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martes, marzo 10

El origen de Proust: así son los 75 folios en los que nació su obra maestra

(Un texto de Antonio Lucas en El Mundo del 14 de enero de 2022)

[…] 'Los setenta y cinco folios', [son] los manuscritos 'perdidos' durante décadas donde Proust fijó la semilla de 'En busca del tiempo perdido'

Hasta concretar el mundo que se expande dentro y fuera de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust empeñó media vida en observar hasta el desquicie del detalle aquello que tenía cerca: la familia, los amigos, los paisajes, la porcelana del juego de té, el ajetreo del verano en el Grand Hotel de Cabourg (Normandía), a orillas de un océano brumoso. Aquel muchacho asmático vestido de pitiminí encontró la semilla de su obra entre aristócratas y burgueses de preguerra. Entre 1907 y 1908 redactó el material de los setenta y cinco folios -que en verdad son 76- y los conservó hasta 1912. Estas páginas son la magdalena de su escritura, los fragmentos que dieron paso (reciclados) a su principal pieza literaria: Temporada en la playa, El beso de la noche y Los paseos los reescribió para la edición final de En busca...

Pero este material primigenio desapareció. Proust fallece en 1922 y la carpeta de los Setenta y cinco... queda traspapelada entre el material que conserva su hermano menor, Robert, y después la sobrina del escritor, Suzy Mante-Proust. Hasta 1954 no hay señales de su existencia, cuando el proustiano y mítico editor francés Bernard de Fallois -que los conoció y preservó desde 1949- señala esta gavilla de hojas en el prólogo que hace a la edición de 1954 de una obra recobrada de Proust, Contra Saint-Beuve.

Fallois conservó los manuscritos hasta su muerte, en 2018. Y sólo a partir de entonces se empezó a hablar de ellos de nuevo. Esta vez sí, para publicarlos. Y aquí están en la edición española de Lumen bajo el título Los setenta y cinco folios y otros manuscritos inéditos, en traducción de Alan Pauls.

"Esto es un acontecimiento internacional", dice la editora María Fasce. "Y su leyenda aumentó con los años, pues muy pocos tuvieron acceso al tesoro".

Proust llevó los papeles con él hasta la redacción final de En busca del tiempo perdido. Y tienen, además, el valor de que los escribe en primera persona, aludiendo a los personajes de su familia por sus nombres reales, no con los que aparecen en la edición definitiva de su obra magna. "Podríamos hablar", añade Fasce, "de una autobiografía no novelada, por eso algunos expertos lo llaman el grial de En busca...".

Tendido en la cama con dosel, atacado de melancolía, Proust no conoció el impacto literario que con este conjunto de folios, en un año, provocó.

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