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jueves, julio 16

Zaragoza desconocida: Palacio de Larrinaga

(Un texto de B. Travesí en el Heraldo de Aragón del 12 de octubre de 2013)

En el 123 de la calle Miguel Servet, en pleno corazón comercial de la ciudad -aunque la crisis se ha dejado notar con brío y muchos locales y comercios del barrio se han visto obligados a echar la persiana en los últimos meses-, el paseante se encuentra de golpe con el palacio de Larrinaga, un exquisito edificio que parece más propio de un entorno con vistas al mar.

Si ahora resulta chocante ver en ese enclave una casona de lujo, imaginemos lo que tuvo que ser para los zaragozanos de principios del siglo pasado atisbar una construcción tan bella a las afueras de la ciudad, en absoluta soledad y rodeada de campos y huertos de cultivos. Su porte y el hecho de que pasaran los años y nadie la habitara disparó la imaginación de los lugareños, que durante mucho tiempo se refirieron al edificio como 'El Castillo'.

En realidad, la casa se llamaba ‘Villa Asunción' y era el retiro en el que la pareja formada por Miguel Larrinaga y Asunción Clavero pensaban pasar sus últimos años de vida. La historia cuenta que este impresionante edificio fue mandado construir en 1900 por Larrinaga al arquitecto Félix Navarro. Al parecer él, un importante naviero vasco, quería compensar a su esposa, Asunción Clavero, natural de Albalate del Arzobispo, del desarraigo al que la obligó su matrimonio.

Según cuentan las crónicas, la familia de Larrinaga era natural de la localidad vizcaína de Mundaka, pero se había trasladado a Liverpool donde el padre era socio de una importante naviera. En la ciudad inglesa nació Miguel Larrinaga, pero la familia siempre quiso que sus hijos mantuvieran sus vínculos con su país de origen, por lo que el joven Miguel estudió bachillerato en Bilbao y posteriormente, comenzó sus estudios de Derecho en Zaragoza. Y fue en la capital aragonesa donde conoció a la guapa turolense con la que contrajo matrimonio en 1897, en Liverpool (Reino Unido).

Tres años después del matrimonio, Larrinaga encargó la construcción de la casona zaragozana, según parece para cumplir la promesa hecha a su esposa Asunción -que cambió por amor su Aragón y su Albalate natal por una ciudad fría, gris y húmeda, con unas costumbres y un idioma que desconocía- de que a su retiro regresarían a Aragón.

Y en línea con su acomodada situación económica, en el encargo no se reparó en gastos. La edificación -de 676 metros cuadrados de planta y cuatro alturas- fue construida (y así permanece en su mayor parte) con los mejores materiales: piedra, ladrillo y cerámica para la fachada y la estructura y maderas nobles para los suelos, los arrimaderos y el interior de algunas estancias. La vivienda estaba ubicada en una finca de once hectáreas de terreno, a las afueras de Zaragoza, al pie del camino al Bajo Aragón. El encargado de dar forma a este sueño fue el arquitecto Navarro con aportaciones del escultor Carlos Palao.

De estilo ecléctico y mezclando distintas tendencias, el resultado es un edificio donde lo más destacado es su exterior, una impresionante fachada con doble arcada, cuatro torres y un cimborrio central y plagado de motivos marineros y referencias alusivas al mar y a la profesión naviera del dueño. El edificio se dio por terminado en 1920 (después de que Fernando de Escondrillas retocara la cúpula y las torres), pero nunca llegó a ser habitado por la pareja porque Asunción Clavero murió en 1939, antes de la jubilación de su marido.

Frustrado el uso inicial que se pensaba dar a la mansión, Larrinaga lo vendió tres años después, en 1942, a la empresa Giesa, que lo utilizó como sede y oficina central hasta 1946, año en que se vendió a los Padres Marianistas, que lo destinaron a colegio hasta 1993. En esa fecha volvió a cambiar de dueños: esta vez fue Ibercaja quien se hizo con el inmueble y encargó a Franco y Pemán su restauración. Pese a haber estado sin habitar durante tantos años -fue ocupado por mandos militares durante la Guerra Civil y había pasado por distintos dueños- el inmueble, por suerte, no estaba muy deteriorado.

Durante estos últimos años, el edificio ha acogido el Centro de Documentación de la caja de ahorros (donde los investigadores podían consultar sus fondos bibliográficos) y el punto de consulta de los documentos digitalizados del Archivo de la Corona de Aragón. Ahora se destina a la conservación de fondos bibliográficos de Ibercaja y se puede ver porque se organizan visitas guiadas.

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