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miércoles, febrero 18

"Rocky"

(Leído en una publicación de Rufino Arístides Jaramillo en el muro de facebook de 'Grupo de Historia, Mitología y Curiosidades')

En 1974, Sylvester Stallone estaba en el fondo. Y un gesto silencioso de fe lo cambió todo.
 
En aquel momento, Stallone apenas sobrevivía. Tenía un guion maltratado, los bolsillos vacíos y puertas cerrándose en cada intento. Los directores de casting no lo querían. Los productores no creían en él. Hollywood ya había decidido que no valía la pena arriesgarse.
 
Todos… excepto una persona.
En una oficina de casting cualquiera, Stallone estaba sentado solo, agotado, con una carpeta gastada bajo el brazo. Allí se cruzó con Henry Winkler. En ese tiempo, Winkler ya era una estrella en ascenso gracias a Happy Days. Podía haber pasado de largo. Muchos lo hacían 
 
Pero no lo hizo.
Cuando Stallone empezó a hablar de su guion, algo cambió. Winkler escuchó de verdad. Años después diría: «Había una luz dentro de él. Creía en esa historia más que en cualquier otra cosa».
 
Esa historia era Rocky. Stallone la escribió en pocos días después de ver la brutal pelea entre Ali y Wepner. En esas páginas estaban su rabia, sus fracasos, su hambre y sus sueños. La ofreció por todas partes. A todos les gustaba, pero solo si el protagonista era un actor famoso. Stallone siempre decía que no. Tenía que ser él.
 
O nada.
 
Y así se quedó con nada.
 
Esa misma noche, Henry Winkler se llevó el guion a casa. Lo leyó de una sola vez. Al día siguiente llamó a su agente y dijo: «Este chico tiene algo. Es tosco. Pero es real».
 
La agente, Jackie Lewis, se reunió con Stallone y decidió representarlo. Juntos empujaron el guion hasta que llegó a los productores Irwin Winkler y Robert Chartoff. United Artists aceptó… pero otra vez con la condición de que Stallone no fuera el protagonista. Y otra vez dijo que no.
 
Esta vez, ganó.
 
Con un presupuesto mínimo y sin garantías, nació Rocky. Y con él, una leyenda. Más tarde, Stallone diría:
«Henry fue la primera persona en Hollywood que no se limitó a darme una palmada en la espalda. Actuó. Me abrió una puerta. Sin él, Rocky no existiría».
 
Winkler nunca presumió de ello. No buscó reconocimiento ni crédito. Pero quienes lo sabían, lo sabían.
En una entrevista televisiva de 1988 dijo en voz baja: «Simplemente pensé que el mundo necesitaba ver lo que ese chico llevaba dentro». Una frase. Sin espectáculo. Sin focos.
 
Stallone nunca lo olvidó. Años después, cuando se estrenó Rocky Balboa, dijo: «Henry creyó en mí cuando no había ninguna razón para hacerlo».
 
Hay otro momento poco conocido que lo dice todo sobre quiénes eran. Tras el éxito de Rocky, Stallone recibió decenas de ofertas. Una de ellas fue para la película The One and Only. La rechazó, pero les dijo a los productores: «Deberían hablar con Henry Winkler». Lo hicieron. Y el papel fue para Winkler.
 
La película no pasó a la historia. Pero el gesto sí. Años después, Winkler diría: «No me debía nada. Pero aun así pensó en mí. Eso vale más que cualquier premio».
 
Lo que hizo Henry Winkler no fue una estrategia. Fue reconocer una chispa en la oscuridad. Creer sin esperar nada a cambio. Un acto silencioso de fe que cambió una vida y dejó una huella invisible pero inmensa en la historia del cine.
 

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