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viernes, julio 27

Sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas

(Un artículo de John Müller en El Mundo del 13 de mayo de 2010, con motivo de la efemérides de aquel carismático discurso que Winston Churchill pronunció en 1940)

Paradojas del tiempo. Hoy, 13 de mayo, se cumplen 70 años de uno de los discursos más famosos de la Historia: el de "sangre, sudor y lágrimas" de Winston Churchill. [...] En España, esta efeméride tiene resonancias profundas después de que el miércoles 12 el Gobierno anunciara -con menos convicción que Churchill- un fuerte ajuste que afecta a funcionarios, madres, dependientes y pensionistas.

Era lunes aquél 13 de mayo de 1940. Churchill acudió al Parlamento británico para presentar su nuevo gabinete y obtener la confianza de la cámara. Su discurso tenía un doble objetivo: explicar que había cumplido la misión de formar un gabinete de unidad nacional que el rey Jorge VI le había encomendado tres días antes y advertir a un país que se sentía lejos de la guerra de que venían tiempos muy duros.

Aquellos días, las noticias eran trepidantes. Después de casi nueve meses de "guerra falsa", Hitler, que se había repartido Polonia con Stalin e invadido Escandinavia, se volvió contra Occidente. Atacó la frontera franco-belga el 10 de mayo. Ese mismo día, el Reino Unido estaba prácticamente descabezado porque el 8 de mayo, al final del llamado 'Debate Noruego', el primer ministro Neville Chamberlain había sido derrotado en una votación parlamentaria.

El 'Debate Noruego' fue convocado para analizar la desastrosa actuación de la Marina británica frente a los alemanes en Noruega. Uno de los responsables era el primer lord del almirantazgo (ministro de Marina), Winston Churchill, rival de Chamberlain. Ambos representaban los dos polos del conservadurismo inglés. Churchill, ya en su ocaso, era un activo belicista, enemigo jurado del proyecto nazi. Chamberlain, ampliamente respetado, era el padre de la política del apaciguamiento hacia Hitler que había alcanzado su momento cumbre en los Pactos de Munich de 1938. Aunque a Churchill le cabía gran parte de culpa por la catástrofe de Noruega (y la asumió ante el Parlamento), el debate se volvió contra Chamberlain. Varios conservadores seguidores de Churchill le abandonaron y el gobierno fue derrotado.

El 10 de mayo, por la tarde, conocido ya el ataque alemán en Bélgica, Holanda, Francia y Luxemburgo, el rey Jorge VI llamó a Churchill y le encargó formar gobierno. Otros aspirantes al poder, como Lord Halifax, uno de los favoritos del rey, prefirieron no competir con él por puro cálculo político: creían que el gobierno de Churchill caería en breve tiempo. Estaba claro que debía ser un gabinete de unidad nacional. El primer ministro se puso a la tarea y en un fin de semana, un tiempo récord que quizás sólo haya sido igualado por Cameron y Clegg, constituyó un nuevo gobierno que presentó al Parlamento el lunes 13.

Esto explica la burocrática relación de sus trabajos como primer ministro con que Churchill comienza su discurso. Hábilmente, hacia la mitad del texto, cambia el tono con el pretexto de que desea disculparse por "la falta de ceremonial" en la que ha incurrido a la hora de nombrar nuevos colaboradores. Y entonces soltó su famosa frase: "Diré a esta Cámara, tal como le dije a aquellos que se han unido a este Gobierno: 'No tengo nada que ofrecer, sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor'".

La paternidad de la frase no está clara. Hay un dato que demuestra que Churchill no la consideraba suya: en el manuscrito la puso entre comillas, como si fuera una cita. El periodista Martin Walker sostiene que la tomó de Theodore Roosevelt, quien la pronunció el 2 de junio de 1897 cuando era secretario de Marina de EEUU. Walker afirma que Churchill conocía el discurso en razón de que su puesto en el almirantazgo equivalía al de Roosevelt. El historiador John Lukacs, experto en Churchill, cree que parafraseaba un discurso del patriota italiano Garibaldi de 1849, cuando la república de Roma capituló ante los franceses.

Como sea, el famoso discurso hay que enmarcarlo junto a los otros dos grandes discursos que el primer ministro pronunció aquella primavera de 1940. El 4 de junio, cuando las cosas iban muy mal en Francia, leyó el famoso "Lucharemos...", que hasta el día de hoy pone la piel de gallina y que dice: "...Llegaremos hasta el final; lucharemos en Francia; lucharemos en los mares y océanos; lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire; defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el coste; lucharemos en las playas; lucharemos en los aeródromos; lucharemos en los campos y en las calles; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos...".

Y el tercer discurso es el del 18 de junio ("Su mejor hora..."), considerado el más famoso de todos. "Pero si fallamos -dice- entonces, el mundo entero, incluyendo EEUU, incluyendo todo lo que hemos conocido y nos ha importado, se hundirá en el abismo de una nueva era oscura, aún más siniestra y tal vez más prolongada gracias a las luces de una ciencia pervertida. Vamos a hacernos cargo de nuestras obligaciones y seamos conscientes de que si el Imperio Británico y su Mancomunidad de Naciones perduran por miles de años, los hombres seguirán diciendo: ésa fue su mejor hora".

Churchill remataría su tarea de infundir esperanza a su pueblo con las palabras del 20 de agosto de 1940, en el apogeo de la Batalla de Inglaterra, cuando rindió homenaje a los pilotos de la RAF acuñando la frase "nunca en el campo del conflicto humano, hubo tantos que debieron tanto a tan pocos".

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