Las viejas hojas de papel que muestra la experta abren un
mundo desconocido de biografías de la época. «En estos libros
quedaban registrados los nombres tanto de la “gente de mar”
–la tripulación-, como de la “gente de guerra” -la guarnición
militar del buque-. Por otro lado, también se apuntaba a la
“gente de remo”, que estaba formada a su vez por los
“forzados” –presos sentenciados a penas de galeras por un
tribunal-, y los “esclavos”, que nunca serían liberados»,
añade Terés.
Ficha de prisioneros
No obstante, de los 25 libros que tiene en su posesión el
Museo Naval, 18 guardan exclusivamente datos de los presos
forzados, a los que más atención se prestaba. Y es que,
mientras que de los soldados sólo se apuntaban datos como el
destino o el rango, de los prisioneros era necesario hacer una
carta de presentación con todos sus datos para así poder
reconocerles durante la condena.
«Lo que se apuntaba en estos libros era como una especie de
D.N.I. Cómo no había forma de determinar quién era cada uno,
pues no disponían de fotografías, se escribía en los libros de
galeras su lugar de procedencia, de donde eran sus padres, el
delito que había cometido, y sus rasgos físicos más
reconocibles. Además, al margen se ponía la condena que
tenían, los años que debía permanecer en galeras y, al final,
si era liberado», determina la experta.
El trabajo de los escribanos de la galera era muy
concienzudo, como muestra el extracto de uno de los tomos.
Así, en el centro de la hoja se puede leer: «Sebastián Martin,
natural de Antequera, algunas señales de heridas en la cabeza,
ojos hundidos, sumido de carrillos, de 36 años. Fue condenado
por el licenciado Don Alonso Velázquez Maldonado, alcalde
mayor de la ciudad de Jerez, en seis años de galeras al remo y
sin sueldo, y no los quebrante pena de cumplirlos doblados,
por andar inquietando a una mujer casada haciéndole muchas
molestias y haberla arrojado una noche por la ventana y
haberse resistido a la justicia… Fue recibido en nueve de
marzo de mil y seiscientos y sesenta y un años».
«Los libros que tenemos abarcan del año 1624 hasta 1748.
Realmente este tipo de registros ya se usaban antes, pero sólo
han quedado estos en España, los cuales vienen del archivo de
Cartagena», determina Terés. Estas joyas de la Historia, según
explica, pertenecen a la Escuadra de Galeras de España, una de
las existentes en el imperio ibérico. «En la época de Carlos V
se reestructuraron las escuadras de galeras en 4: una con base
en España, otra en Nápoles, Sicilia y Génova», afirma la
experta.
El mal menor
Sin embargo, y en contra de lo que puede dar a entender la
gran pantalla, la condena a remos en galeras solía ser una
alternativa que se daba al preso. «Era una pena durísima, pero
como conmutaba una pena de muerte o una pena corporal -es
decir, la amputación de algún miembro por haber cometido un
delito-, era el mal menor», explica la directora técnica de
los archivos de la Armada.
Y es que, aunque las galeras eran consideradas como la
principal arma naval del Mediterráneo, también hacían las
veces de pequeñas cárceles a las que la justicia enviaba a
cientos de prisioneros a cumplir condena. De esta forma, se
lograba una doble función: limpiar las superpobladas prisiones
y conseguir mano de obra gratuita que propulsara este tipo de
buque, accionado casi exclusivamente a remo.
A pesar de todo, la pena no era ni mucho menos apetecible,
pues, al gran esfuerzo físico, se le unían las malas
condiciones higiénicas de la galera. «Estaban encadenados a
los remos, con lo cual hacían toda su vida en el banco, desde
dormir hasta hacer sus necesidades y comer. Siempre se ha
dicho que se sabía que venía una galera por el hedor que
desprendía. De hecho, los soldados de la galera solían llevar
pañuelos mojados en perfumes en la cara para poder soportar el
olor», añade Terés.
A su vez, tampoco era mucho mejor la comida de los
prisioneros y esclavos. Concretamente, la «delicatessen» de la
que disfrutaban todos los cautivos y forzados era el llamado
«bizcocho»: un pan medio fermentado al que era de obligación
agregar agua para que fuera comestible. Una vez al día,
además, recibían una ración de legumbres cocidas en un poco de
aceite.
Además de todos estos pesares, los remeros tenían un alto
riesgo de fallecer en combate. «Al ir encadenados, si el barco
se iba a pique, se hundía con los remeros. Nadie solía acudir
a salvarles», explica la experta. Tampoco mejoraban las cosas
para los forzados si la guarnición del buque era derrotada en
combate, pues usualmente eran hechos esclavos por el enemigo
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