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martes, abril 10

Clubes para caballeros

(Un artículo de Gonzalo Ugidos en el Magazine de El Mundo del 26 de febrero)

Al sur de Picadilly, entre St. James' Street y Pall Mall, está el corazón del clubland, territorio de refinadas madrigueras en las que los caballeros cultivaban una candorosa misoginia, conspiraban y comentaban el mundo entre alcohol y partidas de backgammon. Los que quedan oscilan entre mirar al siglo XXI o seguir siendo un vestigio de la vieja Inglaterra.

[...] sólo la invitación de un socio permite deambular por algunos ámbitos venerables de estos refugios exclusivos a quien tiene la desgracia de no ser miembro. [...]

Para ser clubman no es imprescindible descender de un guerrero normando, ni siquiera ser un lord, pero conviene, al menos, tener escudo de armas o pertenecer a la aristocracia del mérito como Lawrence Olivier o el padre del agente James Bond, Ian Fleming. Olivier fue distinguido miembro del Garrick (15, Garrick Street), y Fleming del Boodle's (28, St. James' Street).

En el Reform Club (104 Pall Mall), Phileas Fogg apostó que daría la vuelta al mundo en 80 días tras disuadir a una chica que quería introducirse en el club con la hipérbole "sería el fin del imperio británico", pero miembros de carne y hueso fueron Conan Doyle y Winston Churchill. Del Garrick desertó Charles Darwin tras una disputa con un socio que lo llamó blasfemo por sostener que el hombre victoriano era primo hermano del mono. En el Athenaeum (107, Pall Mall) se conserva la silla de ruedas en la que murió en 1867 Michael Faraday, padre del electromagnetismo; allí se había reconciliado con Charles Dickens tras 12 años sin hablarse por una pelea.

A pesar de que muchos han ido cerrando sus puertas, de los más de 150 que llegó a haber, siguen abiertos unos 60, la mayoría en el barrio de Mayfair. Algunos tienen más de 200 años. Su candorosa misoginia ha ido cediendo a la presión de la igualdad y ya son muchos los que admiten mujeres o tienen, al menos, sus ladies' annexes. Cuando Margaret Thatcher ganó las elecciones en 1979, ganó también un par de batallas en el Carlton (69, St. James' Street): ser la primera socia del club y la primera dama en subir las escaleras, rigurosamente vetadas hasta entonces a las mujeres. La norma no era caprichosa; había que preservar las piernas femeninas de las miradas de los socios sentados en el cad's corner (rincón de los caraduras).

Las más antiguas de estas guaridas melancólicas derivan de las coffee houses. En 1693 un italiano llamado Francesco Bianco fundó White's Chocolate House (posteriormente conocido como White's) en el 37 de St. James' Street. John Arthur, que dio nombre al Arthur's club -disuelto en 1940-, era su ayudante. Algunos años después, el escocés William Macall alteró las sílabas de su apellido para bautizar el club más de moda por entonces: el Almack's (también desaparecido). Fundó, además, otros dos y contrató para llevarlos a Edward Boodle y William Brooks (60, St. James Street). Los nombres de los clubes más exclusivos del West End quedaron establecidos.

El paso del tiempo ha ido dejando una pátina de gloria sobre los muebles de Chippendale, los bustos romanos, los grabados de Hogarth y los retratos de los caballos ganadores del Grand National, mientras las candelas dejaban paso al gas, y éste a la electricidad. Se fueron instalando teléfonos y ascensores, y después barras de cócteles y televisores.

No fue sin resistencias y aún se recuerdan las feroces disputas sobre la admisión de invitadas. En Un marido ideal, Oscar Wilde ironiza sobre la misoginia del club. El Boodle's tuvo que soportar la hostilidad de muchos de sus 1.250 socios cuando se habilitó un anexo para damas. Un portero descolgó un día el teléfono para atender la llamada de una esposa: "¿Podría avisar a mi marido?", preguntó, obteniendo como respuesta: "Señora, en Boodle's no hay maridos, sólo socios".

Está prohibido hablar de negocios, se prohíben también las propinas, impropias de caballeros que hasta ayer mismo recibían el cambio de sus consumiciones en monedas hervidas para su completa purificación. Naturalmente no está prohibido beber; "Si un caballero no puede emborracharse en su propio club, ya me dirá usted", me explicó Mr. Edmonds, secretario del Boodle's. Me contó también que un cierto Lord Glasgow trasegó más oporto del que pudo asimilar y tiró a un camarero por la ventana. "Póngamelo en la cuenta", resolvió.

Otra cosa es el Athenaeum. Desde que, en 1824, lo fundó John Wilson Crocker, la gloria ha sido requisito indispensable para ser admitido. Ocho de sus socios fueron primeros ministros y tiene el insuperable record de 52 premios Nobel entre sus miembros.

De los clubes que aún sobreviven, el Brook's tiene el edificio más elegante. Cuando fue fundado, en 1764, era una guarida de jóvenes dandies conocidos como macaroni por su afición a viajar a Italia. Trece primeros ministros pertenecieron, todos liberales. Sigue siendo el club más endogámico y los apellidos de los socios cambian poco de generación en generación. Su réplica ideológica es el Carlton, madriguera exclusiva del Partido Conservador. A lo largo de su historia sólo ha expulsado a un miembro, y fue por pasarse al Partido Liberal.

Carlton , Brooks, Boodle's... Se sale de estos salones con la confusa sensación de bajarse de la máquina del tiempo de H.G. Wells, socio, por cierto, del Garrick. Los clubes de caballeros son el penúltimo reducto de las maneras más exquisitas de la civilización, conservadas por antiguos, honorables colegiales. Las cuotas de subscripción de los más caros alcanzan las 1.500 libras anuales (1.810€) y tienen listas de espera de entre uno y seis años. Todavía en Londres a alguien que pretenda ser alguien se le conoce por el club al que pertenece.

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