...o una historia, o una anécdota...
Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe
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lunes, mayo 18
La peste de Cipriano, la extraña epidemia que causó la caída de Alejandría
Una enfermedad de origen desconocido mató al 60 por ciento de los habitantes. Permitió el nacimiento de un grupo, los parabolanos, que después arrasaron templos y bibliotecas y acabaron con la célebre Hipatia de Alejandría
Nos encontramos en la segunda mitad del siglo III en la ciudad de Alejandría, cruce de caminos de diferentes rutas comerciales y espléndida metrópoli fundada por Alejandro Magno. Bajo el sol abrasador las calles de la populosa urbe se llenan de cadáveres insepultos, el hambre, la violencia y los tumultos hacen estragos en todos los barrios de la ciudad.
Una epidemia que se inició en Etiopía y que se extiende por todo Egipto amenaza con acabar con todos los habitantes de la ciudad. Los cronistas afirman que nunca habían visto una cosa igual. Se estima que tan sólo en la ciudad de Alejandría falleció casi el sesenta por ciento de la población, no había casa en la que no hubiese fallecido alguno de sus miembros.
La sintomatología solía comenzar con «un agotador flujo de vientre», a lo que seguía nauseas, vómitos, fiebre, úlceras en la garganta, ojos inyectados en sangre y «tormento de las extremidades» (gangrena en brazos y piernas).
La enfermedad ha pasado a los anales de la Historia de la Medicina como la epidemia de Cipriano, en alusión al obispo de Cartago, que llegó a identificar en esta plaga un apocalipsis biológico.
Los parabolanos: los camilleros más temerarios
Es fácil entender que nadie osase entrar en contacto con los enfermos ni con los fallecidos, bueno casi nadie… En Alejandría apareció un grupo de jóvenes cristianos, al inicio unas decenas, que se ofrecieron para hacer el trabajo de camilleros arriesgando sus vidas para exponerse a una enfermedad contagiosa con elevada mortalidad. Eran los parabolanos.
Los parabolanos se encargaban de asistir y lavar a los enfermos, reconfortar a los moribundos, cerrar los ojos y enterrar a los fallecidos. Su osadía rayaba la locura por lo que fueron calificados como los parabolanos, es decir, los «temerarios».
Estos jóvenes carecían de cultura, se encontraban en lo más bajo del escalafón social, y pronto se convirtieron en un pequeño ejército, llegaron a ser seiscientos. Además de las labores humanitarias, este grupo se convirtió en el brazo armado del obispo de Alejandría.
En momentos de conflicto los parabolanos promovían violentos disturbios para acallar las voces molestas contra el obispo, eran violentos alborotadores capaces de intimidar al pueblo alejandrino. A pesar de que no pertenecían a ninguna orden, ni abrazaban votos, disfrutaban de cierta inmunidad dentro de la comunidad cristiana.
Fueron precisamente los parabolanos los que tiempo después destruyeron el templo de Serapis (392 d.C), una de las maravillas arquitectónicas del momento, y su espléndida biblioteca, y arengaron a las masas que acabaron con la vida de Hipatia (355-415 d.C ), la célebre matemática, filósofa y astrónoma.
La peste que no fue peste
Desde Egipto la pandemia se extendió por el norte de África y llegó hasta Roma. Se ha especulado que en la capital del Imperio llegó a producir la muerte de 5.000 personas en un solo día.
A pesar de que se ha utilizado el término de «peste de Cipriano» los síntomas no encajan con una peste bubónica. Hay que tener en cuenta que en la Antigüedad se utilizaba el término «peste» como sinónimo de enfermedad contagiosa y de elevada mortalidad.
A día de hoy el patógeno responsable de la peste de Cipriano sigue siendo un enigma sin resolver, los estudiosos especulan que bien pudo tratarse de una gripe –producida por un virus similar al que causó la Gripe Española de 1918- o una fiebre hemorrágica viral.
El misterioso asesinato del último gran emperador de Roma por un bárbaro de sangre visigoda y sueva
El historiador y divulgador Federico Romero Díaz, unos de los catorce autores de «Ab urbe condita», narra a ABC los pormenores de la vida de Mayoriano Augusto.
Flavio Julio Valerio Mayoriano Augusto tuvo
un sueño: devolver al Imperio romano de Occidente
la gloria que había atesorado tiempo atrás. Nacido en el año
420, y tras subir al poder con la ayuda de Ricimero (un
noble bárbaro de sangre sueva y visigoda), partió con sus
legiones hacia regiones como la Galia o Hispania. Su objetivo:
que estos reinos no se apartaran de la Urbs. Después puso sus
ojos en África, el corazón de los recursos económicos. Debía
arrebatársela a los vándalos si quería costear el alto precio
de sus soldados y, para ello, organizó en secreto una poderosa
flota que partiría desde la península Ibérica.
Pero su aventura africana no pudo ni tan siquiera comenzar.
En el 461 fue traicionado y, tras ser atacado por sorpresa por
los mismos vándalos a los que ansiaba aniquilar, su armada fue
derrotada.
Al poco, Mayoriano murió en extrañas circunstancias. Y con
él, el último emperador que pudo devolver la grandeza al Imperio
romano de Occidente. Después, como bien explica a
ABC Federico Romero Díaz (historiador,
presidente de
Divulgadores de la Historia y co-fundador del Día
de la Romanidad) solo hubo oscuridad en el
horizonte. Y eso por culpa de una persona. «Todo apunta a Ricimero.
Este lo consideraba un compañero de viaje incómodo y demasiado
independiente», confirma.
Romero sabe de lo que habla, pues ha novelado parte de la
vida de Mayoriano para la obra coral «Ab urbe
condita» (Edaf, 2020). Un compendio de dieciséis relatos
que narran la historia de Roma, desde la monarquía hasta la
decadencia del imperio, valiéndose de la familia
Valeria como una suerte de hilo conductor. «Todos
pertenecemos a la Asociación Divulgadores de la
Historia. Han sido tres años de trabajo que han
involucrado a muchas personas, pero estamos muy satisfechos
con el resultado», explica. Su felicidad es doble ya que,
además de ver el libro publicado, esperan conseguir fondos
para que la Asociación Cultural Historia y Arte de
Alcántara consiga reparar el puente romano de la
misma región. «Les hemos cedido el dinero obtenido por
derechos de autor», señala.
- ¿Somos descendientes de aquellos romanos que
arribaron a la península?
- Casi todo lo que somos es gracias a ellos. Podríamos decir
que somos romanos 2.0. El resto ha influido también, pero ha
tenido menor influencia. Nuestra fundamental herencia cultural
proviene de los romanos. Una gran parte de la humanidad tiene
eso en común. En tiempos en los que nos empeñamos en
diferenciarnos, deberíamos recordar este hecho a la sociedad.
- ¿Cómo nació la idea de elaborar una novela coral
sobre la historia de Roma?
- La novela surge de una plataforma llamada Divulgadores de
la Historia en la que hay blogueros, escritores, empresas… Lo
que tenemos en común es que todos somos divulgadores. Catorce
decidimos, a iniciativa del escritor Manuel Martínez Peinado,
lanzarnos a este proyecto. Queríamos contar de una manera
novelada los momentos más importantes de la Antigua Roma: la
monarquía y la república; el alto imperio y el bajo imperio.
Así, hasta la caída del Imperio romano de Occidente.
No fue fácil. Son períodos muy extensos. Por ello, designamos
a tres coordinadores para establecer unos criterios comunes,
una extensión máxima para los relatos, un hilo común que
uniera todas esas historias… Han sido casi tres años de
trabajo en los que ha habido 18 personas implicadas. Además,
una vez terminada la obra, la sometimos a los ojos, desde el
punto de vista literario, de otros tres divulgadores veteranos
(José Luis Hernández Garvi, Javier Santamarta y Lorenzo
Gallardo) para pulir las aristas que pudieran quedar.
El último paso fue presentarla a una editorial. Cuando Edaf,
a través del escritor León Arsenal, supo que era para un fin
social (todos los beneficios de los derechos de autor irán
destinados a la Asociación Historia, Arte y cultura de
Alcántara) aceptó sin dudar. Se han volcado mucho en el
proyecto.
- Su relato se zambulle en la vida del emperador
Flavio Valerio Mayoriano, al que define como la última
esperanza de una Roma en declive. ¿Había descendido el
nivel militar de la Ciudad Eterna por entonces?
- Hay que entender el contexto. Estamos en la segunda mitad
del siglo V. Hasta ese momento el Imperio romano había
demostrado que disponía del mejor ejército y que podía
derrotar a cualquier contingente contemporáneo. Era, todavía,
el más potente de su época. Los problemas llegaron por culpa
de otros factores.
- ¿Era el legionario de esa época tan letal como
antaño?
- El legionario de esa época seguía siendo el mejor. Hasta
mediados del siglo V hubo fábricas que producían armas de
manera normalizada y seguía habiendo una estructura logística
que lo abastecía de forma eficiente. El problema vino por la
falta de recursos, pero, en esencia, el ejército no había
bajado el nivel. De hecho, no desapareció con la posterior
caída del Imperio, se disgregó en diferentes unidades que
prestaron servicio en muchos casos a las órdenes de varios
señores de la guerra. Hay legiones que atestiguan su
existencia hasta el siglo VI y VII, en el Imperio romano de
Oriente.
- ¿Qué pretendió Mayoriano?
- Apagar todos los fuegos que pudo y embarcarse en la
recuperación del imperio. Las luchas internas habían provocado
que muchas provincias del Imperio se desligaran de la
autoridad del poder central y que los bárbaros aprovecharan
esta división para extender su dominio. Él recuperó esos
territorios para la autoridad central.
- ¿Desligado del imperio…?
- Sí. Cuando las élites romanas de provincias como la Galia
fueron atacadas por incursiones bárbaras de vándalos, suevos y
alanos y vieron que el poder central no era capaz de
protegerles, se plantearon por qué debían pagar impuesto a
Roma. Entendieron que era mejor elegir a sus propios líderes y
defenderse por sí mismos.
- ¿Qué territorios trató de recuperar Mayoriano?
- Mayoriano intentó restablecer su autoridad en la Galia, en
Hispania (donde los suevos saqueaban libremente casi todo el
territorio) y, por último, en África. Sin esta última no había
futuro para el Imperio romano de Occidente porque, en el siglo
IV, era la provincia más rica; apenas había sido por los
desórdenes que habían afectado a otros territorios. Era la que
proporcionaba el grueso de los ingresos. En Sicilia también
rechazó las incursiones de los piratas vándalos que en la
costa.
- Es curioso que se valiera de unidades de
«bárbaros», como los llamaban los romanos, para estas
campañas.
- Sí. Los ejércitos de aquella época estaban compuestos por
elementos de otros pueblos y, a veces, contaban con un
componente mayor de barbaros que de propios romanos. Cuando
Mayoriano viajó a Hispania, obligó a sus aliados visigodos a
cederle tropas para luchar contra los vándalos en África.
Uno de los casos más curiosos fue el de los hunos. Este
pueblo empezó siendo aliado de los propios romanos. No fue
hasta la llegada de Rugila y después de su sobrino Atila
cuando se enfrentaron a su poder. Tras la muerte de Atila, sin
embargo, se disgregaron en varios grupos y acabaron por
diluirse como amenaza. Hay constancia de que después ayudaron
como mercenarios al Imperio Romano de Oriente.
«Mayoriano,
además de sus campañas militares, fue un gran legislador.
Lucho por reconstruir los valores en los que creía»
- ¿El término «bárbaro» era peyorativo para los
romanos, o solo una mera forma de referirse a los pueblos
enemigos?
- Bárbaro es un término que viene de los griegos, que decían
que sus enemigos no hablaban, sino que balbuceaban. Tenía un
sentido peyorativo, en contraposición a una persona que se la
suponía más civilizada. Lo curioso es que, en algunos casos,
estaban más romanizados que los propios romanos. Llevaban un
proceso muy continuado de contacto con la urbs. Los visigodos
en España, por ejemplo, acabaron siendo herederos y
transmisores de esa cultura, que asumieron y preservaron como
propia.
- ¿Fue solo un gran general, o también un buen
legislador?
- Mayoriano, además de sus campañas militares, fue un gran
legislador. Luchó por reconstruir los valores en los que
creía. Legislaba a favor de los más desfavorecidos, reducía
impuestos, luchaba contra el desmantelamiento de los edificios
antiguos y combatía el celibato masivo que se daba entre las
jóvenes y que afectaba a la demografía del imperio… La pena es
que no estuvo en el poder lo suficiente.
- ¿Cómo fue derrotado?
- Una vez conseguido el dominio territorial de la Galia y el
sometimiento de los visigodos, reunió una gran fuerza militar
y marchó a Hispania, ya pacificada salvo por los suevos,
arrinconados en Gallaecia. Planeó una operación que debía ser
secreta y que involucraba a 300 naves. La idea era partir a
África y derrotar a los vándalos. Suponía que, con la ayuda de
la población romana que quedaba en la provincia, vencería.
Pero fue traicionado. Genserico, el rey vándalo se percató de
sus intenciones y destruyó la armada.
- ¿Quién pudo ser el traidor?
- Todo apunta a Ricimero, gracias a cuyo apoyo se había
alzado al poder. Lo consideraba un compañero de viaje incómodo
y demasiado independiente. Lo que está claro es que hubo
traición y la flota fue destruida.
- ¿Quién era este personaje?
- Ricimero fue un bárbaro de noble cuna emparentado con la
realeza sueva y visigoda. Se educó desde muy joven en Roma y
se destacó luchando a las órdenes de Aecio, el magister
militum de Valentiniano III. Así fue, posiblemente, como
conoció a Mayoriano. Tras los asesinatos de Aecio y de
Valentiniano y el saqueo de Roma en el 455 por los vándalos se
generó un vacío de poder que Ricimero y Mayoriano, bien
posicionados en el ejército, aprovecharon para colocar poco
después en el trono a Mayoriano.
- ¿Qué significó la derrota?
- Fue una derrota que marcó el punto final de las esperanzas
romanas de volver a resurgir en occidente. Mayoriano tuvo que
pactar con los vándalos y reconocerles el dominio de África y,
sin sus recursos, Roma ya no pudo mantener ni su ejército, ni
su administración en las provincias más amenazadas. A raíz de
ello llegó la disgregación. Todo se agravó con su muerte.
Por ejemplo, Egidio, su mano derecha en la Galia, se declaró
independiente. Y lo mismo pasó en Hispania. Al final, el
Imperio quedó reducido a la Península Itálica y poco más. Un
estado tan pequeño no podía mantener un ejército tan grande y,
a la par, defenderse de las continuas agresiones que sufría en
sus fronteras.
- ¿Cómo murió?
- Los éxitos militares de Mayoriano y su excesiva
independencia hicieron que Ricimero, tras la derrota naval en
Hispania de Mayoriano, le depusiera y acabara ejecutándole,
convirtiéndose el bárbaro en el hombre más importante de Roma.
Al ser de sangre bárbara y posiblemente arriano, no podía
aspirar al trono directamente por lo que se dedicó durante
muchos años a ir colocando en el trono a emperadores títeres,
dóciles a su voluntad como Libio Severo o a gobernar
directamente sin nombrar nuevo emperador cuando el puesto
quedó vacante.
- ¿Qué problemas arribaron tras la muerte de
Mayoriano?, ¿cómo cayó el imperio?
- Sobre eso hay mucho debate. Algunos autores están
convencidos de que el problema del Imperio romano es que entró
en un proceso de disolución marcado por una crisis política
interna. Tras el asesinato de Aecio, el segundo saqueo de Roma
y el fracaso de Mayoriano al intentar recuperar África, el
Imperio de Occidente se disgregó. Dejó de tener recursos para
mantener a nivel económico su ejército. Los territorios más
ricos cayeron. Hispania fue saqueada, África quedó en manos de
los vándalos…
Como dijo José Soto Chica, se entró en una "época de señores
de la guerra en la que los ejércitos daban lugar a reinos, y
no en la que los reinos daban lugar a ejércitos". El ejemplo
más claro fue África, ocupada por un contingente de vándalos,
o Francia, que se creó entorno a los francos. Estos ejércitos,
el de los visigodos incluidos, se formaron por diferentes
grupos que se fueron amalgamando en torno al núcleo invasor.
Por ejemplo, dentro de los vándalos había además alanos y
hasta romanos que se cambiaron de bando y les enseñaron el
arte del combate en el mar.
Pero la realidad es que hay mucha discusión sobre ese tema.
Algunos autores defienden que fue una decadencia demográfica o
una falta de recursos. Otros que fue económica. Luego está el
famoso Edward Emily Gibbon, quien era partidario de que el
factor fundamental fue la expansión del cristianismo. Es
difícil explicarlo desde una única causa, aunque mi opinión es
que las luchas internas influyeron de forma decisiva.
Muerte, suicidios y torturas: la caza inmisericorde de los asesinos de Julio César
(Un texto de Manuel
P. Villatoro en el ABC del 25 de octubre de 2020)
Autores clásicos como Plutarco o
Suetonio recogen el triste final que aconteció a los conspiradores que
perpetraron el magnicidio del dictador.
A Julio César, el
héroe que aplastó a Vercingétorix en la Galia y
cruzó el Rubicón al grito de «la suerte está echada», la Parca
le atropelló durante los Idus de marzo, en una fría mañana del
44 a. C. Y no en batalla, como todo buen general hubiese deseado, sino durante
una sesión del Senado. El lugar tampoco fue mejor; las 23 puñaladas que
acabaron con su vida le fueron propinadas a los pies de la estatua de Pompeyo,
el mismo enemigo al que había derrotado en la batalla de Farsalia por oponerse
a su poder. El destino, que a veces puede ser tan hilarante como hiriente.
Todo ocurrió en segundos. Tras unas
palabras tan míticas como discutidas («¡Tú también Bruto, hijo mío!»),
Julio César yacía muerto en un abundante charco de sangre. Hasta aquí, la
historia más popular y que ha sido dada a conocer gracias a series tan famosas
como «Roma». Sin embargo, poco (o casi nada) se sabe de los
momentos posteriores al fallecimiento del dictador. ¿Qué pasó con los
instigadores del asesinato?, ¿sobrevivieron?, ¿fueron aplaudidos como héroes o,
por el contrario, tildados de homicidas? La respuesta la ofreció, aunque de
forma muy somera, el historiador del siglo I Suetonio en sus
escritos tras narrar cómo fueron los funerales:
«Casi ninguno de sus asesinos
murió de muerte natural ni le sobrevivió más de tres años. Fueron todos
condenados, pereciendo cada cual de diferente manera»
«Sucumbió a los cincuenta y seis
años de edad y fue colocado en el número de los dioses, no solamente por
decreto, sino por unánime sentir del pueblo […]. Ordenase tapiar la puerta de
la sala donde se le dio muerte; llamase parricidio a los idus de marzo y se
prohibió que se congregasen los senadores en tal día. Casi ninguno de sus
asesinos murió de muerte natural ni le sobrevivió más de tres años. Fueron
todos condenados, pereciendo cada cual de diferente manera; unos en naufragios,
otros en combate y algunos clavándose el mismo puñal con el que hirieron a
César».
Parcas palabras para el triste
devenir de los principales traidores. Y en cierto modo exageradas, pues, de los
entre cuarenta y sesenta conjurados (las
fuentes de la época no se ponen de acuerdo con el número concreto), apenas
conocemos el final de una veintena. Así lo explica José Barroso,
divulgador histórico especializado en la Antigua Roma y autor de obras como «La caída de la República», en
su dossier «Los asesinos de César» . También lo hace el
historiador Peter Stothard en su flamante «The last assasin»; obra en la que
recoge la venganza y la cacería que se orquestó contra ellos y la posterior
guerra civil en la que quedó sumido el país.
Lo triste es que Julio César podría
haberse salvado. Prevenido por una larga lista de augurios, barajó la
posibilidad de quedarse en la cama aquel 15 de marzo del 44 a. C. Tenía excusa:
su delicado estado de salud. Pero Décimo Bruto, metido hasta
el corvejón en el grupo de los conjurados, le hizo cambiar de idea. Suetonio
afirma que un joven anónimo también le entregó, al salir de su casa, un escrito
en el que le desvelaba el triste destino que le esperaba, pero el dictador
prefirió guardar el papel junto a otros tantos que tenía pensado leer.
La diosa Fortuna no estuvo con él ese
15 de marzo. Aunque hay que decir que César, siempre altivo, tentó también a la
suerte. En su camino al Senado pasó por el templo para regodearse ante el
vidente que le había advertido sobre el peligro que le esperaba aquella
jornada. «¡Los Idus de marzo ya han llegado!», afirmó con
sorna. La respuesta fue igual de irónica: «Pero todavía no han
terminado». Al final, ocurrió lo que los augurios habían predicho.
Como bien explicó Suetonio en «La vida de los doce césares», el
magnicidio aconteció cuando Cimber Telio se acercó a él:
«En cuanto se sentó, le rodearon
los conspiradores con pretexto de saludarle; en el acto Cimber Telio […] le
cogió de la toga por ambos hombros, y mientras exclamaba César: “Esto es
violencia”, uno de los Casca, que se encontraba a su espalda, lo hirió algo más
abajo de la garganta. Cogióle César el brazo, se lo atravesó con el punzón y
quiso levantarse, pero un nuevo golpe le detuvo. Viendo entonces puñales
levantados por todas partes, envolviese la cabeza en la toga y bajóse con la
mano izquierda los paños sobre las piernas, a fin de caer más noblemente,
manteniendo oculta la parte inferior del cuerpo. Recibió veintitrés heridas, y
sólo a la primera lanzó un gemido, sin pronunciar ni una palabra».
Plutarco, en «Vidas
paralelas», recogió una versión similar. Aunque añadió también que
César buscó, con la mirada y alguna palabra que otra, el apoyo de Bruto, a
quien guardaba gran estima. No se topó, sin embargo, más que con la fría
puñalada de la traición. «Los que se hallaban aparejados para aquella muerte,
todos tenían las espadas desnudas, y hallándose César rodeado de ellos,
ofendido por todos y llamada su atención a todas partes, porque por todas sólo
se le ofrecía hierro ante el rostro y los ojos, no sabía dónde dirigirlos, como
fiera en manos de muchos cazadores». Marco Antonio, su gran
amigo, no pudo hacer nada, pues le habían entretenido en otro lugar.
Narra Plutarco que la muerte de César
trajo consigo el desconcierto. Los ciudadanos se encerraron en sus casas,
atemorizados por lo que podía ocurrir, mientras que los asesinos partían hacia
el Capitolio, «no a manera de fugitivos, sino risueños y
alegras, llamando a la muchedumbre a la libertad». Cicerón les
apoyó y, desde ese mismo día, intercedió por ellos ante el Senado tildándoles
de libertadores. Marco Antonio, por su parte, pasó del odiar a
los conspiradores a apoyar su amnistía; aunque, el 18 de marzo, volvió a cargar
contra ellos al llevar la toga del dictador, agujereada y copada de sangre
seca, ante los senadores.
A partir de este punto comenzó un
toma y daca entre uno y otro bando que se saldó con una verdadera guerra civil.
Aunque oficialmente se hallaban protegidos por una amnistía firmada por el
Senado, la tensión que se vivía en la capital (en parte, favorecida por las
legiones más veteranas de César, que clamaban venganza) hizo que la mayor parte
de los conjurados se marcharan a todo correr de la urbe.
Uno de los primeros en caer fue Cayo
Trebonio, gran amigo de César y, contra todo pronóstico, uno de los
mayores instigadores de la conjura. Cuenta Plutarco que,
durante los Idus de marzo, fue el encargado de entretener a Marco
Antonio para que no pudiera socorrer al dictador, aunque este es un
dato en el que difieren las fuentes clásicas. En todo caso, fue gobernador en
la provincia de Asia hasta que la venganza le atropelló. Según explica el
historiador de la época Dión Casio en su magna «Historia
romana», fue capturado mientras dormía en la ciudad portuaria de Esmirna
allá por el 43 a. C. Pasó varios días de infierno en los que su
torturador, Dolabella, le hizo todo tipo de maldades. Al final, fue decapitado
y su cabeza, en palabras Stothard, se utilizó para entrenar en un juego de
pelota.
Otro a los que no le duró demasiado
la alegría fue el célebre Décimo Bruto. Explica el autor
español que, tras los Idus, mantuvo su cargo como gobernador hasta que Marco
Antonio le exigió la entrega de su provincia. Después de que declinara
sus exigencias, el gran amigo de César lanzó sus ejércitos contra él y le cercó
en Módena. En mitad de aquel caos, el Senado, bajo las órdenes
de Cicerón, le envió como ayuda a Octavio, hijo adoptivo del
dictador y que por entonces no llegaba a las dos décadas de vida. Aquello salió
bien a medias. Aunque los refuerzos permitieron levantar el asedio de la urbe,
Octavio se negó a unirse al asesino.
Al ver que sus apoyos se reducían,
Décimo intentó marcharse a todo correr hasta Macedonia y unirse a los también
conspiradores Marco Bruto y Casio Longino. Sin embargo, a lo
largo del viaje, peligroso donde los hubiera, fue capturado por un líder tribal
galo muy cercano a César. Este le cortó la cabeza al descubrir su verdadera
identidad y se la envió, cual regalo con un lazo, al mismo Marco
Antonio en el año 43 a. C. Por si fuera poca ignominia, y aunque al ya
decapitado asesino le importara bien poco, sus legionarios se unieron a
Octavio.
Básilo, el siguiente
en la lista, fue uno de los pocos conjurados que no abandonó Roma. Cuenta
Stothard que fue asesinado por sus propios esclavos, aunque todavía se
desconoce si en venganza por la muerte de César, o debido a su obsesión por
mutilar a los sirvientes como castigo. En todo caso, ninguno de los homicidas
fue juzgado por ello. Como él, también dejó este mundo Cicerón, quien,
aunque no participó en los Idus de marzo, apoyó desde el principio a los «
libertadores », como solía llamarlos. Le cortaron la cabeza y las
manos y expusieron sus restos en el foro. Como despedida, la esposa de Marco
Antonio ordenó que le arrancasen la lengua y se la atravesaran con uno de sus
pasadores para el pelo.
Con todo, la mayor derrota que
sufrieron los asesinos de César se sucedió tras la formación del Segundo
Triunvirato por Marco Antonio, Octavio y Lépido. En
el 42 a. C., los dos primeros se enfrentaron a las fuerzas reclutadas por Marco
Bruto y Cayo Casio Longino en dos batallas sucesivas libradas en
Filipos, Grecia, entre el 3 y el 23 de octubre.
Longino cayó en la primera, tras
verse superado por Marco Antonio. Según Plutarco, se quitó la vida: «De los
acontecimientos puramente humanos que en este negocio sucedieron, el más
admirable fue el relativo a Casio; porque, vencido en Filipos, se pasó el
cuerpo con aquella misma espada de que usó contra César». El 23 le sucedió otro
tanto a Bruto. En principio, el general se negó a salir a
combatir contra el Segundo Triunvirato. Al final se decidió, pero todo acabó en
desastre, pues su ejército fue arrollado y él se vio obligado a huir. Falleció
aquella noche, aunque en extrañas circunstancias, como bien dejó claro el
historiador clásico en su obra:
«Bruto se retiró a alguna
distancia con dos o tres [de sus hombres], de los cuales era uno Estratón, que
había contraído amistad con él con motivo del estudio de la oratoria. Colocóle,
pues, a su lado, y afianzando con ambas manos la espada por la empuñadura, se
arrojó sobre ella y murió, aunque algunos dicen que fue el mismo Estratón
quien, a fuerza de ruegos de Bruto, volviendo el rostro, le tuvo firme la
espada, y que él, arrojándose con ímpetu de pechos, se había atravesado el
cuerpo, quedando al golpe muerto».
Según el autor anglosajón, el último
conspirador en morir fue Casio Parmensis, «el decimonoveno y
último asesino», según recoge en su obra. Este buscó refugio en Atenas, ciudad
de poetas y filósofos, y abrazó las enseñanzas de Epicuro. En
principio, este le enseño a no temer al más allá. «La muerte no trae placer ni
dolor. Lo único mala para mi es el dolor. Por tanto, la muerte no tiene que ser
mala». Sin embargo, durante los siguientes catorce años de vida admitió haber
sufrido pesadillas al pensar en que la venganza podría caer sobre él. Mantuvo
la fe en ser perdonado hasta que uno de los asesinos de Octavio acabó con él.
(Un texto de José Segovia en el
XLSemanal del 22 de octubre de 2021)
Nerón fue mucho más querido por
su pueblo y mucho mejor dirigente de lo que se cree. Nuevos estudios lavan su
imagen y refutan el carácter diabólico y depravado de este emperador romano.
Si algún personaje histórico
de la Roma imperial ha tenido mala suerte con los cronistas, ese ha sido Nerón.
Los relatos de Cornelio Tácito, Cayo Suetonio y Dion Casio desvelan los
asesinatos que pergeñó el emperador con la ayuda de sus pretorianos, como el de
su hermanastro, el de su madre -con la que supuestamente mantuvo relaciones
sexuales-, el de prominentes miembros de la élite romana y el de dos de sus
esposas (a la segunda, Popea, la mató el propio emperador propinándole una
patada en el estómago cuando estaba embarazada).
Tácito
no elude los detalles tétricos cuando describe la ejecución de Octavia, la
primera mujer de Nerón: «La sujetan con grilletes y le abren las venas de todos
los miembros; y como la sangre, paralizada por el pavor, fluye demasiado lenta,
la asfixian en el calor de un baño hirviendo. Y se añade una crueldad más
atroz: su cabeza, cortada y llevada a la ciudad, fue contemplada por Popea».
Esta no podía imaginar entonces que ella sería la siguiente víctima de su
diabólico marido.
Probablemente
es uno de los emperadores romanos peor tratados por la historia. La imagen que
se tiene de él por ordenar
el incendio de Roma y culpar a los
cristianos ha quedado en la memoria colectiva como el paradigma de la maldad
humana.
La tragedia se produjo el 19
de julio del año 64, cuando se desató un incendio en las proximidades del Circo
Máximo que se expandió hacia el Palatino y el Celio y destruyó dos tercios de
la ciudad. Por sus calles corrió el rumor de que el fuego había sido provocado
por el emperador, cuya intención era destruir parte de la antigua Roma para
obtener terrenos con los que ampliar su espectacular palacio: la Domus Aurea
(‘la casa de oro’). La mentira fue difundida por los miembros de la
aristocracia senatorial hostil a Nerón y recogida décadas después por los
cronistas romanos. Otro rumor aseguraba que el emperador había sido visto
tocando la lira mientras contemplaba extasiado las gigantescas llamas que
consumían la ciudad.
Pero ¿fue tan depravado como
contaron sus detractores? Desde hace unos años ha surgido una corriente
historiográfica que sostiene que fue un emperador muy querido por su pueblo y
mucho mejor dirigente de lo que afirmaron sus críticos. El historiador Eric
Varner, de la Universidad de Emory (Atlanta), asegura que, tras el pavoroso
incendio que devastó Roma, el emperador dispuso fondos económicos para que los
damnificados pudieran rehacer sus hogares y decretó regulaciones para la
construcción de nuevos edificios bajo la dirección de los arquitectos Severo y
Céler.
Aunque
la mayor parte de los historiadores contemporáneos cree que el incendio fue
accidental, Gerhard Baudy -de la Universidad alemana de Constanz- ha llegado a
sugerir que los verdaderos culpables de la quema fueron los cristianos, razón
por la que el emperador ordenó perseguirlos y masacrarlos. Según apunta este
filólogo alemán, los dirigentes romanos tenían un motivo preciso para sospechar
de los cristianos: «Una profecía apocalíptica que se había puesto en
circulación días antes predecía la caída de la metrópolis romana a través del
Cristo que se revelaba en el fuego de Sirio». El incendio dio visos de
credibilidad a la profecía.
El historiador Tácito
describe con mucho detalle las torturas y ejecuciones de cristianos tras el
incendio del año 64. Suetonio también hace hincapié en el castigo que
recibieron los adoradores de «esa nueva y peligrosa superstición». Lo mismo que
el escritor Tertuliano, quien acusó a Nerón de ser «el primer perseguidor de
los cristianos». Si lo que contaron los cronistas fue cierto, no es de extrañar
que los seguidores de Cristo pensaran que este emperador, el último de la
familia Julio-Claudia, era el mismísimo Anticristo.
No es una coincidencia que
los fanáticos de la cábala aseguren que el equivalente numérico de las letras
hebreas que forman ‘César Nerón’ sumen 666, ‘el número de la Bestia’. La
relación del número 666 con Satán o con la llegada del Anticristo se ha tratado
de imponer a otros personajes históricos, como Lutero, Napoleón o Hitler.
Pese a todo, Nerón no era el
Anticristo que retrataron los milenaristas ni tampoco el abyecto psicópata que
presentaron los historiadores romanos, cuyos juicios fueron influidos por los
senadores y las familias patricias romanas que lo odiaban y se disputaban su
legado. La última historiadora en sumarse a esta cruzada es Shusma Malik, en
cuyo libro The Nero Anticrist refuta
la tesis que lo considera como el perpetrador del Apocalipsis.
Esta
historiadora de la Universidad de Roehampton (Londres) recuerda que el escritor
Flavio Josefo, testigo del reinado de Nerón, fue el primero en hacer notar los
prejuicios y mentiras que circulaban en torno al emperador. «Ha habido muchos
que han escrito la historia de Nerón, muchos de los cuales se han apartado de
la verdad de los hechos por haber recibido favores de él; y otros, debido al
odio que les inspiraba, se han ensañado con su persona con tantas mentiras que
merecen ser condenados en justicia», subraya Josefo.
La
historiadora británica Mary Beard señala que algunos historiadores modernos
(como Ettore Paratore o Mario Attilio Levi) lo han presentado más como una
víctima de la propaganda de los Flavios (la dinastía sucesora de la
Julio-Claudia) que como un pirómano que arrasó Roma. Otro de los grandes
defensores de Nerón lo encontramos en Milán en el siglo XVI. Se trata de
Gerolamo Cardano, brillante médico, matemático y astrólogo. «En su obra Encomium
Neronis, el emperador deja de
ser el tirano loco descrito en las páginas de Tácito y de Suetonio y se
convierte en el modelo del optimus princeps», afirma Malik.
Cuatro años después del
incendio de Roma, el Senado votó a favor de Galba como nuevo gobernante,
declarando a Nerón enemigo público del Imperio. Según el historiador Suetonio,
Nerón pronunció sus últimas palabras mientras su secretario Epafrodito lo ayudaba
a cometer suicidio clavándole un puñal en la garganta. «¡Qué artista muere
conmigo!». Con la llegada al poder de Constantino en el siglo IV, la influencia
de los cristianos creció, lo que a su vez reforzó los ataques a la figura de
Nerón, al que consideraban su primer perseguidor.
El pueblo romano recordó
durante mucho tiempo a Nerón y hubo al menos tres impostores que se hicieron
pasar por él. La noticia de su sorpresivo regreso de entre los muertos debió de
influir después en los milenaristas y en la creencia del Nerón-Anticristo.
Durante
la Edad Media surgieron gran cantidad de herejías y movimientos que rompían la
ortodoxia religiosa cristiana. Basándose en tradiciones judías y sobre todo en
el Apocalipsis de San Juan, estos grupos encontraron en el milenarismo una
tabla de salvación a la pobreza reinante. El milenarismo es la creencia de que
el Apocalipsis será seguido por el gobierno de Cristo durante mil años, al
final de los cuales ocurrirá el juicio final.
En el siglo II, Ireneo de
Lyon pensaba que los eventos pasados se repetían exactamente en el futuro. Por
lo tanto, si Nerón fue el primer perseguidor de los cristianos, también tenía
que ser su último verdugo; es decir, el Anticristo que provocará el final de
los días.
También se menciona al
emperador-Anticristo en los Oráculos Sibilinos del siglo II; en sus libros V y
VIII, la famosa adivina y profetisa Sibila vaticina su regreso y el comienzo
del final de los días.
Respecto a la imagen de Nerón
como psicópata y pervertido sexual, algunos historiadores recuerdan que es
difícil creer que cualquier personaje histórico haya podido ser tan
uniformemente abyecto y depravado. Incluso en el caso de que él hubiera sido el
máximo exponente de la bacanal romana, muchos historiadores modernos consideran
que analizar ese aspecto de su vida es una trivialidad. En su opinión, lo
interesante es comprobar si contribuyó a reforzar las estructuras del Imperio o
si fue un revolucionario de la cultura, como asegura el estudioso Massimo Fini.
La historiadora Rebecca Benefiel afirma que Nerón estaba más interesado en la
música y el arte que en gobernar.
El perfil psicológico de un
Nerón depravado que representaba la otra cara del cabal emperador Augusto se
convirtió en un arquetipo para futuros emperadores malos. Los cronistas
describieron a Domiciano como «un Nerón sin pelo» y a Cómodo como «más salvaje
que Domiciano y más repugnante que Nerón». Los autores cristianos explotaron
esas descripciones para dar cuerpo a ese emperador romano transmutado en
siniestro diablo que provocaría el final de todo lo conocido. Ese paradigma fue
revivido en el siglo XIX para debatir las ansiedades que provocaban el fin de
siglo y las controversias religiosas. En 1873, el historiador francés Ernest
Renan afirmó: «Nerón es la Bestia. Es el Anticristo». Ahora, los historiadores
modernos lo despojan de esa condición.
Mujeres
de Nerón. Octavia era hija del emperador
Claudio. Por eso, Nerón se casó con ella; luego, la repudió y, según las
crónicas, ordenó su muerte. Popea -su segunda mujer- intrigó para que Nerón
eliminara a su madre y a su primera esposa, Octavia. Se cree que él mató más
tarde a Popea, estando embarazada, de una patada en la tripa.
Agripina.Nerón no fue un candidato al trono por nacimiento.
Llegó a ser emperador porque lo adoptó Claudio tras casarse con su madre,
Agripina.
Nerón
no incendió Roma.Durante su mandato se incendió
Roma y se rumoreó que él había provocado el fuego.
Los
cristianos y el incendio de Roma. Un historiador
alemán contemporáneo afirma que los cristianos realmente incendiaron Roma y que
‘por eso’ Nerón habría ordenado masacrarlos.
El
palacio dorado.Tras el incendio de Roma, Nerón
mandó construir un fastuoso palacio que abarcaba 50 hectáreas conocido como
Domus Aurea. Algunos expertos afirman que incendió la ciudad con el fin de
ganar terreno para su palacio.
Sus
últimas palabras. Nerón se suicidó en el año 68 con la ayuda de su
secretario Epafrodito, que le clavó un cuchillo mientras él proclamaba: «¡Qué
artista muere conmigo!».
Si el capitalismo te parece competitivo, espera a ver la Grecia clásica
(Un texto de Ramón González Férriz en El Confidencial del 17 de julio de 2017, escrito a propósito de una exposición en CaixaForum)
Vivimos en un tiempo en el que se explota de manera insana la belleza y se cosifican los cuerpos, en el que se compite sin tregua por el reconocimiento social y la mera supervivencia, en el que los deportes en manos de los potentados y celebridades se utilizan para manipular a las masas y en el que la cultura es considerada una mera sucesión de premios y reconocimientos a los creadores que apuntalan el sistema político y económico. Es el neoliberalismo, dicen. Tengo noticias: en la Grecia del siglo V antes de Cristo ya era así.
Lo explica maravillosamente la exposición recién inaugurada en el CaixaForum de Madrid '¡Agón! La competición en la Antigua Grecia', que después del verano girará por los CaixaForum de otras ciudades de España. Se trata de una pequeña y extraordinaria muestra de obras cedidas por el British Museum: cerámica, joyas, piezas funerarias, frisos y esculturas que plasman con gran belleza cómo el mundo griego clásico estaba obsesionado por la competición en todos los ámbitos de la vida, desde los juegos infantiles -algunos muy parecidos a los actuales, y en los que claramente había ganadores y perdedores- hasta la muerte -momento en que los parientes del difunto debían demostrar que este había sido un ciudadano modélico-. Y sí, eran fanáticos del deporte.
En esa época, lo que ahora llamamos Grecia era un conjunto de pequeñas ciudades que luchaban entre sí, a veces con inmensa violencia, por los recursos y territorios. Algunas eran brutalmente guerreras -como Esparta, donde los hombres eran entrenados para la guerra desde niños- y otras particularmente refinadas, como Atenas -donde se celebraban competiciones de teatro y de música-, pero en todas existía la sensación de compartir una cultura y unos orígenes míticos que había explicado Homero en la Ilíada, que data seguramente del siglo VIII antes de Cristo. Y además, había competiciones deportivas panhelénicas a las que las ciudades mandaban a sus mejores atletas.
Desnudos y muy competitivos La diosa de la victoria era Niké (de ella se deriva el nombre de la marca de ropa deportiva). Solía representarse con alas, como símbolo de la fuerza y la velocidad, y era considerada una diosa de enorme importancia, de las más cercanas a Zeus entre todas las deidades griegas (que, por cierto, no paraban nunca de competir entre sí).
A ella se encomendaban quienes participaban en toda clase de competiciones que retratan muy bien piezas de la exposición: a los ganadores de las carreras se les entregaban vasijas inmensas con 45 litros de aceite, en las que aparecían corredores de cuerpos esculturales; en otras piezas de cerámica, se veía a lanzadores de jabalina y levantadores de pesas, y se hacían esculturas -hay una extraordinaria en la exposición- de los ganadores ciñéndose una diadema en señal de victoria. Los deportistas eran solo hombres -solo ellos podían asistir a las competiciones- e iban desnudos. La belleza de sus cuerpos era considerada un símbolo de virtud y esfuerzo; los ganadores eran tratados como héroes y recibían dinero y premios de mucho valor simbólico, como la entrada gratuita en el teatro. También entonces, las competiciones deportivas las pagaban los ricos para reforzar su estatus dentro de la sociedad.
Pero además, como decía, había competiciones culturales. Como si se tratara de un premio literario actual, se celebraban concursos de teatro y jurados decidían cuál era la mejor de las obras presentadas: los tres grandes dramaturgos griegos, Eurípides, Sófocles y Esquilo salieron de este sistema competitivo y un poco cruel.
Sabemos poco de la música que se interpretaba en los concursos entre instrumentistas, pero sí que su ejecución era muy exigente: varias piezas expuestas muestran cómo los intérpretes de flauta doble se la ataban a la cabeza con correas para evitar tremendos dolores en la mandíbula. La competición era vista por los griegos como una forma de aumentar la cohesión social y de alcanzar la excelencia, como un rasgo inherentemente humano, un elemento de su naturaleza que no solo no debía ser condenado, sino que debía potenciarse para lograr los mejores resultados posibles en todas las esferas de la actividad humana. Pero no es difícil imaginar que esta competición era menos cívica de lo que las obras conmemorativas pretendían transmitir. También, sin duda era brutal.
¿Una vida sin competición? Hoy, esta concepción de la vida en sociedad nos resulta familiar, pero es probable que sea más controvertida. Es difícil imaginar una vida sin competición, y no solo en el deporte; al final puede que este sirva para canalizar pacíficamente unos enfrentamientos sociales que de otra manera quizá se expresarían por conductos más peligrosos. Seguramente la cultura no sería lo mismo sin espíritu competitivo: quizá haya escritores o músicos que actúen solo por amor al arte o al dinero, pero diría que en muchos casos la competición entre ellos es enorme (a veces un poco cruel y a veces un poco ridícula). Y por supuesto la economía, ¿qué incentivos tendrían las empresas para mejorar si no compitieran entre sí? Uno de los lugares más competitivos que he visto en mi vida son los partidos políticos de izquierdas: más encarnizadamente cuanto más defienden que la competición es un mecanismo perverso. Y no hablemos de las oficinas y las redacciones.
Pero, al mismo tiempo, aunque la competición sea seguramente un rasgo inherentemente humano como creían los griegos, y aunque sin ella probablemente nuestra economía y nuestra cultura se vendrían abajo, hay algo perturbador en la gente que hace de la competición el motor principal de su actividad. El macho hipercompetitivo es uno de los espectáculos más desagradables que se pueden observar, aunque probablemente no haya emblema más transparente del verdadero funcionamiento de la naturaleza.
Y algo dice de nuestra condición el hecho de que tanto en la Grecia clásica de hace 2.500 años como en el Occidente capitalista actual las mayores encarnaciones del éxito sean los deportistas profesionales, que muchas veces se consideran absurdamente modelos de conducta. Supongo que lo que eso dice de nosotros es que la estupidez es constante en el tiempo.
IX «Hispana», la legión romana que desapareció misteriosamente en Britannia
(Un artículo de Manuel P. Villatoro en el ABC del 24 de agosto de 2012).
La historia de esta unidad ha sido llevada en tres ocasiones al cine desde 2007, y ha sido el tema central de varias novelas y libros.
'
Centurión', ' La
última legión' o ' La legión del águila'.
No es extraño que la historia de las conquistas romanas
sea aprovechada por Hollywood, sin
embargo, lo que si es poco usual es que una leyenda
clásica haya sido llevada nada menos que en tres
ocasiones al cine. Este es el caso de lo
sucedido a la IX Hispana, una legión
que desapareció misteriosamente sin dejar apenas
rastro para los historiadores.
Las legiones fueron durante siglos la unidad de infantería
básica del ejército romano. Temidos por sus adversarios, los legionarios
–armados con el gladius (espada corta) y el
pilum (jabalina)– han pasado a la historia
por su disciplina, su aplomo y por las efectivas
tácticas que usaban en el campo de batalla, algunas tan conocidas
como la « formación
en tortuga». Estas unidades, formadas por unos 5.000
hombres usualmente, solían actuar como una máquina de
destrucción sobre los «bárbaros» y los enemigos de Roma.
El cine nunca se pierde una buena historia, y lo ha dejado
claro en estos últimos 5 años en los que la
IX ha sido un tema recurrente para los directores, que han
hincado sus dientes en la leyenda atribuyendo diferentes
destinos a los soldados de la legión. Para unos fue
aniquilada, para otros, desapareció tras retirarse con
deshonor del campo de batalla, en cambio, muy pocos
están seguros de su destino definitivo.
Por ello, este agosto, en el que se celebra el
segundo aniversario del estreno de 'Centurión'
(film protagonizado por Michael Fassbender y
que da su versión sobre el final de este ejército) es
necesario preguntarse: ¿Cuál es la verdadera historia
de los romanos de la IX?
En esta historia, ni siquiera la formación de unidad se haya
exenta de misterio. Para Juan José Palao,
profesor del Dpto. de Prehistoria, Historia Antigua y
Arqueología de la Universidad de Salamanca, el nacimiento de
la IX no está del todo claro: «Los primeros testimonios de una
legión IX parecen situarse en el primer tercio del siglo I
a.C.», afirma Palao, aunque, según explica, todo apunta a que
el origen más probable de la Hispana sea una
legión con este mismo numeral creada por Octavio
(futuro emperador Augusto) en el 40-41 a.C.
Otra peculiaridad de esta legión es que pasó por
Hispania (España), por lo que recibió el
calificativo de «IX Hispana». «Fue conocida
en primer lugar como Hispaniensis, y ese sobrenombre se
transformó en Hispana» afirma Palao. Sin embargo, algunos
autores determinan que «este sobrenombre podría relacionarse
también con un reclutamiento de hispanos
durante dicha estancia», recuerda el profesor.
Pero lo que de verdad atrae a la industria del cine, en
referencia a la IX, es siempre lo mismo: la invasión
de Britannia en la que la unidad tomó parte junto
con las legiones II Augusta, XIV Gémina
y XX Valeria Victrix en el año 43 d.C. Aquí,
durante la conquista de esta isla brumosa, comienza el
misterio, ya que a partir del año 108 d.C., los romanos no
volvieron a hacer ninguna reseña de la Hispana;
era como si hubiera desaparecido de repente.
Final «de película»
En este preciso momento es donde toma parte el cine, el cual
da diferentes versiones sobre la historia. La más extendida,
según películas o libros de ficción, es que la IX Hispana
fue arrasada por sorpresa a manos de bárbaros
britanos mientras se encontraban en la isla. Esta
es una de las visiones más heroicas del final de la unidad, en
la que cayó hasta el último hombre en la lucha contra
innumerables enemigos.
Según Palao esta hipótesis es «muy antigua y está muy
arraigada en la cultura popular e, incluso, en una parte del
mundo académico». «Su base es la existencia de importantes
conflictos en Britannia (…) y la llegada de la legión VI Victrix,
que habría llenado el hueco dejado por la desaparición de la
IX» destaca. «La combinación de ambos elementos dio como
resultado la citada teoría de la destrucción de la legión en
los enfrentamientos que tuvieron lugar en Britannia en torno
al año 118 d.C.» sentencia el profesor.
Los máximos defensores de esta teoría, según Palao, son el
historiador Ian Richmond y Rosemary
Sutcliff. Esta autora de novela juvenil publicó '
El
águila de la IX legión', en la que explica
como la unidad fue derrotada en Britannia y le fue
arrebatada una de sus insignias: un águila que un
joven tratará de recuperar haciendo frente a los bárbaros.
En términos de Palao, «Sutcliff también situaba la
desaparición de la IX legión en el transcurso del
enfrentamiento contra las tribus caledonias del norte en el
año 117 d.C.». Esta idea, fue recogida exactamente igual
cuando se hizo una adaptación al cine de la novela, lo que ha
hecho que sea la versión mas conocida, aunque, no por ello,
necesariamente la única.
Pero Sutcliff no sólo creó un libro, sino que dio forma a una
nueva leyenda: la de la pérdida de la insignia de la IX. Para
ello, se basó en el hallazgo que se hizo hace algunos años de
una pequeña estatua con forma de águila en Silchester
(Reino Unido). Pero, para Palao, estos datos tienen muy poca
credibilidad histórica: «No hay ninguna base
arqueológica ni histórica para relacionar ambos elementos,
incluso la iconografía no se corresponde con lo que fueron las
águilas legionarias (con alas desplegadas y la cabeza girada
hacia un lado)».
Otras posibilidades
Estos no son los únicos destinos que pudo haber sufrido la IX
legión:
1-Otro final pudo ser la destrucción
de la unidad en Judea, lugar en el que se había
sucedido una revuelta en época de Adriano. «Algunos
investigadores lanzaron la hipótesis de que la legión habría
sido destruida en el transcurso de esta guerra, aunque no hay
ninguna prueba» determina Palao.
2-Por otro lado, se dio a conocer hace algún
tiempo la posibilidad de que la IX hubiera sido
aniquilada por tropas partas en el 161 d.C.
«Algunos investigadores apuntaron la posibilidad de que la
legión desapareciese en Armenia en el transcurso de las
guerras partas en la época de Marco Aurelio» afirma Palao.
3-Finalmente, también existe la posibilidad
de que Roma, altiva y acostumbrada a las victorias, no
quisiera dejar constancia de la IX debido a que hubiera
sufrido alguna derrota marcada, o porque sus
legionarios hubieran cometido algún acto deshonroso, como huir
del campo de batalla.
Una conclusión incierta
La historia parece haberse ocupado de esconder todo dato que
permita dar una respuesta segura del final de la IX. «Lo que
sí es cierto es que la legión debió desaparecer entre el
reinado de Adriano y el de Marco Aurelio, período en el que se
sitúa una conocida inscripción fechada en el año 162 en la que
se recogen las legiones del Imperio y en la que no figura la
legión IX Hispana» explica Palao.
En cuanto a las circunstancias de esa desaparición, el
profesor lo tiene claro: «Prefiero optar por la
prudencia» sentencia. «Lo que sí parece
probable es que se tratase de una desaparición traumática
¿una derrota que conllevó unas pérdidas de efectivos tan
cuantiosas que provocaron su desaparición o la refundición de
los efectivos supervivientes con otra unidad?, ¿un episodio
deshonroso que provocó que el emperador la disolviese?». En
cualquier caso existen muchas posibilidades, y sólo tenemos
una cosa clara: lo que pasó exactamente es casi imposible de
determinar y, a día de hoy, sigue siendo un misterio.