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sábado, septiembre 1

Grigori Perelman: un matemático genial II

Grisha Perelman creció en ese barrio en los tiempos de la URSS. Su madre, Ludmila Lubov, era una matemática a la que llegaron a ofrecer un puesto en el Instituto Herzen, un raro honor para una mujer judía. Pero Ludrnila desechó el ofrecimiento porque se acababa de casar y quería crear una familia. El padre era ingeniero electrónico y llenaba sus librerías de manuales de física. Desde los 11 años, Grisha brillaba en las ciencias y elviolín Ingresó en1976 -recién cumplidos los 10 años- en el círculo de matemáticas del Palacio de Pioneros de Leningrado. La matemática Masha Gessen dice en una biografía de Grisha (titulada Rigor perfecto: un genio y el descubrimiento matemático del siglo) que era "un patito feo entre los patitos feos, regordete y torpe".

Grisha no era el benjamín de ese círculo de elite, ni tampoco el más brillante y no lo fue hasta varios años después. Era bueno, tranquilo y muy callado. Para concentrarse tiraba una pelota de ping-pong contra la pizarra o marcaba el ritmo con un lapicero, además de emitir ruidos parecidos a quejas o zumbidos, que eran en realidad tarareos de una aria. Le gustaba la ópera. Para que Grisha pudiera entrar en la famosa Escuela Número 239 de Leningrado, un colegio especializado en física y matemáticas, a los 14 años comenzó a recibir clases intensivas de inglés; en menos de tres meses consiguió el nivel que los otros niños habían conseguido en cuatro años. Ya entonces los botones no iban a la par de los correspondientes ojales, no se ataba los cordones y olvidaba ponerse calcetines en invierno. En esta escuela para jóvenes talentos se practicaba el método Kolmogorov, que promovía los valores griegos y del Renacimiento y protegía a sus estudiantes del adoctrinamiento marxista. Los métodos de enseñanza y desarrollo del carácter prescribían para los estudiantes largas caminatas, que Grisha estoicamente soportaba, pero no disfrutaba. Refugiado en su capullo matemático, podía preservarse de las desordenadas contingencias de la vida en general, y de la vida soviética en particular. En 1982, a los 16 años, fue la apoteosis. Participó en las Olimpiadas Matemáticas de Budapest y no solo consiguió la meclalla de oro, sino que logró resolver 42 problemas de un total de 42. El más difícil fue calcular la velocidad con la que Jesucristo tendría que haber caminado sobre la superficie del agua para no hundirse.

A pesar de sus excentricidades y de su dificultad para comunicarse, siguió su carrera con normalidad y consiguió ser admitido en la Facultad de Matemáticas de Leningrado, que solo aceptaba a dos judíos al año.Vivía en su propio mundo, ignorando la realidad exterior, nunca se interesó por la política, tampoco por las chicas, ni se enteró de que la sociedad soviética era antisemita. Nadie lo invitaba a tomar una cerveza, porque su cabeza siempre estaba en otra parte. Podía pasarse dos horas sentado en el andén de una estación de metro poniendo a punto el mejor método de atacar un problema. Su madre y sus entrenadores se preocuparon de garantizar que pudiera dedicarse exclusivamente a las matemáticas. Tras pasar por el prestigioso Instituto de Investigación Steklov de SanPetersburgo, a los 26 años se fue a Estados Unidos. Durante tres años dio conferencias en las mejores universidades. Siempre vestía la misma americana de terciopelo marrón comprada en las rebajas. Todos los días iba a Brooklyn, a una tienda rusa, para comprar pan negro y yogur. En 1994 después de resolver un teorema topológico llamado la Conjetura del Alma, que llevaba abierto desde 1972, fue reconocido como una estrella en su campo y le ofrecieron puestos tanto en Stanford como en Princeton. Declinó ambos porque tuvieron la temeridad de pedirle un CV. Grisha Perelman pensaba que una conferencia que había dado debería haber sido suficiente para garantizarle un
nombramiento inmediato. Era el tiempo de volver a casa. Ya era el mejor geómetra del mundo.

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