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jueves, julio 20

Cruz Roja: la utopía realizada de Henry Dunant



(Un artículo de Luis Reyes en la revista Tiempo del 13 de febrero de 2013)

Ginebra, 9 de febrero de 1863. El filántropo suizo Dunant y cuatro directivos de la Sociedad Ginebrina para el Bienestar Público fundan la Cruz Roja.

Tras su triunfo en Waterloo, uno de los más decisivos de la Historia, Wellington, que tiene que escribir un informe para Londres mientras su ayudante y amigo el coronel Gordon agoniza a su lado, cae en una depresión. En el siglo XIX, cuando los generales todavía libran batallas cuyo escenario queda bajo su mirada, el campo después de la batalla es un escenario infernal para los ojos, los oídos y las narices. Se acumulan miles de muertos y, aún peor, de heridos con sus quejidos y gestos desesperados pidiendo un auxilio que nadie tiene capacidad de darles, y todo acompañado del olor de la muerte y la podredumbre, que termina sobreponiéndose al de la pólvora.

El emperador francés Napoleón III, sobrino de Napoleón el Grande, que había basado su carrera política y su toma del poder en el halo de gloria militar de su nombre, se enfrenta por primera vez a ese espectáculo con más de 50 años, tras su victoria en la batalla de Montebello. Ya impresionado por los montones de cadáveres que se entierran en fosas comunes, entra en una granja convertida en hospital de campaña. “El olor que se desprende se le agarra a la garganta –escribe un cronista–. Sobre mesas de cocina los cirujanos, con delantales cubiertos de sangre, examinan, cortan, cauterizan. En un rincón hay un repugnante montón de manos y pies amputados. Se escapan gritos y alaridos, junto a maldiciones y quejas. Napoleón III está lívido”.

Un mes después de Montebello, el 24 de junio de 1859, viene Solferino, la batalla decisiva de esa guerra que enfrenta a franceses e italianos contra austriacos en la que se decidirá el nacimiento de un nuevo país, la Italia unificada. El teatro de la muerte y el dolor se repite, pero magnificado por el gran número de combatientes, 100.000 austriacos y 120.000 franco-piamonteses. Al final del combate hay 38.000 bajas de los dos bandos esparcidas en el campo de Solferino. La batalla ha estado presidida por tres soberanos, el emperador Francisco José de Austria, Napoleón III y el rey Víctor Manuel del Piamonte, pero no será ninguno de ellos quien tome las medidas heroicas que exige la situación, sino un civil de un país neutral que ha ido allí para hacer una reclamación económica.

Se trata del hombre de negocios suizo Henry Dunant, dueño de una sociedad colonial en Argelia, que persigue a Napoleón III porque el Gobierno francés no le da las ayudas prometidas. El espanto de Solferino, sin embargo, le hace olvidar su demanda y dedica su dinamismo empresarial a organizar a las mujeres de los pueblos cercanas para atender a los heridos sin distinción de uniforme. Son ellas, las mujeres italianas, quienes acuñan el lema de Solferino: Tutti fratelli (“Todos somos hermanos”). Ahí está resumido el espíritu de la Cruz Roja, atender a las víctimas sin tener en cuenta su bando.

Una de las razones del abandono de los heridos, pese a que todos los ejércitos europeos tienen servicios de sanidad, es que se considera a los médicos militares combatientes, y cuando su ejército retrocede ellos también lo hacen para no ser apresados o muertos, abandonando los hospitales de campaña. Precisamente una de las iniciativas de Dunant es convencer a Napoleón III para que libere al personal sanitario austriaco prisionero, para que ayude en el socorro. Así se van acumulando en la mente del suizo los elementos que cuajarán en su invento, la Cruz Roja. Dunant se encarga también de comprar lo que necesitan los heridos de Solferino. Pocos años después su entrega a la causa humanitaria le costará la ruina.

Militante humanitario

¿De dónde ha salido este hombre providencial? Henry Dunant pertenece a una familia calvinista de Ginebra, tan devota en su estricta religión como activa en el altruismo social. En el siglo XIX hay una corriente de cambio social: abolición de la esclavitud, protección de las mujeres y los menores, respeto a las minorías, tratamiento humano en manicomios y cárceles. El joven Henry es llevado por su padre a una prisión, para que conozca los horrores que hay que resolver, y la visita le marca. A los 19 años funda la Asociación del Jueves, un grupo de jóvenes que lee la Biblia y hace trabajo social. Luego creará en Ginebra la YMCA (Asociación de Jóvenes Cristianos), la primera gran organización juvenil internacional.

Dunant es por tanto un activista, y escribe un libro, Recuerdos de Solferino, que será leído en toda Europa, a la vez que viaja por el continente predicando su causa. En su ciudad natal tiene una especial repercusión, y la Sociedad Ginebrina para el Bienestar Público, una organización presidida por el jurista Gustave Moynier, se suma al proyecto. La primera reunión entre cuatro de sus directivos y Henry Dunant, que forman el Comité Internacional de la Cruz Roja, es el acto fundacional de la organización. Ese comité reúne a delegados de 14 estados para poner en marcha el proyecto, y al año siguiente patrocina otra reunión internacional en donde 12 países firman la Convención de Ginebra, el primer intento internacional serio de paliar los males de la guerra con unas obligaciones humanitarias para los estados.

La Cruz Roja está en marcha e irá cobrando cada vez más fuerza, pero Dunant en cambio desaparece de escena, como si se hubiera muerto. No lo está, aunque ha sufrido un doble ataque letal. Por una parte, sus diferencias con Moynier. Dunant es cada vez más un idealista visionario, que se involucrará en la abolición de la esclavitud, los derechos de la mujer o incluso la creación de un Estado judío que libere a los hebreos de vejaciones y progroms. El jurista Moynier en cambio es un pragmático que aísla y anula a Dunant mientras toma el control burocrático de la Cruz Roja, hasta apartarle completamente del proyecto.

Por otra parte, Dunant ha descuidado la gestión de sus negocios, entregado en cuerpo y alma a la Cruz Roja, y le sobreviene la ruina y el acoso por parte de una legión de acreedores. No le queda más que apartarse de los focos y durante 30 años nadie se acuerda de él. Hasta que un día de 1895 un periodista lo descubre en el asilo de ancianos de Heiden, un recóndito pueblo de la Suiza alemana, y escribe un artículo que publica una revista en Alemania.

Reconocimiento

El artículo es reproducido por periódicos de todas partes, y el mundo parece hacer un acto de contrición por haber olvidado al filántropo. El Papa escribe a Dunant, la zarina María Feodorovna de Rusia le asigna una pensión vitalicia, recibe premios y subvenciones de varios países, la Universidad de Heidelberg lo nombra doctor honoris causa, aparece un libro de Rudolf Müller en donde se rectifica la historia oficial de la Cruz Roja, que ignoraba a Dunant...

La culminación de estos reconocimientos es el premio Nobel de la Paz en su primera edición (compartido con el pacifista francés Frédéric Passy), galardón en el que, por cierto, tiene que competir con Moynier y el Comité Internacional de la Cruz Roja, también candidatos. Sin embargo, el Comité Internacional de la Cruz Roja le envía una felicitación que supone la reparación oficial: “No hay hombre alguno que merezca más este honor [...] Sin usted, la Cruz Roja, el supremo logro humanitario del siglo XIX, probablemente nunca se habría logrado”.

Por desgracia, Dunant no se puede beneficiar de los 104.000 francos suizos del Premio Nobel. Los acreedores acechan desde hace años, y su valedor ante el Comité Nobel, el militar noruego Hans Daae, deposita el dinero en Noruega, lejos de sus demandantes. Dunant seguirá viviendo en el asilo de ancianos de Heiden hasta su muerte en 1910, aunque ahora sin pasar necesidades y, sobre todo, gozando del reconocimiento del mundo.

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