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lunes, marzo 28

¿Y si matamos a todos los gorriones?

(Extraído de La Carta del Director de El Mundo publicada el 6 de marzo. La verdad es que este hombre sabe barbaridad de la Revolución Francesa. La carta completa en http://www.almendron.com/tribuna/33901/y-si-matamos-a-todos-los-gorriones/)

La historia del «esto lo arreglaba yo así…» no empezó hace siete años [...]. El tirar por la calle de en medio proponiendo capear los grandes males con presuntos grandes remedios es propio de la condición humana pero emergió con fuerza con los «novatores» de finales del XVII y alcanzó su apogeo con los arbitristas, los fisiócratas, los «caballeritos» y demás polluelos del vuelo de Minerva en el Siglo de las Luces. Fue de hecho la aparición de la prensa como fermento del moderno concepto de opinión pública lo que desató toda una epifanía de propuestas «para remover los obstáculos tradicionales» -Cabarrús- que impedían «perseguir la felicidad» en el sentido reflejado en la Constitución de Filadelfia.

Situémonos, pues, [...] en el invierno parisino de 1793 en el que las autoridades buscaban soluciones de emergencia para afrontar el súbito encarecimiento y el riesgo de escasez del pan y otros alimentos básicos.

Una fría mañana de febrero las principales calles aparecieron empapeladas con un bando del general Santerre, comandante en jefe de la Guardia Nacional -más conocido, por su condición de cervecero, como el General Espumoso- en el que proponía dos medidas fulminantes: que las familias pudientes sustituyeran el pan por el arroz o las patatas dos días a la semana y que «cada ciudadano se deshaga de su perro o su gato inútil».

Lo peor de esta segunda medida no era la incitación al animalicidio en una especie de masacre de San Bartolomé de canes y mininos, sino que a Santerre le había dado por ponerse a hacer números, llegando a la conclusión de que alimentar «a los perros y gatos inútiles que hay en París» costaba 3.000 perras al día, con las que se podrían pagar 10 sacos de harina y alimentar a 1.500 hombres a razón de dos perras por jornada.

Más que los siempre bien dispuestos instintos asesinos de una parte de sus conciudadanos, Santerre consiguió estimular así su imaginación contable. Fue el periodista Louis Prudhomme quien tomó ipso facto el relevo en el concurso de ocurrencias en su semanario Revolutions de Paris [...], combinando su veta anticlerical con esa especie de «decisionismo» que Felipe González atribuiría con admiración a Bettino Craxi. Sus cuentas de la vieja eran muy sencillas: si en Francia había 100.000 parroquias en las que cada semana se desperdiciaban cuatro libras de pan bendito, bastaría suprimirlo para disponer de más de 20 millones de libras de pan al año, destinadas a alimentar a los indigentes. «Sería una obra cívica muy meritoria», concluía enfáticamente.

Tal vez para que nadie pudiera decir que era la fobia a las sotanas lo que guiaba su pluma, Prudhomme propuso también suprimir los polvos destinados al maquillaje femenino y al acondicionamiento del peinado masculino puesto que se fabricaban con harina. Pero fue en una publicación rival, el diario moderado Chronique de Paris, en el que nada menos que Condorcet se ocupaba de la rúbrica parlamentaria, donde quedó reflejada la iniciativa que suscitó más pasión y comentarios. «Propongo matar a todos los gorriones de París y estoy dispuesto a aceptar la enmienda de quien proponga matar a todos los de Francia», planteaba un resuelto abajo firmante que se identificaba como «ciudadano patriota Jeaufre».
Se trataba de anteponer el «amor a la patria» al que merecían «estos animalitos llenos de encanto» y de nuevo era la contabilidad la que echaba su cuarto a espadas. Nunca fue tan cierto que los números cantaban: puesto que cada gorrión que picoteaba entre gorjeos en los sembrados comía entre 12 y 15 granos de trigo al día, puesto que en Francia había más de un millón de chimeneas y tejados, puesto que lo suyo era calcular un promedio de 10 gorriones por chimenea y puesto que cada libra de trigo tenía unos 4.000 granos, estaba claro que bastaría liquidar a esos 10 millones de gorriones para recuperar el suficiente trigo como para alimentar a 100.000 hombres durante 70 días. Seguro que el «ciudadano patriota Jeaufre» durmió a pierna suelta tras alumbrar semejante cálculo.

[...]

El peor error que puede cometer un gobernante es confundir las causas con los síntomas. La Revolución Francesa cavó su tumba cuando trató de resolver la crisis de las subsistencias fijando precios máximos al pan y otros productos subvencionados, mientras guillotinaba a los «acaparadores» y le daba a la máquina de imprimir papel moneda -los cada día más devaluados «asignados»- en lugar de hacer frente a su morrocotudo déficit fiscal. [...]

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