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viernes, agosto 14

Juan de la Cierva y el invento del autogiro

(Un texto de Javier Yanes publicado el 21 de septiembre de 2015 en la tristemente desaparecida página bbvaopenmind.com)

En enero de 1930 la revista Popular Mechanics dedicaba buena parte de sus contenidos a la aviación, uno de los grandes avances que causaban furor en el momento. Un artículo examinaba la seguridad de los aviones, mientras un reportaje gráfico ilustraba que las modernas aeronaves ya ofrecían lujos tales como cocina eléctrica, rizador de cabello, frigorífico o mesas para jugar al billar. Otra pieza presentaba una prometedora innovación denominada “aeroplano molino de viento”, o autogiro, el gran invento del aviador español Juan de la Cierva, que se anticipó al helicóptero.

El artículo relataba cómo De la Cierva había sufrido un accidente cuando un biplano trimotor construido por él mismo había entrado en pérdida y se había estrellado. A partir de aquella experiencia, el español había perseguido el diseño de una aeronave más segura, que no perdiera sustentación incluso a velocidades muy reducidas, y que pudiera aterrizar casi en vertical. El resultado de su trabajo era un aparato coronado por un rotor de cuatro grandes aspas que giraban libremente con la fuerza del aire. «Creo que el autogiro será de especial ayuda en el desarrollo de la aviación civil, donde la seguridad es capital», declaraba De la Cierva a Popular Mechanics.

El autogiro se diferencia de los aviones convencionales en que la mayor parte de la sustentación no recae en las alas fijas, sino en el rotor, que se convierte en un ala móvil al girar. Según explicaba De la Cierva a Popular Mechanics, el rotor desempeña la función de un paracaídas, permitiendo un descenso incluso más lento que con un paracaídas de diámetro similar al del rotor.

Más seguro que aviones y helicópteros

El concepto del ala móvil del autogiro recuerda al del helicóptero, pero existe una diferencia fundamental: en este el rotor gira propulsado por un motor, mientras que las aspas del primero rotan solas gracias a la velocidad relativa del aire cuando el aparato avanza. En palabras del ingeniero aeroespacial Jeff Lewis, que ha investigado la historia del invento y su creador, el rotor del autogiro «gira por fuerzas aerodinámicas a través de un fenómeno llamado autorrotación. Dado que el rotor no está propulsado, un autogiro necesita una fuente separada para la propulsión, como un avión. Convencionalmente se han empleado hélices, pero también se podrían utilizar reactores». Por el contrario, «un helicóptero consigue su propulsión inclinando el rotor hacia delante».

Este giro impulsado por el viento era el que confería al autogiro una seguridad mayor que la de aviones y helicópteros. En caso de parada del motor, el rotor continuaba girando y el aparato simplemente planeaba con suavidad hasta el suelo en lugar de estrellarse. De hecho, aclara Lewis, «el procedimiento para aterrizar un autogiro después de un fallo del motor es el mismo que para aterrizarlo en circunstancias normales», ya que lo habitual en el caso del autogiro era detener la propulsión antes de tomar tierra.

De la Cierva, un aviador precoz

El autor de este ingenio nació en Murcia (España) hace 120 años, el 21 de septiembre de 1895. La posición acomodada de su familia, establecida en el mundo de la política y la empresa, le permitió fundar junto a dos amigos una sociedad dedicada al desarrollo de la naciente aviación, cuando aún eran adolescentes, y luego estudiar ingeniería de caminos. Su primer prototipo, un avión biplano, vio la luz en 1912, nueve años después del histórico vuelo de los hermanos Wright en Carolina del Norte.

Aquella aeronave, llamada BCD-1 Cangrejo, fue el primer avión de fabricación española, construido sobre la base de un Sommer francés. El aparato voló, pero los posteriores intentos de De la Cierva fracasaron. Cuando su tercer modelo, el C-3, se estrelló por volar demasiado despacio, el ingeniero decidió concebir otro tipo de aparato más seguro. Por entonces se habían popularizado los juguetes voladores, provistos de una hélice horizontal que giraba cuando el aparato se dejaba caer desde una cierta altura; De la Cierva dio con su idea al lanzar uno de estos modelos desde el balcón de la casa de sus padres.

El auge del autogiro

La carrera del ingeniero comenzó a despegar en 1920 en Madrid con la construcción del primer autogiro, el Cierva C.1. El artefacto nunca llegó a despegar del suelo, pero demostró que el principio del rotor autogiratorio era válido. El principal problema de diseño era una asimetría en la sustentación que provocaba el vuelco del aparato. Los C.2 y C.3 sufrieron este defecto, y no fue hasta 1922 que a De la Cierva se le ocurrió, al parecer mientras asistía a la ópera, que unas aspas más flexibles eliminarían el problema. El C.4, con articulaciones en la base de las palas, despegó con éxito del aeródromo de Getafe en enero de 1923, recorriendo 183 metros bajo el mando del teniente de aviación Alejandro Gómez Spencer.

Con su principio demostrado, De la Cierva recibió una subvención del gobierno español y comenzó a promocionar su ingenio. Tras una exhibición en Reino Unido, fue invitado a continuar su trabajo en aquel país, donde en 1926 fundó la empresa Cierva Autogiro Company con el apoyo financiero del industrial escocés James G. Weir y la colaboración del fabricante de aeroplanos Avro, que suministraba los armazones. Desde su sede británica, la compañía fue refinando sus aparatos y vendió licencias de fabricación en Francia, Alemania y Estados Unidos. En 1928 el autogiro completó un recorrido de 4.800 kilómetros por las islas británicas, y el 18 de septiembre del mismo año el propio De la Cierva pilotó su C.8 desde Londres a París, cruzando el Canal de la Mancha con el periodista francés Henri Bouché como pasajero.

Cuando en 1930 el autogiro apareció en aquel número de la revista Popular Mechanics sobre la aviación, el aparato estaba en la cresta de la ola, fabricándose bajo licencia en Estados Unidos y atrayendo gran interés. En el artículo, el inventor pronosticaba un brillante futuro para su creación: «Para volar el autogiro sin riesgo solo se necesita un entrenamiento de unas pocas horas», señalaba De la Cierva. «Además, el autogiro hará posible la utilización de campos muy pequeños como pistas de aterrizaje», proseguía. «El romántico aterrizaje en el tejado ya no es un sueño, y espero que pronto veamos plazas de aparcamiento de autogiros en mitad de las ciudades».

Un sueño frustrado

Sin embargo, la predicción de De la Cierva nunca se cumplió. A pesar de tratarse de una aeronave segura y de manejo sencillo, no llegó a triunfar. Según el investigador Jeff Lewis, varios factores contribuyeron a este abandono. El autogiro no alcanzaba las velocidades que requería la aviación comercial, y para el vuelo lento existía otra opción: por entonces, varios pioneros trabajaban sobre la idea del helicóptero, que surgió de forma independiente. Sin embargo, precisa Lewis, el primer helicóptero que en 1935 llegó a volar con éxito, el Breguet-Dorand 314, incorporaba varias innovaciones nacidas en el autogiro. El helicóptero se convirtió en la opción preferida porque ofrecía ventajas frente al autogiro, como la posibilidad de detenerse en el aire, pero para perfeccionarlo sus creadores aprovecharon la comprensión de la aerodinámica alcanzada por De la Cierva durante la construcción de sus autogiros.

En resumen, «todo lo que hacía el autogiro lo hacían también otros aparatos», escribe Lewis. Además, «la mayoría de la gente no entendía cómo funcionaba y por ello no confiaba en él. Aunque de hecho es más seguro que helicópteros o aviones, la gente no se dio cuenta de ello. Querían algo propulsado».

Pero además, agrega Lewis, el invento decayó debido a la muerte prematura de su principal impulsor. El pionero de la aviación murió en accidente aéreo. Una fatal ironía quiso que no fuera en uno de sus seguros aparatos, sino en un avión convencional: el 9 de diciembre de 1936, el DC-2 de la compañía KLM que debía transportar a De la Cierva a Ámsterdam (Holanda) se estrellaba después de despegar del aeropuerto de Croydon, en Londres. Las causas del accidente nunca llegaron a esclarecerse.

¿Tiene futuro el autogiro?

Tras la muerte de De la Cierva, su empresa continuó trabajando y fabricando modelos, pero el interés preferente de la Royal Navy británica por un helicóptero provocó que el enfoque de la compañía derivara hacia ese nuevo aparato en el que el propio De la Cierva no creía por considerarlo «demasiado complejo».

Hoy el autogiro está bastante relegado a los círculos de aficionados a la aviación deportiva y al modelismo, pero al menos dos compañías estadounidenses, Groen y Carter, han resucitado en pleno siglo XXI el concepto con el fin de llevarlo a la práctica en el terreno de la aeronave personal y en el de la vigilancia policial. Otro vehículo experimental, el holandés PAL-V One, aplica el principio del autogiro a la idea del coche volador. Tal vez después de todo lleguemos algún día a ver autogiros sobrevolando las ciudades, como De la Cierva predijo.

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jueves, junio 11

La impresora 3D, un invento de los 80 que triunfa 30 años después

(Un texto de Beatriz Guillén en bbvaopenmind.com leído el 5 de abril de 2017)

A Chuck Hall (Clinton, Colorado, 1939) la fama le ha llegado 30 años tarde. Una noche de marzo de 1983, este ingeniero sacó de la cama a su esposa en pijama para enseñarle lo que había conseguido: había imprimido una pequeña copa de plástico negro con un nuevo método creado por él, al que llamó estereolitografía. Hull llevaba meses ocupando sus noches y fines de semana en desarrollar un nuevo aparato con el que pudiera crear pequeños objetos de plástico. No lo sabía todavía, pero se había convertido en el padre de la impresora 3D. Un invento que ahora está cambiando la forma en la que creamos todo: desde juguetes y creaciones espaciales hasta, incluso, órganos humanos. Las posibilidades de su invento se han vuelto casi infinitas. Pero han hecho falta tres décadas para ver lo que hoy llamamos futuro.

El momento Eureka tuvo su primer estallido a principios de 1980. Hull trabajaba entonces en Ultra Violet Products, una empresa del sur de California que moldeaba resina con luz ultravioleta y la utilizaba para recubrir muebles. Un día se dirigió a su jefe con una idea: quería colocar cientos de capas de plástico, una encima de otra, y aprovechar la luz ultravioleta para darles distintas formas. Pero, para poder convertir un montón de plástico apilado en un verdadero objeto en tres dimensiones, necesitaba una máquina. Una máquina rápida. Hull, como ingeniero de diseño, estaba frustrado por lo lenta que era la producción incluso de pequeños prototipos de plástico, ya que había que esperar meses solo para probar los nuevos diseños.

El material que cambia de líquido a sólido

A Hull no le permitieron dedicarse a su sueño durante sus horas de trabajo, pero sí le prestaron un pequeño laboratorio donde hacerlo realidad. Después de un año de esfuerzo, el ingeniero desarrolló un sistema en el que luz ultravioleta iluminaba una cubeta rellena de un material llamado fotopolímero. Este tipo de material cambia de líquido —su estado natural— a sólido cuando recibe esta luz. De esta manera, podía dibujar la forma e ir rellenando con capas hasta que el objeto estaba completo.

Para que la impresora conociera qué tipo de forma debía completar, Hull debía escribir él mismo el código. Esta limitación provocó que, al principio, la impresora solo realizara figuras muy simples. Sin embargo, a mitad de los 80, la máquina ya había evolucionado lo suficiente como para convertirse en un producto comercial. El estadounidense patentó su invento en 1986, el mismo año que fundó 3D Systems, la primera compañía de impresoras 3D. Hubo que esperar un año más para que saliera a la venta el primer ejemplar. Como era demasiado pesado para llevarlo a demostraciones, Hull realizaba pequeños vídeos para mostrar sus capacidades a los ejecutivos de otras empresas.

Ya en los primeros años, la compañía tuvo una cierta acogida, especialmente con la industria automovilística. General Motors y Mercedes-Benz pronto comenzaron a utilizar la tecnología de 3D Systems para construir y probar prototipos, ya que les ahorraba meses en el proceso de diseño. Sin embargo fue un éxito discreto, una discreción que nunca preocupó a su creador. Hull se lo dijo entonces a su mujer: la tecnología 3D iba a tardar entre 25 y 30 años en madurar y encontrar su lugar. Pero iba a ser algo importante. Acertó en ambas predicciones. La paciencia se convirtió en su mejor aliada.

Una casa hecha con impresoras

¿Qué ha ocurrido en este tiempo para conseguir dar el gran salto? “La precisión”, comentó su creador a una entrevista con la CNN. “Cuando los materiales pasan de líquido a sólido tienden a contraerse lo que puede provocar que se distorsionen. Ahora, la química ha mejorado mucho y prácticamente no hay distorsiones. También en cuanto a propiedades físicas: antes se rompían pronto los materiales y ahora puedes conseguir plásticos realmente buenos y duros”

La mejora en los materiales y en la tecnología, unida a una reducción del precio —se pueden conseguir impresoras desde 1.200 euros— han creado un universo en tres dimensiones de infinitas posibilidades. Ya hay comida que se puede imprimir en 3D. Un grupo de científicos en la Universidad de California está tratando de crear con estas máquinas una casa entera. Los planos se pueden descargar en Internet de manera que se puede crear cualquier cosa, por cualquiera, en cualquier parte. Esta democratización de la producción ha desembocado en un gran movimiento maker y en una ola de propuestas tridimensionales. Pero de todos los campos hay uno que destaca sobre el resto: la medicina. Prótesis, medicinas, tejidos e incluso órganos están siendo impresos en 3D. Está revolucionando la forma de hacer cirugías y de rehabilitar a un paciente.

Hull, que tiene más de 100 patentes a su nombre se muestra sereno ante esta nueva fiebre. En 2014, recibió con 75 años en Berlín el premio a mejor inventor de fuera de Europa que otorga la Oficina Europea de Patentes. Allí afirmó tranquilo: “Está bien recibir algo de reconocimiento, ha sido un trabajo duro, pero por otra parte yo solo quiero seguir trabajando”.

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viernes, enero 23

La guerra del teléfono: ¿fue un invento de Graham Bell?

(Un texto de Javier Yanes leído el 10 de marzo de 2015 en bbvaopenmind.com)

“Señor Watson, venga aquí. Quiero verle”. El conocimiento popular asume que estas fueron las primeras palabras transmitidas y escuchadas por un teléfono, el 10 de marzo de 1876. Quien las pronunció fue Alexander Graham Bell (3 de marzo de 1847 – 2 de agosto de 1922), el estadounidense nacido en Edimburgo (Reino Unido) que suele citarse como inventor del aparato telefónico. Y quien escuchó claramente su mensaje en la habitación contigua fue su ayudante, Thomas Watson.

Sin embargo, resumir de esta manera el episodio de la invención del teléfono sería olvidar la historia. Suele decirse que la ciencia avanza a hombros de gigantes: los grandes descubrimientos e invenciones raramente se producen por logros aislados de una sola mente genial, sino que se construyen sobre múltiples progresos previos. En el caso del teléfono, fueron varios los pioneros que lograron avances hacia el objetivo de las transmisiones simultáneas de sonidos y voces. El término “teléfono” se debe al alemán Johann Philipp Reis, cuya primera frase en un aparato que nunca llegó a perfeccionar fue bastante más extravagante que la de Bell: “Das Pferd frisst keinen Gurkensalat”, o “El caballo no come ensalada de pepino”. Esta, y no la de Bell, debe recibir el crédito como la primera transmisión telefónica de voz de la historia, según precisa a OpenMind el conservador emérito de Colecciones de Electricidad del Museo Nacional de Historia de EEUU de la Smithsonian Institution, Bernard Finn. “Parece claro que Philipp Reis transmitió voz por su aparato varios años antes que Bell”, apunta Finn, que es autor de varios libros sobre la historia de las tecnologías eléctricas.

Tan ajustada fue la competición que, el mismo día en que Bell presentaba su solicitud de patente en la oficina de Washington, el 14 de febrero de 1876, otra persona hacía lo mismo; se trataba del ingeniero Elisha Gray (2 de agosto 1835 – 21 enero 1901) que en su advertencia de patente –una especie de reserva provisional por un año– incluía un transmisor líquido de resistencia variable, un avance de cara a un teléfono funcional. Aquel día comenzó una batalla legal, técnica e histórica que ha mantenido a los académicos ocupados durante casi siglo y medio, y que ha tratado de responder a varias preguntas: ¿Qué patente llegó primero a la oficina? ¿Cuál de las dos invenciones fue anterior? Y sobre todo, ¿plagió Bell el transmisor de Gray tras tener acceso a la advertencia de patente de su rival? ¿Fue esa la clave para que Bell pudiera transmitir sus primeras palabras por teléfono el 10 de marzo de 1876?

La hipótesis del plagio ha sido defendida por autores como A. Edward Evenson, que en su libro The Telephone Patent Conspiracy of 1876 (2000) llegaba a la conclusión de que fueron los abogados de Bell, y no el inventor, quienes copiaron el diseño de Gray en la versión de la patente que finalmente fue depositada por el escocés. En The Telephone Gambit (2008), Seth Shulman documentó ampliamente el plagio, que fue posible gracias al soborno de un examinador de patentes llamado Zenas Wilber. En el bando opuesto, los partidarios de Bell argumentan que su trabajo se basaba en sus propios logros previos y que el transmisor de Gray no era funcional. Sea como fuere, el 7 de marzo de 1876 Bell recibió la concesión de la patente.

Para Finn, sin embargo, el plagio de Bell “puede decir algo de su carácter (o del de sus abogados), pero no tiene nada que ver con la invención”. Aunque el escocés se inspirara en el transmisor líquido de Gray, esta reivindicación de su patente no fue aceptada, y de hecho Bell cambió su sistema posteriormente. “Tuvo problemas con el dispositivo (debido, pienso según mis propios experimentos, a la descomposición del agua), y regresó al transmisor de inducción”. Por ello Finn opina que el plagio no fue crucial para el trabajo de Bell, sino “más bien una distracción”, y resuelve la polémica con un juicio salomónico: “Bell vio más claramente que Gray las posibilidades comerciales, solicitó la patente y continuó trabajando en su invención, que se introdujo al año siguiente”. “El hecho de que Gray depositara una advertencia sugiere que no estaba seguro del alcance de lo que hacía; no tuvo esa visión de futuro y dejó escapar el tiempo crítico”, juzga Finn, que hace unos años publicó una revisión sobre la controversia de Bell y Gray en la revista Technology and Culture.

La historia tampoco acaba aquí. La patente de Bell ha sido llevada cientos de veces a los tribunales. En junio de 2002, a instancias de un grupo de presión liderado por el congresista italoamericano Vito Fossella, la Cámara de Representantes de EEUU aprobó la Resolución 269 por la cual se reconoce el trabajo de Antonio Meucci, un inventor nacido en Florencia y emigrado a Nueva York, que en 1871 presentó una advertencia de patente sobre un aparato llamado telettrofono. Meucci no pudo renovar la reserva por su situación de penuria económica. “Si Meucci hubiera podido pagar los 10 dólares para mantener la advertencia después de 1874, no se habría concedido la patente a Bell”, afirmaba la Resolución. Por todo ello, Finn cree que la guerra del teléfono no ha acabado: “Aunque ya sabemos bastante bien cómo ocurrió todo, no cabe duda de que el debate seguirá para siempre”.

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viernes, diciembre 19

El origen del filtro Melitta

(Una publicación en Facebook de "Universo Sorprendente" leída en noviembre de este año)
 
Cada día, Melitta Bentz comenzaba con la misma rutina, preparar café. Pero lo que obtenía no era la bebida suave y aromática que conocemos hoy, sino un líquido turbio, lleno de restos y con un sabor tan fuerte que parecía castigo. En esa época, el café se hacía hirviendo directamente los granos en agua, y lo que quedaba era más parecido a una sopa oscura que a una bebida.
 
Las opciones para mejorar no eran mejores. Había métodos que recalentaban el café una y otra vez hasta que sabía a puro arrepentimiento. Otros usaban telas que se ensuciaban rápido y guardaban malos olores. Las rejillas metálicas dejaban pasar demasiados restos. Millones de personas aceptaban que el café debía ser así fuerte, amargo y lleno de grumos. Pero Melitta, madre de 35 años, no estaba dispuesta a resignarse.
 
Una mañana, después de otra taza amarga que no podía beberse, miró su cocina buscando desesperadamente una solución. Entonces vio el cuaderno de su hijo sobre la mesa, dentro de ellos, había hojas especiales que los niños usaban para secar la tinta de sus tareas. En aquella hoja vio algo que de repente iluminó su cabeza: ¿y si ese papel pudiera servir para colar el café?
 
Así que tomó una pequeña olla, le hizo unos agujeros en el fondo y colocó un círculo de ese papel encima. Puso café molido, vertió agua caliente y esperó. Lo que salió fue un líquido claro, sin restos, sin amargura excesiva y por primera vez, el café sabía como debía. Melitta se quedó inmóvil, sorprendida por lo que había logrado en su propia cocina.
 
La mayoría habría guardado ese descubrimiento como un secreto personal. Pero ella fue más allá. El 20 de junio de 1908 registró oficialmente su invento en Alemania. Ese mismo año fundó una pequeña empresa desde su apartamento, con apenas unas monedas de capital. Su esposo la ayudaba con la administración y sus hijos fabricaban los filtros a mano en la sala. Vendían en mercados locales, mostrando a la gente la diferencia: “Miren, sin restos, sin amargura. Café perfecto.”
 
Al principio, muchos dudaban. ¿Por qué cambiar lo que siempre ha sido así?, decían. Pero una vez que probaban el café limpio y suave, la resistencia desaparecía. En pocos años, la empresa ya vendía filtros en toda Alemania. En la década de 1920, su invento se había extendido por Europa.
 
La compañía sobrevivió a guerras, crisis y cambios de país. A pesar de todo, el producto nunca cambió, simples filtros de papel que hacían mejor café. Melitta dirigió la empresa hasta su jubilación y luego la dejó en manos de sus hijos. Murió en 1950, pasando de ama de casa frustrada, a pionera que revolucionó la vida cotidiana.
 
Hoy, el Grupo Melitta sigue siendo familiar, con sede en Alemania y presencia en más de 50 países. Su invento se usa miles de millones de veces cada día. Cada cafetera de goteo, cada cápsula moderna y cada método artesanal de vertido que vemos en cafeterías desciende directamente de lo que ella creó en su cocina en 1908.
 
[Basados en Archivo de Patentes de Alemania, Museo Alemán del Café (Hamburgo), Grupo Melitta. Este contenido es informativo y educativo.]

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sábado, septiembre 13

Wallace Carothers: la estrella fugaz de la química

(Un texto de Francisco Domenech en bbvaopenmind.com publicado el 30 de abril de 2015)

El invento del nylon fue el momento estelar de la química durante el siglo XX. Ingeniería, ciencia básica, universidad e industria, se compenetraron como nunca para hacer realidad un sueño de la innovación: fabricar una seda artificial totalmente sintética. El nylon fue un éxito comercial tan inmediato que literalmente convulsionó la sociedad de EEUU en los años 40. Pero su inventor, Wallace Carothers (27 de abril de 1896 – 29 de abril de 1937), no vivió para ver ese éxito. Tuvo una carrera científica tan brillante como fugaz, más propia de una estrella de rock o de un artista atormentado.

En 1928 la empresa estadounidense DuPont decidió invertir en ciencia básica y fichó a Wallace Carothers para liderar la investigación en química orgánica. Carothers, con una prometedora carrera académica por delante, dejó su puesto de profesor en Harvard para asumir el reto que le planteó DuPont: fabricar una molécula gigante con un peso de más de 4.200 unidades de masa atómica. Sin ningún objetivo práctico, se trataba solo de batir un récord, de superar a los que entonces comenzaban a desarrollar la química de esas macromoléculas de larguísimas cadenas, hoy llamadas polímeros.

Carothers lo logró tras dos años de trabajo. En 1930 produjo un “superpoliester” con un peso molecular de más de 12.000. Ese mismo año su equipo se apuntó otro éxito al fabricar el primer caucho sintético (el neopreno) y además empezó a desarrollar nuevas fibras. Pero una depresión mental y una agitada vida personal apartaron a Carothers de esa línea durante varios años.

En 1934 Wallace Carothers regresó e inició otra etapa muy fértil como investigador, salpicada con estancias en clínicas psiquiátricas. DuPont le había hecho esta vez un encargo mucho más práctico: fabricar una seda sintética, que fuera práctica para el uso cotidiano. El equipo de Carothers retomó algunos de los superpolímeros con los que habían experimentado por pura curiosidad, las poliamidas; y de ahí nació el nailon, sintetizado por primera vez el 28 de febrero de 1935.

El reconocimiento de su gran contribución a la ciencia fue inmediato. En 1936 fue nombrado Académico de las Ciencias, un honor nunca antes recibido por un químico de su especialidad. Pero no pudo superar la depresión y sintió que su carrera científica se estaba estancando, a pesar de que el 16 de febrero de 1937 recibió la patente de su método para crear esas larguísimas cadenas de polímeros. El 29 de abril de ese mismo año Wallace Carothers se suicidó, bebiendo cianuro con zumo de limón. Con sus conocimientos de química, sabía que tomar el cianuro potásico disuelto en un medio ácido lo convertiría en un veneno más rápido y potente.

Su hija nació siete meses después y Wallace tampoco vivió para ver el éxito de su gran invento. En 1938 DuPont recibió la patente del nailon, solicitada por Carothers días antes de morir, y comenzó usarlo en los filamentos de los cepillos de dientes. Pero su despegue comercial llegó en 1940, en forma de medias para mujer. Las medias de nailon eran baratas, finas y mucho más duraderas que las de seda y en su lanzamiento en EEUU se vendieron a un ritmo de 4 millones de pares al día.

La Segunda Guerra Mundial puso un paréntesis a esta fiebre del nailon, pues DuPont dejó de fabricar medias y destinó su fibra sintética a los paracaídas y otros materiales para el ejército. Durante esos años hubo un mercado negro de medias de nailon y, una vez terminada la guerra, su vuelta a las tiendas fue tumultuosa. DuPont las relanzó con una gran campaña promocional pero al principio no pudo cubrir la demanda, y el desabastecimiento de medias de nailon provocó disturbios en las tienas. Fueron las llamadas “revueltas del nailon”. En Pittsburgh, una cola de 40.000 personas para comprar 13.000 pares de medias acabó en pelea con destrozos en unos grandes almacenes.

El nailon revolucionó la industria textil, al hacer accesible un artículo de lujo. DuPont fue acusada de retener la producción de medias de nailon para lograr más beneficios y, las protestas de las mujeres influyeron en que la empresa liberara la patente para evitar un juicio antimonopolio. El nailon se había convertido además en un material estratégico, por sus aplicaciones bélicas, y también fue esencial en el programa espacial Apollo: se usó para fabricar los trajes de los astronautas y la bandera que clavaron en la Luna.

La convulsa historia del nailon es hoy un “cuento de hadas” de progreso para la industria y para la ciencia química, siempre asociadas por la opinión pública a la contaminación y la toxicidad. Para Nathan Rosenberg, profesor de la universidad de Stanford, el invento del nailon es un ejemplo claro de que la ingeniería beneficia a la ciencia, y no solo el revés. Rosenberg, estudioso de la innovación, relata esta secuencia de sinergias que llevaron desde el boom de la industria automovilística hasta la revolución del nailon, en su artículo para OpenMind: “Innovación: la ciencia conforma la tecnología, pero ¿eso es todo?”.

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martes, junio 24

Hedy Lamarr: la actriz que inventó el “wireless”

(Un texto de Javier Yanes en bbvaopenmind.com leído el 13 de noviembre de 2014)

Fue una estrella de Hollywood, que dedicaba las noches a desarrollar un sistema de salto de frecuencias de comunicación. Fue la inventora de un precursor del WiFi, que de día interpretaba a Dalila bajo la dirección de Cecil B. DeMille. Fue la esposa de un judío que vendía armas a Hitler y Mussolini. Fue la emigrante que contó a las autoridades de EE.UU. todo lo que sabía sobre el armamento de las potencias del Eje. Todo eso fue Hedy Lamarr (9  de septiembre 1914 – 19 de enero 2000), un personaje digno de una novela de John Le Carré y de cuyo nacimiento ahora se cumplen 100 años.

En 1933, año de la película Ecstasy, en la que se desnudaba por completo y que la lanzó a la fama de la mano del escándalo, la actriz austríaca Hedy Kiesler se casó con su primer marido, el magnate Fritz Mandl, “que suministraba armamento ilegal a los gobiernos fascistas de Europa”, explica a OpenMind Stephen Michael Shearer, biógrafo de la actriz y autor de Beautiful: The Life of Hedy Lamarr. La relación no fue ideal. “Era una esposa trofeo a la que se le negaba la vida social sin su marido; su carrera se estancó”, señala el biógrafo.

Hedy escapó de su marido y emigró a EEUU, reanudando su carrera en Hollywood en 1937. Con su nuevo nombre, Hedy Lamarr, la actriz de deslumbrante belleza se convirtió en una gran estrella. Pero tras su imagen pública rutilante, Lamarr escondía algo más. En Viena había escuchado las conversaciones sobre armas y sistemas de comunicaciones que su marido mantenía con los líderes de la Europa fascista. Y cuando se fue, se llevó lo que sabía para ponerlo a disposición del país que la acogió.

Un día Lamarr conoció al compositor y pianista George Antheil, un pionero de la música mecanizada y la sincronización automática de instrumentos. Juntos pensaron en aplicar el principio de la pianola a los torpedos dirigidos por radio; es decir, emplear rollos de papel perforado para que la frecuencia de la comunicación fuera saltando entre 88 valores distintos (el número de teclas del piano) según una secuencia que solo podrían conocer quienes poseyeran una clave. Eso impediría que el sistema fuera interceptado. La patente se publicó el 11 de agosto de 1942 con el número 2.292.387, bajo el título Sistema de comunicación secreta.

Sin embargo, el sistema de Antheil y Lamarr no fue explotado de inmediato. Para Shearer, esto se debió a dos razones: “Primero y más importante, el gobierno no entendió o no conceptualizó entonces la comunicación inalámbrica”. Pero según el autor, el segundo motivo obedecía al perfil inusual de la inventora. “Posiblemente el invento fue aparcado porque se consideraba a Lamarr la chica más guapa del mundo y debemos tener en cuenta que en esa época nadie tomaba en serio a una mujer bella en cuestiones intelectuales”. Anthony Loder, hijo de su tercer matrimonio, apunta a OpenMind que ella nunca pretendió ganar dinero con su invención, que entregó a la marina estadounidense. “Hedy se adelantó a su tiempo en 20 años”, añade el hijo de la actriz.

Por fin, la invención de Antheil y Lamarr sería aprovechada dos decenios más tarde, después de que en 1959 Antheil falleciera y la patente expirara sin llegar a producir un solo dólar. “En los 60, la patente se utilizó para desarrollar comunicaciones militares inalámbricas para misiles guiados. Y esto llevaría, juntamente con la invención de los teléfonos móviles, al fundamento de todas las comunicaciones inalámbricas que conocemos hoy, como el WiFi”, detalla Shearer.

Para la inventora y actriz, en cambio, el futuro no sería tan prometedor. Después de la guerra, su carrera cinematográfica entró en declive. Sus años más oscuros llegaron a partir de la década de 1960, cuando llegó a ser acusada de robo en tiendas. Tampoco su labor como inventora fue reconocida hasta después de su muerte, en el año 2000. Desde 2005 su cumpleaños, el 9 de noviembre, está señalado como el Día del Inventor en los países de habla germana (Austria, Suiza y Alemania). Y en mayo de 2014, Lamarr y Antheil fueron incorporados al Inventors Hall of Fame de EE UU. La reivindicación de su figura ha dado lugar a nuevas obras sobre su apasionante vida, como la novela gráfica de Trina Robbins Hedy Lamarr and a Secret Communication System o el libro Hedy’s Folly: The Life and Breakthrough Inventions of Hedy Lamarr, del ganador del Pulitzer Richard Rhodes. Por su parte, Loder adelanta que prepara un libro sobre su madre y que colabora en una película biográfica destinada a ver la luz en 2015.

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domingo, diciembre 15

Mary Anderson: la heroina anónima que inventó los limpiaparabrisas

(Leído en Facebook hace unas semanas)

En un frío día de Nueva York en 1902, Mary Anderson, una mujer decidida con un ojo afilado para resolver problemas, observó con frustración cómo los conductores luchaban por ver a través de sus vidrios cubiertos de nieve. Inspirada, ella inventó el primer limpiaparabrisas del mundo. 

A pesar de su innovador diseño, operado desde el interior del coche para limpiar fácilmente la nieve y la lluvia, Anderson se enfrentó al escepticismo. Los fabricantes de automóviles en ese momento no vieron su potencial, pero su invención se convertiría más tarde en una característica esencial de seguridad para cada vehículo. Aunque su nombre se desvaneció en la oscuridad, su impacto vive en cada limpiaparabrisas que despeja la tormenta para ayudar al conductor en su viaje.

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martes, julio 2

Martha Coston, inventora de la bengala que comunicaría a los barcos en la oscuridad

 (Un texto leído en el blog "Las innovadoras", del 23 de septiembre de 2021 - complementado con algunos datos leídos en otro sitio)

Reconocida por su invención de la bengala Coston, un dispositivo de señalización en el mar patentado, que fueron utilizadas inicialmente con fines militares por la Armada de Estados Unidos y posteriormente por Salvamento Marítimo a nivel mundial.
 
Apasionada en lo personal como en lo profesional, esta joven inventora estadounidense nacida en 1826 en Maryland, se fugó a los 14 años con Benjamin Franklin Coston, de 21 años, que ya se había ganado una reputación de inventor prometedor.

La joven pareja mostó enseguida su talento inventor. Si bien en un principio Martha se convirtió en ama de casa mientras Benjamin ocupaba el cargo de director del laboratorio científico de la Marina de los Estados Unidos en Washington D.C.  

En el astillero, Benjamin cumplió un rol fundamental en el perfeccionamiento del cohete explosivo inventado en 1844 por el británico William Hale (1797-1870) con vistas a su utilización por el ejército estadounidense durante la guerra contra México (1846-1848). Al mismo tiempo, Benjamin creó un nuevo tipo de cebador (cápsula fulminante de percusión) para piezas de artillería y diseñó un sistema de bengalas de señales codificado por colores para la comunicación entre barcos; hasta ese momento se usaban banderas durante el día y linternas en la oscuridad. 

En 1847 por cuestiones de dinero decidió renunciar a su puesto en la Marina y se convirtió en presidente de la Boston Gas Company. Si bien su posición económica mejoró, no sucedió lo mismo con su salud, que lentamente se fue deteriorando por la exposición a vapores químicos, tanto en el Astillero Naval como en la Compañía de Gas de Boston. 
 
Un año después falleció. Su trabajo en las bengalas de señalización, aunque importante, se limitó a planes y fórmulas químicas. Marta fue quien se encargó de llevar todo ese trabajo realizado por su marido a la práctica.
 
Todo comenzó con un descubrimiento fortuito. Martha tropezó con los cuadernos de su difunto esposo, llenos de sus intentos infructuosos por crear un sistema de señalización marítima. Mientras que muchos podrían haber visto solo fracaso, Martha vio potencial. Decidida a triunfar donde su esposo no pudo, se embarcó en una búsqueda para desarrollar un sistema de bengalas de señalización que pudiera iluminar el cielo nocturno y comunicar mensajes vitales a través de las vastas distancias oceánicas.

Con voluntad y decisión, pero con nula formación científica, Martha tuvo que disimular con expertos y científicos y hasta en algunas ocasiones disfrazarse de hombre para que confiaran en ella.  Hasta ese momento las bengalas que habían sido probadas en el astillero de Washington  no funcionaban muy bien, debido a que eran difíciles de hacer y usar, las luces no duraban lo suficiente para ser detectadas de barco a barco o desde tierra, ni era sencilla la mezcla de compuestos químicos para generar colores ni las carcasas resistían las condiciones del mar.
 
El camino de Martha no fue nada fácil. Contando con la ayuda de químicos, pasó años experimentando con diversos materiales y diseños. La inspiración finalmente llegó cuando se dio cuenta de que la naturaleza vívida y explosiva de los fuegos artificiales podría ser aprovechada para su sistema de señalización.

Para diferenciar los mensajes, Martha Coston consiguió recrear dos colores, el blanco y un rojo vivo, pero le faltaba un tercero. Primero probó con el color azul, pero finalmente resolvió que el color indicado sería un verde intenso producido por la empresa que ella misma creó y a la que llamó  Coston Manufacturing Company (CMC), con sede en Nueva York, y más adelante denominada Coston Signal Company (hasta 1927) y Coston Supply Company (hasta 1985). 

El 5 de abril de 1859, se le concedió la patente número 23.536 de EE.UU. para una señal pirotécnica nocturna y un sistema de código (la patente le fue concedida como administradora de su difunto esposo, que fue nombrado como inventor). Usando diferentes combinaciones de colores, permitía a los barcos hacerse señales unos a otros y también a la costa. 

El Capitán C.S. McCauley de la Marina de los Estados Unidos recomendó el uso de sus bengalas al Secretario de la Marina, Isaac Toucey, en 1859. Después de extensas pruebas que demostraron la efectividad del sistema, la Marina de los Estados Unidos ordenó un pedido inicial de 300 bengalas y más tarde hizo un segundo pedido por un valor de 6.000 dólares 

Durante la Guerra Civil, estas señales se convirtieron en una herramienta crucial para la Unión, ayudando en la comunicación en el campo de batalla y en los rescates marítimos, contribuyendo finalmente a la victoria del Norte.
 
Pero Martha no se detuvo ahí. En 1871, presentó un dispositivo de encendido por torsión, refinando aún más su sistema. Sus bengalas pronto estuvieron en demanda en todo el mundo, utilizadas por las armadas, los transportistas y los clubes náuticos. A pesar de su éxito, Martha se enfrentó a un prejuicio implacable. En una industria dominada por los hombres, a menudo encontró que su contribución era subestimada y su compensación insuficiente. Sin embargo, su determinación nunca flaqueó. Continuó luchando por el reconocimiento y el trato justo, dejando una huella indeleble en la historia marítima.

Martha Coston murió en 1904 y se encuentra enterrada en la Sección D, Lote 62, en el Cementerio Laurel Hill en Filadelfia.

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viernes, abril 5

Los ocho mejores inventos por accidente

 (Leído en ABC el 10 de enero de 2012)

A lo largo de la historia, decenas de aparatos y productos revolucionarios fueron descubiertos gracias al azar.

Este miércoles 4 de enero los seguidores de las noticias de Ciencia se levantaron con una grata sorpresa: el catalán Santi Trias Bonet había hallado por casualidad una forma de energía limpia y barata a partir de una máquina que utiliza la presión del agua para generar electricidad.

Pero este investigador no ha sido el único que ha inventado por accidente un prototipo que más tarde se convertiría en revolucionario. A lo largo de la historia nos encontramos con hallazgos sorprendentes que fueron descubiertos por un simple golpe de timón del caprichoso azar.

1. Los Rayos X

En 1896, el físico Wilhelm Conrad Roentgen había descubierto la relación entre unos extraños rayos catódicos que atravesaban papel y metales y la emulsión fotográfica. Es por esto que se decidió a experimentar con humanos.

Le pidió a su esposa que colocase la mano durante quince minutos sobre la placa de cristal que había creado.Al revelar la misma, apareció una imagen histórica: las falanges de la mano de Berta con su anillo de bodas. Esta fue la primera imagen radiográfica del cuerpo humano y aquí nace la Radiología.

2. La Viagra

La pastilla azul que llena de esperanzas a los hombres con el deseo sexual en horas bajas fue diseñada para su uso en la hipertensión arterial y la angina de pecho. Pero para sorpresa de los científicos del Hospital de Morriston, en Gales, durante los primeros ensayos con la pastilla se comprobó que tenía un ligero efecto en la agina pero que tenía unos efectos potentes en la erección del pene.

Es por esto que los laboratorios Pfizer decidieron comercializar el producto y patentarlo en 1996. De este modo, la pastilla se convirtió en un éxito en ventas entre 1999 y 2001 en Estados Unidos, primer país en el que se comercializó.

3. Los fuegos artificiales

Existen varias teorías sobre el descubrimiento de la pólvora y los fuegos artificales. Una de las más populares es la de que hace 2.000 años un cocinero chino utilizó para hacer fuego al aire libre una mezcla con ácido sulfúrico, salitre y carbón vegetal.

Al juntar estos elementos, se produjo una explosión que después comprimiría en un tubo de bambú, origen por tanto de los fuegos artificiales, que eran utilizados para espantar a los malos espíritus en ritos como el matrimonio.

4. Los Post- it

En 1970, el químico Spencer Silver estaba realiznado unos ensayos para conseguir un pegamento potente pero solo consiguió un simple adhesivo que más tarde usaría un colega suyo para pegar los puntos de libro usados en el cantoral de la iglesia en cuyo coro participaba. En este momento nacieron los Post-it.

5. El Teflón

En 1930, Roy Plunkett, un investigador que trabajaba en la empresa DuPont, descubrió el teflón o politrafluoretileno por casualidad mientras realizaba ensayos con sustancias refrigerantes.

El científico y un compañero almacenaron tetrafluoroetileno (TFE) en unos cilindros a presión que fueron sumergidos en hielo seco. Cuando abrieron los tubos, descubrieron que en las paredes había una sustancia blanca y cerosa, lo que después se denominaría teflón, material usado para revestimientos de aviones, cohetes y naves espaciales, además de ser el material estrella para las sartenes.

6. El horno de microondas

El horno de microondas fue descubierto en 1946 por accidente después de que el ingeniero Percy Spencer, de la Raytheon Corporation, estaba probando un tuvo llamado magnetrón cuando descubrió que la chocolatina que tenía en el bolsillo se había derretido.

Posteriormente puso el tubo cerca de otros alimentos y se dio cuenta de que en pocos minutos se cocinaban gracias a las ondas de baja densidad emitidas por el cilindro. Metió esta energía en una caja que calentaba cualquier alimento que se introducía en la misma. Spencer había creado un invento revolucionario en las cocinas de medio mundo: el microondas.

7. El velcro

El ingeniero suizo George de Mestral se encontraba paseando en 1941 por los Alpes cuando se quedó embobado mirando cómo las espigas de la setaria se le quedaban pegados al cuerpo. Entonces decidió estudiar la planta y reproducir su «mecanismo» en el laboratorio.

Descubrió que el Nylon, cosido con rayos infrarrojos formaba unos ganchos que se pegaban a una tela más aterciopelada. Es por esto que decidió llamar al famoso cierre «Velcro», palabra formada por el término francés Velours (terciopelo) y la inglesa crochet (gancho).

8. El celofán

También en Suiza, el ingeniero Jacques Brandenberger quiso crear un material que evitara las manchas en los manteles. Realizó varios ensayos en su laboratorio pero todos eran fallidos hasta que en uno de esas pruebas poco fructíferas se dio cuenta de que el líquido viscoso que había aplicado sobre una tela había creado una capa que se podía separar y que además podía ser adhesiva. En 1908 nació el celofán.

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martes, diciembre 14

¿Napoleón inventó la ambulancia?

 (Un texto de José Segovia en el XLSemanal del 29 de diciembre de 2019)

Se sabe que en el siglo X los anglosajones utilizaban una especie de hamaca de la que tiraban caballos para trasladar a los heridos que habían caído en el campo de batalla.

Hay constancia de que durante el reinado de Isabel I de Castilla su Ejército retiraba de una forma similar a los combatientes que habían sufrido heridas, aunque esas labores se llevaban a cabo cuando la lucha había terminado, lo que incrementaba el número de víctimas. En realidad, la primera prueba documental de una ambulancia tal y como hoy las concebimos data de las guerras napoleónicas.

En otoño de 1805, Napoleón marchó con sus hombres hacia el este para combatir a los austriacos y rusos. Los superó en ingenio y rapidez de movimientos en Ulm y después en Austerlitz. Aquella noche, Napoleón escribió a Josefina. «He vencido al Ejército ruso y austriaco mandado por dos emperadores». Pero no hizo ninguna mención del elevado número de muertos y heridos que provocó aquel brutal enfrentamiento bélico. Tampoco habló de la fantástica labor que llevaron a cabo las ambulancias tiradas por caballos que había inventado Dominique-Jean Larrey años antes durante el asedio de Maguncia.

Este médico comprobó que muchos heridos que podrían haberse salvado se desangraban en el campo de batalla al no recibir ayuda médica a tiempo. Para solventar ese problema, Larrey diseñó la primera ambulancia volante, tal y como él la denominó. Se trataba de un pequeño carruaje cerrado de dos ruedas tirado por dos caballos. En pocos meses, el galeno organizó un equipo de ambulancias que acompañó a las tropas de Napoleón en la campaña de Egipto. Su invento, así como los avances en cirugía que se produjeron en otras guerras del siglo XIX, contribuyó a salvar miles de vidas.

Durante la guerra civil estadounidense, los médicos militares de la Unión, Joseph Barnes y Jonathan Letterman, mejoraron el diseño de Larrey dotándolo de más espacio para los heridos. Se aseguraron de que cada regimiento contara con una ambulancia Rucker, que tenía cuatro ruedas y lucía distinciones visibles para advertir al enemigo de su uso como transporte para heridos. A lo largo de la guerra, ambos bandos utilizaron también pequeños barcos de vapor que sirvieron como ambulancias y quirófanos móviles.

→ Ambulancia motorizada. El primer vehículo de motor utilizado para el transporte de heridos fue presentado en Estados Unidos en 1899.

→ En las grandes ciudades. El primer uso civil de ambulancias se produjo en Londres en 1832 para transportar a los enfermos de cólera a los hospitales.

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sábado, noviembre 13

Herman Hollerith, el 'ordenador' del censo

 (Un texto de Miguel Barral en el suplemento Tercer Milenio del Heraldo de Aragón del 4 de diciembre de 2018)

Las máquinas tabuladoras de Hollerith empleaban tarjetas de datos perforadas para elaborar el censo. Un ejemplo de programación mecánica antes de la era electrónica.

En 1879 probablemente nadie habría apostado a que el joven Herman Hollerith, hijo de emigrantes alemanes en Nueva York y que acababa de graduarse en la Escuela de Minas de la Universidad de Columbia con unas pobres calificaciones en Contabilidad y Máquinas fuese a pasar a la historia como el responsable de revolucionar el sistema censal para siempre.

Ese mismo año Hollerith entró a formar parte del cuerpo de agentes del censo estadounidense de 1880. Su tarea consistía en recopilar datos de manufacturación. Y también debía ayudar a John Shaw Billings con los mucho más importantes datos personales que representaban a cada ciudadano. Y con ellos al conjunto de la población nacional. 

Un Billings a quien Hollerith siempre señaló como la persona que le señaló el camino. Durante una cena en casa del primero, y mientras comentaban las incidencias del trabajo, Billings mencionó la necesidad de dar con una forma de sistematizar el registro de las tablas censales para evitar errores y recortar plazos. No era una demanda arbitraria. En 1880 el registro del censo estadounidense había llegado a un punto crítico en el que el crecimiento de la población hacía temer que no se pudiese completar la tarea antes de que se pusiese en marcha el siguiente censo.

A partir de ese momento Hollerith comenzó a trabajar sobre esa idea. Una labor que finalmente se iba a plasmar en 1884, con su primera patente para una ‘máquina tabuladora del censo’.

En 1887 la máquina fue seleccionada junto a otras dos candidatas por el director del censo para ponerlas a prueba procesando los datos de mortalidad de varias ciudades. La tabuladora de Hollerith demostró ser muy superior a sus competidoras y resultó seleccionada para efectuar el censo nacional de 1890. El primero que se iba a realizar de forma mecánica. La máquina cubrió con creces las expectativas al completar la primera y más importante fase del censo, el registro de ciudadanos, en tres meses, cuando hasta entonces se demoraba más de dos años. Y con un ahorro estimado en costes de 5 millones de dólares. En los siguientes tres años las tabuladoras de Hollerith permitieron realizar el primer análisis completo y sistematizado de todos los datos censales.

El éxito cosechado tuvo una repercusión inmediata a nivel internacional y, un año después, los equipos de Hollerith fueron empleados para el censo en Canadá, Noruega y Austria. Países a los que se sumaron otros en años sucesivos.

En 1896 Hollerith creaba la Tabulatory Machine Company. La firma ofrecía sus máquinas tabuladoras en servicio de ‘leasing’. En una demostración de visión empresarial, para garantizar el correcto funcionamiento de sus equipos, requería a sus clientes que solo empleasen las tarjetas de datos que la compañía fabricaba. Pronto los beneficios generados por la venta de las mismas excedieron los rendidos por el alquiler de los equipos.

Además, para entonces Hollerith había ampliado la capacidad operativa de sus máquinas al diseñar un mecanismo que permitía registrar valores numéricos y, por tanto, compilar y procesar datos de muy diversos campos.

En 1911 Hollerith alcanzaba un acuerdo para vender la TMC a Charles R. Flint, que la integró en la Computing-Tabulating-Recording Company (CTR). El acuerdo reportó a Hollerith más de un millón de dólares, además de convertirle en consultor de la nueva compañía por un periodo de diez años, y con derecho a vetar cualquier modificación sobre su máquina con la que no estuviera conforme. Este último punto del acuerdo iba a ser la causa de los continuos choques con Thomas J. Watson, nombrado director de la CTR en 1914. Aunque durante un tiempo siguió trabajando e inventando mejoras para su ingenio –su última patente data de 1919–, dicho enfrentamiento propició que progresivamente Hollerith se fuese desvinculando de la compañía. En 1921 se retiraba definitivamente para dedicarse a su granja de ganado bovino y a sus yates. Y ocho años más tarde, en 1929, fallecía. Por lo que aún tuvo tiempo de ver cómo, en 1924, Watson renombraba la compañía para dotarla de un nombre más acorde con los nuevos tiempos: International Business Machines o IBM.

La máquina tabuladora, programación mecánica antes de la era electrónica
 
La máquina en sí estaba integrada por dos placas o superficies conductoras de la electricidad y donde la superior presentaba alfileres o puntas que se podían retirar distribuidos de forma uniforme. El conjunto se conectaba a una serie de diales que registraban y recopilaban los datos. Las tarjetas, del tamaño de un billete de dólar, presentaban una serie de puntos o posiciones que, al perforarlas, permitían recoger la información. Una vez cumplimentada –perforada–, la tarjeta se introducía entre las dos planchas de la máquina para su lectura. En las posiciones perforadas de la tarjeta, los pinchos de la placa superior entraban en contacto con la placa inferior, cerrando el circuito, lo que provocaba el movimiento del dial correspondiente a esa posición. Además, en la trasera incorporaba una serie de cables con los que se podían conectar dos categorías de datos registradas por diales distintos. Esto permitía cruzar datos.

Con el paso de los años, Hollerith fue incorporando modificaciones que la mejoraban. Fundamentalmente a través de la mecanización o automatización de tareas que al principio se realizaban de forma manual, como la introducción, recogida y clasificación de tarjetas. En 1900 incorporó una sencilla máquina calculadora que ampliaba sus capacidades y posibilidades.

Si bien en los modelos iniciales los cables eléctricos que conectaban distintas categorías estaban prefijados desde su fabricación, según las necesidades del cliente, a partir de 1906 Hollerith incorporó un tablero que permitía conectar distintas categorías a voluntad con solo modificar la posición de los cables. Fue uno de los primeros sistemas de programación, aunque fuese mecánica y no electrónica. La otra gran evolución fue la modificación de la tarjeta perforada. Inicialmente registraba categorías cerradas o ‘binarias’ (sí/no, en función de si se perforaba o no) y pasó a estar constituida por una serie de columnas con valores del 0 al 9, lo que permitía registrar datos numéricos.

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