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martes, julio 24

¿Para qué Elisa? I

(Un artículo de Gonzalo Ugidos, en el Magazine de El Mundo del 2 de mayo de 2010)

Elisa Röckel, no Therese Malfatti. Ella fue la verdadera y única mujer en la que Bethoveen se inspiró para componer Para Elisa. Pero regaló la partitura a Therese, de quien también estuvo enamorado. Porque el genio, además de compositor, fue un auténtico casanova.

Todos conocen la melodía de la partitura para piano en La menor que Beethoven (1770-1827) escribió un 27 de abril de hace 200 años. Sin embargo, a nadie parecía preocuparle quién era la mujer a la que el músico dedicó su bagatela, ni siquiera al descubridor de su enigmática identidad, el musicólogo alemán Klaus Martin Kopitz, que la encontró por azar.

Kopitz es uno de los mayores especialistas en la vida y obra del genio renano y ha estado trabajando durante años en el libro Beethoven aus der Sicht seiner Zeitgenossen in Tagebüchern, Briefen, Gedichten und Erinnerungen (Beethoven bajo la mirada de sus contemporáneos), de la editorial Henle. Se trata de dos volúmenes de diarios, cartas, memorias, poemas y recuerdos que rastrean los ecos que el compositor dejó en amigos y conocidos.


En esos papeles aparecen muchos nombres femeninos porque, aunque murió soltero, al músico le gustaban las mujeres tanto como las sinfonías. Weleger, su amigo más íntimo en los primeros años de Viena, escribió: "Beethoven nunca estuvo sin un amor y algunas de sus conquistas hubieran sido difíciles incluso para un adonis". Lo confirma otro amigo, Breuning: "Tuvo siempre suerte con las mujeres. Tenía una llama". Atraía a las féminas porque resultaba imprevisible, atrevido y sincero, atributos que se sumaban a su fama de genio y conquistador.


Durante toda su vida, Ludwig van Beethoven se rindió a los encantos de las adorables jovencitas y sedujo a no pocas de sus aristocráticas alumnas de piano. De la juventud en Bonn, le quedaron en su memoria dos mujeres: Eleonora Breuning y Magdalena Willmann. A la primera le escribía en sus primeros tiempos en Viena cartas etéreas, pura música de cámara; a la segunda, cantante, le propuso matrimonio cuando él tenía 24 años, pero lo rechazó "porque era feo y medio loco". Nunca tuvo, aunque buscó, una relación permanente.


Cuando compuso, a los 30 años, la música de ballet para las Creaciones de Prometeo, se acercó a la bailarina Cavantini y volvió a recibir calabazas. Cuando Cristina de Gerardi, hija de un funcionario imperial, le envió poemas llenos de admiración, él contestó que prefería conocer a la poetisa más que a sus versos, aunque para entonces ya bebía los vientos por la condesa Babette Keglevicz, a quien dedicó la sonata op.7.


Antonie von Birkenstock pudo haber sido el gran amor de su vida, pero estaba casada; de la condesa Anna Marie Erdödy sólo le quedó la gratitud por su mecenazgo después de sentirse humillado cuando la descubrió con uno de sus sirvientes en situación comprometida. En los seis años en los que frecuentó su casa y acechó las derivas de su corazón, Beethoven tuvo tiempo de enamorarse, además, y entre otras, de Teresa de Brunswick y de su hermana Josephine Deym. También, de la nieta de una estirpe de guerreros milaneses, la condesa Giulietta Guicciardi, quien le inspiró la Sonata en Do sostenido menor para piano nº 14, llamada después Claro de Luna.


Sus amores con la bella condesa viuda Josephine Deym los truncaron las rigideces sociales de una época que no veía con buenos ojos los matrimonios entre nobles y plebeyos. De aquella historia de amor se guardan las tiernas cartas que Georg Schmidt descubrió en 1957 y la extendida sospecha de que fue esta viuda húngara la destinataria de una misiva, conocida como Carta a la amada inmortal que, tras su entierro, apareció en el gabinete del compositor junto a otros documentos personales.


Amalia Sebald, Bettina Brentano, Maria Bigot y, desde luego, Therese Malfatti fueron otros nombres que infatuaron el alma romántica del genial compositor.


(Sigo mañana)

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