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martes, junio 6

La vida loca de Karl Marx

(Un texto de Carlos Prieto en elconfdencial.com del 29 de junio de 2015)

Hoy en clásicos estudiantiles y profesionales: dejar las cosas para última hora. ¿Quién no ha preparado alguna vez un examen la noche antes? ¿Quién no ha perpetrado un trabajo/artículo en el último minuto? ¿Quién, eh, quién? Pues bien, atentos que vienen curvas: a Karl Marx se le echó el tiempo encima con… el Manifiesto Comunista, que escribió deprisa y corriendo presionado por la Liga Comunista, que le dio un ultimátum tras saltarse varios plazos de entrega. No, no es que el joven Marx fuese un vago, sino todo lo contrario: estaba metido en tantos frentes políticos, intelectuales y etílicos a la vez que no le daba la vida. Eso sí, como buen empollón, salió más que airoso del trance: lo que iba a ser un artículo coyuntural se convirtió en el panfleto político más influente de la historia.

“Cuando mejor funcionaba Marx es cuando tenía una fecha final de entrega, y esta advertencia última parece haber obrado el milagro. Aunque todas las modernas ediciones del Manifiesto llevan los nombres de Marx y Engels- e indudablemente las ideas de Engels tuvieron su influencia-, el texto que finalmente llegó a Londres a principios de febrero había sido escrito exclusivamente por Karl Marx, en su estudio de la rue d´Orleans 42, garabateándolo con furia durante toda la noche entre una densa nube de tabaco”. Lo cuenta el periodista (The Guardian, Private Eye) y ensayista británico Francis Wheen en Karl Marx, biografía del autor de El Capital que publica ahora Debate.

Hay otro dato sobre El Manifiesto que también tiene tela: Su célebre primera frase -“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”- data de la traducción inglesa de 1848, 34 años después de la publicación del libro. Lo que escribió originalmente Marx para abrir su panfleto fue otra cosa: “Un temible duende recorre Europa...”. Duende, sí, han leído bien.

Una obra torrencial
 

Estos detalles sobre la elaboración del Manifiesto resumen bien el espíritu de la biografía de Wheen: investigar al Marx humano para entender mejor su obra. Un contexto imprescindible porque, como cuenta César Rendueles en el prólogo, la falta del mismo ha generado malinterpretaciones de la obra marxiana; obra que, por cierto, llamar voluminosa sería un tanto eufemístico: la edición de las obras completas de Marx y Engels, reanudada a finales de los noventa y aún en marcha, podría alcanzar los 120 volúmenes.

Rendueles lo explica así: “Tantos los partidarios como los detractores de Marx desarrollaron una gran cantidad de interpretaciones divergentes de sus teorías, ya fuera para seguirlas o para oponerse a ellas. Y hoy, de nuevo, volver a Marx es decidir a qué Marx volver… La cuestión de fondo es que la propia producción de Marx es una pesadilla editorial. Sus obras completas son un cúmulo de textos publicados en muy distintas circunstancias... Por supuesto, no es el único autor importante con el que pasa algo así… La diferencia es que, en el caso de Marx, algunos de estos textos han circulado muchísimo y son considerados una parte fundamental de su doctrina de un modo no siempre justificado”.

Rendueles no cree, por tanto, que se puede hacer una interpretación cabal de los textos de Marx eludiendo el contexto biográfico. Lo cual no deja de ser políticamente inquietante: Marx es uno de esos pensadores sobre el que todo el mundo opina, en especial en épocas de crisis, pero sus peripecias biográficas no son precisamente de uso común...

“La mayor parte de los escritos de Marx son incomprensibles si se leen sin tener en consideración el contexto biográfico e histórico en el que fueron producidos y publicados (o no). Marx simultaneó durante toda su vida la actividad teórica y la militancia política, y buena parte de sus obras consiste en textos de intervención que no pueden ser tomados como declaraciones teóricas generales. La vida de Marx fue tumultuosa, a menudo desgraciada, y eso afectó decisivamente a sus escritos. Sin embargo, los estudios biográficos sobre Marx no han ayudado mucho a cartografiar esta compleja ortografía personal. La mayor parte de las biografías disponibles son o bien hagiografías muy ideologizadas o bien ataques furibundos”, cuenta Rendueles.

Ahí radicaría precisamente el valor político de un libro como el de Wheen, que muestra al joven Marx en todo su esplendor subversivo: su gusto por las farras alcohólicas, su afición “por la juerga y la gresca”, su escritura compulsiva de panfletos, artículos y libros, sus constantes problemas con la autoridad y la policía de varios países por dicho textos -donde denunció la censura, la opresión política y económica y, en definitiva, la falta de libertades democráticas- su exilio por media Europa y sus graves problemas para llegar a fin de mes en algunos momentos de su azarosa existencia de agitador político.

“Redactó su primer trabajo periodístico en febrero de 1842… El artículo era una brillante polémica contra las últimas instrucciones de censura promulgadas por el rey Federico Guillermo IV, y como suprema pero no intencionada paradoja, fue prohibido inmediatamente por el censor”, escribe Wheen sobre el temprano gusto de Marx por el artículo político incendiario.

El libro, como es lógico, incluye una alucinante cantidad de anecdotario, tan simpático como relevante, como esta descripción sobre su relación de amistad con Engels, con el que formó una de las parejas intelectuales más explosivas de todos los tiempos: “No tenían secretos el uno para el otro. Tampoco tabúes: si a Marx le salía un inmenso forúnculo en el pene, no dudaba en hacerle la más completa descripción. Su voluminosa correspodencia es un sabroso estofado de historia y chismorreo, política económica y obscenidades de colegial, grandes ideales e intimidades de andar por casa”, cuenta Wheen antes de poner un ejemplo de carta tipo.

Según Wheen, en una carta a Engels de 1853, Marx trató los siguientes temas: "el rápido incremento de las exportaciones británicas a territorios turcos, la posición de Disraeli en el Partido Conservador, el debate en la Cámara de los Comunes de la Ley sobre las Reservas para el Clero en Canadá, los malos tratos a los refugiados por parte de la policía británica, las actividades de los comunistas alemanes en Nueva York, el intento del editor de Marx de estafarle y la política situación de Hungría"… Lo que viene siendo, ejem, una carta ligerita.

Lo increíble es que Marx, un auténtico virtuoso del libelo como arma política, aún tuvo tiempo para rematar su misiva a Engels con una reflexión bufa sobre la supuesta flatulencia de la emperatriz Eugenia, a la que se refiere en estos términos: 'Ese ángel sufre, a lo que parece, de una dolencia de lo más indiscreta. Es una apasionada adicta a los pedos, y es incapaz de reprimirse incluso en compañía. Durante una época recurrió a la equitación como remedio. Pero ahora que se lo ha prohibido Bonaparte, a lo que da rienda suelta es a las ventosidades. Es solo un ruidito, un pequeño murmullo, casi inaudible, pero ya sabes que los franceses son sensibles a la menor ráfaga de viento”.

Dada su condición de “cosmopolitas apátridas”, Marx y Engels crearon su propio lenguaje epistolar: “Un extraño galimatías anglo-franco-latino-alemán" que sólo entendían ellos, con los consiguientes problemas de interpretación a la muerte de Marx. “Engels aprendió a entender esta jerizonga con facilidad; y lo más impresionante, era capaz de leer la caligrafía de Marx... Tras la muerte de Marx, Engels tuvo que impartir un curso de doctorado en paleografía a los socialdemócratas alemanes que querían organizar los escritos no publicados del gran hombre”, recuerda Wheen.

“Volver al Marx histórico -liberado, por tanto, de las adherencias políticas que ha ido adquiriendo en los últimos ciento cincuenta años- es reencontrarnos con un personaje profundamente comprometido con la democracia radical en un momento en el que era una reivindicación peligrosa (ningún país europeo, por ejemplo, instauró el sufragio universal hasta bien entrado el siglo XX)… Seguramente eso es lo que hace que nos resulte tan actual. Hoy la exigencia de democracia vuelve a ser subversiva”, zanja Rendueles.


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