfono que llevamos en el bolsillo, es infalible y nos pone a salvo. Y ahí está el error, pues cada avance técnico incluye un fallo específico: cada Titanic tiene su propio iceberg. Y esa confianza y ese olvido nos hacen vulnerables, pues renunciamos, cada vez más, a medios de supervivencia alternativos.

Dirán ustedes que soy un pesimista y un cenizo; pero igual que a bordo llevo cartas de papel y sextante, en casa conservo una vieja Olivetti que no uso, pero ahí está por si acaso. Y puesto a tener móvil, llevo un Nokia que sólo sirve para hablar, pero que no pasa nada si lo pierdo, y que no puede piratear ni la madre que me parió. Y los números, direcciones, documentos, billetes de tren o avión, novelas en que trabajo, también los doblo en papel. Y cada día me muevo por la vida procurando adaptarme al mundo electrónico y frágil en el que una panda de hijos de puta que pretenden ahorrarse empleados, y millones de borregos acomodaticios, me obligan a vivir; pero lo hago con la saludable incertidumbre de quien sabe que la electricidad se corta o acaba, que la tecnología falla, que el mundo está gobernado y habitado por un exceso de irresponsables. He visto demasiadas ciudades a oscuras, grifos sin agua, bombillas sin luz, bancos con la gente llorando en la puerta, inviernos sin calefacción y veranos sin ventilador. También a pasajeros quedarse en tierra porque la tarjeta de embarque del móvil se les había ido a hacer puñetas. Y en dos ocasiones, una navegando entre Baleares y Cerdeña y otra doblando el cabo de Gata entre mercantes, por apagones de conflictos bélicos o averías, estuve sin posición GPS durante casi una hora. Porque, como dijo no recuerdo quién, que seas un poquito paranoico no significa que realmente no vayan a por ti.

Así que háganse cargo. Cómo no voy a llevar una carta náutica de toda la vida a bordo, oigan. Y una brújula. Cómo no las voy a llevar.

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jueves, marzo 5

Basta de pensamiento positivo

(La columna de Carmen Posadas en el XLSemanal del 20 de junio de 2021)

Todos los días me llegan lo menos seis o siete libros. Los libros son parte importante de mi vida, pero a este paso, acabaré sepultada por ellos. Una recomendación: si tienen un amigo escritor, regálenle una colonia, un jamón o un canario flauta, cualquier cosa antes que un libro. La gente rara vez acierta en su elección y, como nosotros somos bibliómanos irredentos, nos los quedamos todos, so peligro de avalancha o derrumbe. En mi caso, es algo así como el síndrome de Diógenes pero en versión Galaxia Gutenberg.

Entre tal libresca invasión, en ocasiones uno encuentra un ejemplar interesante. No sólo alguna novela o ensayo a los que ya le había echado el ojo y pensaba comprar. También –y estos son los más paradójicos– otros volúmenes ante los que habría pasado de largo sin mirar ni la solapa. Tal es el caso de Hasta los cojones del pensamiento positivo, de Buenaventura del Charco Olea, que me acaba de enviar mi amigo José David Romero, de la editorial Samarcanda. Digo que habría pasado de largo sin echarle un vistazo porque, por su factura, puede uno pensar erróneamente que es un libro de autoayuda, cuando se trata exactamente de lo contrario. Bajo tan expresivo título, encontrará el lector un trabajo poco común. Con un tono ameno y una argumentación inteligente y a la vez arriesgada, Buenaventura del Charco, psicólogo y profesor universitario, se dedica a echar por tierra una de las milongas más arraigadas de nuestro tiempo, el pensamiento positivo. Ese que, a base de mensajes bonitos pero inservibles, intenta convencer a quien tiene un problema de que la solución a todos sus quebrantos depende solo de su actitud, de su talante. «Sonríe», «Sé feliz», «Querer es poder», «Tú eres el rey de universo…».

Estos son los supuestamente sanadores mantras que nos venden a diario coaches, escritores de libros de autoayuda y demás gurús. El lector que intenta seguir estas bonitas consignas, pronto descubre que no sólo no encuentra solución a sus problemas, sino que, además, acaba sintiéndose culpable. Porque, según la teoría vigente, para sentirse bien lo único que uno debe hacer es tener una actitud positiva y, entonces, abracadabra, todo se arregla como por ensalmo. Y, siempre según esta teoría, si no lo consigue, es porque está 'pensando mal' o es 'tóxico'. En otras palabras, en vez de ser empáticos y comprensivos con quienes sufren, se les exige sonreír y fingir que son felices en aras del sacrosanto pensamiento positivo. Según Buenaventura del Charco, esta receta sólo crea frustración y dolor. Primero, porque hoy en día en el mundo (y son cifras de la OMS) hay trescientos millones de personas que conviven con la depresión y casi otras tantas con la ansiedad. A ellas hay que sumar, además, otra cantidad igualmente numerosa de gente que lucha con problemas sobrevenidos (pérdida de empleo, una muerte, una situación financiera desesperada, etcétera). Y a todas ellas lo que se les dice es que sonrían, que aparenten que todo va fenomenal, haciéndoles creer que la solución está en su mano cuando, evidentemente, no es así.

La segunda razón por la que el pensamiento positivo puede ser muy dañino es porque lo que propone es contrario a cómo está diseñada la mente humana. Cuando la vida nos golpea, nuestra atención se focaliza en el llamado 'dolor emocional' para entender qué nos pasa e intentar dilucidar qué mecanismos poner en marcha y así afrontar el problema. Estos mecanismos van desde pelear para protegernos hasta aceptar una derrota o una muerte o incluso sentir miedo, que es un recurso diseñado para escapar del peligro. En cambio, la evitación emocional –que es lo que propugna el pensamiento positivo (intentar minimizar y ahogar las emociones desagradables en vez de afrontarlas)– lo único que consigue es que estas se vuelvan más intensas e incontrolables, con el agravante de que, si no lo conseguimos, la culpa es nuestra por no ser lo suficientemente 'positivos'. Frente a estas recetas fallidas el libro ofrece otras más acordes con los mecanismos con los que la naturaleza nos ha dotado para hacer frente a la adversidad. Son largas de enumerar aquí, pero vale la pena leerlas y ponerlas en práctica porque están llenas de sentido común y también de ancestral sabiduría. Al fin y al cabo, si la evolución ha ido seleccionándolas como útiles a lo largo de años, siglos y milenios, será por algo, digo yo.

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viernes, enero 30

Tragacionistas

(La columna de Juan Manuel de Prada en el XLSemanal del 14 de marzo de 2021)

Hace apenas unas semanas, unas declaraciones de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica y los remedios que se han arbitrado para contenerla provocaban gran escándalo entre los biempensantes que babean de fascinación idolátrica cuando cualquier actor famoso pontifica sobre el cambio climático, o sobre el fascismo, o sobre cualquier otro asunto del que no tiene ni puñetera idea, ensartando topicazos sistémicos. Que es, por cierto, lo que hacen casi siempre los actores famosos: vomitar como loritos las paparruchas y lugares comunes que interesan a los que mandan, para obtener a cambio mejores contratos y el aplauso gregario de las masas cretinizadas.

Habría que empezar diciendo que la opinión de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica tiene el mismo valor que –pongamos por caso– la opinión del actor Javier Bardem sobre el cambio climático. Sin embargo, las paridas y lugares comunes sobre el cambio climático que el actor Javier Bardem repite como un lorito desde las tribunas más encumbradas son consideradas dogma de fe por los biempensantes. Puede que la actriz Victoria Abril soltase también algunas paridas sobre la plaga coronavírica; pero, al menos, no prodigó los lugares comunes pestíferos que suelen soltar sus compañeros de profesión (más pestíferos cuanto más famosos son). Y, junto con algunas paridas y observaciones dudosas, Victoria Abril soltó también algunas verdades como templos que merecen nuestra consideración; y, en algunos casos, nuestro aplauso ante su valentía, pues por atreverse a pronunciarlas firmará en los próximos años menos contratos (que se repartirán las actrices que ensarten con mayor entusiasmo las paparruchas sistémicas que interesan a los que mandan). Por lo demás, las paridas y observaciones dudosas que Victoria Abril deslizó en sus declaraciones se pueden refutar tranquilamente, sin necesidad de desprestigiarla, como hacen los jenízaros del discurso oficial que pretenden convertirnos en ‘tragacionistas’; o sea, en botarates que se tragan las versiones oficiales y las repiten como loritos o actores comprometidos (con su bolsillo y con la bazofia sistémica circulante). Sólo los tragacionistas se niegan a aceptar, por ejemplo, que China ha ocultado deliberadamente (con la ayuda impagable de los mamporreros de la OMS) los orígenes del virus. Sólo los tragacionistas se niegan a reconocer que la plaga coronavírica ha propiciado los más variopintos experimentos de biopolítica e introducido prácticas de disciplina social completamente arbitrarias e irracionales (empezando, por cierto, por el uso de mascarillas en espacios abiertos) que se ciscan en los tan cacareados ‘derechos’ y ‘libertades’ de las antaño opíparas y hogaño escuálidas democracias. Sólo los tragacionistas se niegan a asumir que la plaga ha sido utilizada como excusa por gobernantes psicopáticos para devastar las economías locales, provocando la ruina de infinidad de pequeños negocios, condenando al paro a millones de personas y favoreciendo la hegemonía de las grandes corporaciones transnacionales. Sólo los tragacionistas se niegan a discernir las burdas manipulaciones, medias verdades y orgullosas mentiras que han propagado nuestros gobernantes y sus voceros mediáticos durante el último año.

Sólo los tragacionistas se niegan a discutir la eficacia de medidas restrictivas caprichosas y confinamientos desproporcionados que, además, han tenido altísimos costes sociales y económicos. Sólo los tragacionistas se niegan a admitir que las vacunas son una terapia experimental que se está administrando sin cumplir los plazos y los protocolos de seguridad establecidos y cuyos efectos secundarios no se han explorado suficientemente (aunque, desde luego, sus efectos bursátiles sean de sobra conocidos). Sólo los tragacionistas, en fin, se niegan a examinar todas estas evidencias, tal vez porque si lo hicieran tendrían que confrontarse con su estupidez gregaria y su sometimiento lacayuno a las consignas sistémicas.

Son estos tragacionistas, pues, los auténticos negacionistas, que con tal de sentirse abrigaditos en el rebaño renuncian a la ‘nefasta manía de pensar’. Pues el ‘negacionismo’, aparte de un empeño desquiciado en prescindir de la realidad, es también un anhelo gregario, una penosa necesidad de buscar protección y falsa seguridad en conductas tribales. Y no hay conducta más tribal que tragarse las versiones oficiales sin someterlas a juicio crítico, señalando además como réprobos a quienes osan ponerlas en entredicho. Tal vez esos réprobos suelten de vez en cuando alguna parida; pero al menos no regurgitan el pienso que se reparte a los borregos.

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martes, diciembre 9

What the Beatles Gave Science

(An article by Sharon Begley read on 23rd December 2007, but I don't know where it comes from...)
 
Like millions of others who believed there must be more to life than the libertine exuberance of the '60s, the Beatles hoped that the Hindu teacher Mahesh Yogi—known as the Maharishi, or "great saint"—would help them "fill some kind of hole," as Paul McCartney put it years later. So in the spring of 1968, the Fab Four traveled to the Maharishi's ashram overlooking the Ganges River in northern India, where they meditated for hours each day in search of enlightenment, as Bob Spitz recounts in his exhaustive 2005 biography, "The Beatles." The high-profile visit still echoes 40 years later—in, of all places, science, for the trip popularized the notion that the spiritual East has something to teach the rational West. Soon the Maharishi was on Time magazine next to the line "Meditation: The Answer to All Your Problems?"
 
It wasn't. But in the late 1960s a few intrepid scientists began dipping their toes into the exotic new waters to study the effects of Transcendental Meditation (TM), which the Maharishi developed, and other forms of mental training. Most of that early research "was just not of high caliber," says B. Alan Wallace, president of the Santa Barbara Institute of Consciousness Studies. "Reputable scientists were told, 'We can't study that; we'll be tarred and feathered'." But just as meditation has become as mainstream as aerobics, research on it has achieved a respectability that astonishes those who remember the early floundering. With neuroscientists at the University of California, Davis, Wallace is leading a $1.4 million study of the effects of intensive meditation on attention, cognitive function and emotion regulation. Prestigious institutions such as the M.D. Anderson Cancer Center conduct studies on how Tibetan yoga improves sleep in patients with lymphoma, and top journals publish research on the brain waves of Buddhist monks. Studies of meditation are more than mainstream. They're expanding beyond the predictable—I mean, how surprising is it that meditating lowers stress?—into uncharted terrain, such as how different forms of meditation alter brain circuits in an enduring way.
 
In large part, that research is making headway because it's much more rigorous than in the early days. Then, few studies accounted for the annoying little fact that meditators' low levels of stress might reflect self-selection (maybe only mellow people chose to meditate and stuck with it) rather than the practice itself. Nor did they consider that the reduction in stress, blood pressure, heart rate and other measures between the beginning and the end of a meditation course might reflect the placebo effect: you expect something good to happen, and it does. "You can't really control for that," says Robert Schneider of Marahishi University of Management in Iowa, a center of research on TM, "but new studies come close." Although relaxation techniques and TM both lower blood pressure, for instance, the effect of TM is twice as big. Top hospitals from Stanford to Duke are convinced: they have instituted meditation programs for patients suffering chronic pain and other ailments.
 
Afraid to sully their reputations, it took three decades for scientists to ask the obvious: does meditation change the brain? But in the 1990s British psychiatrist John Teasdale became intrigued with mindfulness meditation, a Buddhist practice in which you sit quietly and observe whatever thoughts and perceptions arise in your consciousness, but without judging them. He and colleagues showed that mindfulness training halves the rate at which people treated for depression relapse. That set the stage of studies showing that mere thought can alter brain activity in a long-lasting way that benefits other forms of mental illness.
 
Neuropsychologist Richard Davidson of the University of Wisconsin had practiced meditation since the 1970s but didn't dare study it. Only in the 1990s did he "come out of the closet," he says. Now Buddhist monks and yogis trek to his lab to have their brains scanned. They look different from the brains of undergraduates (but then, whose doesn't?), having stronger electrical waves of the kind that knit together disparate thoughts into the grand enterprise of consciousness.
 
Even in novices, meditation leaves its mark. An eight-week course in compassion meditation, in which volunteers focus on the wish that all beings be free from suffering, shifted brain activity from the right prefrontal cortex to the left, a pattern associated with a greater sense of well-being. And three months of intensive training (10 to 12 hours a day) in mindfulness meditation had a remarkable effect on attention. Usually, when something attracts your attention—in this study, a number interrupting a stream of letters on a screen—it takes the brain's attention machinery time to reset. If two numbers flash less than 0.5 seconds apart, most people don't see the second one. But after mindfulness meditation, with its focus on sharpening attention, volunteers detected many more numbers, Davidson's team reported this year. What happened was that the meditators used fewer attention circuits to perceive the first number and therefore had enough left over to detect the second. Meditation is still not "the answer to all your problems," but it's having a good run unveiling the brain's secrets.

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