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lunes, enero 5

Espinela la bandida

 (La columna de Alberto Serrano Dolader en el Heraldo de Aragón del 31 de julio de 2016)

Cae en mis manos un pliego de cordel con pinta del XIX. No está completo. En la primera página se lee el título: 'Romance nuevo, de los valerosos hechos, muertes, y atrocidades de una valerosa dama llamada Espinela, natural de Caspe en el Reino de Aragón'. Su arranque es tenebroso: «El Sol detenga sus rayos, / y la Luna su luz bella; / caduque el mar con sus olas, / y estremézcase La Tierra». De familia acomodada, Espinela se quedó huérfana de padre y madre a eso de los quince años. Poco más puedo leer en el impreso.

Me pongo a investigar. En la Biblioteca Nacional localizo una segunda versión de la Espinela caspolina, esta sí completa (impresa en Córdoba en la primera mitad del XIX). Sigo con la indagación. Encuentro dos ejemplares distintos y completos en la Universidad de Cambridge y otros dos en la biblioteca de Castilla-León. Pero lo más curioso es que -a diferencia de los dos primeros- estos cuatro fijan el nacimiento de Espinela en Ronda.

Los que tanto me han alegrado ¿son adaptaciones en las que, tachando la procedencia rondeña de la joven, alguien intercaló los versos «Yo nací dentro de Caspe / de nación aragonesa...», además de modificar el título?

Cotejo toda la información y les resumo la historia. Espinela se enamoró de un apuesto vecino suyo, Fabián, hijo de un reputado caballero. En un principio, él dio cuerda al romance, pero cortó de raíz cuando ella le habló de matrimonio porque no la consideraba a su altura social. A partir de ese desengaño, «el diablo todo lo enreda» en la vida de Espinela, que sorprende a Fabián cortejando a otra mujer y mata a los dos. Huye de la justicia y, camuflada bajo la apariencia de hombre, se alista como soldado, sirviendo durante catorce meses en el penal de Ceuta.

Tras cometer un segundo crimen («no sé sobre qué pendencia / quité la vida a un paisano») comienza a comportarse como una bandolera sin escrúpulos. Armada con espada, carabina y trabuco, siembra el terror por aldeas, caminos y sierras del sur de España. Tan pronto violenta una casa como da el alto a una calesa. Lucha «con inhumana fiereza», acumulando a sus espaldas una docena larga de crímenes. Buena parte de las peripecias las vivirá asociada a otro maleante, que nunca parece sospechar la condición femenina de su pareja.

En Riogordo se inicia la debacle. Las fuerzas de orden público, que andaban a su caza, consiguen acorralarlos: «Nos aprisionan y cercan / en un mesón, y entonces / mi compañero intenta / defenderse, mas no pudo / porque el pecho le atraviesan; / con el trabuco yo sola / hice tanta resistencia, / que para prenderme hubo / muerto y heridos cincuenta».

Acabó ajusticiada.

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