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viernes, junio 1

John Steinbeck, el cronista de la Depresión II

(Sigue...)
John Steinbeck, más allá de la situación de su país en los años de su maduración y de su compromiso personal, sabía de lo que hablaba. Había nacido en 1902 en Salinas, en el valle del mismo nombre, en Monterrey (California), un lugar con muchísimos trabajadores agrícolas por la abundancia de explotaciones dedicadas al cultivo de toda clase de frutas y verduras. 

Aunque criado en el seno de una familia acomodada, Steinbeck trabajó en el campo desde adolescente, incluso llevó durante algún tiempo una vida de obrero tras renunciar a licenciarse -después de años de estudio a la carta- en la prestigiosa universidad de Stanford, a la que le había llevado su familia. Su madre, maestra, fue quien le impulsó a la lectura desde niño. 

Casado con la segunda de sus tres esposas, Steinbeck se incorporó a la Segunda Guerra Mundial como corresponsal de guerra, aunque luego participó en misiones bélicas en el Mediterráneo en cuyo transcurso resultó herido y se agenció una depresión. 

Tras la guerra, publicó algunos de sus mejores libros como Cannery Row (1945), reforzando su relación con el cine -y, con ello, su popularidad- con novelas llevadas a la pantalla como La perla (1948) y, sobre todo, Al este del Edén (1952), esta última adaptada por Elia Kazan, para quien escribiría ese mismo año el guión de ¡Viva Zapata!
Steinbeck mantuvo una estrecha y productiva amistad -viajes y libros juntos- con el biólogo y ecólogo Ed Ricketts, y es Edmund Wilson quien señala -al margen de las anécdotas de los títulos y de la constante presencia de animales en sus novelas-, que Steinbeck tuvo una concepción biologista del hombre, al que veía -con sus pros y contras- dentro de la especie animal. La historia de los dos braceros de De ratones y hombres, el protector George y su amigo Lennie, el gigantón retrasado, es una historia de soledades y sueños imposibles, provocados por la muy concreta fatalidad de las barreras y las miserias sociales. Miguel del Arco dirige en el Teatro Español -en versión propia y de Juan Caño- un montaje tan brillante como pertinente y ajustado, con escenas tan magníficas como el terrible encuentro final entre Lennie y la pobre esposa sin nombre del hijo del patrón, en la que he creído ver ecos de la mortal escena del río de Frankenstein. 

Dicho esto, uno de mis libros favoritos de Steinbeck es el distinto, inacabado y póstumo Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, recreación del clásico La muerte de Arturo, de Thomas Malory. En su prólogo, Steinbeck dice que el libro de Malory está en el origen de toda su devoción a la lectura y a la escritura, de su percepción del bien y del mal, de «todas mis reflexiones contra los opresores y a favor de los oprimidos». 

John Steinbeck, fumador pertinaz, murió a los 66 años en Nueva York de un infarto. La autopsia puso de manifiesto que las arterias de su corazón estaban prácticamente obstruidas. En el final del prólogo de Los hechos…, John Steinbeck escribió: «Y ruego a todos vosotros, los que léeis este relato, que oréis por aquel que lo escribió para que Dios le conceda la liberación, y sea pronto y rápido. Amén».

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