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sábado, julio 18

Zaragoza desconocida: Biblioteca de Roda

(Un texto de J.F. Losilla Eixarch en el Heraldo de Aragón del 12 de octubre de 2013)

En el Seminario de San Carlos se halla el extraordinario fondo bibliográfico que Manuel de Roda y Arrieta, ministro de Carlos III, donó en 1782. Investigadores de todo el mundo acuden para consultar sus más de 16.500 volúmenes, entre los que se encuentran ejemplares únicos.

Hay lugares que cautivan y atrapan. Por su singularidad y por el carácter excepcional de su contenido. Por su belleza y por su lustre histórico. La Biblioteca de Manuel de Roda y Arrieta en el Real Seminario de San Carlos Borromeo es un ejemplo extraordinario de los tesoros que encierra Zaragoza. Los más de 16.500 volúmenes que habitan en sus estanterías constituyen una rica colección que solo pueden consultar los investigadores tras solicitar previamente un permiso.

Carlos Tartaj ha consagrado sus últimos quince años al cuidado de este fondo bibliográfico y es el cicerone ideal para realizar un recorrido por la estancia. Al abrir la puerta, la mirada se clava en el retrato de Manuel de Roda que cuelga de una pared. Las presentaciones son obligatorias. «El marqués de Roda fue un ilustre personaje aragonés que tuvo gran importancia en el siglo XVIII. Nació en una familia muy humilde, pero ocupó cargos importantísimos y esta biblioteca es un reflejo de su erudición», resume Tartaj.

Ciertamente, la biografía de Manuel de Roda resulta apasionante. Nacido en Zaragoza en 1708, su familia paterna procedía de Maella y contaba con unos recursos muy limitados. Estudió en el colegio de los jesuitas y posteriormente cursó Leyes (Derecho) en la Universidad de Zaragoza.

Todo un éxito atendiendo a sus orígenes humildes. Pertenecía a los manteístas (alumnos pobres) en contraposición con los colegiales (alumnos ricos). La obsesión por esta diferencia de clases le atormentó y le acompañó durante el resto de sus días, alimentando algunas de sus actuaciones y decisiones.

Como profesional de la abogacía, no encontró oportunidades en su Zaragoza natal y optó por instalarse en Madrid. El éxito le sonrió en la capital, mucho más tras hacer público su apoyo al duque de Alba, quien propulsó su carrera. Fue destinado a Roma en 1758 como agregado de la Embajada española y acabaría convirtiéndose en el embajador en 1760.

«En Roma fue donde surgió su pasión desbocada por los libros. Era soltero y se volcó en completar una grandísima biblioteca. Contaba con varios agentes que le localizaban ejemplares muy buscados. Estaba especializado en el libro de calidad. Además, cuando se enteraba de que aristócratas italianos se arruinaban o necesitaban dinero, adquiría sus colecciones. Era insaciable», explica Tartaj.

Una afición que siguió cultivando a su regreso a España como mano derecha del rey Carlos III. En su haber político sobresale la expulsión de los jesuitas en 1767.

En 1782 -año de su muerte- firmó el testamento, en el que legó íntegramente su biblioteca -incluido el mobiliario- al Real Seminario de San Carlos Borromeo. Sufragó la costosa mudanza. Las librerías, varios crucifijos de marfil e incluso una escalerita son los originales de hace más de dos siglos. Meras anécdotas ante el esplendoroso catálogo bibliográfico.

«Es una biblioteca ilustrada única que abarca múltiples temáticas, desde la científica hasta la religiosa, pasando por la jurídica, la museística o la literaria», advierte Tartaj.

El caudal cultural resulta abrumador. Biblias políglotas, manuales sobre los oficios, ejemplares de historia natural, manuscritos del siglo XIV, primeras ediciones de Baltasar Gracián, Lope de Vega y Góngora; volúmenes de la colección personal de Carlos III, tratados sobre el comercio con las Indias, los viajes del capitán Cook... Una interminable lista que nutre cada año a unos 100 investigadores que vienen de todo el mundo.

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