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martes, enero 18

Lope de Vega: viviendo la vida loca I

(Un reportaje de Ana Goñi en la Crónica de El Mundo del 29 de agosto de 2010)

Lope de vega fue un truhán con las mujeres y un señor escritor que aseguraba ser padre de más de 1.500 comedias. Marido infiel, sacerdote fornicador y escritor de éxito del siglo XVII. En su juventud se lo podía ver en compañía de gente de mal vivir: pícaros, comediantes, y sobre todo, "comediantas". Las conquistaba a todas con su pluma, a las damas decentes y a las que ni siquiera se tomaban el trabajo de parecerlo. De anciano, casi hasta el último aliento, siguió seduciéndolas con sus versos: había tomado los hábitos de fraile, pero su lecho seguía ocupado a menudo ocupado por una mujer.

Fue siempre un "amoral decidido", que "se divirtió, gozó, y triunfó cuanto quiso", en palabras de Benito Pérez Galdós. Fue un marido amante e infiel, padre de multitud de hijos, más ilegítimos que legítimos. Fue el tercero en discordia de infinidad de matrimonios; un conquistador que luego, para más inri, se mofaba del cornudo de turno poniéndole algún mote en sus obras. Fue, también, un cura creyente y fornicador. Un sacerdote atormentado porque ningún otro quisiera confesarle de sus muchos pecados y, al tiempo, un viejo verde que le reenviaba a un amigo, para que se divirtiera, las cartas de sus queridas.

Había muchos Lopes en Lope de Vega, y todos ellos apuraron sus 72 años con la misma intensidad con la que él escribió sus comedias (1.500, según sus cuentas), sus siete novelas, sus tres mil sonetos. Porque Lope fue, ante todo, el poeta más aclamado de su tiempo, el padre del teatro español. [...]

El Fénix de los Ingenios, como luego le llamarían, nació con el nombre de Lope Félix de Vega Carpio el 25 de noviembre de 1562 en La Puerta de Guadalajara, en la calle Mayor de Madrid. Era hijo de un bordador, una estirpe con poca hidalguía para su genio: con el tiempo se inventaría (lo refiere Eduardo Haro Tecglen en su biografía) unas raíces más nobles y un blasón sembrado de atalayas del que Góngora haría mofa: "Por tu vida, Lopillo, que me borres/ las 19 torres de tu escudo:/ pues aunque tienes mucho viento, dudo/ que tengas viento para tantas torres".

En su infancia, Lope pasó un tiempo en Sevilla con un tío, Miguel de Carpio, un inquisidor de tan negra fama que, cuando algo estaba caliente, en la ciudad se decía "quema como Carpio". Dicho sea en adelanto, el propio Lope, el "amoral" y al tiempo férreo creyente (aunque siempre más inclinado a lo primero que a lo segundo) participaría con los años en alguna de las chamusquinas de esta institución.

El familiar inquisidor, la huella del obispo de Ávila, que lo educó y parece que le abrió las puertas de la Universidad de Alcalá... Sí, quizás de allí venía el Lope religioso, ése que ya cura se fustigaba -dicen- para purgar sus pecados, pero, ay, allí, desde el principio, estaba también la carne, la bendita carne femenina, que le enamoraba el espíritu y le encendía la piel (no se sabe en qué orden). Esa carne por la que años más tarde, ya sacerdote y, como siempre, en brazos de alguna, confesaría: "Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo...".

Escribía teatro desde los 11, según su testimonio, y pronto compuso versos para sus pretendidas. En sus poemas le pone nombre a un amor temprano, Marfisa, una niña ya casada (una constante entre sus amantes). No hay duda de que hubo otros. Muchos; más conforme ganaba fama, que al finalizar los años 80 de aquel siglo de oro sería enorme. Era el más popular, el más solicitado, el "monstruo de la naturaleza" que "alzose con la monarquía cómica", escribió Cervantes.

No había cumplido 20 años cuando toda la corte supo quién era la amante del nuevo genio, puesto que Lope utilizaba el guión de su vida para sus obras (él era el Fernando de la Dorotea, el Belardo de La Arcadia, el Zaide de sus romances,...). A veces, muchas, sin disimulo ninguno. La bella en cuestión era Elena Osorio (la Dorotea y la Filis de sus obras), y era hija de Jerónimo Velázquez, representante de teatro afincado en Lavapiés. Casada, aunque, como tantas otras veces, "no debió ser obstáculo el dueño oficial de Elena para aquellos amores" (Américo Castro y Hugo A. Rennert, Vida de Lope de Vega). Nadie ignoraba lo suyo, y el que menos, Jerónimo Velázquez, que quería que Lope le escribiese comedias: unas 20 se llevó en canje por su hija.

Pero Lope no sólo tenía hambre de fama y de mujer, también de aventuras o de títulos, y se sumó a la expedición (1583) contra los portugueses en las Islas Terceras -Azores-, sin pena ni gloria. Su historia con la adúltera Elena duró un lustro. Acabó quizá por indiscreción de Lope, como confiesa su alias Fernando en La Dorotea: "Díjome un día con resolución que se acababa nuestra amistad [...] y que los dos éramos ya fábula de la corte, teniendo yo no poca culpa, que con mis versos publicaba lo que sin ellos no lo fuera tanto". O quizá, más bien, porque los padres encontraron mejor amante (casada ya estaba) para Elena: Francisco Perrenot, un indiano, conde y sobrino del cardenal Granvela. Lope se burló de él en sus escritos, apodándolo con el poco disimulado Don Bela. Como de todas sus vivencias, él hizo de su dolor rimas, aunque furtivamente siguieron viéndose y por los mentideros corría la voz de que ella le daba los dineros del conde. Pero Lope no podía soportar ser ya no el tercero, sino el cuarto en discordia, y el despecho le llevó a la venganza, a la cárcel y al destierro. Aunque allí, como siempre, tendría con quien solazarse: Isabel de Urbina, su primera esposa. "Para huir de una mujer, no hay tal consejo como tomar la posta en otra", escribió.

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