Cuéntame un cuento...

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viernes, julio 28

Letra a letra



(Un texto de Alberto Serrano Dolader en el Heraldo de Aragón del 23 de marzo de 2014)

El herrero de Alcalá de Gurrea era un buen hombre. Un domingo se acercó a su fragua un forastero con la burra en apuros: cojeaba y no podían seguir el camino. A pesar de que era día de fiesta, nuestro amigo el raboso (así se apoda a los alcalaínos) remendó las herraduras del animal. Y, además, no quiso cobrar nada porque el apaño fue solo cosa de un momentico. El desconocido, ni siquiera le dio las gracias.

En las afueras del pueblo tenía un huerto el herrero, y a él se encaminó para acabar de pasar la mañana. Al llegar, vio a la borriquilla pastando y, en el peral, un bulto negro que se movía y que enseguida reconoció. Regresó al pueblo, convocó a todos los chicos y les dijo: «Venid conmigo, que me ayudaréis a echar las peras del árbol a pedradas». Al rato y en medio de una lluvia de piedras, se oyó una voz quejumbrosa que salía de entre las ramas: «¡Ay, ay, ay, buen herrero, que me matan con las piedras! Usted que es un santo, dígale a esos chicos que paren». Moraleja: los buenos no necesariamente son tontos.

El chascarrillo lo leo en un curioso librito que escribieron hacia 1935 los niños del colegio de Plasencia del Monte (Hoya de Huesca). Animados por el maestro Simón Omella, 10 compusieron en una imprenta escolar, de manera artesanal, por eso el facsímil que publicó hace un par de años el Museo Pedagógico de Aragón se tituló 'Letra a letra'. Recomiendo su lectura.

Siete años tenía el párvulo que aportó la anécdota del herrero. Y doce quien cuenta una historia de superstición, que ambienta a finales del XIX y pone en voz de un criado de Bolea: «Las brujas andan por la casa de mi amo. Hace una temporada me levanté a dar el segundo pienso y encontré un mulo muerto. Llame a mi amo, vino el veterinario y dijo que no le encontraba ninguna enfermedad. Vino la segunda noche, ¡otro mulo muerto! Llega el veterinario y dice: 'No tiene ninguna enfermedad'. Desde esa noche vigilamos atentamente. La primera que estuvimos alerta, se oyó un chasquido como que le pegaban al mulo royo y enseguida se puso malo. Viene la segunda noche y no dormí. De pronto ¡zas! vimos una mano que el daba a otro mulo. Seis meses enfermo y se murió. Pero una noche se descubrió todo… todo. Era una abuela de la casa que estaba medio bruja. El amo estaba despierto y oyó que se abría la puerta de la abuela. Se levantaba a embrujar las caballerías y la hizo volver a su lecho. Al día siguiente le dijo a la criada: 'Ven con el plato de la abuela con comida (…) y échale estos polvos bien revueltos…’ Pasadas seis horas, había muerto la abuela. Ya no murieron más caballerías».

No es el único relato de brujas que recoge el libro escolar que hoy releo. Por ejemplo, un mozalbete que en aquel 1935 tenía diez años aporta la falordia de un ladrón que robó un brioso caballo blanco: «Un día estaba arando y la reja le atravesó una pata. Se inutilizó. (…) El caballo murió. El ladrón era brujo y se volvió buitre y antes de que los demás buitres se enteraran, se lo comió todo».

Candoroso y encantador.
F cuc El Greco que

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