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miércoles, agosto 26

No disparen a Leo Baekeland

(Un texto de Javier Sampedro en El País del 23 de junio de 2019)

La culpa de las toneladas de plásticos de un solo uso que están emponzoñando los océanos no es del químico que inventó el plástico sino nuestra.

Los historiadores del futuro recordarán al químico de origen belga Leo Baekeland como el hombre que plastificó el mundo. Inventó en 1907 el primer plástico, la baquelita, llamada así en honor a su apellido, y alentó de esta forma la moderna industria del plástico, a la que ahora estamos poniendo bajo los focos racionales del análisis medioambiental. Baekeland nunca predijo, ni podría haberlo hecho, las consecuencias económicas y planetarias de su invención. Pero su trabajo pionero ha terminado por cambiar el mundo, y no siempre en el mejor de los sentidos.

Los plásticos se llaman así porque son moldeables con técnicas tan prehistóricas como el calor y la presión, y luego se vuelven rígidos al enfriarse. Eso te permite fabricar de manera fácil y barata una manguera de jardín o el chasis de tu teléfono móvil, pero también una botella de tereftalato de polietileno (PET) para beber agua y la bandeja de poliestireno (Styrofoam) donde te venden los cogollos de lechuga y los filetes de pollo, una cuchara, un tenedor, un cuchillo, un vaso, un plato, el postre de macedonia y cuatro bolsas desechables para meter todo lo anterior. En el mejor de los casos, todo eso acabará en un sistema de reciclado costoso e imperfecto. En el peor, terminará envenenando con microplásticos los océanos y a sus habitantes, que son algunos de nuestros alimentos más preciados y saludables.

Pero Baekeland no era el típico científico chalado del que siempre ha disfrutado la ficción, desde Mary Shelley hasta Breaking Bad. Era un estupendo químico que, ya en 1899, ocho años antes de inventar los plásticos, había creado el primer papel fotográfico lo bastante versátil (¡se podía revelar con luz artificial!) como para triunfar entre el público, y obligó a George Eastman a palmar un millón de dólares por los derechos de la patente. Lo de cobrar por usar las neuronas no es tan nuevo como creen en Silicon Valley.

El precedente de los plásticos que ahora nos abruman es la goma laca, que se menciona en el Mahabhárata (siglo III antes de Cristo) y seguramente se remonta mucho más atrás. Es una resina obtenida del gusano de la laca (Laccifer lacca), endémico de Indonesia. Se usa aún para mil cosas, desde la encapsulación de medicamentos hasta el embellecimiento de manzanas, y es el popular aditivo alimentario E904, que puede ver en las etiquetas de los alimentos cualquiera que se lleve un microscopio al súper. Los veganos lo evitan, al ser de un gusano. Tal vez, entonces, deberían adorar a Leo Baekeland, que en 1905 se sentó en su laboratorio a ver cómo el ingenio humano podía superar a la goma laca, y al Mahabhárata si se ponía por delante.

Así fue como obtuvo la baquelita, el primer plástico de la historia. Y así fue como los primeros discos de gramófono, que eran de goma laca, se transformaron en los posteriores soportes de baquelita y vinilo. Los alimentos también se envuelven ahora en plásticos, para relajación de veganos y desasosiego de todos los demás.

Pero no disparen a Leo Baekeland. La culpa de las toneladas de plásticos de un solo uso que están emponzoñando los océanos no es de ese químico innovador, sino nuestra, de los usuarios que seguimos utilizando la bolsita y el tenedor, el táper de la comida precocinada y el resto del catálogo de productos innecesarios y dañinos que nos empeñamos en consumir a diario sin ninguna razón convincente. Este es un buen momento para reflexionar sobre esto.

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viernes, agosto 14

Juan de la Cierva y el invento del autogiro

(Un texto de Javier Yanes publicado el 21 de septiembre de 2015 en la tristemente desaparecida página bbvaopenmind.com)

En enero de 1930 la revista Popular Mechanics dedicaba buena parte de sus contenidos a la aviación, uno de los grandes avances que causaban furor en el momento. Un artículo examinaba la seguridad de los aviones, mientras un reportaje gráfico ilustraba que las modernas aeronaves ya ofrecían lujos tales como cocina eléctrica, rizador de cabello, frigorífico o mesas para jugar al billar. Otra pieza presentaba una prometedora innovación denominada “aeroplano molino de viento”, o autogiro, el gran invento del aviador español Juan de la Cierva, que se anticipó al helicóptero.

El artículo relataba cómo De la Cierva había sufrido un accidente cuando un biplano trimotor construido por él mismo había entrado en pérdida y se había estrellado. A partir de aquella experiencia, el español había perseguido el diseño de una aeronave más segura, que no perdiera sustentación incluso a velocidades muy reducidas, y que pudiera aterrizar casi en vertical. El resultado de su trabajo era un aparato coronado por un rotor de cuatro grandes aspas que giraban libremente con la fuerza del aire. «Creo que el autogiro será de especial ayuda en el desarrollo de la aviación civil, donde la seguridad es capital», declaraba De la Cierva a Popular Mechanics.

El autogiro se diferencia de los aviones convencionales en que la mayor parte de la sustentación no recae en las alas fijas, sino en el rotor, que se convierte en un ala móvil al girar. Según explicaba De la Cierva a Popular Mechanics, el rotor desempeña la función de un paracaídas, permitiendo un descenso incluso más lento que con un paracaídas de diámetro similar al del rotor.

Más seguro que aviones y helicópteros

El concepto del ala móvil del autogiro recuerda al del helicóptero, pero existe una diferencia fundamental: en este el rotor gira propulsado por un motor, mientras que las aspas del primero rotan solas gracias a la velocidad relativa del aire cuando el aparato avanza. En palabras del ingeniero aeroespacial Jeff Lewis, que ha investigado la historia del invento y su creador, el rotor del autogiro «gira por fuerzas aerodinámicas a través de un fenómeno llamado autorrotación. Dado que el rotor no está propulsado, un autogiro necesita una fuente separada para la propulsión, como un avión. Convencionalmente se han empleado hélices, pero también se podrían utilizar reactores». Por el contrario, «un helicóptero consigue su propulsión inclinando el rotor hacia delante».

Este giro impulsado por el viento era el que confería al autogiro una seguridad mayor que la de aviones y helicópteros. En caso de parada del motor, el rotor continuaba girando y el aparato simplemente planeaba con suavidad hasta el suelo en lugar de estrellarse. De hecho, aclara Lewis, «el procedimiento para aterrizar un autogiro después de un fallo del motor es el mismo que para aterrizarlo en circunstancias normales», ya que lo habitual en el caso del autogiro era detener la propulsión antes de tomar tierra.

De la Cierva, un aviador precoz

El autor de este ingenio nació en Murcia (España) hace 120 años, el 21 de septiembre de 1895. La posición acomodada de su familia, establecida en el mundo de la política y la empresa, le permitió fundar junto a dos amigos una sociedad dedicada al desarrollo de la naciente aviación, cuando aún eran adolescentes, y luego estudiar ingeniería de caminos. Su primer prototipo, un avión biplano, vio la luz en 1912, nueve años después del histórico vuelo de los hermanos Wright en Carolina del Norte.

Aquella aeronave, llamada BCD-1 Cangrejo, fue el primer avión de fabricación española, construido sobre la base de un Sommer francés. El aparato voló, pero los posteriores intentos de De la Cierva fracasaron. Cuando su tercer modelo, el C-3, se estrelló por volar demasiado despacio, el ingeniero decidió concebir otro tipo de aparato más seguro. Por entonces se habían popularizado los juguetes voladores, provistos de una hélice horizontal que giraba cuando el aparato se dejaba caer desde una cierta altura; De la Cierva dio con su idea al lanzar uno de estos modelos desde el balcón de la casa de sus padres.

El auge del autogiro

La carrera del ingeniero comenzó a despegar en 1920 en Madrid con la construcción del primer autogiro, el Cierva C.1. El artefacto nunca llegó a despegar del suelo, pero demostró que el principio del rotor autogiratorio era válido. El principal problema de diseño era una asimetría en la sustentación que provocaba el vuelco del aparato. Los C.2 y C.3 sufrieron este defecto, y no fue hasta 1922 que a De la Cierva se le ocurrió, al parecer mientras asistía a la ópera, que unas aspas más flexibles eliminarían el problema. El C.4, con articulaciones en la base de las palas, despegó con éxito del aeródromo de Getafe en enero de 1923, recorriendo 183 metros bajo el mando del teniente de aviación Alejandro Gómez Spencer.

Con su principio demostrado, De la Cierva recibió una subvención del gobierno español y comenzó a promocionar su ingenio. Tras una exhibición en Reino Unido, fue invitado a continuar su trabajo en aquel país, donde en 1926 fundó la empresa Cierva Autogiro Company con el apoyo financiero del industrial escocés James G. Weir y la colaboración del fabricante de aeroplanos Avro, que suministraba los armazones. Desde su sede británica, la compañía fue refinando sus aparatos y vendió licencias de fabricación en Francia, Alemania y Estados Unidos. En 1928 el autogiro completó un recorrido de 4.800 kilómetros por las islas británicas, y el 18 de septiembre del mismo año el propio De la Cierva pilotó su C.8 desde Londres a París, cruzando el Canal de la Mancha con el periodista francés Henri Bouché como pasajero.

Cuando en 1930 el autogiro apareció en aquel número de la revista Popular Mechanics sobre la aviación, el aparato estaba en la cresta de la ola, fabricándose bajo licencia en Estados Unidos y atrayendo gran interés. En el artículo, el inventor pronosticaba un brillante futuro para su creación: «Para volar el autogiro sin riesgo solo se necesita un entrenamiento de unas pocas horas», señalaba De la Cierva. «Además, el autogiro hará posible la utilización de campos muy pequeños como pistas de aterrizaje», proseguía. «El romántico aterrizaje en el tejado ya no es un sueño, y espero que pronto veamos plazas de aparcamiento de autogiros en mitad de las ciudades».

Un sueño frustrado

Sin embargo, la predicción de De la Cierva nunca se cumplió. A pesar de tratarse de una aeronave segura y de manejo sencillo, no llegó a triunfar. Según el investigador Jeff Lewis, varios factores contribuyeron a este abandono. El autogiro no alcanzaba las velocidades que requería la aviación comercial, y para el vuelo lento existía otra opción: por entonces, varios pioneros trabajaban sobre la idea del helicóptero, que surgió de forma independiente. Sin embargo, precisa Lewis, el primer helicóptero que en 1935 llegó a volar con éxito, el Breguet-Dorand 314, incorporaba varias innovaciones nacidas en el autogiro. El helicóptero se convirtió en la opción preferida porque ofrecía ventajas frente al autogiro, como la posibilidad de detenerse en el aire, pero para perfeccionarlo sus creadores aprovecharon la comprensión de la aerodinámica alcanzada por De la Cierva durante la construcción de sus autogiros.

En resumen, «todo lo que hacía el autogiro lo hacían también otros aparatos», escribe Lewis. Además, «la mayoría de la gente no entendía cómo funcionaba y por ello no confiaba en él. Aunque de hecho es más seguro que helicópteros o aviones, la gente no se dio cuenta de ello. Querían algo propulsado».

Pero además, agrega Lewis, el invento decayó debido a la muerte prematura de su principal impulsor. El pionero de la aviación murió en accidente aéreo. Una fatal ironía quiso que no fuera en uno de sus seguros aparatos, sino en un avión convencional: el 9 de diciembre de 1936, el DC-2 de la compañía KLM que debía transportar a De la Cierva a Ámsterdam (Holanda) se estrellaba después de despegar del aeropuerto de Croydon, en Londres. Las causas del accidente nunca llegaron a esclarecerse.

¿Tiene futuro el autogiro?

Tras la muerte de De la Cierva, su empresa continuó trabajando y fabricando modelos, pero el interés preferente de la Royal Navy británica por un helicóptero provocó que el enfoque de la compañía derivara hacia ese nuevo aparato en el que el propio De la Cierva no creía por considerarlo «demasiado complejo».

Hoy el autogiro está bastante relegado a los círculos de aficionados a la aviación deportiva y al modelismo, pero al menos dos compañías estadounidenses, Groen y Carter, han resucitado en pleno siglo XXI el concepto con el fin de llevarlo a la práctica en el terreno de la aeronave personal y en el de la vigilancia policial. Otro vehículo experimental, el holandés PAL-V One, aplica el principio del autogiro a la idea del coche volador. Tal vez después de todo lleguemos algún día a ver autogiros sobrevolando las ciudades, como De la Cierva predijo.

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viernes, mayo 22

Beatriz de Bobadilla, la joven amante de Fernando el Católico y de Colón a la que la reina Isabel planeó asesinar

(Un texto de Mario Escobar en El Mundo del 6 de junio de 2022)

La novela La gobernadora rescata la figura de la mujer que sedujo a Fernando el Católico y Cristóbal Colón y supo manejar el poder para convertirse en la señora de las islas Canarias

Todos imaginamos la corte de los Reyes Católicos como una de las más religiosas y ejemplares de su época, pero la realidad es muy distinta. Los Reyes Católicos, dos jovencísimos monarcas asediados por múltiples enemigos en sus respectivos reinos, nombrados soberanos contra todo pronóstico, no tuvieron a sus padres para que los instruyeran en el difícil arte del poder. Fernando era el hijo de la segunda esposa de Juan II el Grande, un hombre más entretenido con sus múltiples amantes y enfrascado en diferente conflictos en Italia y Navarra, que en ocuparse en demasía de su hijo segundón. Además, sus reinos estaban profundamente divididos y dejó una herencia política complicada a Fernando.

Por su parte, Isabel de Castilla fue criada para tener un matrimonio provechoso, ya que su medio hermano Enrique IV de Castilla era el legítimo heredero al trono, seguido por su hermano Alfonso, más joven que ella. El problema comenzó cuando Enrique no lograba tener descendencia, de hecho era conocido como el impotente, pero tras nacer su hija Juana, la causa dinástica se complicó aún más, aunque todos comenzaron a murmurar que realmente era hija de Beltrán de la Cueva, su consejero.

Envenenados

Tras una guerra civil en castilla y el intento de casar a Isabel con varios monarcas, la joven princesa fue comprometida con Pedro de Girón, un cuarentón que gobernaba la orden de Calatrava, pero antes de poder contraer matrimonio con ella fue oportunamente envenenado. Isabel también se negó a casarse con el rey de Portugal y de Francia, pero tras la muerte de su hermano Alfonso, se cree que envenenado, para el rey era muy importante que su matrimonio la apartara de la corte, para dejar paso libre a su hija Juana.

Juan II de Aragón negoció en secreto con Isabel la boda con su hijo Fernando, aunque al ser primos no podían casarse sin una dispensa papal. Los consejeros de Isabel no dudaron en falsificar la bula papal y firmar las capitulaciones matrimoniales de Cervera el 5 de marzo de 1469.

Con el fin de poder casarse Isabel escapó de Ocaña y se encontró con Fernando que había cruzado Castilla disfrazando de mozo de mulas de unos comerciantes. Tras varios contratiempos, el 19 de octubre se casaron en el Palacio de Viveros de Valladolid. El joven matrimonio se había unido de forma ilegal, pasando por alto su consanguineidad, lo que les convertía en practicantes de incesto.

Varias amantes

Isabel llegó al trono de Castilla por medio de una guerra civil y junto a su esposo Fernando lograron reunir bajo su mando a casi todos los reinos de la Península.

Fernando fue infiel a su esposa antes y después del matrimonio. La más conocida de sus amantes fue Aldonza Roig de Ivorra, con la que concibió a dos bastardos. También tuvo como amante a Juana Nicolás, una plebeya con la que engendró una hija. La lista de infidelidades fue muy larga, aunque la más polémica de todas ellas fue la que vivió con Beatriz de Bobadilla.

Beatriz de Bobadilla era sobrina de la marquesa de Moya, la mejor amiga y cortesana de la reina. Su belleza era legendaria, por lo que no tardó en enamorar al maestre de Calatrava, del que fue amante; enseguida encandiló al rey Fernando, siempre atento a las cortesanas hermosas. La joven de 20 años vio como su amante, el maestre de Calatrava moría oportunamente en una batalla, lo que facilitaba que el rey se convirtiera en su nuevo querido. La reina, muerta de celos al tener a su contrincante en la corte, planeó asesinarla, pero su tía intercedió para que la joven se casara con Hernán Peraza, señor de La Gomera.

La partida de la joven no terminó con los frenesís de la Corte. Cuando la reina Isabel se retiraba de las fiestas de palacio, muchas veces estas derivaban en orgias donde cortesanas y nobles daban rienda suelta a sus pasiones.

Beatriz de Bobadilla siempre quiso regresar a la Península y vengarse de los que la habían enviado al exilio insular. Tras la muerte de su esposo a manos de los guanches, la aún joven gobernadora de La Gomera regresó a la corte. Allí conoció a Cristóbal Colón con el que comenzó un tórrida relación.

Cruel y con gran apetito sexual

El rey Fernando procuró de nuevo convertirse en su amante y la reina, que en secreto amaba a Cristóbal Colón, intentó de nuevo enviarla a Canarias. Sabemos que en La Gomera, Beatriz recibió a Cristóbal Colón, que pasó por la isla en tres de sus viajes. Es posible que la gobernadora se hiciera ilusiones con casarse con el almirante, pero este nunca quiso comprometerse. Beatriz se casó entonces con Alonso Fernández de Lugo, conquistador de la isla de Tenerife. La gobernadora se caracterizó por su crueldad y apetito sexual. Teniendo amantes entre los líderes guanches, esclavos negros, otros soldados y señores, además del rey y Cristóbal Colón.

Isabel siempre estuvo enamorada en secreto del almirante, lo que le hizo odiar de nuevo a Beatriz y pudo ser la causante de su prematura muerte.

Ni católicos ni moralistas

La Corte de los Reyes Católicos se caracterizó por su promiscuidad y las sonadas muertes atribuidas a envenenamientos y otros métodos de asesinatos. De hecho, Nicolás Maquiavelo se inspiró en Fernando el Católico para escribir su célebre libro El Príncipe, donde reflejaba la despiadada búsqueda y mantenimiento en el poder de los monarcas de su época.

La corte no fue muy católica, a pesar de que Isabel propició junto al cardenal Cisneros la reforma de las órdenes religiosas, tampoco demasiado moralista, ya que el envenenamiento, el adulterio y la traición fueron demasiado comunes en la corte de los Reyes Católicos. Nuestro Juego de Tronos particular no tiene nada que envidiar a la famosa serie televisiva, Isabel y Fernando, Fernando e Isabel, fueron sin duda nuestros Stark y Lannister patrios.

Mario Escobar es historiador, novelista, ensayista y conferenciante. Su nueva novela, La gobernadora (La Esfera de los Libros), sale a la venta el miércoles 8 de junio.

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viernes, abril 17

Groucho Marx, la otra cara del rey del ‘zasca’

(Un texto de Fátima Uribarri en el XLSemanal del 9 de octubre de 2020 (creo))

Fue un genio del humor, pero la 'adicción' a su propio ingenio le generó grandes enemistades: era impertinente con todo el mundo. Cuando se cumplen 130 años de su nacimiento, repasamos la vida del hombre que hizo del insulto un arte.

Se corrió la voz entre el público de que una mula se había escapado y coceaba desbocada por las calles de Nacogdoches, un pueblecito de Texas. Todos se levantaron y salieron del local —un teatrillo pequeño y cutre— a ver qué pasaba con la mula. «Éramos tan pésimos que fueron a ver algo más animado», explica Groucho Marx en sus memorias Groucho y yo. Pero ese desplante les sentó fatal a los hermanos Marx. «Estábamos acostumbrados a los abucheos e insultos, pero eso nos puso furiosos», cuenta Groucho. Así que, cuando el público regresó a la sala, Groucho improvisó; jugó con el nombre, del pueblo, Nacogdoches, y con la palabra cockcroach (‘cucaracha’) y llamó 'cucarachas' a aquella gente, y «en el colmo del insulto —cuenta Groucho— los llamé ‘malditos yanquis'».

La reacción del público fue sorprendente: estallaron en carcajadas. A partir de esa actuación de 1914, los hermanos Marx cantaron menos y trabajaron más las bromas, las frases ingeniosas, los juegos de palabras y las improvisaciones en sus actuaciones en teatrillos del Sur y Medio Oeste de Estados Unidos.

A partir de entonces, la lengua afilada de Groucho no dejó de lanzar pullas ocurrentes, dardos precisos —y a menudo hirientes—, observaciones geniales e incisivas, comentarios corrosivos, chistes, bromas... Buscaba la risa de los demás y se hizo tan adicto a las carcajadas que a menudo despertaban sus comentarios agudos y no siempre amables que las impertinencias se convirtieron en parte importante de su manera de ser. Y le trajeron problemas en su vida: su familia y sus amigos se cansaban de sus bromas pesadas y de sus 'zascas' mordaces.

Groucho habla de ello en sus memorias. Le dedica un capítulo entero titulado Meteduras de pata. Reconoce que lo que él denomina «un impulso nervioso, un reflejo automático o únicamente una perversidad básica» le ha traído muchos problemas. «Tal vez un psicólogo lo describiría como enfermedad de la Metedura de Pata», dice. Y él mismo cuenta unos cuantos ejemplos.

 

A Greta Garbo le dijo en un ascensor que la había confundido con «un sujeto a quien conocí en Kansas City». Ella, que vestía pantalones y chaqueta de estilo masculino, se molestó. «Esta es la explicación de por qué Greta Garbo no apareció en ninguna de las películas de los hermanos Marx», explica Groucho.

De sus insolencias procede su apodo: grouch es 'gruñón' en inglés. Se llamaba Julius Henry Marx, nació en Nueva York en 1890 —se cumplen ahora 130 años— y se crío en una bulliciosa casa de locos. Sus padres eran inmigrantes judíos, Samuel Marx (procedente de Alsacia-Lorena) era un sastre poco hábil con la aguja y el dedal, pero un gran cocinero; él era el amo de casa, mientras que su mujer, Minnie, se ocupaba de que sus hijos se convirtieran en artistas de éxito.

Aquel piso era como el camarote de los hermanos Marx. Con ellos vivían los padres de Minnie, que solo hablaban alemán (él, ventrílocuo y ella, cantante e intérprete de arpa), y los cinco hijos. Leonard era el mayor, luego lo apodaron Chico por su pasión por las chicas. Lo seguía Adolf, que se cambió el nombre a Arthur por la guerra con Alemania y que luego se convirtió en Harpo porque tocaba el arpa: era un genio para la música; y no era mudo. El tercer hijo es Julius Henry, que pasó a ser Groucho. El cuarto, Milton, apodado Gummo porque usaba zapatos de goma y que pronto prefirió ser agente teatral a ser artista. El pequeño era Herbert y lo llamaban Zeppo, derivado de Zippo, un mono que hacía números cómicos.

Con 15 años, Groucho contestó a un anuncio del periódico para un espectáculo, hizo una prueba... y comenzó su carrera artística. Él cantaba, otro chico bailaba y el jefe (un bribón que los dejó tirados en la primera parada de la gira) actuaba.

 

Enseguida, Minnie entró en acción y fue consiguiendo actuaciones y añadiendo familiares a la troupe: Chico, por ejemplo, que era un loco de los billares, las apuestas y los dados, tocaba muy bien el piano. El grupo creció y llegó a llamarse Las Seis Mascotas. Como Minnie era una mujer despierta (durante la Primera Guerra Mundial compró un terrenito para criar aves, declaró que eran granjeros y evitó así el servicio militar de sus hijos) se dio cuenta de que ella y Hannah sobraban. Quedaron cuatro y se llamaron Los Cuatro Ruiseñores, y continuaron sus giras y andanzas con números en los que siempre había música. Hasta la célebre noche de Nacogdoches y, entonces, las bromas fueron ganando protagonismo.

Gummo se desenganchó del grupo, se sumó Zeppo y cada vez les iba mejor en el vodevil. Los hermanos tomaron sus apodos y atavíos. Groucho hacía improvisaciones sobre temas de actualidad; salía al escenario vestido con una levita, encorvado, con unos andares extraños, a grandes zancadas medio agachado, con gafas y un bigote y cejas postizas. En una ocasión llegó tarde y por las prisas, en vez de colocarse los postizos, se los pintó con betún y eso volvió a hacer durante 30 años. El puro lo utilizó porque así podía fumar mientras actuaba y, además, según contó él, dar una calada era perfecto para hacer una pausa cuando no recordaba su parte del guion.

Los hermanos Marx llegaron a Broadway. Triunfaron con la revista I’ll say she is, en 1924. Y se pasaron al cine. En pocos años llegó el éxito. Sopa de ganso, de 1933, no fue de las más taquilleras, pero es una de las cien películas más importantes de la historia según el Instituto Americano de cine.

A Groucho le encantó ganar tanto dinero. El dinero le importaba mucho. «El dinero es magnífico, tranquilizador y reconfortante», decía. Le daba miedo dejar de tenerlo. «En lo más profundo de mi ser siempre he sido un gallina», confesó.

Y lo perdió. El crack bursátil de 1929 se llevó 240.000 dólares suyos, sus ahorros. El insomnio de aquellos días se quedó con él de por vida. «Soy una lechuza profesional desde 1929», dijo él. Aquello fue una maldición para sus amigos porque a veces, en las noches en las que no podía dormir, los llamaba por teléfono para combatir el aburrimiento, les soltaba una perorata disparatada y solía añadir «soy Groucho. ¿Cómo estás? Como si realmente me importara». Y luego colgaba. Se comprende que se molestaran.

Tanto 'zasca' agotó la paciencia de la gente. No dejó de dar pullazos ni en su boda con su primera mujer, Ruth Johnson. La ceremonia fue una escena de película de los hermanos Marx, con Chico y Harpo de acá para allá cargando macetas y Groucho 'regañando' al oficiante. El matrimonio con Ruth duró 21 años. Tuvieron dos hijos: Arthur y Miriam. Groucho se volvió a casar dos veces más y tuvo otra hija, Melinda.

Fue muy mujeriego, en la realidad y en la pantalla. En varias de sus cintas perseguía a una señora millonaria, personaje interpretado por Margaret Dumont, a quien soltaba en la vida real las mismas frescas poco caballerosas que en las películas. Le decía cosas menos amables que su famoso «¿quiere casarse conmigo? ¿Es usted rica? Conteste primero a la segunda pregunta».

La última mujer en su vida fue Erin Fleming, que fue su joven secretaria y su pareja. A sus hijos les pareció que se aprovechaba de él y la cosa acabó en los tribunales: su hijo Arthur lo inhabilitó y logró que un juez apartara a la chica —51 años más joven que Groucho— de las finanzas del cómico.

Arthur Marx contó muchas cosas de su padre en el libro Mi vida con Groucho; por ejemplo, que cuando iba a un restaurante caro de Hollywood aparcaba lejos para ahorrar unos dólares en parquímetro. Pero también el hijo de Groucho dijo que su padre era mucho más tierno de lo que aparentaba: «Era un sentimental, pero preferiría morirse antes de que nadie lo supiera», explicó.

Lo que era desde luego es surrealista e imprevisible. La siguiente anécdota lo ilustra bien. Los hermanos Marx se habían pasado a la Warner Bros. Llevaban más de dos horas esperando al productor Irving Thalberg en su despacho. Cuando por fin este jefazo entró, se encontró a Groucho, Chico y Harpo desnudos asando marshmallows en la chimenea.

LA VERDAD SOBRE SU SUPUESTO EPITAFIO

A pesar de este extraño encuentro, la alianza entre los Marx y Thalberg dio buenos frutos. Los hermanos Marx filmaron Una noche en la ópera (1935), Un día en las carreras (1937), Una tarde en el circo (1939)... Pero se cansaron. Hicieron algunas películas más sobre todo porque Chico nadaba en deudas de juego. En 1949 rodaron Amor en conserva, en la que participó Marilyn Monroe. Luego se dispersaron. Groucho se centró en el programa Apueste su vida: primero, en la radio y, luego, en la televisión. Lo dejó en 1960 y se dedicó a escribir libros y recibir homenajes. En 1974 recibió un Oscar honorífico. Y en 1977 el hombre del sempiterno puro murió de neumonía.

No es verdad que su epitafio sea «perdonen que no me levante». Sobre el texto que debía acompañar a su tumba dijo: «Cuando muera quiero que me incineren y que el diez por ciento de mis cenizas sean vertidas sobre mi representante». En su lápida, en Los Ángeles, solo figura su nombre.

Fue un grande del humor y del cine. Pero no fue un tipo fácil. Se convirtió en un esclavo de su chispa. Su buen amigo el compositor Harry Ruby lo exculpaba: «No quiere ser insultante; para él es una noción involuntaria, como una neurosis compulsiva», dijo. El propio Groucho admitió que «mi problema es que no puedo soportar que nadie más tenga la última palabra».

 

LÍOS DE FALDAS. «El matrimonio es la primera causa de divorcio» es una de sus máximas memorables. Groucho se casó tres veces. Tuvo dos hijos con Ruth Johnson -su primera mujer- y una hija, Melinda, con la segunda. Su último amor fue su secretaria, Erin Fleming, 51 años más joven que él y a quien sus hijos acusaron de intentar quedarse con su dinero. Acabaron en los tribunales.

 

FAMILIA DE MÚSICOS. En el piso de Nueva York donde se crío Groucho vivían sus padres, los cinco hijos, los abuelos y una prima. Era una familia muy artística y musical: el abuelo era ventrílocuo, la abuela y Harpo tocaban el arpa, Chico era muy bueno al piano y Groucho comenzó cantando.

 

DESPEDIDA CON MARILYN. En 1949, los hermanos Marx filmaron su última película en la que aparecían juntos, Amor en conserva, en la que actuaba Marilyn Monroe. Ella aparecía supersexy y le pedía ayuda a Groucho -que hacía el papel de detective- porque la perseguían unos hombres. Groucho subía las cejas y decía: «No puedo comprender por qué».

ARTISTA PRECOZ. Groucho era el tercero de cinco hermanos. Subió a un escenario a los 15 años y le gustó: «Tuve la sensación de que, por primera vez en la vida, no era un cero a la izquierda», dice en sus memorias.

CON CLASE HASTA EL FINAL. Cuando murió, el 19 de agosto de 1977, The New York Times escribió en su obituario: «Convirtió el insulto en una forma de arte». Con 86 años, en una entrevista, recibió al fotógrafo vestido con una camiseta de Mickey y la gorra. «Tengo la intención de vivir para siempre o morir en el intento», dijo.

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