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martes, septiembre 15

Sangre y pilum; El instrumental que usaron los cirujanos de las legiones romanas en España

(Un artículo de Manuel P. Villatoro publicado en el ABC del 2 de octubre de 2014)

La exposición «Sanidad Militar española: Historia y aportación a la ciencia» [incluyó] varios de los enseres utilizados por los médicos militares de la época de Augusto.

Desde una simple espéculo ideado para examinar a los pacientes, hasta un bisturí dispuesto para intervenir a cualquier soldado después de un sangriento combate. A pesar de que fueron inventados hace dos milenios, los instrumentos utilizados por los médicos romanos podían ser la frontera entre la vida y la muerte para los legionarios que, bajo la lluvia incesante de Britania o el calor de Egipto, combatían por su vida armados tan solo con un pilum y un gladius. Sin embargo, y a pesar de su simplicidad, este instrumental revolucionó la medicina de campaña de la época. Lo mismo sucedió con la Sanidad Militar romana, la más avanzada de entonces y la cual sirvió de base para toda la medicina marcial que hoy existe en España.

Varias de estas piezas de cirugía, al igual que otras dedicadas a la atención sanitaria de heridos en la antigua Roma, pueden ser apreciadas en primicia por todo aquel que se deje caer por Granada. Esto es posible debido a que, desde hace aproximadamente un mes, el Parque de las Ciencias de la ciudad andaluza [acogió] la exposición « Sanidad Militar Española: Historia y aportación a la ciencia», una exhibición con más de 250 piezas de patrimonio médico de carácter castrense que podrá ser visitada durante todo un año por los interesados en el tema.

La Sanidad Militar romana

La Sanidad Militar española tiene su origen en Roma. Y es que, al ser un pueblo que solía andar a lanzazos por medio mundo, necesitaban de un buen equipo médico que pudiera salvar de la muerte a cuántos más legionarios mejor. Con todo, hubo que esperar hasta la época del emperador Cayo Julio César Augusto (en el año 27 A.C.) para ver una verdadera organización dedicada a la recuperación de heridos y enfermos. Antes de este líder, aquellos soldados de Roma que recibían un tajo en batalla eran trasladados y tratados en las casas particulares cercanas. Allí, más con rituales y embrujos que con cirugía, los improvisados curanderos trataban de salvarles la vida para que lograran que combatieran un día más. Las posibilidades de marcharse al otro barrio con el uniforme puesto eran, por lo tanto, más bien altas.

Todo cambió con la creación de una organización sanitaria profesional en la época de Augusto. Ésta era incluso preventiva, pues a algunos doctores militares (la mayoría de los cuales basaban sus conocimientos en la antigua Grecia y en la experimentación) se les encargaba realizar un examen médico a cualquier aspirante a convertirse en miembro de la Legión. Concretamente, buscaban hombres sanos, fuertes, y que no fueran propensos a enfermar. Mientras todo esto sucedía, los médicos se profesionalizaban y adquirían experiencia a una velocidad increíble. La razón era sencilla: el Emperador sabía de la importancia de su preparación y no tenía problemas en abrir la bolsa para premiar a sus galenos con dinero, tierras y títulos. Así pues, no era raro que los pequeños estudiantes soñaran con convertirse en doctores cuando levantaran dos palmos del suelo.

Los primeros hospitales de campaña

Sin embargo, por si todo aquello fallaba (o por si sus legionarios eran heridos por algún que otro bárbaro armado con una vulgar hacha), el que fue el primer Emperador del Imperio Romano creó sus primeros centros de atención para soldados. «La gran importancia que, desde Augusto, la administración romana concedía a la recuperación de heridos y enfermos quedó patente en la monumentalidad y eficiencia de sus “ valetudinaria” (hospitales de campaña situados siempre dentro de los grandes campamentos de cada legión, que, a su vez, estaban muy cerca del limes –conjunto de muralla y torres de vigilancia que defendía el Imperio de súbitos ataques del enemigo-)» afirma Luis Monteagudo García, exdirector del Museo Arqueológico de la Coruña, en su dossier «La cirugía en el imperio romano».

Estos primeros hospitales eran militares y contaban con habitaciones para los heridos, además de un quirófano en el que intervenir a los soldados en plena contienda. A su vez, y como bien señala Monteagudo, eran de una modernidad increíble: «Características son las salas de enfermos, cada 2 de las cuales tenían comunes una puerta, un vestíbulo y una despensa centrales; del vestíbulo se pasaba a las dos habitaciones por sendas puertas, a derecha e izquierda. Así se lograba ventilar sin engendrar corrientes».

«Podemos considerar que los romanos crean el primer antecedente histórico de una Sanidad Militar organizada y estructurada, que influiría decisivamente en la génesis de una verdadera Sanidad militar española que surgiría en la Edad Media y, posteriormente, en el Imperio español» señala Guiote mientras muestra a este periódico los recuerdos de este antiguo pueblo que, tras una vitrina, se exponen en la exhibición granadina «Sanidad Militar Española: Historia y aportación a la ciencia».

Las labores del «medicus»

Así pues, el médico se convirtió en todo un activo en las legiones romanas, ya que, durante el combate, era el encargado de curar a los heridos que llegaban del campo de batalla tratando, por todos los medios, de devolverlos lo antes posible a la lucha. Sin embargo, el sanar a los legionarios no era su única labor. Y es que, además de cirujano devía velar por la higiene del campamento y evitar el contagio de enfermedades e infecciones. «El “Medicus” se convirtió, no sólo, en el cirujano que atendía y curaba las heridas de guerra de los soldados; no sólo en el profesional que trataba diferentes tipos de enfermedades comunes (infecciosas,etc.), sino en un verdadero “higienista-preventivista”: se encargaba de enseñar medidas para prevenir enfermedades transmisibles, elaboraba dietas equilibradas para los legionarios, etc.», completa el militar a ABC.

A su vez, los médicos romanos fueron los primeros que apostaron por crear hospitales militares en los que poder tratar mejor a los heridos: «Fueron los creadores del “Valetudinarium”, antecedente de los hospitales fijos, en el que los enfermos y heridos se distribuían en alas independientes y en habitaciones individuales. Fueropn además los encargados de crear un verdadero sistema de evacuación de los heridos en angarillas,. Pero, probablemente, lo más significativo fue la creación de una organización sanitaria compleja, dirigida por el “Ordinarius” -lo que hoy podríamos llamar el jefe de la sanidad- que dirigía y coordinaba todo lo relacionado con la salud de las legiones (curiosamente, podemos decir que conocemos el nombre del primer médico militar hispanorromano, que era “Ordinarius”: se llamaba: Anitius Ingenuus», señala Guiote.

Las «armas» del cirujano

Con todo, y a pesar de su ingente cantidad de tareas, la valía de un «medicus» se terminaba probando cuando pasaban por sus manos centenares de legionarios con brazos cercenados, heridas profundas de hacha o tajos brutales. Para tratarlos, el doctor y cirujano contaba con unas herramientas muy avanzadas para la época. «El “Medicus” romano disponía de una amplia panoplia de instrumental quirúrgico para tratar todo tipo de heridas originadas en el campo de batalla. Dicho “arsenal” terapéutico era más sofisticado de lo que podríamos pensar hoy en día: tenía un diseño que , en esencia, no dista mucho del que tiene el utilizado por los cirujanos actuales. Así, prácticamente, la única diferencia radica en el material con el que se confeccionaban: bronce y hierro, en la la Antigua Roma; acero quirúrgico, en la actualidad», añade el experto.

El medico, a su vez, contaba con una gran cantidad de instrumentos con diferentes objetivos.. Así pues, para la denominada «cirugía blanda», la herramienta principal del «medicus» era el bisturí. «El bisturí romano constaba de tres partes; hoja cortante de acero o hierro acerado, empalme -donde iba introducida la hoja- y dos ranuras para fijar la hoja», señala, en este caso, Monteagudo en su obra. Entre los diferentes escalpelos, había algunos diseñados específicamente para hacer las denominadas penetraciones exploratorias e, incluso, para llevar a cabo operaciones de cataratas. «El “ Medicus” poseía también: sondas, gubias, agujas, etc., que servían para cortar los tejidos, extraer puntas de flechas, drenar pus, realizar legrados...», añade Guiote.

Los «ganchos separadores» era otro de los elementos utilizados para la cirugía de pequeño calibre. Este instrumento fue muy empleado en las operaciones de amígdalas, las cuales ya se realizaban en la época romana. Así explicaba una de estas intervenciones el médico Paulus VI: «Sentado el paciente a la luz del sol, se le manda abrir la boca, y mientras un ayudante le sujeta la cabeza y otro le mantiene baja la lengua contra la mandíbula inferior con un depresor de lengua, tomamos el ganchillo, enganchamos la amígdala y tiramos con el gancho todo lo que podamos sin arrastrar la cápsula. Entonces cortamos la amígdala por la raíz con el bisturí». Finalmente, acompañaban a este instrumental las típicas vendas, punzones, el hilo de sutura para coser heridas en combate o las médulas de papiro para ablandar fístulas (una conexión anormal entre dos partes internas del cuerpo).

La «cirugía ósea» era otro de los ámbitos a los que se dedicaba el «medicus» y, como era natural, disponía de varios instrumentos para llevarla a cabo. Uno de sus aparatos más utilizados era el «trépano cilíndrico para cráneos», el cual servía para realizar agujeros en la cabeza del afectado y, posteriormente, poder retirar así los fragmentos de hueso que se hubieran introducido en una herida tras un golpe en la cabeza.

Curiosamente, para llevar a cabo operaciones óseas no era muy aconsejable hacer uso de sierras quirúrgicas, ya que solían ser muy dañinas. A pesar de ello, formaban parte de las herramientas del «medicus», al igual que el martillo de plomo (utilizado junto al trépano para abrir agujeros en el cráneo), la «palanca o elevador de huesos» (cuya función era extraer esquirlas de hueso y colocar éstos en su sitio después de una fractura) y los escoplos (que servían para abrir canales en los huesos).

Finalmente, el cirujano disponía de instrumentos para sacar todo tipo de suciedad o restos de las heridas. La principal herramienta para esta función eran las pinzas. «Instrumento muy frecuente en el equipo del médico antiguo. Sirve para extraer cuerpos extraños de las heridas, para coger la gasa y enjugar la sangre, etc». Según Celso, también eran útiles para sacar esquirlas de hueso. «La elasticidad de la pinza estaba producida por la divergencia de las dos ramas soldadas o bien por la rápida curvatura de un solo fleje que forma ambas ramas», destaca el experto español en su dossier sobre la cirugía romana.

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viernes, julio 10

El libro definitivo sobre la gripe del 18

(Un texto de José María Robles en El Mundo del 24 de mayo de 2020)

Laura Spinney rastreó el impacto de la epidemia hace tres años en 'El jinete pálido'. "A falta de una vacuna, hoy luchamos contra el virus exactamente igual que hace un siglo", se lamenta ahora.

«No sé nada de oráculos ni de profetas», responde con media sonrisa Laura Spinney, a la que estas últimas semanas le suena el móvil un poco más de lo habitual. ¿El motivo? Hace tres años, la periodista científica y colaboradora de National Geographic publicó el libro definitivo sobre la epidemia de gripe de 1918. Sí, la mal llamada gripe española, que en realidad surgió en un campamento militar estadounidense. La misma que arrasó el mundo de Zamora a Alaska y de la costa de Brasil al corazón de China en un parpadeo. Y también la que en el mismísimo siglo del Holocausto, el gulag y el sida sólo recibió la consideración de capitulito, pese a su monstruosa letalidad.

«Entre el primer caso registrado el 4 de marzo de 1918 y el último, en algún momento de marzo de 1920, mató a entre 50 y 100 millones de personas, o a entre el 2,5% y el 5% de la población mundial [...] Superó a la Primera Guerra Mundial (17 millones de muertos), a la Segunda (60 millones de muertos) y posiblemente a ambas juntas. Fue la mayor oleada de muerte desde la peste negra, tal vez de toda la historia de la humanidad», puede leerse en las primeras páginas de El jinete pálido (Ed. Crítica).

Su galope regresa ahora con un eco de perplejidad y una pisada negrísima, porque ha pasado el tiempo y aquí estamos otra vez, peleando contra el virus, aunque el de 2020 sea otro distinto. Ya saben: la historia se repite como etcétera. En 1918, el autor de Cyrano de Bergerac murió tres semanas después de coger con las manos una paloma enferma que entró en su casa, revela el libro; hoy nos preguntamos si en Wuhan, en el origen de todo, lo que revoloteó fue un murciélago.

Spinney (49 años, Reino Unido) habla del Covid19 con la experiencia de quien ha seguido el rastro del patógeno y lo ha convertido casi en una novela de detectives, brillante en la investigación y concienzuda en los detalles. Pocas voces más acreditadas que la suya, por tanto, en la nueva categoría de best seller que se intuye: el históricopandémico.

«Los científicos venían insistiendo desde hace mucho tiempo en que habría más pandemias y que debíamos prepararnos para ellas. Obviamente, cuando escribí el libro no tenía ni idea de que nos encontraríamos en esta situación tan pronto», confiesa la periodista, que no tiene problema en matizar que el contagio masivo de 1918 «puede que no sea la referencia más obvia para comparar el actual; ha habido otras dos pandemias de gripe en el siglo umbe: la gripe asiática de 1957 (que provocó al menos dos millones de muertos) y la gripe de Hong Kong de 1968 (cuatro millones de fallecidos). La comparación debería ser con éstas dos».

Sin embargo, una vez admitida la diferencia de escala, de aquellas fosas comunes a esta morgue improvisada en una pista de hielo, se adivinan rasgos comunes entre ambas crisis. «Sí, hay muchos paralelismos», confirma la autora de El jinete pálido. «Todavía no disponemos de una vacuna contra el coronavirus, lo que significa que las principales medidas para protegernos son las pasadas de moda que conocemos como distanciamiento social: cuarentena, mascarillas... En muchos sentidos, la manera en que estamos respondiendo a este virus hoy a falta de vacuna es exactamente la misma en que respondimos a la gripe en 1918. Incluso los debates son los mismos. ¿Cuándo podemos levantar las medidas e impulsar la economía para volver a la normalidad? Todo esto ya se lo preguntaban entonces...».

Que la percepción del otro como sujeto tóxico coincida en una y otra época, en la sociedad de entreguerras y la del smartphone en el bolsillo, no sorprende demasiado «Si oías toser a un vecino o a un pariente, o le veías desplomarse delante de ti, sabías que era muy posible que tú también estuvieras enfermo. En palabras de un funcionario de sanidad de Bombay, la gripe española llegó 'como un ladrón en la noche, con una aparición rápida e insidiosa'», describe Spinney como si lo hiciera de cualquier UCI madrileña en plena curva. Lo que sí llama más la atención es la sensación compartida de indefensión. O sencillamente de derrota.

«Creemos que entendemos el mundo que nos rodea, tenemos en este período de la historia una gran fe en la ciencia en general. Y eso a veces nos genera la ilusión de sentirnos invencibles, de que un modesto virus no puede acabar con nosotros. Desafortunadamente, eso no es cierto. Seguimos siendo muy vulnerables a la catástrofe, incluso con los avances científicos logrados en los últimos 100 años. De alguna manera, [en 2020] somos más vulnerables porque somos muchos más, cuatro veces más población que en 1918, y estamos más interconectados por el transporte aéreo y por el comercio. Tenemos nuevos puntos débiles, aunque estemos mejor equipados en términos de vigilancia, tratamientos...».

El jinete pálido, además de dedicar sus dos últimos epígrafes a la batalla presente y futura contra las pandemias, incluye varias referencias autóctonas. Por ejemplo: en 1918 la ciudad española con mayor mortalidad por la gripe fue Zamora, donde su obispo desafió a las autoridades sanitarias locales al ordenar a los feligreses que fueran a las iglesias a arrepentirse de sus pecados, ya que consideraba como en la Edad Media que la enfermedad era un castigo divino.

Spinney, que estuvo en la ciudad castellanoleonesa documentándose y conociendo de paso la Semana Santa, también destaca en su reconstrucción el elogio de la vida saludable y la popularización del deporte a consecuencia del brote. «Estas ideas llegaron a las masas con la aprobación y el aliento de las élites, que vieron en ellas una forma fácil de distraer a las clases bajas de la peligrosa tentación del comunismo. Así, el rey de España, el mismo Alfonso XIII cuyo famoso caso de gripe había influido en el nombre que se asignó a la pandemia, otorgó el imprimátur real al Madrid Club de Fútbol en 1920, creando el Real Madrid Club de Fútbol, y convirtió el fútbol en un pasatiempo nacional».

Y luego está la anécdota que, por paradójica y por la relevancia del implicado, hace de puente definitivo entre las dos fechas fatídicas. «Tras la muerte a causa de la gripe de un inmigrante alemán en Estados Unidos, su viuda y su hijo recibieron una suma de dinero. Lo invirtieron en inmuebles y hoy la fortuna de su nieto supuestamente asciende a miles de millones de dólares. Su nombre es Donald Trump», constata la periodista en sus pesquisas. «Es una horrible ironía, desde luego», añade por teléfono. «Me pregunto si él lo sabe, y si supondría alguna diferencia [en su toma de decisiones] si así fuera».

Precisamente, el presidente de Estados Unidos, el mandatario que toma pastillas de hidroxicloroquina con la misma fe con la que sus antepasados ingerían preparados de arsénico o aceite de alcanfor para salvar el pellejo, ha insistido desde el primer momento en calificar como «virus chino» a la infección. Y en eso se adivina otro nexo con la gripe de 1918: la batalla de la propaganda.

Hace un siglo, la epidemia dio la cara en EEUU, Reino Unido y Francia antes que en España, pero como estos países estaban en guerra, impidieron que la información llegara a los periódicos para no minar la moral ciudadana. En cambio, España era neutral y no censuraba la prensa, así que cuando en Madrid se detectaron casos, como el mencionado de Alfonso XIII, las potencias aliadas hicieron creer que la infección tenía como epicentro la capital española. Cuando se descubrió la verdad, ya era demasiado tarde: el nombre había calado.

Estos días vemos como los wolf warriors, un grupo de diplomáticos chinos que utiliza agresivas tácticas de política exterior, se afana para que no se aluda al Covid19 por su país de procedencia. ¿Cómo de relevante entonces es la denominación del virus en el contexto geopolítico actual, con Pekín tratando a toda costa de imponer su relato? «Los nombres son muy importantes», ratifica Spinney. «Por supuesto, la etiqueta gripe española es injusta. La OMS presentó en 2015 una serie de pautas respecto a la denominación de nuevas enfermedades infecciosas humanas. En ellas aconsejaba evitar referirse a ellas con nombres de personas, zonas geográficas, especies de animales o alimentos, alusiones culturales o términos que suscitan miedo. Muy a menudo, los nombres están relacionados con la política y las guerras comerciales, o muestran el dedo acusador de la xenofobia y el racismo absoluto. Ninguna de esas cosas es saludable a la hora de manejar una pandemia».

¿Qué nota le pondría a la gestión de la crisis por el Gobierno de Pedro Sánchez? «No estoy segura de que criticar sea demasiado útil. Es cierto que muchos gobiernos reaccionaron lentamente, aunque para mí es fácil hablar en retrospectiva. Manejar una pandemia es muy, muy, muy complicado para cualquier gobierno. Por una razón muy simple: necesita persuadir a una gran cantidad de personas para que comprendan la naturaleza de la amenaza y asuman su estrategia. Y eso requiere de otras cosas que deben estar en su sitio antes de que estalle la pandemia, como la confianza en el propio gobierno, en la ciencia... Muchos países fueron reacios a tomar nota de lo que estaba pasando en China y luego en Italia, el primer país europeo que se vio gravemente afectado. No aprendimos tan rápido como habríamos podido. Tal vez sea ésa la lección que tengamos que aprender».

En uno de los pasajes más espeluznantes de El jinete pálido, Spinney se hace eco del pánico a la mutación del virus. «En agosto, la gripe regresó transformada», relata. «Fue la segunda oleada de la pandemia y la más letal, y se considera, de nuevo por consenso, que apareció en la segunda mitad del mes en tres puntos del Atlántico: Freetown en Sierra Leona, Boston en Estados Unidos y Brest en Francia (...) Cuando la enfermedad regresó en agosto, ya no tenía nada de ordinaria. Lo que empezó siendo una gripe común se transformó rápidamente en algo más siniestro».

¿Debemos temer un rebrote parecido? «Los científicos con los que he hablado me dicen que el coronavirus es mucho menos cambiante que el virus de la gripe. Pero podemos tener una segunda oleada si no respetamos las medidas adoptadas tras el confinamiento», concluye.

La edición americana de Vanity Fair ha reunido en un artículo a las Casandras del coronavirus. Es decir, las epidemiólogas, expertas en sanidad y periodistas que, como la profetisa de la mitología griega, han lanzado durante años advertencias sistemáticamente ignoradas sobre el cataclismo que podría producirse. La autora de El jinete pálido no ha sido incluida en la lista, lo que le provoca poco menos que un suspiro de alivio. Antes que ser considerada una fuente de consulta al estilo wikipédico, prefiere enviar un mensaje claro: «Si no recordamos las pandemias del pasado, no vamos a tomar la amenaza de una futura pandemia demasiado en serio».

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miércoles, julio 1

La evolución de las vacunas: de Edward Jenner a Katalin Karikó

(Un texto de Javier Yanes en El Mundo del 26 de enero de 2021)

Han transcurrido 225 años desde que el inglés Edward Jenner (17 de mayo de 1749 – 26 de enero de 1823) administró la que se considera la primera vacuna de la historia, pero un concepto intuitivo de esta protección se remonta varios siglos atrás. Desde el experimento de Jenner el progreso ha sido espectacular, culminando en el desarrollo de vacunas contra la COVID-19 en cuestión de meses. Sin embargo, uno de los avances científicos que más vidas han salvado genera también reticencias, un fenómeno tan antiguo como la primera vacuna.

La referencia más temprana sobre la idea de inmunidad se atribuye al historiador griego Tucídides en el año 430 a.C.: durante una plaga que asoló Atenas se encargaba el cuidado de los enfermos a quienes habían sobrevivido al propio mal, ya que no volvían a padecerlo. En el siglo X médicos chinos experimentaban tomando material de las pústulas de los afectados de viruela para inmunizar a otros. La inoculación o variolización, inyectar por vía subcutánea polvo de las costras de los enfermos, se practicó durante siglos en China, India y África antes de llegar a oídos de la Royal Society a comienzos del siglo XVIII, pero sin generar gran interés. 

En 1716 la escritora y aristócrata inglesa Lady Mary Wortley Montagu supo de la variolización durante una estancia en Turquía. Hizo inocular a sus hijos e introdujo la práctica en Inglaterra, donde inicialmente no cuajó, en parte debido a que un 2-3% de los inoculados enfermaban en lugar de quedar inmunizados. La variolización ganó mayor aceptación a partir de 1721, cuando la princesa de Gales hizo inocular a sus hijas, en vista del éxito previo de los experimentos con presos y niños huérfanos. También fue decisiva la aportación de la campaña de variolización emprendida en Boston por el reverendo Cotton Mather y el médico Zabdiel Boylston.

En 1757 recibía su inoculación, como muchos otros, un niño de ocho años: Edward Jenner. Pero el hoy recordado como padre de las vacunas no sería el primero en modificar el procedimiento hacia lo que dio en llamarse vacunación. Desde antiguo existía entre los pastores indios la idea de que las personas infectadas con la versión bovina de la viruela quedaban inmunizadas contra la enfermedad humana, lo que en Inglaterra se conocía al menos desde mediados del siglo XVIII. En 1774 el granjero Benjamin Jesty, que había padecido la viruela bovina, decidió infectar a su familia con material de vacas enfermas, confirmando que esta intervención protegía de la viruela humana. Por fin el 14 de mayo de 1796 Jenner vacunaba a su primer paciente, el niño James Phipps, empleando material recogido de la vaquera Sarah Nelmes. El pequeño no enfermó al ser expuesto después a la viruela. 

Así, la vacunación ofrecía un método más seguro que la variolización, pero fue Jesty y no Jenner quien primero la aplicó. La contribución esencial de Jenner fue probar que las personas vacunadas eran inmunes a una posterior variolización, además de poner en práctica el método de brazo a brazo, utilizando material de las pústulas de una persona vacunada para inmunizar a otras. Gracias al trabajo de Jenner, la vacunación se extendió por el mundo, si bien aplicarla a otras enfermedades requirió un nuevo avance, ya que en el caso de la viruela la enfermedad bovina proporcionaba un patógeno atenuado, algo que no existía para otras infecciones. 

Fueron Louis Pasteur, Albert Calmette y Camille Guérin quienes entre finales del siglo XIX y comienzos del XX encontraron el modo de atenuar los patógenos tratándolos con métodos físico-químicos o mediante pases sucesivos en cultivo. En 1955 se alcanzó uno de los mayores hitos en la historia de las vacunas por medio de un “esfuerzo colectivo dirigido a derrotar la enfermedad más temida del siglo XX”, según resume a OpenMind el profesor de la Universidad de Pittsburgh Carl Kurlander, productor del galardonado documental The Shot Felt ‘Round the World sobre Jonas Salk y su vacuna contra la polio. En el siglo XIX ya se habían obtenido vacunas contra bacterias muertas; la vacuna de la polio fue la segunda –después de la gripe– creada con un virus inactivado que eliminaba el riesgo de los patógenos atenuados.

El mayor avance de la última década

La atenuación y la inactivación aún se utilizan hoy, pero el desarrollo de la ingeniería genética en los años 70 y 80 abrió el camino a una nueva generación de vacunas sintéticas, desde aquellas que utilizan proteínas u otros componentes hasta las que emplean vectores recombinantes, en muchos casos virus inocuos que actúan como vehículos en los que se introducen partes del patógeno contra el que se quiere inmunizar.

El último gran salto tecnológico comenzó a gestarse en los años 90 gracias a varios investigadores, entre los que destacan la bioquímica húngara Katalin Karikó y el inmunólogo estadounidense Drew Weissman. Consiste en introducir en el organismo las instrucciones, en forma de ARN mensajero (ARNm), para que sea el propio cuerpo el que fabrique su vacuna, el antígeno que estimula la respuesta inmune. Aunque las nuevas plataformas de vacunas pueden adaptarse a virus emergentes, las de ARNm son tan manejables y versátiles que permiten crear una vacuna en apenas semanas, como han demostrado las compañías Moderna y BioNTech-Pfizer contra la COVID-19. “Las vacunas de ARNm son el mayor avance de la última década y una parte inmensa del futuro de las vacunas”, señala a OpenMind el especialista en enfermedades infecciosas de la Universidad de Virginia William Petri.

Pero no solo ha progresado la tecnología de las vacunas; también los procesos para garantizar su seguridad y eficacia. En tiempos de Jenner, cuyo experimento hoy se consideraría intolerable, una proporción apreciable de los vacunados moría. Esta fue una de las razones que impulsaron las primeras corrientes antivacunas, pero no la única; también se criticaban el enriquecimiento de los médicos y la vacunación obligatoria como forma de control gubernamental, sobre todo de las clases más pobres. Los dibujos satíricos de la época mostraban personas vacunadas a quienes les crecían partes corporales de vaca, y los comentarios contra las vacunas proliferaban en forma de cartas al director en los periódicos.

Hoy son las redes sociales las que propagan ese persistente sentimiento contrario a las vacunas, pese a los inmensos avances desde los tiempos de Jenner. En la actualidad “es posible desarrollar vacunas rápidamente en el contexto de un brote epidémico, pero este desarrollo se apoya en la ciencia existente, como hemos visto con la COVID-19, y por tanto no deberíamos pensar que se ha hecho a toda prisa”, apunta a OpenMind la socióloga de la salud Samantha Vanderslott, del Grupo de Vacunas de la Universidad de Oxford. 

La comunicación, la transparencia y la gestión competente serán esenciales para promover la confianza en las vacunas en un momento histórico especialmente delicado, porque la aceptación de las vacunas aún es frágil, señala Vanderslott. En resumen y como sentencia a OpenMind el profesor emérito de farmacología de la Universidad de Pittsburgh Randy Juhl, coartífice del documental sobre Salk y la vacuna de la polio, “la historia sugiere que la ciencia, por grande que sea, es solo el comienzo de la implantación en una población dividida”. 

La evolución de las vacunas 

430 BCE - Primera descripción de la inmunidad

La idea de la inmunidad a enfermedades ya padecidas, como la viruela, existía probablemente desde antiguo en Asia y el norte de África, pero la referencia más temprana conocida es la del historiador Tucídides. En la plaga que azotó Atenas en el año 430 a.C. se encargaba la atención de los enfermos a los supervivientes de la enfermedad.

Siglo X - Variolización en China

En el siglo X los médicos chinos inmunizaban a sus pacientes contra la viruela extrayendo material de las pústulas de los infectados. Inicialmente el material se introducía por la nariz, hasta que posteriormente comenzó a hacerse por vía subcutánea mediante una lanceta. En India y África se empleaban métodos similares.

1700 - La variolización llega a Europa

Europa sabía de la variolización en Oriente por los relatos de viajeros y comerciantes, y en lugares como Dinamarca comenzó a aplicarse en el siglo XVI. Pero es a comienzos del XVII cuando los primeros informes de especialistas, entre los que destacan Emanuel Timoni y Jacob Pylarini, comienzan a llegar a la Royal Society de Londres.

1716 - La pionera de la inoculación

En 1716 Lady Mary Wortley Montagu llega a Turquía con su marido, embajador británico en el Imperio Otomano. Lady Montagu había padecido la viruela. Al conocer la variolización, la hace aplicar a su hijo. Tres años después regresa a Inglaterra e introduce la práctica allí por medio del médico Charles Maitland, sin demasiado éxito.

1721 - La variolización toma impulso en Occidente

La expansión de la viruela aviva el interés en la variolización. Maitland realiza experimentos con presos y niños huérfanos, que concluyen con éxito. La princesa de Gales, amiga de Lady Montagu, hace variolizar a sus dos hijas, lo que aumenta la confianza en esta práctica. A ello contribuye la campaña de variolización de Cotton Mather y Zabdiel Boylston en Nueva Inglaterra.

1774 - La primera vacunación antes de Jenner

El granjero inglés Benjamin Jesty observa que las personas que han padecido viruela bovina, incluyendo él mismo, no enferman de la variante humana. Decide inocular a su mujer y sus dos hijos con material extraído de las vacas. Sus hijos serían después variolizados sin desarrollar los síntomas típicos. Jesty vacunó también a otras personas en su comunidad.

1796 - La vacuna de Jenner

El 14 de mayo de 1796 Edward Jenner vacuna al niño de ocho años James Phipps, quien posteriormente es expuesto a la viruela sin mostrar síntomas. Jenner demuestra la protección contra la viruela y diseña el método para extraer el material para la vacuna de las personas vacunadas, en lugar de emplear vacas. Posteriormente vacuna a otros 23 sujetos.

1803 - La expedición americana de la vacuna

Recién llegado el método de Jenner a España, la corona de este país sufraga una gran expedición destinada a vacunar a los niños en las colonias del imperio. De 1803 a 1806 el médico Francisco Javier Balmis lidera la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que vacunó a unas 250.000 personas en América y Asia.

1840 - Vacunación obligatoria en Gran Bretaña

Entre 1840 y 1853 se introducen en Gran Bretaña las primeras leyes de vacunación obligatoria, con la oposición de sectores de la población por motivos políticos, sanitarios o religiosos. En especial, entre las clases populares surge un rechazo a este control del gobierno. Surgen las primeras organizaciones contrarias, como la Anti Vaccination League. La vacunación obligatoria se derogó en 1898.

1881 - Vacunas de patógenos atenuados

En las décadas de 1870 y 1880 Louis Pasteur crea las primeras vacunas contra el cólera aviar, el ántrax y la rabia. Demuestra por primera vez que es posible fabricar vacunas atenuando patógenos en cultivo por tratamientos físico-químicos, obteniendo así un microbio menos virulento, al estilo de la viruela bovina empleada por Jenner.

1921 - Atenuación por pases en cultivo

Se utiliza por primera vez en humanos la vacuna contra la tuberculosis desarrollada en Francia por Albert Calmette y Camille Guérin. Ambos cultivaron el bacilo de la tuberculosis durante 13 años con 230 pases sucesivos hasta obtener una variedad menos virulenta. La vacuna BCG aún se utiliza hoy, y marcó el camino para la atenuación por pases en cultivo.

12 abril 1955 - Victoria contra la polio

Tras un ensayo que reclutó a 1,8 millones de niños, la vacuna contra la polio de Jonas Salk y sus colaboradores se declara “segura, efectiva y potente”. La segunda vacuna de virus inactivado (después de la de la gripe en 1945) ponía fin al terror de los brotes estivales de esta enfermedad y que motivaban el cierre de playas y piscinas.

1955 - El incidente Cutter

Poco después de desplegarse la vacunación contra la polio, comienzan a surgir casos de niños vacunados que enferman. Diez de ellos mueren y docenas desarrollan parálisis. La investigación descubre que uno de los fabricantes, Cutter Labs, no aplica el protocolo correcto para inactivar el virus. El desastre impulsa regulaciones más estrictas, pero mina la confianza en la vacuna.

1980 - La viruela, erradicada

Después de un gran esfuerzo internacional coordinado de vacunación, y tras registrarse el último caso de contagio en 1977, en 1980 la Organización Mundial de la Salud declara erradicada la viruela. Hasta hoy es el único caso de una enfermedad humana, aunque en 2011 se declaró también erradicada la peste bovina.

1986 - Vacunas sintéticas

Se lanza la primera vacuna sintética recombinante en humanos, contra la hepatitis B, con un 95% de efectividad. En años posteriores siguen otras contra diferentes patógenos como el virus del papiloma humano. En 2018 se despliega masivamente en África la primera vacuna recombinante contra el ébola, rVSV-ZEBOV, con gran éxito.

1990 - Hacia las vacunas de ARN-m

En la Universidad de Pensilvania, la bioquímica húngara Katalin Karikó comienza a investigar la terapia génica con ARN mensajero. En colaboración con el inmunólogo Drew Weissman, encuentra el modo de lograr que el sistema inmune no rechace el ARNm, lo que permite usarlo para producir antígenos como vacunas. En 2005 se publica el sistema.

2020 - Vacunas contra la COVID-19

Utilizando la tecnología creada por Karikó y Weissman, las compañías BioNTech y Moderna crean las primeras vacunas contra la COVID-19 en menos de un año, del diseño a la implantación. Son las primeras vacunas de ARNm administradas a la población, con un 94-95% de eficacia en los ensayos clínicos. Otras muchas vacunas están en camino, cubriendo casi todas las tecnologías disponibles.

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lunes, junio 29

Teragnosis: una nueva esperanza contra el cáncer

(Un artículo de Manuel Ansede en El País del 9 de junio de 2021)

La estrategia, que fusiona la terapia y el diagnóstico, logra aumentar un 35% la supervivencia de pacientes con un tumor maligno de próstata terminal.

El médico José Luis Carreras se entusiasma cuando habla de la teragnosis, una pujante estrategia que funciona como un misil de precisión contra las células de algunos tipos de cáncer. Carreras, jefe de Medicina Nuclear en el Hospital Clínico San Carlos, en Madrid, habla de “resultados espectaculares” en determinados pacientes terminales. El médico recuerda el caso de un hombre alemán de 62 años, con cáncer de próstata y una diseminación masiva con metástasis en los huesos. Tras un tratamiento experimental con teragnosis en la Clínica Central de Bad Berka (Alemania), ocho meses después parecía limpio. Volvió a trabajar y a hacer deporte. Y tres años y medio después seguía libre de cáncer, según explicó Carreras en febrero en una sesión científica en la Real Academia Nacional de Medicina, en Madrid.

La teragnosis ha sido una de las protagonistas del mayor congreso anual dedicado al cáncer en el mundo, el de la Sociedad Estadounidense de Oncología Clínica (ASCO), celebrado hasta este martes por internet. El término teragnosis es una combinación de dos palabras: terapia y diagnóstico. Con una misma molécula se puede diagnosticar y tratar la enfermedad. La estrategia, utilizada durante décadas contra el cáncer de tiroides, se está empleando ahora con resultados prometedores en otros tumores, como los neuroendocrinos y, sobre todo, el cáncer de próstata, el más frecuente en los hombres.

El médico Michael Morris, del Centro Oncológico Memorial Sloan Kettering, en Nueva York, ha presentado en el congreso de ASCO los últimos resultados de la teragnosis contra el cáncer de próstata avanzado. La técnica consiste en utilizar una molécula con alta afinidad por la PSMA, que es una proteína que suele estar en grandes cantidades en las células del cáncer de próstata. Para hacer el diagnóstico, esa molécula afín al PSMA se une a un elemento químico radiactivo, el galio-68, que brilla en una exploración con tomografía por emisión de positrones (PET). Para el tratamiento, la misma molécula se une a otro elemento químico, el lutecio-177, que emite una radiación local que mata a las células cancerosas. Es como disparar primero una flecha con una bombilla y después otra flecha con una pequeña carga explosiva.

En el ensayo de Morris participaron 831 pacientes con cáncer de próstata resistente a la castración y metástasis, un tipo de tumor habitualmente letal. Los enfermos que recibieron el tratamiento con teragnosis vivieron 15,3 meses, frente a los 11,3 meses de los hombres a los que se administró una terapia estándar. Cuatro meses de diferencia —un 35% más— pueden parecer poca cosa, pero se trataba de pacientes prácticamente desahuciados, en los que ya habían fallado la quimioterapia y los tratamientos hormonales.

El médico José Luis Carreras subraya que los cuatro meses extra de supervivencia son un promedio. “Hay casos que no responden, pero hay algunos en los que la mejoría es espectacular”, señala. Su equipo del Hospital Clínico San Carlos va a participar a partir de septiembre en dos ensayos clínicos de teragnosis frente al cáncer de próstata avanzado. “Esto no es el futuro, es el presente. Es radioterapia molecular de precisión y personalizada. No es matar moscas a cañonazos, como otras técnicas. Es ir directamente a la célula tumoral, meterle radiación y destruirla in situ sin afectar a los tejidos sanos circundantes”, celebra.

Carreras cree que en los próximos años llegarán moléculas “para todo tipo de tumores”, como el Inhibidor de la Proteína de Activación de Fibroblastos (FAPI), afín a las células de diversas neoplasias malignas. “Casi todos los tumores tienen fibroblastos [un tipo de célula abundante en los tejidos fibrosos] revueltos con las células tumorales. Con el FAPI puedes enviar la radiación a los fibroblastos, pero, como el alcance de la radiación del lutecio-177 es de uno o dos milímetros, destruyes también las células tumorales. La ventaja del FAPI es que vale para cualquier tipo de tumor”, apunta Carreras. El médico matiza que todavía hay pocas pruebas de la eficacia terapéutica de esta estrategia, en parte por la escasa dosis de radiación alcanzada en las células tumorales.

El prometedor tratamiento experimental presentado en el congreso de ASCO, bautizado 177Lu-PSMA-617, estaba en desarrollo en la empresa biofarmacéutica estadounidense Endocyte. El gigante farmacéutico suizo Novartis anunció en octubre de 2018 la compra de esta compañía por unos 1.700 millones de euros. Algunas investigaciones previas, como un estudio con 30 pacientes en 2016 en el Hospital Universitario de Heidelberg (Alemania), ya habían mostrado el potencial de esta estrategia.

La oncóloga Teresa Alonso, del hospital madrileño Ramón y Cajal, cree que el margen de beneficio de esta terapia “seguramente será mucho mayor” si se administra antes a los enfermos. “El concepto es viejo, pero ahora se va a poner bastante de moda”, opina Alonso, también secretaria científica de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM). La investigadora recuerda que es una estrategia similar a la que se ha utilizado durante décadas contra el cáncer de tiroides, en ese caso con yodo-123 para el diagnóstico y yodo-131 para el tratamiento. Y, en los últimos años, la técnica también se ha adoptado frente a los tumores neuroendocrinos, con una incidencia anual de menos de 10 casos por cada 100.000 habitantes. “La teragnosis es un concepto muy bonito y viene fortísimo para el tratamiento del cáncer de próstata”, aplaude la oncóloga. La investigadora, no obstante, mantiene los pies en el suelo: “Esto no es la cura del cáncer de próstata, evidentemente”.

La propia presidenta del congreso de ASCO, la oncóloga estadounidense Lori Pierce, ha celebrado los resultados de la teragnosis frente al cáncer de próstata avanzado. “El éxito de este tratamiento muestra la importancia de investigar alternativas a las terapias tradicionales contra el cáncer”, ha afirmado Pierce en un comunicado. Michael Morris, jefe del departamento de cáncer de próstata en el Sloan Kettering, ha sugerido directamente que las autoridades estudien la posibilidad de convertir el 177Lu-PSMA-617 en un nuevo tratamiento estándar para estos pacientes.

El médico José Luis Carreras lamenta la “lentitud” de las agencias reguladoras de los medicamentos a la hora de aprobar nuevas terapias. Uno de los problemas es su elevado precio. Carreras calcula que un tratamiento con teragnosis de un tumor neuroendocrino cuesta unos 65.000 euros por paciente. “Logra una supervivencia más larga que las otras alternativas y el precio es competitivo. No es más caro que la quimioterapia a la que sustituye”, argumenta.

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