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lunes, julio 3

Un paseo por el 2 de mayo en Madrid... de 1808



(Un relato de Arturo Pérez Reverte publicado por David Benedicte en el XLSemanal del 6 de abril de 2008)

[200 años después] de una fecha que marcó a sangre y fuego la historia de España, el escritor Arturo Pérez Reverte […] traza […] un retrato [del] escenario […] de aquellos hechos imborrables.

El lugar de los hechos

“Fue una intifada con navajas que, al final, se convirtió en una gesta admirable.” Así define Arturo Pérez Reverte la rebelión madrileña del 2 de mayo. […] Les invitamos a un apasionante itinerario artístico con un narrador de excepción.

Palacio de Oriente

Aquí se gesta todo. El entorno del palacio no es el mismo que ahora. La plaza no existía, commo tampoco muchas de las viviendas que actualmente rodean el edificio principal. Aquí es donde empieza a juntarse la gente para manifestar su repulsa ante lo que está sucediendo. Imaginad la escena. Primera hora de la mañana, casi amaneciendo. En Madrid había llovido durante la noche. Ambiente de frialdad natural. La gente se fue juntando de manera espontánea hasta convertirse en una verdadera multitud. Corre el rumor por las calles de que van a llevarse a los príncipes a Francia. El gentío ve cómo los soldados franceses sacan del palacio a la reina de Etruria (hija de Carlos IV), cuya salida apenas produce conmoción. La presencia de otro coche hace deducir que se trata del infante Francisco de Paula. Y ahí empieza todo. Pero la gente se había acercado a mirar. No tenía intención de amotinarse. Estaba cabreada, eso sí, pero puede decirse que en un principio lo único que la mueve hasta allí es la curiosidad. Los franceses están en España y la gente está molesta. Previamente a todo esto hay un par de intentos de sublevación, pero fracasaron. El ministro de la guerra era afrancesado. El Gobierno estaba con los franceses en plan Estado pasivo. Por eso nadie se quería mojar.

Esa mañana amanece con un gentío callejero que ha venido desde el día anterior a montar bulla. Pero a eso. Sin ánimo de inaurrección. Se trata de montar bronca. La cosa queda en una algarada nocturna.

Los franceses son torpes. Actúan con una torpeza que acabará siendo su ruina este Dos de Mayo. Les pierde su arrogancia. Están acostumbrados a ganar siempre, a no encontrar apenas resistencia. Además, España para ellos es, al parecer, un país con muy mala prensa. Gente analfabeta guiada por curas. Un Gobierno corrupto. Una Administración corrupta. «¡Éstos no cuentan!», pensarían ellos. La gente se va juntando allí a ver qué pasa. Empieza entonces a funcionar el factor sentimental. Que si el niño no se quiere ir y está llorando. La gente se empieza a calentar. Comienza la bronca. Gente […] como el grupo que lidera el cerrajero Molina, monta bulla. Al parecer, el infante se asoma a un balcón aumentando el bullicio en la plaza. Al deseo de impedir la salida del infante, se une el de vengar los muertos y deshacerse de los franceses.

La lucha se extiende por la ciudad y dura horas. Ahí se lía. Entonces, la gente se cabrea. Siempre, en principio, en torno al palacio de Oriente. Hay bastantes muertos y la gente se arremolina. El general francés Murat está en su residencia, en el palacio del marqués de Grimaldi, que es donde está el edificio del Senado. Desde allí puede seguir los acontecimientos, asomado a la ventana. Tiene tropas desplazadas muy cerca. Se corre la voz de que los franceses están matando gente por todo Madrid. El cerrajero Molina mata a un imperial a garrotazos. Otros usan hachas, hoces, agujas, lo que sea. El motín empieza a extenderse de la plaza de Oriente a todas las casas adyacentes. La chusma aprovecha para vengarse de todos los franceses que estaban alojados en pensiones y casas de españoles. Desalojan un cuartel y la gente empieza a lincharlos por la calle. Se monta el chocho. Lo demás ha cambiado. Pero el escenario es muy parecido. Y es un escenario que hoy se puede visitar. Aquí empezó todo. Aquí podemos hablar de la grandeza del motín. La chispa del levantamiento. Si la torpeza francesa no hubiera sido tanta, la cosa habría quedado seguramente en un pequeño motín. Pero el personal estaba caliente. Y la ineptitud francesa hizo el resto.

Palacio de Grimaldi

Está ubicado en la plaza de la Marina Española, esquina con Bailén, y es exactamente el mismo pero no estaban la plaza de Oriente ni muchas de las viviendas que hay alrededor. El palacio era el hogar de Murat, gran duque de Berg y cuñado de Napoleón. Desde allí, despacha a un batallón de granaderos de la Guardia Imperial.

Puerta de Toledo

Murat, que asiste a los primeros minutos del motín desde el palacio de Grimaldi, se dice: «¡Esto hay que pararlo!». Él no tiene antidisturbios ni policía, sino soldados. Y hablamos de los peores soldados del mundo, Gente joven, pero que ha participado en alguna que otra campaña. Gente durísima, implacable. Madrid es una rueda con radios cuyo centro es la puerta del Sol. Caballería en el Retiro y en los carabancheles. Se trata de cortar como los radios de una rueda e impedir que se propague el motín. Murat manda mensajeros desde el palacio de Grimaldi, donde él está, para decir a las tropas francesas que entren hasta el centro para cortar el motín, Se trae a la caballería y a los coraceros de los carabancheles. Se trae por otro lado a los mamelucos que están en el Retiro, desde Fuencarral, la carretera del Pardo y la casa de Campo. ¿Qué pasa? Que los españoles se dan cuenta y deciden cortarle el paso a esa gente. En la puerta de Toledo, cuando llegan los coraceros, se encuentran allí la gente más dura de Madrid. Son los artesanos de El Rastro, de La Paloma, Lavapiés… Los barrios más duros y castizos. Que ahora son de inmigrantes. Ahí se da el segundo enfrentamiento. La puerta de Toledo era entonces menos bonita, más simple. Por ahí suben los coraceros, por el sur. Y tampoco es que sean unos pipiolos. Son durísimos. Imaginaos la escena. Tipos que saben lo que es una guerra y son recibidos con barricadas por mujeres, hombres y niños que luchan con tijeras, palos, navajas, cuchillos y todo lo que han ido cogiendo por ahí. Valía cualquier cosa. La lucha es a muerte, claro. Les salen al paso. Mujeres, pescaderas, putas, rufianes, mendigos, algunos con trabucos, otros con macetas, y paran la primera oleada por el factor sorpresa. La segunda, ya no. Los coraceros rompen eso, La gente corriendo cuesta arriba con los caballos detrás. Están muertos. Ahí, al instinto patriótico se une el de venganza. «¡Han matado a los nuestros! ¡Pues que lo paguen!, ¡que lo paguen!» Pelean por la plaza de la Cebada, por la iglesia de los jesuitas. Van peleando hasta la plaza mayor y sus inmediaciones. Épica, poca.

Monumento a Fernando VII

Calle Arganzuela, junto a la calle Toledo. Es irónico. Un monumento al rey por el que murió tanta gente y en el lugar donde más cayeron. Esto fue mucho más duro incluso que lo de la puerta del Sol. Lo que pasa es que esto no lo pintó Goya. Murió tanta gente porque son calles cuesta arriba y llevaban los caballos de los coraceros detrás.

Puerta del Sol

Aparecen los mamelucos. Bajan por San Jerónimo y por Alcalá. Cuando llegan a Sol, no sabemos cuánta gente les está esperando aquí. Mil o dos mil. Lo que sí está claro es que esa gente está más que dispuesta a pararlos. Además, son moros. No os digo más. Se corre la voz: «¡Son moros hijoputas!» Clac, clac, clac, clac, se abren las navajas de muelles y a por ellos. La iglesia del Buen Suceso, en la esquina de Alcalá, ya no está, pero se convierte en el lugar en el cual se refugian los españoles. Lo que hay allí es una especie de guerrilla urbana que se dedica a 'juguetear' con las tropas francesas. Se sabe que la infantería gabacha está subiendo por la Casa de Campo y por eso el motín se acelera. Se dan por toda la zona del centro combates parciales. Queda en pie el edificio de Correos, que sigue allí todavía, con una placa conmemorativa que está puesta en la puerta. Tenemos un retrato fidedigno de la que se monta aquí gracias a Goya. Él no tenía ninguna simpatía por el pueblo. Pinta tan bestias a unos como a otros. Cuenta, pero no tomó partido. Por eso no gustaron, en principio, sus cuadros sobre el tema. Pero hay también grabados anteriores que son los que inspiraron a Goya. De López Enguídanos.

Tiendas de navajas

Esto sí que no ha cambiado nada en 200 años, os lo puedo asegurar. Aquí están. A la caza de cualquiera que venga a comprarlas. Navajas. Las armas que más utilizaron entonces los madrileños insurrectos y las que se siguen vendiendo hoy en estas tiendas. Su mecanismo es el mismo. Hoy podríamos matar a un francés por 43 euros.

Plaza del dos de mayo

Empieza a correr el rumor de que están dando armas en el cuartel de Monteleón. Son partidas que vienen al fuerte a por armas. Aquí coinciden dos militares que habían estado conspirando y aprovechan esta ocasión. Daoiz, un tipo tranquilo al que llamaban El Abuelo, y Velarde, que era bastante más exaltado. Son dos tíos que deciden ponerse del lado del pueblo, vulnerar las órdenes establecidas, abrir el cuartel y dar armas a la gente. Lo paradójico es que el cuartel no tiene defensa posible. Solamente una tapia. Se trata de un antiguo palacio reconvertido en cuartel. Lo hacen pensando que el resto de los cuarteles también se van a sublevar. Pero los dejan solos. La realidad es que los dejan totalmente solos, abandonados a su suerte. Aquí se juntan unos 12 artilleros con unos 30 militares del Estado. Cuarenta soldados y estos capitanes. Más el teniente Ruiz. Unos 60 militares con unos 200 vecinos. Con muchas mujeres, por cierto. Curiosamente, aguantan. Eran calles estrechas. Mucho más que ahora. Montan la defensa y aguantan durante varias horas. Hacen hasta prisioneros. Una defensa como Dios manda. Es como en las películas. Como el Álamo. Muere Velarde, muere Daoiz. Cuando Monteleón cae, los franceses ya se han hecho con ciudad.

Parroquia de San Justo

La plaza se asienta sobre parte del solar que ocupó el convento de las Maravillas y del que actualmente sólo se conserva su iglesia, la parroquia de San Justo y Pastor. Aquí montaron el hospital que atendía a la vez franceses y españoles. Los jóvenes botelloneros, sin saberlo, rinden con sus broncas homenaje a la gente caída en este lugar.

Plaza de España

A la Casa de Correos de la puerta del Sol ha llegado una más comisión que se dedica a sentenciar a muerte a todo amotinado que se les pone a mano. Matan a unos 40 esa misma tarde y a otros 40 por la noche. En el Buen Suceso fusilan directamente a una docena. Al resto lo bajan al paseo del Prado. Detrás de donde está la iglesia de Medinaceli. Cibeles, Neptuno, el Jesús y la Bolsa. Al caer la noche, llevan a 44 más a la montaña del Príncipe Pío, [que está en la actual plaza de España]. Los fusilan y uno de ellos se escapa vivo. Consigue huir. Se llama uen Juan Suárez. Los militares sólo fusilan a uno, que es soldado. Fusilan sobre todo a gente humilde. ¿Quién palma en esa lista? Carpinteros, albañiles, mendigos… Cosa curiosa. […] a unos pasos de la estatua de Quijote y Sancho, se pone el punto final a lo que yo llamo una 'intifada'. Porque aquello fue una intifada con navajas. Y qué navajas. Grandes y de las de muelles. […] Un pueblo desarmado machaca a un ejército. Eso es algo que critican mucho los franceses. Hablan de la crueldad de aquellos españoles. Es lo que hay. Es una guerra. Yo te mato con mis uñas y con mis dientes y con una botella rota. Por ambas partes.

A los franceses les perdió la chulería. Ser los amos de Europa. Imaginaos al tabernero madrileño callado, mirándolos y pensando «¡Hijoputa, cabrón!» mientras les sirve vino. Así fue. No fue un día de gloria ni un día de patria. Fue un día de cólera. La guerra es discutible. El Dos de Mayo no lo es. El Dos de Mayo se resume en 4.000 'mataos' en Madrid que vivieron su día de cólera. Que por un malentendido sentido de la patria y de la libertad, por culpa de la incultura a ignorancia, se echan a  calle a pelear. Y lo más  curioso de todo es que se convierte en una gesta admirable. Es terrible porque te das cuenta de que no los mueve el corazón, sino los cojones. […]

Pero el enemigo real no eran los franceses, sino aquellos a quienes estaban defendiendo estos pobres desgraciados. Cuando analizas el comportamiento del Dos de Mayo y la guerra que vino después, te das cuenta de que es incultura lo que predomina aquí. O sea, la gente culta no se echa a la calle a pelear. Prefieren quedarse en casa, en espera de lo que ocurra. Se echa después. Esto es muy importante. La chispa salta con la gente inculta, con los ignorantes, con las bestias pardas. Fanáticos del rey y de la religión. El pueblo inculto bajo. Muy poca gente ilustrada se pone ese día de parte de los combatientes contra de los franceses. Cuando el proceso inicia la guerra, la gente de honor ya se plantea tomar partido. Es la tragedia de la inteligencia. Los incultos han de pelear por los cultos que quieren la modernidad. Luego está también el miedo. La nación entera se sublevó, sí, pero también hubo muchos guerrilleros que no eran más que pobres campesinos reconvertidos en crueles hijos de puta y sanguinarios asesinos. La guerrilla aprovechaba el falso patriotismo para saquear casas y matar gente. Es jodido que el país entero tuviese que elegir. Se eligió. La tragedia española, que nos cerró la puerta y nos echó encima 200 años de oscurantismo, fue ésa. Precisamente ésa.

Cementerio de la Florida

En él están enterrados, en una fosa común, los 43 madrileños fusilados en la montaña del Príncipe Pío, la madrugada del 3 de mayo de 1808, por los soldados del general francés Berg. Situado en la calle de Francisco y Jacinto Alcántara, junto a la Escuela de Cerámica y un monumento a Goya a pocos pasos de la ermita de San Antonio de la Florida.

Al pueblo del Dos de Mayo

Monumento a los héroes del dos de mayo. Ubicado en los Jardines del General Fanjul, cerca de la plaza de España. No es baladí que haya un niño en el monumento. Murieron dos cadetes de 12 anos y un pequeño de 11 que se llamaba José Mamerto Amador, alias Pepillo.

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