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domingo, abril 5

Semana Santa: Abajamientos y monumentos

(Un texto de Picos Laguna y David Navarro en el Heraldo de Aragón del 25 de marzo de 2018)

Son tradiciones que se apartaron hace décadas, tras el Concilio Vaticano II, pero que aún perviven en localidades de todo Aragón. Ceremonias de Descendimiento de la Cruz, con antiguos Cristos articulados, representaciones de la Pasión o altares de arquitectura efímera forman también parte de la Pascua.

Dice el estudioso de la Semana Santa aragonesa Alfonso García de Paso que el Concilio Vaticano II supuso un duro golpe para la celebración de la Pascua. Que antiguas tradiciones como los Abajamientos y Monumentos se perdieron en gran parte de Aragón, «y cuando la Iglesia se dio cuenta de que la Semana Santa dejaba de formar parte de la vida de los ciudadanos, ya era demasiado tarde. Con la Transición se produjo incluso un alejamiento mayor y solo en los noventa, cuando resurgió la tradición gracias al tambor, empezaron a recuperarse algunas de estas tradiciones».

Con el nombre de Abajamiento se denominaba en muchos pueblos de Aragón, especialmente en la provincia de Teruel, la ceremonia del Descendimiento de la Cruz, episodio dramatizado de gran emotividad que tenía lugar en la tarde del Viernes Santo. «En ella se desclavaba de la Cruz a Cristo y, por medio de un lienzo blanco, su imagen era descolgada y colocada en una urna o féretro (popularmente llamado 'la Cama'), mientras un predicador describía la escena con sentidas palabras», describe la historiadora aragonesa Marisancho Menjón. La tradición, que se cree que surgió en la segunda mitad del siglo XVI, fue una de las medidas impulsadas en el Concilio de Trento (1545-1563), que inició la reforma de la Iglesia con la intención de contrarrestar la ruptura protestante.

Para ello, se crearon actos en los que los feligreses formaran parte más intensa en los misterios religiosos. «En Aragón, esta función se realizó en muchos lugares, entre ellos Monreal del campo, Godojos, Ibdes, Borja, Samper de Calanda, Alcañiz, Castejón de Monegros, Alcorisa, Tarazona, Jaca, Cariñena, Épila, Ambel y Zaragoza», enumera Menjón. Y algunos todavía se mantienen, como el famoso Abajamiento de Ibdes, que se celebra en el presbiterio de la iglesia. En Samper de Calanda, el dramatismo se acentuaba: tras terminar el predicador el sermón, se rasgaba el velo que escondía el Crucificado y rompían a sonar los tambores dentro de la iglesia.

SE PERDIERON. En localidades como Zaragoza capital el abajamiento se perdió y no ha podido recuperarse. «En Zaragoza está documentado el Descendimiento desde mediados del siglo XVII, en el que se realizaba ante el Convento de San Francisco, como acto previo a la procesión del Santo Entierro. Hacia 1770 se hacía en el interior del convento y, una vez colocado el Cristo de la Cama, se sacaba para dar la vuelta por la Cruz del Coso, tras lo que se guardaba en la capilla de la Hermandad de la Sangre de Cristo hasta la hora de la procesión -recuerda Marisancho Menjón en el libro `La Semana Santa en Aragón'-. Tras el establecimiento de esta Hermandad en la iglesia de Santa Isabel, solo se volvió a hacer en la Semana Santa de 1834». La procesión del Santo Entierro del pasado año en Zaragoza iba a recuperar esta tradición, con motivo del 400 aniversario del acto, pero se suspendió por problemas de la talla, muy delicada debido a su antigüedad. «El acto se hace con nuestro Cristo que está articulado y, aunque se restauró, cualquier incidente que pueda pasar es una responsabilidad que no queremos tomar», explicó entonces Ignacio Gimenez, Hermano mayor de la Sangre de Cristo y organizador de la procesión.

También se perdieron en las últimas décadas los Monumentos: solemne reserva del Cáliz. Como el Viernes Santo no se consagraba, el día anterior se guardaban algunas formas para poder dar la Comunión. Desde el siglo XI, el acto consistía en trasladar esas formas a un santuario o arca colocado en un lugar especial, con un entorno suntuoso, digno del contenido que iba a albergar. Lo que se conoce como 'Monumento'. «Fueron muy populares hasta los años sesenta, cuando era tradición visitarlos en Jueves Santo o Viernes Santo -recuerda Alfonso García de Paso-. Las jóvenes se vestían con su mantilla y, con el novio, iban 'de monumentos'. Había que hacer fila en cada uno, era mucha la gente que quería visitar el conjunto, pero eso no impedía que hicieran las siete visitas (las paradas realizadas por Jesús en su recorrido hasta la Cruz). A partir del Concilio Vaticano II se hicieron más sencillos, con unas velas simbólicas, y se perdió esa esencia. Ahora, estamos a la espera de que se restauren hermosos Monumentos como el de La Seo, que se instalaba en toda la nave cruzada, con los tapices y pinturas en trampantojo. O el del Pilar, que era todo plateado. Monumentos como el de la iglesia de San Felipe o de San Gil fueron creados por arquitectos de la época, como Ricardo Magdalena».

En el siglo XVI, los Monumentos eran, como describe Menjón, «auténticas 'máquinas' de arquitectura efímera hechas a base de madera y telas, y decoradas con pinturas, dorados, tallas y una gran cantidad de luces y flores». Fueron hechos por artistas destacados: Jerónimo Cosida intervino en el de San Pablo de Zaragoza (1536); Juan Miguel Orliens, en el de la parroquia de Almudévar; Tomás Peliguet, en el de la catedral de Huesca...

«De la época barroca datan los mejores ejemplos conservados en Aragón: como el Monumento de Ateca y el de Fuentes de Ebro -resalta la historiadora-. En el siglo XVIII destacaron artistas como Juan Zabalo Navarro, autor del Monumento de la capilla de San Marcos de La Seo zaragozana (1711), y Francisco del Plano, quien, en 1704, decoró el de la catedral de Teruel». En el siglo XIX, como avanzaba García del Paso, arquitectos como Ricardo Magdalena o Félix Navarro hicieron algunos de los más espectaculares de Zaragoza. Los más suntuosos se adornaban con tapices: el de La Seo, dada la elevada calidad de los que poseía, destacaba sobre los demás.

¿Y qué hacían los pueblos que no podían costear tales dispendios? «Se limitaban a engalanar uno de los altares con lienzos pintados, flores y velas. En Huesca y las Altas Cinco Villas, era costumbre llevar al Monumento platos o macetas que se habían hecho germinar, manteniéndolos durante varios días en la oscuridad (en la bodega, horno del pan o tapadas con un cubo bocabajo). Macetas con habas, guisantes, lentejas, centeno o trigo», describe Marisancho Menjón. «Las plantas resultantes, largos tallos de color blanco, eran denominadas 'cabelleras' y se colocaban "para adornar el sepulcro de Dios"». Y se cree que esta práctica, que también se ha documentado, además de en pueblos aragoneses, en localidades catalanas, italianas y griegas, deriva de los llamados 'jardines de Adonis', tiestos en los que brotaban las mismas semillas y que se colocaban como ornamento sobre la tumba de la divinidad para recibir la primavera, «y pasados los días se arrojaban, ya marchitas, al mar o a manantiales, junto con las estatuillas de Adonis, para que ayudasen a fecundar la Naturaleza», señala Menjón.

AÚN PERDURAN. Aún contamos con tradiciones que se han mantenido en el tiempo. En Épila (Zaragoza) subsiste la costumbre, al parecer en virtud de una orden dada por un visitador apostólico en el siglo XVII, de que el alcalde deba custodiar la llave del Sagrario del Monumento durante el Jueves o Viernes Santo, por lo que se le encierra en su casa el jueves por la tarde, tras los oficios, hasta el día siguiente, cuando se le libera al acabar la procesión. En relación a este encierro podría estar el que se hacía en Huesca: una compañía de soldados romanos desfilaba hacia la catedral, donde, según el estudioso Rafael Andolz, «cogía preso al obispo y se lo llevaba atado al palacio».

También subsisten las teatralizaciones de la Semana Santa: la del Teatro Salesiano de Huesca es una de las más conocidas y antiguas. Desde 1947 pone en escena por Semana Santa la Pasión de Cristo. Alrededor de 200 actores recrean la vida, muerte y resurrección de Jesús en un drama al que cada año acuden unos 1.600 espectadores. Más de 150 actores y actrices en seis representaciones en tres fines de semana próximos a la Semana Santa con el cartel de 'no hay billetes'. En Huesca, la representación se compone de treinta y un cuadros distribuidos en tres actos. Todo, en dos partes: la primera corresponde a la vida pública de Jesús, iniciada con el bautismo y los pasajes evangélicos más destacados. La segunda comienza con la Santa Cena y contiene el proceso religioso y político de Jesús, su muerte y resurrección. En total, tres horas y media de emoción contenida. O del Drama de la Cruz, en Alcorisa, que se representó por primera vez en la Semana Santa de 1978. La representación teatral de la muerte y pasión de Cristo, se ha convertido en uno de los actos centrales de la Semana Santa de Alcorisa. Este año cumple su 40 aniversario: se ha pasado de unos treinta actores a unos trescientos, y en Alcorisa han pasado de espectadores a cómplices y colaboradores, porque todo el pueblo vive el Drama.

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martes, marzo 31

Tradiciones de la Semana Santa de Aragón

(Leído en el Heraldo de Aragón del 25 de marzo de 2018, donde había un especial sobre la Semana Santa aragonesa. No estaba firmado y tenía como título “Putuntunes”). 

La Semana Santa aragonesa está plagada de tradiciones que siguen muy presentes hoy, y que nacieron de lo más hondo de las expresiones populares surgidas a lo largo de nuestra propia historia. Son tambores, timbales, carracas, romanos...

El paso de la muerte a la vida

La Semana Santa es el tiempo más importante de la Iglesia en todo el año y durante los tres primeros siglos era la única fiesta que se celebraba. Llega siempre con el equinoccio primaveral y la primera luna llena y entronca con ritos de renovación cíclica de la vida, porque en las mitologías anteriores al 1000 a. C. ya la situaban en el de la redención; siempre ha sido festivo el paso del invierno al verano (muerte/vida).

Diversos estudios científicos sitúan el día de la muerte de Jesús un viernes 3 de abril del año 33. Las investigaciones se basan en los análisis de la cronología sísmica del Mar Muerto, que muestra que a unos 20 kilómetros de Jerusalén se sintió un terremoto el año 31 y otro entre los años 26 al 36. Otro fuerte movimiento sísmico se registró cuando Poncio Pilato ejercía de procurador de Judea. Según la Biblia y el historiador Tácito, Jesucristo fue crucificado durante esa época. Cabe recordar que en el capítulo 27 del Evangelio de San Mateo da cuenta de un terremoto durante la crucifixión de Jesús.

Porque tocar el tambor no es hacer ruido

Mariano Laborda explica que ya antes de 1517 existía en Híjar la costumbre de que Jueves y Viernes Santo «gente de toda condición, vestidos con su sayal negro o pardo, se agrupaban portando tambores, calderos y cacharros ruidosos, golpeados fuertemente, protestando por la muerte de Cristo». Tocar el tambor no es hacer ruido, tiene un componente musical y se usa para alejar los malos espíritus, por eso va en primera línea en las procesiones, para 'despejar' el recorrido. Desde finales del Barroco ya sonaban en las procesiones algún instrumento de percusión, quizá carracas y matracas. Habrá que esperar a mediados del XIX para su popularización. Según Marisancho Menjón, «es característica de la Semana Santa la procesión del Pregón, que informa de la condena a muerte de Cristo y le convoca a su Entierro, en la noche del Viernes Santo. El anuncio se hacía como el de las sentencias a muerte de los reos: a viva voz por las calles, con un tambor y, a veces, con corneta o campana que pedía silencio».

Longinos o 'cangrejo' de Calanda

Las cuadrillas de paisanos vestidos de soldados romanos están presentes en numerosas manifestaciones de la Semana Santa, no solo en pueblos de la Ruta del Tambor y del Bombo, aunque en algunos de ellos adquieren un protagonismo especial y esencial, según indica Alberto Serrano.

Evocan los soldados romanos que tuvieron protagonismo en momentos concretos de la Pasión: crucifixión, jugarse a los dados la túnica, dar a beber con la esponja agua y vinagre a Cristo, vigilar el sepulcro... En la Ruta del Tambor y del Bombo según el pueblo se les denomina de formas diferentes: Soldados romanos, Alabarderos, Encoletaderos, Judíos, Lanzas, Penitentes y Putuntunes (Calanda).

Los Putuntunes (onomatopeya de la forma de sonar el tambor, con golpe lúgubre y sentidamente monótono) han tomado una gran relevancia. Se dice que fue Buñuel quien le puso este nombre, según le contó un amigo de la infancia del cineasta a Max Aub. Está claro que en el primer tercio del siglo XX no se utilizaba en Calanda la denominación `putuntún' (se usaban expresiones tipo 'soldados romanos pretorianos'). Participan en la procesión de tarde-noche de 'La Soledad' y acompañan a la Virgen de los Dolores. Pero es, sobre todo, su actuación del Sábado Santo la más esperada.

Los putuntunes están integrados por, además del grupo de romanos, Longinos (el soldado romano que traspasó el costado del cuerpo de Jesús con su lanza, un capitán (con espadín y vara de mando), el abanderado y un tambor. Suelen ser los ‘quintos' de cada año. «Longinos cobra protagonismo en el Sábado Santo cuando se representa en la plaza la escena del Santo Entierro (breve pero intensa), que es como el broche final de la Semana Santa y que en Calanda suelen denomina auto de fe o auto sacramental. Longinos manda al capitán que selle el sepulcro. Cuando Longinos descubre que el capitán ha bajado la guardia y que el sepulcro está vacío, busca al capitán romano y pelea con él con las espadas. El capitán es derrotado y queda humillado», explica Alberto Serrano. A Longinos los calandinos lo llaman 'cangrejo', quizá por estar su traje muy articulado y por el ruido que hace al andar. Data de 1643. La tradición procede de Felipe IV, que regaló su armadura a Miguel Pellicer (el del milagro de Calanda) cuando acudió a Madrid a enseñarle su pierna nueva. Pellicer la cedió a la Cofradía del Santísimo (de la que dependen los putuntunes).

El esqueleto que sale en Ateca

En Ateca desfila un esqueleto auténtico en las procesiones (Paso de la Muerte). Se cree que es de una mujer y tiene por lo menos 350 años. Está engarzado con alambres. Y los de Pedrola guardan con mimo una espina de la corona de Cristo y una piedra de su sepulcro. En Calatorao, el Santo Cristo, del XVI, sudaba en Semana Santa, le crecían las uñas y tenía poderes para sanar a los posesos, especialmente en Viernes Santo. En Caspe se encuentra la que es, quizá, la Vera Cruz más grande de Aragón. De 20x18 cm, está protegida por un relicario gótico de oro y otro de plata del siglo XVIII. Se dice que la imagen de Nuestra Señora del Águila (Parriza) sudó toda la Semana Santa de 1574. Se trataba de una talla de Gabriel Yolí, destruida en el XIX. Y en Erla había una Casa del Diablo, un mote puesto en el pueblo, pero ante la que los crío cantaban: «Que se mueran las mocetas / que no queden más que tres / la una coja, la otra manca / y la otra con la patica al revés...», explica Alberto Serrano.

La ruta del tambor y el bombo

Se creó en 1970. Los tambores de Calanda se conocieron gracias a Luis Buñuel, y la Semana Santa de Híjar había sido nombrada de Interés turístico. Sin embargo, tambores y bombos eran un fenómeno sociocultural de carácter simbólico en varios municipios del Bajo Aragón. Comenzaron cuatro: Andorra, Híjar, Calanda y Alcañiz, y se fueron integrando Samper de Calanda, La Puebla de Híjar, Urrea de Gaén, Alcorisa y Albalate del Arzobispo, hasta los nueve pueblos que componen la actual Ruta del Tambor y del Bombo. Los estatutos se aprobaron en Urrea, en 1986. Ese mismo año se celebró el primer pregón, que ha recaído en personas conocidas como Gonzalo Borrás, Antón Castro, Iñaki Gabilondo o la Duquesa de Alba. Cada año se hace en uno de los pueblos. Todos suelen llevar terceroles, aunque en Albalate se usa como distintivo un pañuelo blanco al cuello. En Andorra, el Miércoles Santo los niños conducen a la iglesia el llamado Despertar de los Santos con carracas y matracas.

Los nazarenos de la broma

El etnógrafo Javier Sáez (secretario del Instituto de Estudios turolenses) dictó una conferencia en 1999 en la que, entre las hipótesis que planteó sobre la tradición de los tambores, «está la de la llamada 'Nazarenos de la broma', que contrasta precisamente con la seriedad que en Alcañiz tiene el toque del tambor. Los nazarenos de la broma representaban en el siglo XIX el papel de los judíos en la procesión. En el drama de la pasión hacían de 'malos'. Iban durante todo el recorrido burlándose de Cristo y de los cofrades. Parece que llevaban tambores destemplados y trataban de interrumpir las procesiones. Eran un contrapunto de la atmósfera extraordinariamente seria que se vivía en la Semana Santa». 

En Alcorisa, gran parte de la imaginería desapareció durante la Guerra Civil. Un caso singular es el Santo Cristo que porta el paso de los Angelitos (que desfila en la procesión del Jueves Santo): es el de antes de la guerra porque se pasó toda la contienda escondido bajo la mesa de billar del casino liberal

 

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domingo, marzo 29

Putuntunes

Los Putuntunes son la guardia romana tradicional que forma parte de la Semana Santa de Calanda (Teruel, España), conocidos por el sonido característico de sus tambores ("pu-tun-tun") y que representan a los soldados romanos que custodiaban el Sepulcro; son una parte esencial de la celebración, representando a jóvenes de 18 años o voluntarios, y su atuendo incluye cascos, lanzas, escudos y al personaje de Longinos con armadura. 

"Nacidos en los albores del siglo XVII, fueron desde entonces los guardianes del Monumento (catafalco que se pone el Jueves Santo para rezar al Santísimo), en aquellos tiempos vestidos con calzas, casaca y sombrero de tres picos estaban armados con alabardas. Un jefe (capitán) mandaba la exigua tropa, formada por el jefe, un abanderado, un tambor y 6 u 8 soldados que se relevaban al sonido de ese tambor cada dos horas." Fragmento de un artículo de Antonio Royo Albesa, publicado en el blog de la Cofradía Jesús Nazareno - Calanda (Teruel). 

El personaje principal es Longinos, que lleva una armadura medieval y participa en el auto sacramental del "Sellado del Sepulcro.

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miércoles, febrero 11

Torajas: una momia en casa

(Un texto de Tommy Trenchard y Aurélie Marrier D’Unienville en el XLSemanal del 4 de abril de 2021)

La línea entre la vida y la muerte es difusa para los torajas, una etnia indonesia que vive en la remota isla de Cébeles. Durante meses, incluso años, los familiares permanecen momificados en las casas. No están vivos, pero tampoco muertos del todo. Mientras, sus allegados hablan con ellos y les llevan tres comidas al día.

Cada familia momifica a sus seres queridos fallecidos y los mantiene como un miembro más de la casa hasta poder celebrar por todo lo alto un carísimo funeral que, a veces, llega hasta una década después del deceso.

Para los torajas, la muerte no es algo que haya que ocultar, menos a los niños, que participan en las ceremonias y hasta juegan con los restos de los animales sacrificados. En cada funeral se matan varios búfalos y centenares de cerdos. De hecho, estos eventos se han convertido en un reclamo turístico. Los muertos, incluso después de ser enterrados, se exhuman regularmente para pasearlos entre los vivos, para asombro y entretenimiento de los visitantes.

Como anfitriona, Alfrida Lantong es poco receptiva; no responde a los saludos de sus familiares. Pero no se la puede culpar: lleva muerta 9 años. Alfrida falleció en 2012, a los 90, y desde entonces, y tras inyectarle una solución de formaldehído que evita su descomposición, reposa en su casa de Rantepao mientras recibe continuas muestras de afecto de sus nietos. Su hijo Mesak comenta con naturalidad: «La echaríamos mucho de menos si no viviese entre nosotros».

Una de las razones por las que los muertos siguen entre los vivos tanto tiempo es que la preparación para el funeral lleva mucho tiempo… y dinero. Para los torajas, el funeral es el evento más importante de sus vidas y se prolonga hasta una semana. Mesak -el hijo de Alfrida- explica que «la comunidad no nos respetaría si hiciésemos un funeral pequeño. Necesitamos sacrificar muchos búfalos». Así que llevan años ahorrando. Necesitan un millón de rupias, calcula, unos 70.000 euros.

El día más importante de su vida… el funeral. Solo lleva un mes muerto, pero el funeral de Lucas Ruruk va a celebrarse al día siguiente. Será una ceremonia humilde y, aun así, la familia espera que haya unos cinco mil invitados. El coste no bajará de los 15.000 euros, cinco veces el salario medio anual en Indonesia. Su hijo de 28 años, Izak Sapan, dice que es un gasto inevitable que ni se plantean rebajar: «Es el día más importante de la vida de mi padre. Es cuando su alma inicia el viaje al cielo».

Cada muerto debe tener una estatua o tau-tau. Jeffrey Maguling es la cuarta generación de escultores de estas piezas. Las familias las encargan para colocarlas junto a la tumba. «No solo copio la foto del fallecido, intento capturar el carácter de la persona», dice el artesano. Le lleva unos diez días tallar una figura. Además de un arte, es una muy buena fuente de ingresos. Cada una cuesta unos 1000 euros.

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martes, febrero 10

Goasslschnalzen

Oí nombrar por primera vez este ¿deporte?¿tradición?¿actividad? en una serie que transcurre en un pueblo de Baviera. Parece ser una forma de música donde la melodía se basa en chasquidos de látigo a modo de instrumento de percusión.

Según google y chatgpt, el Goasslschnalzen es una tradición popular alpina originaria de la región de Salzburgo y zonas cercanas de Austria y Baviera, que consiste en hacer chasquear rítmicamente un látigo largo llamado Goaßl, generalmente en grupo y siguiendo patrones coordinados, casi como una forma de música. Tiene su origen en el mundo rural, donde estos chasquidos se usaban para dirigir al ganado y comunicarse a distancia. 

Se considera un rito de fertilidad o para ahuyentar el invierno y se celebra en competiciones, valorando el ritmo y volumen 

El Aperschnalzen es una forma específica y ritual del Goasslschnalzen que se practica principalmente en invierno, durante el Adviento y el periodo navideño, sobre todo en la región del Flachgau; tradicionalmente se creía que sus fuertes chasquidos servían para ahuyentar a los malos espíritus del invierno y anunciar la llegada de la primavera, y hoy en día se mantiene como una costumbre cultural muy arraigada, con presentaciones y concursos organizados. 

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martes, enero 6

Se acercan, se acercan

(La columna de Alberto Serrano Dolador en el Heraldo de Aragón del 3 de enero de 2016)

«Hoy tres reyes salen del oriente/ en busca del niño nacido en Belén,/ y una estrella muy resplandeciente/ le sirve de guía hasta dar con él», cantaban en la Epifanía los de Malón.

Ya se acercan, ya se acercan... aunque, a lo mejor, han pasado por aquí y no nos hemos enterado: hubo territorios de la Corona de Aragón en los que se pensó que Melchor, Gaspar y Baltasar realizaban una visita previa y secreta a nuestros lares algunos días antes, para observar qué es lo que hacían los pequeños y ajustar el reparto de regalos (fecha sensible: la Purísima, 8 de diciembre).

Sepa el que no haya tenido suficiente con las comilonas de estos días que todavía quedan algunas gollerías y rituales gastronómicos propios de la jornada de Reyes. El roscón puede anclar sus antecedentes en unas tortas redondas de miel que los romanos clásicos gustaban decorar con frutos secos. Las anguilas de mazapán (¡cuántas hicieron mi abuelo y mi padre en su confitería de Caspe!) era el regalo que los mozos del Buste entregaban a las mozas el día 6; en Huérmeda (Calatayud) las llamaban ‘quesillos'. Supongo que tampoco faltarían en casa del juez de paz de Sisamón, que el día de Reyes invitaba a turrón a las fuerzas vivas del pueblo.

Como cualquier fecha especial, la de la venida de Sus Majestades fue propicia para rituales senadores de corte mágico. En 1992 el profesor Beltrán Martínez anotaba éste en las páginas del HERALDO: «Cuando un enfermo no lograba saber el mal que le aquejaba ni los médicos daban con la causa, se situaba en víspera de Reyes en un plato hondo una hoja de laurel por cada uno de los órganos personales, corazón, intestinos, hígado, riñones, etcétera, asignando a cada hoja el nombre de cada una de las vísceras posiblemente dañadas; encima de las hojas se disponía una cuchara de madera con la que el paciente había comido, naturalmente sin lavarla previamente; se llenaba el plato de agua, se rezaban unas oraciones a los Reyes pidiéndoles que declarasen el mal; se dejaba el plato al sereno toda la noche y a la mañana siguiente las hojas que se habían manchado con la suciedad de la cuchara indicaran el mal, y si la mancha era grande, grave, y si pequeña, leve».

Desde la Baja Edad Media, la jornada fue también propicia para el teatro: «A través de los monjes de Cluny la liturgia romana se impuso en España a la mozárabe y llegaron de Francia los primeros dramas litúrgicos, como el ‘Officium Stellae', que en el siglo XI desarrolla el tema de la estrella, los magos y su adoración», leo en un trabajo del antropólogo Demetrio E. Brisset. Otros tratadistas han señalado que los autos de epifanía arraigados en Toledo hasta pudieron tener procedencia aragonesa..

 

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