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miércoles, enero 19

Lope de Vega: viviendo la vida loca II

(Sigue)

Lope fue acusado (y nadie duda que con verdad) por los Velázquez como autor de dos poesías, un romance y unos latinajos macarrónicos (esto es, burlescos y bellacos), que hacían mofa del padre de Elena. Le detuvieron en diciembre de 1587, y a principios de año se le sentenció "en cuatro años de destierro de esta corte, y cinco leguas; no lo quebrante, so pena de serle doblado, y en dos años de destierro del reino, y no lo quebrante so pena de muerte; y en que de aquí en adelante no haga sátiras ni versos contra ninguna persona de las contenidas en dichos versos...".

Pero Lope nunca supo, pudo o quiso luchar contra su naruraleza, y en este caso su pluma sucumbió a los celos. Estando todavía en prisión, parece que hizo circular una carta que supuestamente le había escrito Elena ("Si me viese libre, me casaría con vos") y que quizá no fuese más que una creación suya. La condena se duplicó, aunque nadie encontró aquella misiva. Por cierto que el alguacil que registró su celda en su busca sí dió, cómo no, con otras muchas cartas firmadas por mujeres. Entre ellas, sin duda, las de Isabel de Urbina, la Belisa de sus poemas, a quien ya amaba.

Isabel, de unos 20 años, venía de una familia importante, es decir, poco proclive a aceptar a un comediante para su niña, por mucho renombre que tuviese. Por eso, antes de cumplir su destierro, la raptó (con su enamorado consentimiento) y fue denunciado de nuevo ante la justicia. El proceso se paró casi antes de empezar, sin embargo, quizá porque los padres de Isabel preferían aceptar al yerno poeta y enamoradizo que el escándalo de la hija díscola. El 10 de mayo de 1588 se casaron por poderes, pues él ya no podía pisar Madrid. Hubo rumores, sin embargo, de que no estaba muy lejos de la iglesia y, por tanto, de la alcoba de su Belisa.

El amor no lo retuvo al lado de Isabel. El día 29 estaba ya en Lisboa, dispuesto a embarcar en esa falaz Armada Invencible que sucumbió ante Inglaterra. No había pisado aún el puerto cuando encontró entretenimiento: "Llegando yo mozuelo a Lisboa, cuando la jornada de Inglaterra, se apasionó una cortesana de mis partes, y yo la visité lo menos honestamente que pude", relataría más tarde en una carta.

Quizá buscara distinguirse por su valor y revocar el destierro o, quizá sabiendo que el nuevo amante de Elena estaba también en la Invencible, quisiera vengarse, pero no hizo ni lo uno ni lo otro. Tras su paso por el galeón San Juan, donde, que quede constancia, no oyó más que de lejos el sonido del combate y el de la famosa tempestad, marchó a Valencia, ciudad rica en teatros. Allí escribió romances, cantó en redondillas la tristeza del exilio, hizo obras, muchas, y gestó la comedia nueva que lo convertiría en padre del teatro español, esa hecha de piezas que "como las paga el vulgo, es justo/hablarle en necio para darle gusto", en tres actos, sin los corsés clásicos y con sus graciosos. Vivió luego al servicio del duque de Alba, en Toledo y en Alba de Tormes, su feliz Arcadia (allí comenzó esa novela pastoril) en la quizá fuera más fiel que de costumbre, aunque por sus versos seguían deslizándose sospechosos nombres femeninos.

En 1595 murió Antonia, su primera hija con Isabel; y esta correría la misma suerte en el parto de otra niña, Teodora, que a poco la siguió a la tumba. Con todo, la pena le duró poco, o al menos intentó aplacarla como mejor sabía: con otra dama. Sólo un año después, ya en Madrid, andaba en malas compañías; entre -decían- putas, jugadores, y una viuda rica, Antonia de Trillo, con la que le acusaron de concubinato. Aquello se quedaba corto; al mismo tiempo, quizá incluso antes, cortejaba a la actriz Micaela Luján (Lucinda en sus obras), con quien tuvo dos hijos, Marcela y Lope Félix (Lopito), y probablemente, al menos otros dos anteriores, atribuidos al marido de turno.

Lope pasó del servicio del de Alba al de otros nobles y, como siempre, siguió escribiendo frenético, pues el frenesí de su pluma no le robaba horas al de su vida. El dinero, sin embargo, como le sucedía siempre, no le llegaba (las amantes y sus hijos eran caros); más aún viniendo de ese teatro expuesto a la censura -incluso, en alguna época, a la prohibición-, hecha por la mano del rey e inspirada por la Iglesia. Ésta última, horrorizada por aquellas actrices que exhibían las piernas sin pudor y vestidas de hombre (un recurso que Lope utilizó mucho), las corralas donde se mezclaban (y rozaban) varones y féminas, los bailes lascivos... De ese arte y de servir a los nobles vivía Lope, quien, de hecho, parece haber actuado en su juventud travestido de mujer en algunas compañías universitarias ("primera dama", lo llamó alguno, mofándose de este episodio).

En 1598 Lope se casó de nuevo, en Madrid, pero no con una de las hermosas actrices que fracuentaban su lecho ni con una dama de rancia cuna, como Isabel. No. Juana de Guardo era la hija, poco agraciada, de un vendedor de tocino, de un carnicero, lo que le valió críticas y burlas. Góngora, a vueltas con las torres de su escudo, se reiría: "Si no es que ya segunda vez casado /quiera volver las torres en torreznos". Como bien decía Beaumarchais, "en Madrid, la república de las letras era la de los lobos", y el rango de un poeta podía medirse con el número y el ingenio de sus enemigos. Lope tuvo muchos y señalados, y tampoco él fue comedido en sus pullas.

Con la heredera del de los torreznos, el poeta engendró un hijo (y quizá una niña, que murió), Carlos Félix, y pasaba el tiempo entre su esposa Juana, su amante Micaela y su teatro. Andaba en éstas cuando conoció, en 1605, al duque de Sessa, su amigo hasta la muerte. Era este duque tan casquivano como él, y utilizaba (y pagaba) la pluma del poeta a lo Cyrano, para cautivar a doncellas, casadas, y viudas alegres. Al tiempo, ambos se divertían contándose en cartas sus respectivos lances, y por ellas sabemos de la relación de Lope con otra actriz, Jerónima de Burgos. "Aquí [en Toledo] me ha recibido la señora Gerarda (Jerónima) con muchas caricias. Está mucho menos entretenida y más hermosa", escribía en 1614, con ella recién casada y él vestido con nuevos hábitos, los religiosos.

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