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lunes, enero 27

Última opción, Canossa

(Extraído de la Carta del director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, publicada el 2 de noviembre de 2008)

Durante el crudo invierno del año 1076, más próximo pues al presente que al nacimiento de Cristo, un grupo de esforzados viajeros procedentes de Alemania franqueó las más abruptas estribaciones de los Alpes, contraviniendo todas las advertencias de que «ni el pie ni la pezuña» encontrarían apoyo firme sobre aquellos senderos helados. Cuando tras mil penalidades lograron alcanzar la Lombardía, no lo hicieron sino para afrontar desde allí una nueva escalada erizada aún de más dificultades y peligros rumbo a una inexpugnable fortaleza incrustada en una de las paredes más imponentes de los Apeninos: el castillo de Canossa.

Apenas franqueada la primera entrada al recinto empedrado, el jefe del grupo bajó de su cabalgadura, se despojó de su manto adornado con soles y estrellas, se embutió en un áspero sayal de peregrino y con los pies descalzos continuó avanzando hacia la puerta de la edificación principal mientras por sus mejillas rodaban gruesas lágrimas de arrepentimiento. Durante dos días y sus correspondientes noches permaneció allí, ayunando en señal de penitencia en medio de la ventisca helada, hasta que, durante la mañana del tercero, el viejo prematuro que había seguido la escena desde el interior del castillo se compadeció de él, dio orden de que le permitieran entrar, lo acogió en su seno y lo estrechó con el abrazo del perdón.

El penitente era Enrique IV, titular de la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, y el anciano prematuro, el Papa Gregorio VII. Su reconciliación en tan dramáticas circunstancias pasaría pronto a la Historia como un hito en la definición de las relaciones entre la Iglesia y el Estado y, sobre todo, como un ejemplo de hasta qué extremo debe a veces aquietarse la soberbia de todo príncipe que luche por sobrevivir y alcanzar sus fines. Cinco siglos antes de que París bien valiera una misa, ya hubo pues un primer Enrique IV para quien el trono bien valió todo un vía crucis.

Lo que había estado en juego era una cuestión de soberanía, la llamada guerra de las investiduras. ¿Quién debía nombrar a los obispos en el Sacro Imperio? El pulso entre emperadores y papas reclamando esa prerrogativa venía de antiguo, pero lo que verdaderamente había agraviado a Gregorio VII eran las formas de su antagonista. Sobre todo a raíz de la carta-manifiesto en la que Enrique IV había pedido su renuncia al solio pontificio. Su respuesta fue la más demoledora pedrada lanzada por una catapulta en un asedio medieval: la excomunión.

Convertido en un apestado entre los propios príncipes alemanes que debían prestarle vasallaje y a punto de ser excluido de una reunión clave en la que tenía muchas posibilidades de perder la corona -con todas sus trampas y cartones se trataba de una Monarquía electiva-, Enrique IV ponderó cuáles eran sus opciones y, después de explorar otras alternativas, se rindió a la evidencia y emprendió el camino de Canossa.

Desde hace, pues, casi mil años, emprender el camino de Canossa ha sido sinónimo de lucidez, pero también de repliegue y sometimiento en las relaciones diplomáticas. Lutero transformó a Enrique IV en una especie de baluarte de resistencia frente a la avidez de poder y riquezas del papado y en 1872, en el momento de auge del nacionalismo alemán, el canciller Bismarck proclamó solemnemente ante el Reichstag que nada se interpondría en el desarrollo de su país como gran potencia, y menos aún el poder de la Iglesia, «porque no volveremos a ir a Canossa».

El brillante historiador británico Tom Holland, que acaba de publicar un libro cuyo título traducido sería Milenio, el fin del mundo y la forja de la cristiandad, ve en la precaria e inestable reconciliación entre el Papa y el Emperador en tan escarpado paraje nada menos que el origen de la separación entre la Iglesia y el Estado que sirve de base a la civilización occidental. Al reconocer Enrique IV que Roma tenía derecho a preservar su esfera de influencia y admitir por lo tanto el principio de soberanía compartida, Europa entera estaba siendo vacunada frente a la infecciosa identificación entre religión y poder temporal que aún hoy impregna la conducta del mundo islámico. Ningún príncipe cristiano volvería a ser rex et sacerdos al modo de los califas, ayatolás o monarcas alauitas.

Según Holland, fue precisamente esa renuncia obligada a controlar la vida religiosa de sus súbditos la que llevó de forma paradójica -o más bien simétrica- a los reyes europeos a marcar distancias con la Iglesia a la hora de disponer sobre todos los demás asuntos, reafirmando así la autonomía del poder civil. «No deja de ser una picante ironía que el propio concepto de sociedad secular haya emanado en última instancia del papado. Voltaire, la Primera Enmienda, el multiculturalismo y los matrimonios gay no serían pues sino mojones de una carretera que sale de Canossa».

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