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martes, junio 13

¿Por qué abdicó Carlos V?

(Un texto de José Segovia en el XLSemanal del 27 de septiembre de 2015)

Muy avejentado, Carlos V entró en la sala morada del palacio de Coudenberg de Bruselas. Rodeado por los caballeros de la Orden del Toisón de Oro, la nobleza y los miembros de los Consejos, se sentó en su trono, junto con su hijo Felipe, y comenzó a leer. “Sé que para gobernar y administrar estos Estados y los demás que Dios me dio ya no tengo fuerzas, y que las pocas que han quedado se han de acabar presto…” El emperador prosiguió su discurso con voz quebrada por la emoción. “Y porque ya en este tiempo me siento cansado, que no os puedo ser de ningún provecho, como bien veis cuál estoy tan acabado y deshecho, daría a Dios y a los hombres estrecha y rigurosa cuenta si no hiciese lo que tengo determinado, dejando el gobierno…”

¿Fueron la vejez y el cansancio las verdaderas razones de su abdicación? La mayoría de los historiadores así lo afirman. Carlos V se sentía agotado, y pensó que su hijo Felipe estaba preparado para sucederlo en vida. Si las fuerzas le faltaban para cumplir bien su oficio, lo justo era dejar el poder, una idea que daba un claro sentido ético a su renuncia. A todo eso se añadía la soledad en la que vivía desde hacía años. Los grandes hombres que habían protagonizado la escena europea durante su reinado habían fallecido. Entre otros, Erasmo de Róterdam, Enrique VIII de Inglaterra, Francisco I de Francia y Martín Lutero.

Sus grandes deudas económicas, contraídas para sufragar tantas batallas, torcieron su sueño de reconquistar Borgoña. Es cierto que sus posesiones de ultramar se habían acrecentado enormemente, pero sus estructuras administrativas eran muy inestables. Tampoco pudo impedir el definitivo asentamiento de la doctrina luterana en el Viejo Continente, aunque sí logró consolidar el dominio español sobre Italia.

Dejó el gobierno imperial a su hermano Fernando, el rey de Romanos, y el de España y las Indias a su hijo Felipe II. Tras su abdicación, regresó a la Península para curarse la enfermedad de la gota y dedicar parte del tiempo a su gran afición por los relojes. Se instaló en Yuste, en la comarca extremeña de La Vera, e hizo que el ingeniero hidrográfico Torriani gran experto en relojería le construyera allí varios estanques artificiales. De uno de ellos provino el mosquito que meses después picó al emperador, el cual le causó la muerte por paludismo el 21 de septiembre de 1558.

Mala conciencia

En su testamento, el emperador Carlos V se disculpó por haber malbaratado la hacienda regia con los numerosos préstamos que pidió para sufragar las guerras que emprendió a lo largo de su vida en defensa de la cristiandad.

La muerte de Juana la Loca

En 1555 falleció su madre, lo que dejó al emperador como único rey de Castilla y León, Aragón y Valencia. Aquellos títulos, que se añadían a los muchos que ya disfrutaba, no fueron suficiente aliento para quitarle de la cabeza su decisión de abdicar.

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