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viernes, abril 8

Tres décadas sin el maestro del suspense

(Un artículo de Laura Ordóñez leído en un número de abril de 2010 en Pantalla)

Este mes se cumplen treinta (y un) años de la muerte de sir Alfred Hitchcock, el maestro del miedo, la angustia y la culpa. Con un ojo puesto en la taquilla, sacudió a la platea con sus 60 meorables películas. Sólo se quedó con ganas de filmar una escena: un asesinato entre tulipanes. Nació el 13 de agosto de 1899 en Leytonstone, una población entonces cercana al neblinoso Londres. Con los años fue engullida por la capital británica como un distrito del East End. Se crió en una familia de clase media (sus padres eran tenderos) y recibió una estricta educación católica, presidida por el autoritarismo y la rigidez moral. Una disciplina que, unida a algunos kilos de más, hizo que el pequeño Alfred fuera un niños tímido y apocado que escudriñaba desde su rincón lo que pasaba a su alrededor. De esa época arranca su interés por el tema de la culpa, omnipresente en sus filmes.


Su educación católica acentuó su miedo a lo prohibido, un sentimiento que con el tiempo se transformaría en interés por lo macabro y lo criminal. En su adolescencia se acostumbró a visitar la colección de reliquias criminales del Museo Negro de Scotland Yard y los juicios por asesinato en el Tribunal Criminal de Londres, donde tomaba notas al modo de Charles Dickens, uno de sus escritores favoritos.

Tras cursar ingeniería, estudió dibujo en la universidad, por lo que no extraña que en la Compañía Telegráfica Henley, donde entró como ingeniero, acabara diseñando anuncios publicitarios de cables eléctricos. Con 21 años se enteró de que una productora de Paramount abría sede en Londres y se presentó allí montrándoles sus bocetos para ilustrar los diálogos de las películas mudas. Le contrataron como diseñador de rótulos en filmes mudos, decorador y, más tarde, como guionista y ayudante de dirección. Los trazos de Dalí, Munch o Edward Hopper se aprecian en algunos de sus filmes. Con El ring (1927) se convirtió en uno de los directores más cotizados de Inglaterra y empezó su imparable camino hacia el éxito mundial. Con 27 años se casó con Alma Reville, una delgaducha montadora a la que conoció durante el rodaje de Woman to woman. Fue su ayudante de dirección y guionista en varias de sus películas. Tras dos años de matrimonio, nació su hija Patricia, que aparece en los títulos de crédito de Extraños en un tren y Psicosis. En 1939, tras haber recibido una llamada del productor David O. Selznick, partió junto a su mujer, su hija y una secretaria personal hacia Nueva York. Su primera película en EEUU fue Rebeca. Con su nueva nacionalidad, en 1955, firmó un contrato con la CBS para realizar una serie de televisión semanal, Alfred Hitchcock presenta. Los ingleses nunca le perdonaron su exilio. Su primer cameo, en El enemigo de las rubias (1927), surgió por cuestiones prácticas, ya que se requería un extra. Esta costumbre se convirtió en una superstición (las cintas con cameos tenían mejor acogida) y, con los años, en un guiño a sus fans. El más largo (2 minutos) aparece en Rebeca, donde el director espera a que George Sanders salga de una cabina de teléfono. Y el más curioso, en Naúfragos, en un anuncio de un periódico sobre unas píldoras para la obesidad. De sus 60 películas, aparece en más de la mitad. Herrmann, el compositor neoyorquino, que ya había despuntado con la música de Ciudadano Kane, compuso para Hitchcock las bandas sonoras más impactantes de su filmografía. De Bernard Herrman son las partituras de Vértigo, Con la muerte en los talones o Psicosis y los efectos sonoros de otras tantas cintas. Su relación profesional se agrietó cuando el director rechazó su melodía para Cortina rasgada. Siempre lucía traje de chaqueta oscuro, zapatos con cordones, corbata y sombrero de hongo. Vestía como un caballero de estilo victoriano incluso en el set de rodaje. Maniático del orden, aseguraba que una mesa de trabajo limpia le producía una enorme paz interior. Llegó a pesar 150 Kg. Su obesidad se fue fraguando desde su infancia y años más tarde le libraría del servicio militar. Ante la pregunta de cómo prefería morir asesinado, lo tuvo claro: "comiendo, comiendo". El director que mejor ha retratado el miedo era un miedoso incurable. Quizás por su infancia con los jesuitas en el internado Saint Ignatius College, donde le inculcaron el miedo a fuerza de palmeta a lo moralmente reprobable. Desde el inicio de su carrera se protegió contra cualquier imprevisto. De ahí su obsesión por los storyboards e, incluso, por construir maquetas para muchas de sus escenas. James Stewart fue, junto con Cary Grant, su actor fetiche. Si con las películas del oeste alcanzó fama y riqueza, con las cuatro películas que rodó a las órdenes de Hitchcock consiguió su consagración como actor. En sus filmes encarnaba a un héroe con pinta de tipo corriente que se veía involucrado en extrañas situaciones y que al británico le servía para jugar con sus sentimientos favoritos: miedo y angustia. Grace Kelly fue la actriz que cautivó al maestro del suspense. Desde que la rubia de Filadelfia, con la que rodó en los años 50 Crimen Perfecto, La ventana indiscreta y Atrapa a un ladrón, anunciara su boda con el Príncipe Rainiero, el fantasma de la princesa monegasca le persiguió para siempre. Su obsesión por ella le llevó a intentar recrearla en actrces coo Diane Baker, Eva Marie Saint, Kim Novak o Tippi Hedren. La figura del falso culpable y la confusión de identidades son dos de sus marcas de fábrica más características, que bien pueden apreciarse en filmes como 39 escalones, Falso culpable, Frenesí, Con la muerte en los talones o Vértigo. Macguffin es la expresión acuñada por Hitchcock para definir la excusa argumental que motiva el desarrollo de una historia y sus personajes, pero que carece de relevancia por sí misma. Este detonante casual del argumento lo encontramos en Encadenados en forma de botella de uranio o en Psicosis como el robo de 40.000 dólares. En este filme del 1960, mudo al 50%, se jactaba de haber dirigido al público antes que a los actores con interminables vueltas de tuerca. La más llamativa, el asesinato de la protagonista, Janet Leigh, a 47 minutos del inicio. Para la escena de la ducha se necesitaron 7 días y 70 posiciones de cámara para obtener 45 segundos de metraje. Fue su cinta más taquillera. Sus filmes mantienen al espectador en constante tensión. Hitchcock educa la mirada del espectador y le da trabajo. Un trabajo rigurosamente inducido por el montaje. Su lema: "sugerir antes que mostrar". Además, la tensión sexual salpica su filmografía, en la que algunos críticos también ven un gay touch, insinuando sus tendencias homosexuales. "Busco damas que en el dormitorio se transformen en fulanas; si el sexo es muy evidente, no hay suspense". Una curiosidad: Con la muerte en los talones cierra con un tren entrando en un túnel, la metáfora fálica más sutil del séptimo arte. También era el rey del understatement: prefería sacrificar la verosimilitud en beneficio de la emoción pura. No le importaban ni el argumento, ni los personajes, pero sí que las piezas del filme hicieran gritar al público, para lo que empujaba los aspectos técnicos de cada plano tan lejos como fuera necesario. Dominaba la técnica y el lenguaje cinematográficos como nadie. La evidencia está en La soga, su primera película en color, que rodó en un solo plano a fuerza de ensayos. El operador colocaba la cámara en las señales marcadas en el suelo en determinadas frases del diálogo; las paredes desaparecían sobre raíles; los muebles se desplazaban sobre un suelo fabricado para no hacer ruido; y para superar la irrupción al final de cada rollo colocaba un personaje delante del objetivo que le permitiera cerrar en negro. En 1968 le concedieron el Memorial Irving G. Thalberg, en un claro intento de desagravio por no haberle concedido nunca un Oscar, a pesar de haber estado nominado en cinco ocasiones (Rebeca, Naúfragos, Recuerda, La ventana indiscreta y Psicosis). Su huella en el cine mundial es innegable: desde directores franceses de la Nouvelle Vague, como François Truffaut, que rodó Farenheit 451 (1966) en su honor, y Claude Chabrol, con Una mujer infiel (1969), hasta El diablo sobre ruedas (1971), de Steven Spielberg, pasando por La semilla del diablo (1968), de Polanski. Era un pillo, un gordinflón con un sentido del humor que rayaba en la sátira mordaz y socarrona, fachada de una personalidad insegura y pesimista. En sus años dorados disfrutó de una intensa vida social en su casa de Cromwell Road, en la que protagonizó números cómicos muy particulares. Una vez se grabó vestido de mujer, y la cinta se exhibió en 1976 en una sesión privada de los estudios Universal. El 29 de abril de 1980, cuando tenía 80 años, el director murió mientras dormía en Bel Air. Cuatro años antes, Alma había sufrido un ataque de apoplejía y la posibilidad de perderla aumentó su predisposición al alcohol. Cuando su esposa mejoró, Alfred recuperó su antiguo vigor y estreno La Trama (1976), su última película. Más de 600 personas asistieron a su funeral, entre ellos Mel Brooks, Tippi Hendren, Janet Leigh y François Truffaut.

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