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lunes, abril 18

Namazu, el pez gigante que duerme bajo la tierra

(Vi una referencia en El Mundo del 13 de marzo de este año, pero he cogido algunos datos de la wikipedia. Es curioso ver cómo el hombre atribuye los desastres naturales a fuerzas sobrenaturales y monstruos mitológicos)

Dentro de la mitología japonesa, Namazu es un siluro gigante que habita en las profundidades y que cada vez que se mueve produce terremotos. Como casi todo, Namazu tiene varias versiones, pero el consenso es que vive en las profundidades y sostiene a lo largo de la espalda todo el archipiélago japonés.

A partir de ahí empiezan las divisiones. Una, en torno al su guardían, el dios Kashima, encargado de mantenerlo inmovilizado con una gran roca sagrada llamada kaname-ishi, una espada o una calabaza, según las diferentes versiones. Otra división se centra en su papel en el mundo. Para unos es un monstruoso animal que aprovecha los descuidos de Kashima -sea por cansancio o distracción- para moverse, causando terremotos. Otros dicen que es un héroe prácticamente marxista que, de vez en cuando, decide que es la hora de redistribuir la riqueza del país con una sacudida de su cola. Lo que no está tan claro es que tras la destrucción y el caos de los seísmos las monedas cambien de bolsillos y se haga justicia.

Las primeras referencias históricas acerca de la conexión de Namazu y los violentos terremotos proviene de una carta de Toyotomi Hideyoshi, quien unificó Japón a finales del siglo XVI. En los últimos años de su vida construyó un castillo en el distrito de Fushimi en Kioto y lo quiso proteger contra los terremotos; especificando medidas de seguridad contra los movimientos de Namazu. También en un verso del poema Edo Sangin de Matsuo Bashō, publicado en 1678, se hace conexión de los terremotos con los movimientos de Namazu.

Hacia mediados del siglo XIX, se refuerza esa hipótesis; tras el terremoto que arrasó Edo (actual Tokio) en octubre de 1855, se publicaron entre 200 y 300 dibujos xilográficos (ukiyo-e) llamados namazu-e. Algunos fueron vendidos como pergaminos para proteger a su propietario de futuras desgracias. Estos cientos de dibujos cabía desde la sátira -el pez se disculpaba en algunos de esos panfletos- hasta la motivación para unos habitantes que lo habían perdido todo por el capricho de la naturaleza. En algunas láminas se adoraba al siluro como un yonaoshi daimyōjin (deidad de la rectificación del mundo), azote de la codicia de unos humanos crecidos a los que había que poner en su sitio. En otras aparecía como un bicho cobarde que aprovechaba la ausencia de los dioses en una alusión directa a las garrapatas sociales de la época, la aristocracia y los funcionarios.

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