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miércoles, abril 20

1832 - Los sucesos de La Granja

(Extractos de la carta del Director publicada en El Mundo el 10 de abril de 2011)

18 de septiembre de 1832 en el Real Sitio de La Granja. Dos pretendientes a la sucesión con sus respectivas camarillas intrigando junto al lecho del rey moribundo: su hermano el infante Carlos María Isidro y su hija, la princesa Isabel representada por la reina Maria Cristina, cuarta esposa de Fernando. Esa es la estampa decimonónica que recreó Federico Madrazo en un famoso grabado. La pregunta retórica del momento era: ¿están los españoles preparados para que les mande una mujer?

El calado de la cuestión era mucho más hondo. «El que don Carlos reinara o no en España tenía un alcance inmensamente mayor de lo que corrientemente suele tener un cambio de rey», explica Federico Suárez. «Con don Carlos iba una fuerte y definida ideología, opuesta a la que informaba a toda la corriente liberal». Se trataba de continuar o no la desacralización modernizadora de la monarquía que, a pesar de todos sus vaivenes, felonías y vueltas atrás, había entreabierto el reinado de Fernando o de tomar el camino de la involución tenebrosa que representaba el carlismo, anticipado por el llamado «partido evangélico».

Mediante la Pragmática Sanción, refrendada por el Rey sólo dos años antes, se abolía la Ley Sálica -importada de Francia por Felipe V más de un siglo antes- que impedía reinar a las mujeres. Entonces fue el artífice técnico-jurídico de aquella Pragmática Sanción quien más eficazmente vino a intrigar contra todo cuanto significaba. Era el ministro de Gracia y Justicia: Francisco Tadeo Calomarde.

¿Cuáles fueron los móviles de Calomarde? La historiografía liberal del XIX insiste en el oportunismo de quien, creyendo vencedora su causa, trató de arrimarse al sol del Pretendiente: «Para Calomarde no había problemas afectivos, todos los suyos surgían de su ambición y con arreglo a su interés debían resolverse. Muerto el rey había que gritar ¡viva el Rey!». Federico Suárez parece darle, sin embargo, el beneficio de la duda e incide más en su afán por «evitar los horrores de una guerra civil». Esta interpretación benévola parece avalada por el hecho de que la primera opción alentada por los conspiradores -entre los que destacaban también el ministro de Estado Alcudia, el obispo Abarca y el barón Antonini, pongamos que Bono, Chaves y Jáuregui- fue la de buscar una componenda entre los dos aspirantes a la sucesión.

La fórmula concreta era una regencia de don Carlos hasta que «la niña» alcanzara la mayoría de edad y se casara con uno de sus hijos. Fue la intransigencia de don Carlos, obsesionado por preservar la herencia de sus propios hijos varones, la que impidió el acuerdo.

El rey se moría y había que actuar de inmediato. Aquel 18 de septiembre en La Granja, aislada de Madrid por carretera y telégrafo por órdenes gubernamentales, Calomarde y Alcudia aventaron todo tipo de peligros y calamidades hasta lograr que «el hombre moribundo y la mujer aterrada» accedieran a derogar la Pragmática Sanción mediante un codicilo secreto, rubricado con «garabatos ilegibles».

Luego resultó que el Rey se moría… pero todavía no. Fernando VII sobrevivió un año y diez días a su propia agonía y en ese tiempo, fiel hasta el final a su condición de frívola y caprichosa veleta política, lo anulado no fue la Pragmática Sanción sino el codicilo secreto que la revocaba. En una declaración oficial el propio Monarca consumaba la voltereta denunciando a los protagonistas del 18 de septiembre ya apartados del poder: «Hombres desleales o ilusos cercaron mi lecho y abusando de mi amor y del de mi muy cara esposa a los españoles, aumentaron su aflicción y la amargura de mi estado… La perfidia consumó la horrible trama que había principiado la seducción».

En el interín se había producido la estampa agrandada por la leyenda del precipitado regreso a la corte de la infanta Luisa Carlota, hermana de la reina y mujer de armas tomar, como buena napolitana. Tras reprochar a Maria Cristina su débil condición de reggina di galeria, la infanta habría hecho llamar al aún ministro de Gracia y Justicia, abroncándole y rompiendo en su cara el codicilo. Federico Suárez recoge una de las primeras crónicas del hecho: «Calomarde oyó resignado y sin levantar los ojos del suelo esta reprensión terrible, quiso disculparse y apenas acertó a hacerlo: tan afectado y sobrecogido se hallaba su ánimo; trató de cortar la disputa y es fama que dejando entrever en su rostro un gesto de mal reprimida cólera, enfurecióse la infanta y descargó una bofetada sobre su mejilla; y añade la fama que Calomarde, reconcentrado de nuevo en su ira, respondió: 'Manos blancas no infaman, Señora' y haciendo una profunda reverencia volvió la espalda».

Esta interpretación benévola parece avalada por el hecho de que la primera opción alentada por los conspiradores -entre los que destacaban también el ministro de Estado Alcudia, el obispo Abarca y el barón Antonini- fue la de buscar una componenda entre los dos aspirantes a la sucesión. La fórmula concreta era una regencia de don Carlos hasta que «la niña» alcanzara la mayoría de edad y se casara con uno de sus hijos.

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