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domingo, noviembre 20

El impuesto sobre los ricos

(Extraído de la carta del director del Mundo del 2 de octubre)

A la mañana siguiente del saqueo generalizado de los comercios que conmocionó París el 25 de febrero de 1793, el brillante y atildado abogado de Toulouse Bertrand Barère subió a la tribuna de la Convención para advertir que el «naufragio» del «barco de la Revolución» estaba asegurado si no se respetaban «el ancla de las propiedades y el ancla de la moral pública», pues sin estas dos sujeciones no quedaría otra libertad «que la de los salvajes o los caníbales».

Su planteamiento fue [...] en lo esencial [...] en defensa de la democracia representativa y en contra de quienes tratan de sustituirla por la ley de la calle. Sin embargo, al final de su discurso, Barère -de quien Madame de Genlis decía que era el único al que había visto «llegar desde el fondo de la provincia con los modales de la Corte»- introdujo una nueva metáfora náutica muy reveladora del giro económico que estaba gestándose ya en el seno del partido jacobino.

-A Dios no le gustaría que yo viniera aquí a defender a los ricos, esos seres de bronce y hierro que, en medio de las convulsiones revolucionarias, no saben renunciar a ninguno de sus lujos ni de sus placeres. Que imiten a ese comerciante avaro que transportando sobre los mares cargamentos opulentos y viendo su barco batido por la tempestad, arrojó al mar una parte de sus riquezas para salvar la otra. ¡Ricos: verted en las manos de la nación una parte de ese cargamento que guardáis con tanta avaricia u os sumergiréis junto a él!

Fue tal la fuerza oratoria de la sobrecogedora imagen sugerida por Barère -los potentados sucumbiendo aferrados a sus cofres del tesoro, con tal de no contribuir a aliviar la miseria del pueblo- que la mayoría de la Convención se mostró receptiva a partir de ese día a implantar el llamado «impuesto sobre los ricos» que reclamaban las secciones parisinas con mayor porcentaje de sans culottes y algunos departamentos.

El problema llegaría a la hora de definir a quiénes se consideraba «ricos» a los ojos de la Revolución, pero el concepto tenía la gran utilidad de que servía para distraer la atención y desviar las iras del pueblo de los verdaderos responsables de la miseria que le oprimía. Es decir, de las propias autoridades de la República recién fundada.
La Revolución había heredado del Viejo Régimen un endémico déficit fiscal pues gastaba mucho más de lo que ingresaba. De hecho, entre las primeras disposiciones que siguieron a la toma de la Bastilla había figurado la supresión de los odiados impuestos sobre las mercancías que se cobraban en los fielatos que rodeaban París y su sustitución por otros que en teoría eran más justos, pero en la práctica resultaban poco menos que imposibles de recaudar.

A esos grandes males siguieron los grandes remedios de una asamblea repleta de abogados y ayuna de economistas: la Revolución comenzó a imprimir alegremente papel moneda. Los llamados «asignados» eran inicialmente unos meros bonos convertibles en las subastas de bienes incautados a la aristocracia y al clero pero pronto se transformaron en medio de pago para todo tipo de transacciones.

Tras haber visto frustradas por dos veces sus políticas de ajuste, el ex ministro Necker se burlaba de lo ocurrido desde su autoimpuesto exilio ginebrino: «La institución de una moneda ficticia, liberando a la administración del yugo imperioso de las realidades, permitió a los legisladores abandonarse con más confianza a sus abstracciones; y las necesidades de dinero, estas embarazosas groserías, no vinieron a distraerles de sus elevados pensamientos».

A medida que el esfuerzo bélico requería más y más liquidez, Francia fue inundada de billetes que provocaron la hiperinflación y el desabastecimiento. Los llamados enragés se echaron a la calle con las picas en la mano, instigando a un pueblo sin los mínimos conocimientos para entender lo que le ocurría, contra los banqueros, acaparadores y comerciantes.

[... ] obligaba a la Francia revolucionaria a imprimir más y más «asignados»: «La Nación estaba ebria de papel moneda. Y experimentaba la placentera sensación del borracho después de un trago… con la particularidad de que a medida que los tragos de papel moneda llegaban más rápido, la sensación placentera se iba haciendo más corta».

[...] el mismo júbilo con que el 20 de mayo de 1793 se lanzaron los sombreros al aire en el Club de los Jacobinos cuando se supo que la Convención había aprobado al fin el eufemísticamente denominado «préstamo forzoso» por el que se obligaba a los «ricos» a contribuir al esfuerzo bélico.

No era una ironía preorwelliana pues al menos venía a reconocer el carácter confiscatorio de la medida, acompañándola de una promesa de devolución de lo expropiado a los tres años de que se alcanzara la paz. La sustancia del planteamiento estaba en que a la vez que demonizaba a quienes se habían «beneficiado de la Revolución» sin «sacrificarse» por ella, les ofrecía un camino de redención pecuniaria alternativo a la guillotina. Entonces no hubo peticiones masoquistas como la de las grandes fortunas francesas que ofrecían no ha mucho a Sarkozy el pico de sus bolsas, pero Danton resumió perfectamente el espíritu que ha debido animarles a dar el paso: «Crear un impuesto para los ricos es hacerles un favor… Cuanto mayor sea el sacrificio sobre el usufructo, más garantizada estará la propiedad».

Se trataba, se trata, pues, de establecer un perímetro arbitrario para que los sospechosos del pecado de enriquecimiento queden dentro y en posición de deuda con la sociedad y con el Estado.[...]

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