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...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

jueves, junio 11

La impresora 3D, un invento de los 80 que triunfa 30 años después

(Un texto de Beatriz Guillén en bbvaopenmind.com leído el 5 de abril de 2017)

A Chuck Hall (Clinton, Colorado, 1939) la fama le ha llegado 30 años tarde. Una noche de marzo de 1983, este ingeniero sacó de la cama a su esposa en pijama para enseñarle lo que había conseguido: había imprimido una pequeña copa de plástico negro con un nuevo método creado por él, al que llamó estereolitografía. Hull llevaba meses ocupando sus noches y fines de semana en desarrollar un nuevo aparato con el que pudiera crear pequeños objetos de plástico. No lo sabía todavía, pero se había convertido en el padre de la impresora 3D. Un invento que ahora está cambiando la forma en la que creamos todo: desde juguetes y creaciones espaciales hasta, incluso, órganos humanos. Las posibilidades de su invento se han vuelto casi infinitas. Pero han hecho falta tres décadas para ver lo que hoy llamamos futuro.

El momento Eureka tuvo su primer estallido a principios de 1980. Hull trabajaba entonces en Ultra Violet Products, una empresa del sur de California que moldeaba resina con luz ultravioleta y la utilizaba para recubrir muebles. Un día se dirigió a su jefe con una idea: quería colocar cientos de capas de plástico, una encima de otra, y aprovechar la luz ultravioleta para darles distintas formas. Pero, para poder convertir un montón de plástico apilado en un verdadero objeto en tres dimensiones, necesitaba una máquina. Una máquina rápida. Hull, como ingeniero de diseño, estaba frustrado por lo lenta que era la producción incluso de pequeños prototipos de plástico, ya que había que esperar meses solo para probar los nuevos diseños.

El material que cambia de líquido a sólido

A Hull no le permitieron dedicarse a su sueño durante sus horas de trabajo, pero sí le prestaron un pequeño laboratorio donde hacerlo realidad. Después de un año de esfuerzo, el ingeniero desarrolló un sistema en el que luz ultravioleta iluminaba una cubeta rellena de un material llamado fotopolímero. Este tipo de material cambia de líquido —su estado natural— a sólido cuando recibe esta luz. De esta manera, podía dibujar la forma e ir rellenando con capas hasta que el objeto estaba completo.

Para que la impresora conociera qué tipo de forma debía completar, Hull debía escribir él mismo el código. Esta limitación provocó que, al principio, la impresora solo realizara figuras muy simples. Sin embargo, a mitad de los 80, la máquina ya había evolucionado lo suficiente como para convertirse en un producto comercial. El estadounidense patentó su invento en 1986, el mismo año que fundó 3D Systems, la primera compañía de impresoras 3D. Hubo que esperar un año más para que saliera a la venta el primer ejemplar. Como era demasiado pesado para llevarlo a demostraciones, Hull realizaba pequeños vídeos para mostrar sus capacidades a los ejecutivos de otras empresas.

Ya en los primeros años, la compañía tuvo una cierta acogida, especialmente con la industria automovilística. General Motors y Mercedes-Benz pronto comenzaron a utilizar la tecnología de 3D Systems para construir y probar prototipos, ya que les ahorraba meses en el proceso de diseño. Sin embargo fue un éxito discreto, una discreción que nunca preocupó a su creador. Hull se lo dijo entonces a su mujer: la tecnología 3D iba a tardar entre 25 y 30 años en madurar y encontrar su lugar. Pero iba a ser algo importante. Acertó en ambas predicciones. La paciencia se convirtió en su mejor aliada.

Una casa hecha con impresoras

¿Qué ha ocurrido en este tiempo para conseguir dar el gran salto? “La precisión”, comentó su creador a una entrevista con la CNN. “Cuando los materiales pasan de líquido a sólido tienden a contraerse lo que puede provocar que se distorsionen. Ahora, la química ha mejorado mucho y prácticamente no hay distorsiones. También en cuanto a propiedades físicas: antes se rompían pronto los materiales y ahora puedes conseguir plásticos realmente buenos y duros”

La mejora en los materiales y en la tecnología, unida a una reducción del precio —se pueden conseguir impresoras desde 1.200 euros— han creado un universo en tres dimensiones de infinitas posibilidades. Ya hay comida que se puede imprimir en 3D. Un grupo de científicos en la Universidad de California está tratando de crear con estas máquinas una casa entera. Los planos se pueden descargar en Internet de manera que se puede crear cualquier cosa, por cualquiera, en cualquier parte. Esta democratización de la producción ha desembocado en un gran movimiento maker y en una ola de propuestas tridimensionales. Pero de todos los campos hay uno que destaca sobre el resto: la medicina. Prótesis, medicinas, tejidos e incluso órganos están siendo impresos en 3D. Está revolucionando la forma de hacer cirugías y de rehabilitar a un paciente.

Hull, que tiene más de 100 patentes a su nombre se muestra sereno ante esta nueva fiebre. En 2014, recibió con 75 años en Berlín el premio a mejor inventor de fuera de Europa que otorga la Oficina Europea de Patentes. Allí afirmó tranquilo: “Está bien recibir algo de reconocimiento, ha sido un trabajo duro, pero por otra parte yo solo quiero seguir trabajando”.

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lunes, mayo 25

La magia del formato JPG

(Leído en el muro de Ciencia al límite en Facebook hace unos meses)

El formato JPEG (Joint Photographic Experts Group) es mucho más que una simple extensión de archivo; es una de las piezas de ingeniería matemática más elegantes de la era digital. Su objetivo es resolver un problema de eficiencia: ¿cómo reducir el tamaño de una imagen sin que el ojo humano note una pérdida de calidad significativa?
 
​Para lograrlo, el JPEG no guarda píxeles, guarda frecuencias.
 
​1. El Espacio de Color: De RGB a YCbCr ​El primer paso no es puramente matemático, sino biológico. El ojo humano es mucho más sensible a la brillantez (luminancia) que al color (crominancia). Por ello, el JPEG convierte el modelo RGB en YCbCr: ​Y: Luminancia (brillo).
 
​Cb y Cr: Crominancia (componentes de color azul y rojo). ​Esto permite aplicar un "submuestreo", descartando información de color que no somos capaces de percibir, reduciendo el peso del archivo antes incluso de empezar con el cálculo pesado. ​
 
2. La Transformada Discreta del Coseno (DCT) ​Aquí reside el corazón matemático del proceso. La imagen se divide en bloques de 8 x 8 píxeles. Cada bloque pasa por una operación denominada Transformada Discreta del Coseno. ​En lugar de ver el bloque como 64 puntos de color independientes, la DCT lo descompone en una suma de 64 patrones de ondas de diferentes frecuencias.
 
​El coeficiente DC representa el promedio de brillo del bloque. ​Los coeficientes AC representan las variaciones (detalles) de alta y baja frecuencia. Este paso es reversible y no pierde información por sí mismo; simplemente traslada los datos del "dominio del espacio" al "dominio de la frecuencia". 
 
​3. Cuantificación: Donde ocurre la magia (y la pérdida) ​Es en este paso donde el JPEG se vuelve un formato "con pérdida". Se aplica una matriz de cuantificación que divide cada coeficiente de la DCT por un valor específico y luego redondea al entero más cercano.
 
​Las frecuencias altas (detalles muy finos) suelen tener valores pequeños que, al ser divididos por números grandes en la matriz, se convierten en cero. El cerebro humano apenas nota la ausencia de estas frecuencias ultra-rápidas. Al final de este proceso, la mayoría de los 64 coeficientes del bloque terminan siendo ceros, lo que facilita enormemente la compresión posterior. ​4. Codificación Entrópica (Huffman) ​Finalmente, los datos restantes se organizan en un orden de "zig-zag", colocando los ceros juntos. ​Se utiliza la codificación de Huffman, un algoritmo que asigna códigos más cortos a los valores que aparecen con más frecuencia. Es como crear un alfabeto personalizado para cada imagen donde las "letras" más comunes ocupan menos espacio en la memoria. ​
 
En resumen ​El JPEG es un triunfo de la aproximación: utiliza la trigonometría para identificar qué partes de una imagen son vitales y la estadística para empaquetar lo que queda de la forma más compacta posible. Cuando ves un "artefacto" o ruido en una imagen muy comprimida, lo que estás viendo en realidad es el eco de una función coseno que no tenía suficientes datos para completarse correctamente.
 

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domingo, abril 26

Thick Data y Big Data

(Un texto de Ahmed Banafa en bbvaopenmind.com publicado el 18 de noviembre de 2021)

Uno de los retos a los que se enfrentan las empresas en el mundo post COVID-19 es adaptarse a los nuevos hábitos de los consumidores, que nunca volverán a ser los mismos que antes de la pandemia. Al auge de la compra de productos y servicios online se le suma el auge del trabajo en remoto. Conforme las empresas empiezan a navegar en el mundo post-COVID-19 a medida que las economías reabren, las tecnologías de analítica de datos van a ir cobrando importancia por su utilidad como herramienta de adaptación a las nuevas tendencias. Las herramientas de análisis de datos van a ser especialmente útiles a la hora de detectar nuevos patrones de compra y ofrecer experiencias de cliente más personalizadas, además de una mejor comprensión del nuevo comportamiento de los consumidores.

Sin embargo, muchas empresas siguen teniendo problemas para finalizar sus proyectos big data con éxito. La adopción del big data ha aumentado drásticamente en todos los sectores. El gasto ha incrementado y la gran mayoría de las empresas que utiliza big data espera rentabilizar sus inversiones. Sin embargo, uno de los puntos débiles del Big Data para estas empresas es la opacidad en términos procesos e información. Modelar segmentos de clientes con precisión puede ser imposible para aquellas empresas que no sean capaces de entender por qué, cómo y cuándo sus clientes toman sus decisiones de compra, por ejemplo.

Para resolver este problema, algunas empresas se ven obligadas a recurrir a una alternativa al big data, el llamado Thick Data. Pero, ¿en qué se diferencian el Big Data y el Thick Data?

El Big Data se centra en el procesamiento de grandes volúmenes de datos complejos y no estructurados, que se caracterizan por las 3 Vs: Volumen, el big data exige procesar inmensas cantidades de datos no estructurados de baja densidad. Estos pueden ser datos de valor desconocido, como la actividad de los usuarios de Facebook, los feeds de datos de Twitter, los flujos de clics en una página web, aplicación móvil, o en equipos dotados de sensores. Para algunas organizaciones, esto puede suponer decenas de terabytes de datos. Para otras, cientos de petabytes. Velocidad: Es la velocidad a la que se reciben los datos y se actúa sobre ellos. La variedad se refiere a los diferentes tipos de datos disponibles. Los tipos de datos no estructurados y semiestructurados, como texto, audio y video, requieren de un procesamiento adicional previo para extraer significado y metadatos soporte.

El término Thick Data hace referencia a un complejo abanico de estrategias de investigación primaria y secundaria, incluidas encuestas, cuestionarios, grupos focales, entrevistas, revistas, videos, etc. Es el resultado de la colaboración entre científicos de datos y antropólogos para dar sentido a grandes cantidades de datos. Juntos, analizan series de datos para extraer información cualitativa como conocimientos, preferencias, motivaciones y razones de los comportamientos. En esencia, el término Thick Data hace referencia a series de datos cualitativos (observaciones, sentimientos, reacciones) que ofrecen información sobre la vida emocional cotidiana de los consumidores. El Thick Data se centra en identificar emociones, historias y modelos en el mundo en el que viven las personas, por lo que sus resultados pueden ser difíciles de cuantificar.

Comparación entre Big Data y Thick Data

  • El Big Data es cuantitativo, mientras que el Thick Data es cualiativo.
  • El Big Data genera tanta información que necesita de algo más para cerrar y/o revelar los vacíos de conocimiento. El Thick Data descubre el significado tras las visualizaciones y los análisis del Big Data.
  • El Big Data revela información a partir de un determinado rango de puntos de datos, mientras que el Thick Data revela el contexto social y las conexiones entre los puntos de datos.
  • El Big Data ofrece números; el Thick Data revela historias.
  • El Big data depende de las tecnologías de IA y aprendizaje de máquina; mientras que el Thick Data depende del aprendizaje humano.

Si las grandes tecnológicas de Silicon Valley aspiran realmente a “entender el mundo”, deben capturar tanto sus cantidades (big data) como sus cualidades (thick data) Por desgracia, esta última dimensión exige dejar de ver el mundo exclusivamente a través de Google Glass (o en el caso de Facebook, la realidad virtual) y dejar atrás los ordenadores para experimentar el mundo de primera mano. Hay dos factores clave para ello:

  • Para entender a las personas, hay que entender su contexto. La mayor parte del “mundo” es conocimiento de fondo

Más allá de tratar de entendernos atendiendo exclusivamente a lo que hacemos (como hace el big data), el thick data busca entender cómo nos relacionamos con los diferentes mundos que habitamos.

Sólo entendiendo nuestros mundos se puede entender realmente “el mundo” en su totalidad, que es a lo que aspiran empresas como Google y Facebook. “Entender el mundo”, exige capturar tanto aspectos cuantitativos (big data) como cualitativos (thick data)

De hecho, las empresas que confían demasiado en los números, gráficos y falsas creencias (factoides) del Big Data corren el riesgo de aislarse de la riqueza y la realidad cualitativa de la vida cotidiana de sus clientes, de perder la capacidad de imaginar e intuir hacia dónde puede estar evolucionando el mundo y sus propios negocios. Al externalizar nuestros procesos intelectuales al Big Data, nuestra capacidad de darle sentido al mundo mediante una observación cuidadosa comienza a erosionarse, de la misma manera en que al utilizar un GPS para orientarnos en una ciudad que no conocemos se nos escapan sensaciones y detalles de la misma.

Las empresas y los ejecutivos de éxito trabajan para entender el contexto emocional, incluso visceral, de las personas en el momento en el que encuentran su producto o servicio, y son capaces de adaptarse a las circunstancias según van cambiando. También son capaces de utilizar el llamado Thick Data, que incorpora el elemento humano ausente en el Big Data.

Existe una tecnología prometedora que puede permitirnos aprovechar lo mejor de ambos mundos (Big Data y Thick Data). Se trata de la computación afectiva.

La computación afectiva es el estudio y desarrollo de sistemas y dispositivos capaces de reconocer, interpretar, procesar y simular los afectos humanos. Se trata de un campo interdisciplinario en el que se dan la mano la informática, la psicología y las ciencias cognitivas. Aunque los orígenes de la disciplina se remontan a las primeras investigaciones filosóficas sobre la emoción (“afecto” es, básicamente, sinónimo de “emoción”), el origen de esta rama de la ciencia informática, la más moderna, se remonta a la publicación en 1995 del trabajo de Rosalind Picard sobre Computación afectiva. Uno de los objetivos de este estudio era la capacidad de simular empatía. Ello exigiría a los equipos informáticos interpretar el estado emocional de los humanos y adaptar su comportamiento a ellos, ofreciendo respuestas adecuada a esas emociones.

El uso de algoritmos de computación afectiva en la recopilación y procesamiento de datos hará que los datos sean más humanos y aprovechará las dos caras de los datos: La cuantitativa y la cualitativa.

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miércoles, abril 22

Tecnologías CCUS: frenar el calentamiento global reciclando CO₂

(Un texto de Dory Gascueña leído el 5 de noviembre de 2020 en bbvaopenmind.com)

Aplicar los principios de la economía circular para reciclar las emisiones de CO2 permitirá acelerar la lucha contra el calentamiento global. Una batalla que supone un complejo reto en el que, además de reducir las emisiones con energías limpias como la solar o los coches eléctricos, las tecnologías de captura y utilización de carbono CCUS (por las siglas en inglés de carbon, capture, utilisation and storage) se proponen eliminar el CO2 liberado ya en la atmósfera, capturandolo y convirtiéndolo en materia prima para productos útiles no contaminantes. Entonces, ¿es posible hacer del CO2 un aliado de la acción climática?

Volker Sick es profesor de ingeniería mecánica en la Universidad de Michigan (Estados Unidos) y dirige la Global CO2 Initiative, un proyecto de la misma universidad para impulsar el desarrollo de tecnologías CCUS que puedan capturar y convertir el dióxido de carbono en productos útiles. En una conversación con OpenMind, el profesor Sick reconoce que “Incluso cuando dejemos de utilizar combustibles fósiles, procesos como la fabricación de cemento y acero seguirán emitiendo CO2”. Es ahí donde entra en juego la perspectiva de esta iniciativa global de investigación y análisis de políticas públicas: conseguir que sea viable económica y tecnológicamente el reciclaje del CO2 de la atmósfera y su aprovechamiento para hacer nuevos materiales.  

CCUS: tecnologías aliadas con los ODS y el Acuerdo de París

Las tecnologías CCUS son para el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y la Agencia Internacional de Energía (IEA por sus siglas en inglés) un requisito para cumplir con los objetivos climáticos del Acuerdo de París y frenar el calentamiento global por debajo de 2ºC. Las tecnologías CCUS contribuirían con aproximadamente una sexta parte de la reducción de emisiones necesaria para cumplir con este objetivo en 2050.

Según recoge la IEA, actualmente hay en funcionamiento varios proyectos de tecnología energética CCUS a gran escala con una capacidad de captura combinada de 2,4 megatoneladas de CO2 por año, una cifra que está muy lejos de alcanzar el nivel propuesto en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas: 310 Mt (Megatoneladas) de CO2 cada año para 2030, tal y como reconoce la propia agencia. Según los cálculos de la misma agencia, se habrían capturado hasta 40 millones de toneladas de CO2 derivadas de instalaciones eléctricas e industriales anualmente a fecha de 2020. 

Antes de la firma del Acuerdo de París, el Quinto Informe de Síntesis de Evaluación del IPCC de 2014 estimó que sin las tecnologías CCUS el coste económico de la lucha contra el cambio climático aumentaría un 138%. Aunque la mayoría de proyectos en materia de CCUS se encuentran en los Estados Unidos y Europa, también se planean proyectos en Australia, China, Corea, Oriente Medio y Nueva Zelanda, según el mapa de iniciativas de la IEA. Si finalmente se lleva a cabo, esta hoja de ruta permitiría que la cantidad global de CO2 que se captura actualmente se triplique, alcanzando alrededor de 130 Mt por año.

Capturar y deconstruir CO2: un proceso tecnológico clave para la acción climática

Muchos de los productos que utilizamos contienen carbono, y en base a esto el CO2 que expulsamos a la atmósfera se puede reutilizar para producirlos, en vez de extraer más carbono de fuentes fósiles, la práctica actual. Tal y como argumentaba Volker Sick a OpenMind, “La idea de utilizar CO2 para fabricar productos no es nueva y se ha examinado de forma intermitente durante varias décadas, especialmente en lo que respecta al almacenamiento y la recuperación mejorada de petróleo, que existe desde hace 50 años”.  Sin embargo, implementar la idea de reutilizar a gran escala  el CO2 que producimos implica un desarrollo tecnológico significativo, ya que hay que transformar las moléculas de CO2 en moléculas de carbono, un proceso que requiere un aporte energético que debe provenir de fuentes de energía de carbono cero, para evitar agregar más emisiones de CO2. En este sentido, el director de The Global CO2 Initiative advierte de que, aunque “La disponibilidad mundial de energía renovable ha aumentado sustancialmente durante las últimas décadas, se necesitarán inversiones masivas en investigación, desarrollo e implementación para hacer de las tecnologías CCUS una realidad y generar un impacto real para el medio ambiente y para crear nuevos empleos”.

Un problema para el uso eficiente del CO2 como materia prima es el proceso de captura en sí mismo, tal y como explica Volker Sick: “Se necesitan grandes máquinas y, en realidad, también mucha energía para separar el CO2 de los gases de combustión y especialmente del aire. Una vez que el CO2 está disponible de manera concentrada, los catalizadores facilitan la conversión de este CO2 y agua en productos químicos”. Precisamente en el desarrollo de estos catalizadores trabajan los laboratorios de The CO2 Global Initiative, donde ya se experimenta con la producción de metanol como alternativa a los combustibles fósiles o un hormigón autoreparador que convierte en piedra los gases que ahora contaminan nuestra atmósfera.

Metanol, fibras naturales y hormigón flexible a base de CO2

“El metanol se puede utilizar en la producción de muchos otros productos químicos, incluida la fibra de carbono. Incluso es posible convertir este metanol en un combustible que puede reemplazar al diesel y se quema de manera mucho más limpia”. Volker explica cómo uno de los equipos de investigadores trabaja además con plantas como el cáñamo, el lino o el bambú para involucrar a la naturaleza en el proceso de deconstrucción del CO2. Para ello, se extraen fibras de estas plantas para utilizarlas en materiales compuestos en sustitución de las fibras de vidrio, “E incluso se ha llegado a incluirlas en el hormigón para mejorar sus propiedades”, apunta el director de la iniciativa, que reconoce también que “para que todo esto funcione, es necesario manipular esas fibras y es ahí donde se centra parte de la investigación de nuestro grupo”. Volker indica además que, más allá del metanol o las fibras vegetales, ”La mayor oportunidad para eliminar el CO2 de la atmósfera es encerrarlo en hormigón y otros materiales de construcción. De hecho, es importante entender que cuando bombeamos CO2 a una mezcla de hormigón, ¡el CO2 se convierte en roca! Por lo tanto, nunca volverá a salir a la atmósfera, ni siquiera si el hormigón se rompe”. 

A pesar del prometedor horizonte que supondrían para muchas industrias, el proceso de democratización de estas tecnologías CCUS se encuentra con dos grandes barreras, tal y como reconoce Volker: “Una es el coste y la otra está relacionada con estándares y códigos. En ambos casos, es necesario un trabajo político adecuado y, por eso, desde The Global C02 Initiative trabajamos con legisladores, políticos y organismos sancionadores para ayudar a actualizar o incluso crear nuevas políticas que faciliten la adopción y promoción de estas tecnologías”.

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jueves, septiembre 3

La estafa de la tecnología: el presente frente a las predicciones de ‘Blade Runner’


(Un artículo de Pablo Pardo en El Mundo del 26 de octubre de 2019. La segunda parte, la de los errores y aciertos de la película, es de Guillermo del Palacio.)

El cine de ciencia ficción nos hizo creer en un futuro radicalmente distinto del presente, pero las predicciones de 'Blade runner' no se han cumplido. Nacemos, vivimos y morimos igual que hace 40 años… Mucha Alexa y mucho Facebook, pero la ciencia apenas progresa, el crecimiento de Occidente lleva estancado decenios y no tiene pinta de que vayamos a viajar a Marte en breve.

En noviembre de 2019 iba a haber coches voladores y colonias humanas en Marte, según la película. La realidad es que hoy no hay nada de eso. El progreso se ha frenado en seco desde los años 50 y los últimos avances, según un grupo de economistas, no han hecho crecer la productividad como lo hizo la devolución Industrial.

«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanháuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia... Es hora de morir».

Si alguien nos suelta eso, caben varias respuestas. Por ejemplo: «Eres insoportable», o «¿Cuándo vas a quitarte de las drogas?», o justo lo contrario: «¿has vuelto a dejar de tomar la medicación?». Otra opción es, simplemente: «Estás mal».

Ése es el famoso monólogo del replicarte Roy Batty cuando le llega la hora de morir, que le ha sido programada por la empresa Tyrell en Blade Runner, la película de Ridley Scott que se desarrolla en noviembre de 2019. Pero el viernes que viene es 1 de noviembre de 2019, festividad de Todos los Santos. Los coches no vuelan, y, por supuesto, ninguna empresa fabrica personas que trabajan en colonias en Marte.

Al mundo del futuro descrito en Blade Runner y en 2001: una odisea del espacio le ha
pasado lo mismo que al general Alfonso Armada en el Palacio Real el 23-F: ni está ni se le espera. En diciembre se cumplirán 47 años desde que el último ser humano puso el pie en la Luna, que está a menos de 400.000 kilómetros de distancia de la Tierra, así que no estamos precisamente para soñar con ir a Orión, cuyas estrellas se encuentran, en su mayor parte, a unos 14.000 billones de kilómetros.

Tampoco hay ordenadores asesinos, como el HAL de 2001. Ya han pasado 18 años de la fecha de la odisea espacial que dirigió Stanley Kubrick y el robot más común que tenemos solo sirve para barrer el suelo mientras se enreda en cables o se va pegando leñazos contra los muebles.

Hoy, más que volar a la velocidad de la luz, la cosa es que el avión acelere. En 1973, ir de Nueva York a Houston llevaba 2 horas y 37 minutos; en 2016, 3 horas y 50 minutos, porque las aeronaves se desplazan más despacio para ahorrar combustible. En 1996, un Concorde cruzó el Atlántico desde Nueva York a Londres en 2 horas, 52 minutos y 59 segundos. Siete años después, ese avión fue retirado del servicio, y hoy no es posible hacer esa ruta en menos de cinco horas ni siquiera con viento -el mismo viento de los navegantes del siglo XVI- a favor.
Pero no es sólo viajar. También es vivir. Y morir. El actor que da vida al Nexus-6 de Blade Runner, Rutger Hauer, murió el pasado 19 de julio a los 75 años. La razón de su fallecimiento no ha sido hecha pública, pero lo más probable es que el intérprete haya muerto de los mismos males de los que se moría la gente hace 50 años.

Si tomamos en concreto el caso de Estados Unidos, cuatro de las cinco causas de mortalidad más importantes en ese país son ahora las mismas que en 1968, cuando Philip K. Dick publicó ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, el libro en el que se inspira Blade Runner. El único cambio es que la diabetes ha pasado del cuarto al sexto puesto y ha sido reemplazada por el Alzheimer. Los ciudadanos de EEUU han perdido un año y un mes de esperanza de vida desde 2014. En Francia, Alemania y Gran Bretaña ese mismo indicador está estancado desde hace casi un lustro, aunque en España todavía crece. Los peor parados son los rusos, que pueden esperar hoy morirse a los 71 años, la misma edad que un ciudadano de la Unión Soviética hace seis décadas.

Usar una película de ciencia ficción no es la herramienta más fiable para analizar el estado de la innovación tecnológica. Blade Runner trata de entretener, no de predecir. Pero el desfase entre lo que el filme prevé y lo que la realidad nos ha traído refleja una tendencia muy arraigada en la sociedad actual: la propensión no solo a exagerar el avance de la Ciencia y la Tecnología, sino a ignorar el hecho de que esos avances se han frenado en seco. Desde los años 50, vivimos un invierno de la tecnología del que no nos queremos dar cuenta.

Es cierto que hay progreso, pero éste tiende a limitarse a mejorar la eficiencia de lo que ya existe, o a idear bienes sustitutivos de los que ya tenemos. Hace 200 años, por ejemplo, se estaban generalizando nuevos modelos de transporte, el tren y el barco a vapor, así como las vacunas. Hace 100, los avances en las vacunas continuaban, mientras llegaban formas de comunicación que permitían, por primera vez, hablar a distancia, como el teléfono, el telégrafo y la radio, mientras que el automóvil hacía al ser humano autónomo e independiente de los animales, la luz eléctrica le liberaba de la esclavitud del sol y la aviación permitía el sueño más loco de todos: volar.

¿Dónde se puede encontrar hoy algo parecido? ¿Cuándo estarán disponibles las cabinas de teletransporte? ¿O es que el coche eléctrico y Alexa es todo lo que nos espera? Como tituló en octubre de 2012 la revista del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en su portada, con una foto del astronauta Buzz Aldrin, el segundo hombre en pisar la Luna: «Me prometiste colonias en Marte y todo lo que tengo es Facebook». Facebook no ha cambiado el mundo de la misma forma que lo hizo la invención del váter y su conexión a una red de cañerías que permitió que las heces fecales quedaran enterradas y no en las calles, donde eran una fuente de epidemias constante. Si queremos señalar una Red que haya cambiado irrevocablemente a la Humanidad para mejor por los siglos de los siglos, es la del alcantarillado, no la de Internet.

Y, aunque adjuntar documentos en los correos electrónicos nos ahorra tiempo y dinero, su impacto en el mundo ha sido muy inferior al de una caja estandarizada llamada contenedor, que pesa poco y en la que se puede meter cualquier mercancía para mandarla en un barco o avión al otro extremo del mundo.

Sin los contenedores que mueven piezas por todo el mundo no dispondríamos de unos teléfonos que tienen más capacidad de gestión de datos que el módulo lunar con el que Aldrin aterrizó en la Luna hace 50 años pagando sólo 65 euros, ni tampoco televisiones que son cada día más parecidas a ordenadores previo desembolso de 150.

Acaso sea un problema de mala asignación de los recursos. En un país como EEUU, cuyas infraestructuras presentan unas enormes deficiencias, las mejores redes de comunicación las tienen las empresas de Wall Street, para poder lanzar miles de órdenes de compra y venta de activos una millonésima de segundo antes que sus rivales. Y eso no aporta mucho a la sociedad. Como tampoco lo hace el que, desde que sale del pozo de petróleo hasta que llega al surtidor de la gasolinera, un barril de petróleo se compre 50 veces en el mercado financiero, una cifra brutal que «ciertamente podría ser muy posible», según explicó en 2017 a EL MUNDO Jeff Katz, entonces máximo responsable de materias primas de JP Morgan, el mayor banco de EEUU.

Lo mismo cabe decir del hecho de que las farmacéuticas usen todo tipo de trucos para extender innecesariamente durante décadas las patentes de sus fármacos de más éxito. O de que los sistemas fiscales de todo el mundo favorezcan la compra de vivienda, que
a su vez fomenta un sector, la construcción, en el que la productividad no crece, porque las casas siguen haciéndose igual que hace cinco décadas. Pero lo cierto es que nadie sabe la razón.

El mundo actual tiene flujos de información inmensos, que deberían favorecer la transmisión del conocimiento. Hay seguridad jurídica que garantiza a los descubridores de nuevos hallazgos sus derechos de propiedad intelectual. Vivimos un periodo de paz sin parangón en la Historia de la Humanidad, Y los potenciales beneficios económicos de las nuevas tecnologías en áreas como la salud, el transporte, la vivienda son infinitos.

Sin embargo, por alguna razón, eso no funciona. Y el resultado es descorazonador. Justin Fox, ex director de la revista Harvard Business Review, ha desmenuzado la inmensa base de datos de la Universidad de Groningen, en los Países Bajos, que incluye cifras de crecimiento históricas que llegan en el caso de algunos países hasta el año 1 de nuestra era. Pues bien, Fox ha descubierto que el PIB per capita -que mide lo que le corresponde a cada persona de la riqueza de un país- está creciendo a ritmos anteriores a la Revolución Industrial en Suecia, Francia y Gran Bretaña. De hecho, los franceses se estaban haciendo más ricos a principios del siglo XIV que a comienzos del XXI.

El ex secretario del Tesoro con Bill Clinton y ex rector de Harvard Lawrence Summers ha popularizado la expresión «estancamiento secular» para referirse a esta situación. Los hay mucho más pesimistas. De hecho, «estancamiento secular» no fue un invento de Summers, sino de Tyler Cowen, de la Universidad George Mason, famoso por su liberalismo, su afición a la gastronomía y su pesimismo acerca de lo que considera falta de innovación en el mundo actual.

En 2011, Cowen publicó un opúsculo de 110 páginas titulado El gran estancamiento, cuyo argumento central podría resumirse en esta idea: el Ford Modelo T, que popularizó el automóvil, cambió la vida de las; personas; el Honda Accord que se fabricó en 2010 no mejoraba nada en relación al Honda Accord que se había estrenado en 1992. La obra de Cohen es una versión light de Auge y caída de la productividad de Estados Unidos, un mamotreto de 768 páginas del mayor experto en la materia de ese país, Robert Gordon, de la Universidad Northwestern. Pero el
resultado es el mismo. Según Gordon, EEUU, el país innovador por excelencia, ha dejado de innovar. Y los demás no están asumiendo esa tarea.

Es algo que ya definió en 1985 el Nobel de Economía Robert Solow: «Veo ordenadores en todas partes menos en las estadísticas de productividad». De hecho, en las últimas décadas ha habido periodos en los que, pese al presunto avance tecnológico, la productividad ha caído. Un caso brutal es el de España, donde la productividad lleva estancada 30 años. O las estadísticas están muy mal -cosa que, según algunos, es cierta, ya que la productividad de un médico, de un abogado o de un periodista es más difícil de medir que la de un obrero industrial que genera un producto estable y cuantificable- o hay algo que falla mucho.

Desde hace varias décadas, siempre estamos a punto de lograr un avance decisivo contra el cáncer, o un medio para viajar a Marte, o una fórmula de ingeniería genética que nos permita rozar la inmortalidad. Y es cierto que constantemente hay avances. Pero en muchos casos, desgraciadamente, el cáncer sigue siendo mortal, la ingeniería genética apenas da resultados localizados, y no solo no vamos a Marte, sino que no sabemos absolutamente nada de los océanos del planeta en el que vivimos. Esta semana Google anunció la construcción del primer ordenador cuántico, que permitirá multiplicar de manera casi infinita el avance de estas máquinas. Pero es solo un modelo experimental y su rival IBM se apresuró a cuestionar el éxito del experimento.

De todos modos, ¿para qué se van a usar esas máquinas? ¿Para comprar y vender bonos más rápido? Porque, por ahora, los principales clientes de ese tipo de productos son empresas financieras.

Al menos cabe un consuelo: el progreso no se ha acelerado, pero sus beneficios se han expandido. El mundo de hoy es mucho más igualitario que el de hace 20, 50 o 100 años. Desde 2017, y por primera vez desde que el Horno Sapiens surgió en África hace 100.000 años, se muere más gente a nivel mundial de enfermedades no infecciosas -cáncer, dolencias coronarias, Alzheimer o diabetes- que de enfermedades infecciosas. Y eso se debe a la mejora de las condiciones de vida en el mundo en desarrollo.

Es algo que debemos a la tecnología, pero, más que a Facebook o a Instagram, también al humilde contenedor, que ha permitido integrar por medio del comercio en la economía mundial a países que antes vivían aislados del resto del mundo y les ha permitido ganar dinero con los intercambios para, por ejemplo, construir retretes y cañerías.

Lo que está claro es que, para ver algo más cercano al mundo de hoy, es mejor, como suele decir Cowen, ver una película de hace 70 años. Las casas son prácticamente iguales. A las cocinas solo les falta el microondas y la campana extractora de humos. Los baños son casi idénticos. Igual que los coches, los trenes, los aviones y las calles, con sus farolas y semáforos. En los restaurantes no pedimos píldoras a robots-camareros, sino carne con patatas a camareros-humanos. El médico es un señor con bata blanca que le dice al paciente que abra la boca y diga «aaaaa».

Solo los ordenadores y los teléfonos móviles han cambiado nuestro día a día. Lo cual es una paradoja. Ni a Kubrick ni a Arthur C. Clarke, que escribió el libro 2001: Una Odisea del Espacio, se les ocurrió que las computadoras tuvieran teclados, ni mucho menos ratones, pese a que ambos artilugios ya estaban siendo utilizados en Silicon Valley en 1968. En Blade Runner, cuando el detective Rick Deckard, representado por Harrison Ford, busca imágenes del pasado de los replicantes, lo hace en fotos en papel, no en pantalla. Y cuando tiene que llamar a uno de ellos, Rachel -representada por la actriz Sean Young- usa una cabina de teléfonos. Al menos, en eso, hemos progresado. Para lo de las naves en Orión, sin embargo, tendremos que esperar unos miles de años.

ACIERTOS Y ERRORES DE LA PELÍCULA
‘Blade Runner', película de ciencia ficción hoy considerada de culto, mostró hace casi 40 años un mundo en el que convivían las pantallas gigantes, los coches voladores y los robots al servicio del ser humano. ¿Estaban muy lejos sus predicciones de lo que existe realmente en 2019?

COCHES VOLADORES. No hay coches voladores, pero sí un Tesla en el espacio. También tenemos bicis eléctricas, patinetes y hasta ‘segways’, aunque ninguno vuela. Al menos, no de forma voluntaria: sus conductores siempre pueden exponerse a un paseo espacial... bordillo mediante.

REPLICANTES ANIMALES. ‘Blade Runner’ acertó y al mismo tiempo también erró el tiro con lo de los animales (si bien no por mucho; tal vez se lo podemos anotar como un lanzamiento al larguero). Hemos sido capaces de crearlos de forma artificial (que se lo digan a ‘Dolly’) y todavía quedan bastantes. En el 2019 de la película ya solo hay versiones replicantes de los animales que viven con los humanos; son las ovejas eléctricas con las que sueñan los androides. Tal vez nos podríamos haber acercado más, pero se nos pasó rápido la fiebre del Furby, los ‘tamagotchi’ murieron de hambre en nuestros bolsillos y ahora nos conformamos con las criaturillas de Pokémon Go.

VIDEOLLAMADAS. Cuando Deckard tiene que hacer una llamada no es únicamente de voz, y en este sentido la película acertó de lleno: las videollamadas ya son una tecnología que damos por sentada y están disponibles en cada vez más servicios. Si hace unos años era cosa de Skype y poco más -todos conocemos a alguien que habla de ‘hacer un Skype', independientemente del medio que pretenda utilizar-, ahora se pueden hacer en WhatsApp, Gmail e, incluso, Instagram. La calidad de vídeo, por cierto, es muy superior a la vista en el filme. Y hay filtros, si bien no está claro que con esto hayamos ganado algo.

CABINAS TELEFÓNICAS. Donde la película queda anticuada hasta un punto casi irrisorio -al menos, para las generaciones que no las han conocido- es en la aparición de cabinas telefónicas. La culpa la tienen los móviles e Internet, que ya existían en 1982, pero en unas versiones tan primitivas que compararlas con las actuales sería como meter en el mismo saco un carro y un Ferrari. En cualquier caso, hay una tendencia, la de los asistentes virtuales, que podría darle la razón a Ridley Scott. Con sus pantallas y sus cámaras, estos dispositivos exigen para sí el centro del salón y una de sus balas son las videollamadas. Facebook, de hecho, ya ha presentado cuatro (los tres últimos juntos y hace unas semanas, eso sí) y uno de ellos ‘parasita' el televisor para llamar a los contactos de WhatsApp o la red social. No es una cabina, de acuerdo, pero dista mucho de ser un móvil.

REPLICANTES. En el año 2019 no existen los replicantes (que sepamos, claro). Ni siquiera estamos cerca de algo parecido, por mucho que haya avanzado la robótica. Ahora bien, la inteligencia artificial y los asistentes virtuales de empresas como Amazon (Alexa), Apple (Siri), Microsoft (Cortana) o Google (que tiene asistente, pero sin nombre propio) cada vez están más presentes y son capaces de ‘aprender'. En cualquier caso, por ahora su inteligencia daría para un aprobado y únicamente si el examen es sencillo. Tampoco parece que haya interés en ‘trasplantar' este cerebro al cuerpo de un androide, aunque podría llegar ese día, ya que sí hay empresas que se dedican a la fabricación de robots. Por ahora los dos usos más comunes son bastantes dispares: el cuidado de mayores y el sexo.

PANTALLAS ENORMES. No es solo que haya pantallas de gran tamaño, es que se ríen en la iluminada cara de las que muestra la cinta. Si no son tan omnipresentes es únicamente por las leyes que regulan la contaminación lumínica. Y tal vez porque estamos tan acostumbrados a ver pantallas que nuestro cerebro ya las ignora de forma automática. De hecho, hay empresas que prueban nuevos modelos, como las marquesinas de realidad aumentada o la creación de imágenes en movimiento mediante drones con leds.

HUMO EN SITIOS PÚBLICOS. En 'Blade Runner' el tabaco se fuma en entrevistas, interrogatorios y, si se descuidan, hasta en hospitales. ¿Cómo puede un futuro situado en el presente parecer algo tan del pasado? Aunque lo hayamos modernizado y ahora también se vapee -incluso de forma competitiva-, cada vez más países se declaran libres de humos. España, en concreto, desde 2006, 11 años antes del ‘nacimiento' de Roy Batty. La idea de fumar en un edificio público en 2019 resulta anacrónica.

TEST DE VOIGHT KAMPFF.
Obviamente, al no haber existir replicantes -de nuevo, que sepamos- no hace falta un test para detectarlos. Lo que sí se ha desarrollado es otro, el de Turing, encargado de identificar inteligencias artificiales. A base de preguntas y conversaciones, el test debe decidir si el interlocutor es un humano o una máquina. La comunidad científica, sin embargo, no termina de aceptar la prueba como definitiva, ya que hay quien considera que únicamente sirve para crear sistemas capaces de pasar la prueba, pero incapaces de mostrar inteligencia de otra forma. Es, salvando las distancias, como quien aprueba matemáticas -y con chuleta, en este caso-, pero suspende todas las demás.

MOMENTOS QUE SE PIERDEN COMO LAGRIMAS EN LA LLUVIA.
Actualmente cada día se generan 2,5 trillones de bytes y se espera que esta cantidad aumente cada año. Entre 2017 y 2018 se crearon el 90% de los datos de toda la historia. Todo esto se almacena en gran parte en 'la nube' que, pese a su tan etéreo nombre no es un cirrocúmulo, sino un descomunal almacén situado en Oklahoma. En él, miles de discos duros guardan la información. El conocimiento acumulado hasta ahora por la humanidad no parece correr peligro a corto plazo. Nos hemos encargado de cuidarlo. Al fin y al cabo, personas y replicantes buscamos lo mismo: trascender y no desaparecer como... Bueno, ya saben cómo.

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viernes, marzo 6

¿Es verdad que internet se ralentiza cuando llueve?

(Un texto de Alfredo Pascual en elconfidencial.com del 24 de octubre de 2014)

Internet va más lento, e incluso se cae, en los días lluviosos. Seguro que el argumento les suena familiar, dado que es habitual escucharlo cuando las condiciones climáticas son adversas. En algunas encuestas, sin carácter científico, el 32% de los consultados denuncian cortes del servicio en este tipo de situaciones, al tiempo que en los foros surge la cuestión, año tras año, a medida que nos acercamos al invierno. Muchos lo aseguran, pero ¿hay relación entre los fenómenos atmosféricos y la conexión a internet?

La respuesta es sí. Seguramente no es el factor determinante en todos los casos denunciados, pero existen tres escenarios en los que las inclemencias del tiempo afectan a nuestras conexiones.

1. Problemas de aislamiento en los pares de cobre.

Antes de entrar en otras cuestiones, es preciso entender cómo se articula la infraestructura que lleva internet a nuestras casas. Lo explica el ingeniero de telecomunicación Nacho Despujol: "Cuando se trata de ADSL, el operador tiene toda una red de cables de pares de cobre tendidos por la ciudad. No todos son del mismo tipo. De las centrales parten de unos cables muy gordos, de 1.200 o 2.400 pares, que van enterrados y llegan a una cámara de la operadora, de esas que tienen una tapa redonda. Debajo hay una cueva donde se encuentran empalmes presurizados, aislados por cámaras de aire. Y de ahí salen derivaciones a cables más pequeños, que se reparten hasta llegar a unos que conocemos como cables laterales, que son de 25 o 100 pares de cobre. Son los que vemos en las fachadas de los edificios y que se distribuyen en las cajas terminales, que son las negras alargadas que vemos en nuestras fachadas".

Y es aquí donde aparece el problema. Hasta los cables laterales, todos los anteriores van presurizados. Esto significa que están mejor aislados al agua y, además, que los pinchazos en la cubierta pueden ser detectados a través de manómetros por las operadoras. Esto no puede hacerse, sin embargo, con los cables que suben por la fachada de las casas. En estos casos la forma de detectar una incidencia suele ser la queja del usuario. "Todos sabemos que a la electricidad no le gusta el agua. De hecho, no es necesario que el agua entre en contacto con el cobre –seguramente cortocircuitarían– para que se pierda conectividad: basta con que la humedad del ambiente sea suficientemente alta para que se pierda parte de la señal", explica a Teknautas Aristóteles Cañero, decano de la Escuela Oficial de Ingenieros de Telecomunicaciones de la Universidad de Valencia.

Otro de los puntos fatídicos es la caja terminal. "Si no están bien cerradas no están aisladas, y si el agua accede a los empalmes, la conexión es muy posible que se resienta. No hay más que ir mirando por la calle hacia arriba para notar que muchísimas de ellas están incluso abiertas. Si están cerradas pueden tener una goma que las haga más o menos estancas, pero si están abiertas… No sé si las últimas son ya estancas, pero las más antiguas desde luego que no lo son", dice Despujol.

¿Y por qué las cajas no están cerradas? "Quizá porque los servicios de voz no son exigentes con el cableado y los técnicos se han acostumbrado a dejarlas así. Pero esto no sucede con la banda ancha; si el cobre entra en contacto con el agua, se va a notar", prosigue. Nada de esto acontece a los usuarios de fibra óptica, cuyos cables no llevan metal, sino que consisten en plástico o vidrio que transmiten impulsos de luz.

2. Saturación de usuarios de cable

Que el uso de la red tiene relación con la climatología es una variable que manejan las operadoras desde hace años. Si bien es cierto que con el internet móvil su curva de uso se ha ido normalizando, aún pueden verse detectarse de actividad cuando llueve o hace frío en la calle. La explicación, como ya habrá deducido, es lógica: la gente tiende a refugiarse en casa y conectarse a la red.

Los picos de uso no afectan del mismo modo a todos los usuarios. Los más perjudicados son los usuarios de servicios de cable como Ono o R, pues su arquitectura les pone en desventaja. "El ADSL tiene una arquitectura en forma de estrella, lo que significa que el cable de la central a tu casa es solo para ti, mientras que en el cable coaxial es distinto, porque tiene una estructura de anillo de la que salen derivaciones a cada casa", relata Cañero.

Así las cosas, los incrementos súbitos de uso en un mismo anillo podrían repercutir en una ralentización interna. Despujol no está en completo acuerdo: "En este caso hay un router que agrupa y da servicio a una determinada zona. Si este router estuviera sobredimensionado podría suceder puntualmente, pero lo normal es que pueda abastecer a todos sin problema. No obstante, el cable coaxial sufre igual con el agua, solo que al ser instalaciones más modernas suelen estar mejor aisladas".

3. Los radioenlaces

En algunas ocasiones las operadoras utilizan enlaces por ondas de radio para hacer llegar el internet a una región concreta, ya sea un área rural o para dotar de cobertura a los teléfonos móviles. Ambos expertos consultados coinciden en que las grandes ciudades están cableadas y que este caso afectaría principalmente a personas en zonas más o menos aisladas.

"Si hay alguna red basada en radioenlaces, en la que el troncal que úne la central con internet tiene algún radioenlace de por medio, es susceptible de sufrir con las lluvias, porque el agua absorbe mucho, sobre todo en unas frecuencias determinadas. Si llueve mucho puedes tener tanta atenuación que pierdas la conexión, por supuesto. De todas formas deberían estar diseñados para que en una situación de lluvia normal no se viniese abajo", concluye Despujol.

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