España nunca fue Rusia: la fracasada revolución comunista de 1917 que quiso acabar con Alfonso XIII
(Un texto de Israel Viana en el ABC del 7 de junio de 2022)
El proceso bolchevique ruso que hace 105 años provocó el establecimiento de la URSS, trajo consigo una ola de entusiasmo que influyó en la mayoría de los países europeos, incluido España, con una revuelta militar, otra obrera y una tercera política.
En 1917 se produjeron dos revoluciones en Rusia que no solo acabaron con un imperio de 300 años y provocaron el establecimiento del primer régimen comunista de la historia, sino que transformaron el mundo tal y como lo conocemos. La primera se produjo en febrero y la segunda, en octubre, dando comienzo después a lo que Eric Hobsbawm denominó el breve siglo XX, que concluyó precisamente con la caída de la Unión Soviética en 1991. Entre una fecha y otra, la influencia soviética despertó el entusiasmo de muchos países… incluída una parte de España.
Pero, ¿cuál fue la influencia real de la revolución rusa en España? ¿Por qué no se impuso el comunismo en nuestro país? Las teorías al respecto son de los más variadas, desde las que defienden que los acontecimientos españoles de 1917 fueron modestos a las que opinan que la aparición de la URSS provocó un maremoto social y político que desató las fuerzas que estuvieron detrás de las dictaduras de Primo de Rivera y Franco, así como de la Guerra Civil, a pesar de que el intentó de establecer un sistema parecido fracasara, como ocurrió a la larga en otros países europeos.
Lo más cerca que estuvo España de sucumbir a la revolución rusa fue con los intentos de Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo entre 1931 y 1932 y representante de la corriente más revolucionaria dentro del PSOE, de implantar en nuestro país la Unión de Repúblicas Ibéricas Soviéticas (o Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas, según la fuente consultada). Es decir, una copia española de la URSS. Y es que, para este líder político, aquel periodo democrático no era más que lo que el historiador Santos Juliá definió como la «estación de tránsito hacia el socialismo».
La España neutral
En otras palabras: la democracia republicana era el mal necesario para instaurar su ideal socialista, tal y como expresó en numerosas ocasiones durante la Segunda República. Sobre todo, después de que el PSOE perdiera el poder en septiembre de 1933 en favor de la coalición de los radicales de Alejandro Lerroux, con la CEDA de José María Gil-Robles como aliado, pero sus ideas tampoco triunfaron entonces. En 1917, no obstante, la marejada subversiva de Rusia fue lo suficientemente potente como para provocar graves crisis en todos los Gobiernos constitucionales europeos. Y no solo en los que participaron en la Primera Guerra Mundial, también en los que se habían declarado neutrales.
De estos últimos, España vivió, quizá, la revolución más importante de las que hubo en Europa aquel año. «La revolución española tomó la forma de una revuelta republicana y sindicalista, que potenció la sedición del poder regional en Cataluña, gobernado entonces por los nacionalistas. La hizo posible una sublevación militar que, desde el 1 de junio de ese año, provocó que el poder constituido perdiera el control del Ejército», explica Roberto Villa García en ‘1917: El Estado catalán y el soviet español’ (Espasa, 2021).
Antes de esa fecha, los republicanos y los socialistas ya habían intentado forzar esa coyuntura revolucionaria presionando a favor de la ruptura diplomática con los Imperios centrales –como era el caso del Imperio zarista derrocado después por los bolcheviques–, incluso si ello suponía la entrada de España en la Primera Guerra Mundial. Pero fue en 1917 cuando la oleada de entusiasmo se extendió por los medios obreros e intelectuales españoles, cuyo objetivo final era destruir la monarquía liberal encabezada por Alfonso XIII.
Nacionalistas y republicanos
El movimiento no fue menor, hasta el punto de que aglutinó a movimientos aparentemente antagónicos, como los apuntados por Villa García: desde la izquierda republicana a los nacionalistas catalanes, pasando incluso por los militares rebeldes. Todos ellos tuvieron que enfrentarse a un régimen «casi democrático», basado en el turnismo entre el partido Conservador y el Liberal en el poder, que se repartían los escaños antes de las elecciones o recurrían directamente al pucherazo.
Este sistema impedía que los españoles seguidores de Lenin pudieran concretar sus anhelos revolucionarios en España. Por eso la revolución fracasó en España, según la tesis de este profesor titular de Historia Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, que rompe algunos tópicos vertidos sobre este periodo:
«Hacia 1917, el sufragio universal [vigente desde 1890] funcionaba cada vez mejor y las elecciones fueron progresivamente más disputadas y limpias, comparadas con las del siglo XIX. Cabían pocas dudas de que, de mantenerse la arquitectura del régimen político, esa evolución electoral anticipaba la democracia liberal. En otras palabras: el turno entre los partidos Conservador y Liberal de Cánovas y Sagasta tenía un horizonte finito y tarde o temprano habría sido sustituido por la competencia electoral o por acuerdos parlamentarios que incrementaran el peso de los votantes a la hora de decidir el partido que debía gobernar».
La lucha contra este régimen a lo largo de 1917 pasó por varios periodos y costó centenares de víctimas. El peor momento fue el verano, cuando estalló una crisis múltiple: militar, política y social.
La sublevación militar
La primera fue la más insólita. Se produjo cuando el Ejército empezó a cuestionar el sistema y a intervenir en la vida política. Entre los soldados había surgido un gran malestar desde la derrota de 1898, acentuado por el auge de los regionalismos y nacionalismos que cuestionaban la organización territorial del Estado, algo sagrado para ellos. Además, desde hacía tiempo recibían críticas por su falta de eficacia que consideraban injustas. De ahí que, en 1917, su malestar hubiera crecido ante la inestabilidad gubernamental, sus bajos salarios y, sobre todo, por la política de ascensos que premiaba a los militares de Marruecos y discriminaba a los que servían en la Península.
Este descontento contra el Gobierno provocó la creación de las Juntas de Defensa, una especie de asociaciones sindicales que defendían todas estas causas económicas y profesionales por las que luchaban los militares. Su presión al poder civil fue tal, que terminó por legalizarlas, acentuando la autonomía e injerencia del Ejército en la vida política española. Ganaba así su batalla, que continuaba después en los estamentos más altos. De hecho, en 1920, el general Fernando Primo de Rivera, uno de los militares más destacados de la Restauración, le enviaba cartas a Alfonso XIII para advertirle de los peligros para el país que tenía la agitación bolchevique. Para combatirla, le proponía al Rey que instaurara una dictadura temporal.
Como respuesta a ese clima de inestabilidad, el Gobierno de Eduardo Dato decretó la censura de prensa y la suspensión de las garantías constitucionales y de las Cortes antes de que acabara 1917. Aquella autoritaria medida provocó grandes protestas entre los españoles y llevó a Francisco Cambó, dirigente de la Lliga Regionalista, a convocar en julio una Asamblea de Parlamentarios en Barcelona, con el objetivo de que se aplicase un programa reformista y se respetase la realidad plurinacional de España. El problema es que solo asistieron representantes de la oposición de izquierdas, regionalistas y algunos liberales, por lo que la asamblea se suspendió en cuanto las Juntas de Defensa la rechazaron y se pusieron al lado del Ejecutivo.
127 muertos
Lo peor vino, sin embargo, con la tensa situación social y la creciente fuerza que habían adquirido los sindicatos tras la influencia de la revolución rusa en España. Eso favoreció la creación de un comité de acción conjunta de la CNT y la UGT. A pesar de las diferencias entre estos dos sindicatos, los primeros anarquistas y los segundos socialistas, el conflicto ferroviario que se había iniciado en Valencia condujo a ambos a convocar una huelga general revolucionaria para el 13 de agosto, a la que se conoció como el ‘agosto rojo’, con la que querían reivindicar un cambio político como el que se había producido en Rusia.
La movilización se extendió por Asturias, País Vasco, Madrid y Cataluña, donde murieron al menos 127 huelguistas y 349 resultaron heridos graves. Sin embargo, no contó con el apoyo de la Asamblea de Parlamentarios, defensora de los intereses de la burguesía, ni mucho menos con las Juntas de Defensa, pues el Ejército fue el que se encargó de reprimir con dureza aquel movimiento. Eso no significa que las consecuencias de estas tres revoluciones (obrera, nacionalista y militar) surgidas a raíz de la soviética en Rusia no se dejaran sentir en el futuro.
Todas ellas agrietaron lo suficiente el sistema de la Restauración como para acabar con él poco después y condicionar la vida política española durante las próximas seis décadas, con una guerra fratricida de por medio que acabó con la vida de medio millón de personas y envió al exilio a otro medio millón. Así lo explica Villa García: «Los sucesos de 1917 tuvieron la fuerza extraordinaria de abrir las compuertas a la tragedia de los veinte años posteriores. Ese proceso revolucionario, cerrado en falso en marzo de 1918, echó abajo los fundamentos políticos trabajosamente construidos desde 1875, que ya no pudieron redefinirse para facilitar el tránsito a la democracia liberal. La hondura de la crisis provocada por la revolución de 1917 no solo impidió un reequilibrio democrático, sino que ofreció la coyuntura ideal para que triunfara la primera dictadura de 1923, que inauguró un ciclo autoritario del que España ya no se apartaría hasta la muerte de Franco».
Etiquetas: Pequeñas historias de la Historia, s.XX
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