¿Pensar en positivo puede curarte? La ciencia del efecto placebo
Después de cargar el Intersect 2.0 en su cerebro y ante la mirada perpleja de sus compañeros, Chuck vence a cada uno de sus adversarios gracias a un dominio completo de las artes marciales. “Chicos, ¡sé kung-fu!”, es la frase que cierra la segunda temporada de la serie “Chuck”. Cierto, no es ni la mejor en cuanto a trama y guión, ni en cuanto a realismo científico. Pero no deja de plantear una pregunta interesante: ¿Hasta dónde llega el poder de nuestra mente? Y no me refiero a la cuestión “Lucy”, si utilizamos sólo un 10% de la capacidad de nuestro cerebro. Este mito ha sido ya ampliamente desmitificado. La pregunta es: ¿es posible que un individuo con bajo entrenamiento físico pueda dominar las artes marciales sólo introduciendo los conocimientos teóricos en su cerebro?
Intuyo que la respuesta a la pregunta es no. Es improbable que aptitudes como la agilidad o la flexibilidad puedan modularse sin entrenamiento físico. ¡Ya nos gustaría! Pero sí puede ser que el cerebro juegue un papel importante en cómo modulamos nuestras capacidades físicas. Al fin y al cabo, todos hemos experimentado situaciones en que nuestro estado anímico y mental ha determinado nuestro rendimiento físico.
El efecto placebo, ¿mito o realidad?
¿Cuál es la influencia de los procesos cognitivos de nuestro cerebro en nuestro estado físico? Este deseo de autocontrol hace que la sociedad en general, y la ciencia en particular, esté muy interesada en fenómenos como el efecto placebo. La administración de sustancias inertes como si fueran un medicamento se utiliza en ensayos clínicos como control. Existe la creencia de que, además, pueden tener un efecto curativo. Esto parece especialmente cierto en el caso del dolor, donde los placebos parecen tener un importante efecto analgésico (1). Lo que es más sorprendente es que se debe a una respuesta del sistema opioide endógeno (2). En términos más laicos: existe una respuesta bioquímica en el cerebro que produce la disminución del dolor. En algunas patologías, como la depresión (3), el colon irritable (4) e incluso el Parkinson (5), se ha observado una mejora en la calidad de vida de los pacientes con la administración de placebos. Además, en los últimos años, se han utilizando técnicas de neuroimagen (tomografía por emisión de positrones – PET– o imagen por resonancia magnética funcional – IRMf), y se han podido identificar las regiones del cerebro que se activan en el proceso de actuación de los placebos (6).
Sin embargo, no deja de ser llamativo el hecho de que el efecto placebo se dé mayormente en procesos neurológicos y patologías donde la evaluación de los síntomas es subjetiva (ya sea del paciente o de un observador). No olvidemos que este tipo de estudios están sujetos a muchos tipos de sesgo (7), como el deseo del paciente de complacer al médico o evaluador con su respuesta. Por lo tanto, es difícil evaluar la validez de los mismos con absoluto rigor. De hecho, revisiones recientes de los estudios sobre efecto placebo indican que éste ha sido considerablemente sobreestimado (8,9). Un estudio reciente en pacientes con asma donde se evalúan medidas objetivas (volumen espiratorio forzado en un segundo – FEV1) demuestra que la administración de placebos no tiene mayor efecto que no tomar medicamento alguno (10,11). Este mismo estudio muestra cómo la percepción de los pacientes es, precisamente, de mejora, cuando no hay tal.
Psiconeuroinmunología (PNI): las
claves de la relación cuerpo/mente
Por otra parte, el nacimiento de la psiconeuroinmunología (PNI) hace unos 30 años replantea la relación cuerpo/mente. Unos científicos de la Universidad de Rochester consiguieron inducir una respuesta inmunológica en ratas a través de condicionamiento cognitivo: después de administrar a las ratas una solución de sacarina combinada con un agente inmunodepresor, muchas de estas ratas fallecían cuando la disolución contenía únicamente sacarina (12). Esto indujo a pensar que era la respuesta inmune la que se veía afectada. Hoy está ampliamente demostrado que el sistema nervioso y el inmune están íntimamente relacionados (13). Existe una red de neuropéptidos que modulan el sistema nervioso y que, además, intervienen en el sistema inmune, haciéndolos interdependientes (14). Esto ha generado interés sobre temas como el estrés y cómo este nos hace susceptibles a ciertas enfermedades (15,16).
Sin embargo, la PNI es a menudo acusada de falta de rigor. Es importante destacar que el estrés y el estado anímico son valores subjetivos, difíciles de evaluar de manera uniforme. Además, los mecanismos detallados de relación ente el sistema nervioso y el inmune no han sido descritos todavía (17). Por eso, mientras la ciencia al respecto no esté más desarrollada, es mejor mirar con escepticismo a quien promete mejor salud basada en una conducta determinada. Los datos más objetivos parecen indicar que no podemos curarnos de enfermedades con el pensamiento y no hay prueba de que ser feliz nos evitará enfermedades. Pero una cosa es cierta: es mejor ser feliz.
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