María Moliner, la mujer de las 67.000 palabras
(Un texto de Inés Gallastegui en el Heraldo de Aragón del 21 de febrero de 2016)
La Real Academia negó a esta zaragozana un sillón en 1972 y ella quitó importancia al asunto. Era una mujer fuerte y muy segura de sí misma.
María Moliner es un diccionario, pero también una persona: una mujer pequeña con una determinación gigante que un buen día se levantó a las cinco de la mañana y empezó a escribir «el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana», en palabras de Gabriel García Márquez. Sola, en su casa, tecleando su Olivetti en unas cuartillas cortadas. Pensó que esa labor colosal le llevaría dos años, trabajando en el tiempo libre que le dejaba su puesto de bibliotecaria; pero siempre le faltaban dos años para terminar. En realidad, llegó a dedicar 10 horas diarias a esa ingente tarea y tardó 15 en publicar su Diccionario de Uso del Español, con una concepción de las palabras mucho más moderna y práctica que el de la Real Academia Española, RAE.
[En 2016 se cumplieron] 50 de la publicación de la primera edición del diccionario por la editorial Gredos: con 67.000 entradas y más de 3 kilos de peso en dos tomos, costaba 1.800 pesetas. Fue un éxito de ventas.
María Moliner nació con el siglo en Paniza (Zaragoza) y durante un tiempo la familia vivió en Madrid, donde ella estudió en la Institución Libre de Enseñanza. En 1914 el abandono del padre, médico rural, obligó a la familia a regresar a Aragón y a María, la mediana de tres hermanos, a dar clases particulares. Se licenció en Historia en la Universidad de Zaragoza con Premio Extraordinario. En 1922 entró por oposición al Cuerpo de Archivos y Bibliotecas y, tras un breve periodo en Simancas, fue destinada a Murcia, donde conoció al que sería su marido, el profesor de Física Fernando Ramón, con el que tuvo cuatro hijos. Tras la Guerra Civil, a causa de su cercanía a la República, tanto ella como su marido fueron depurados. En 1946 él recuperó su cátedra en Salamanca y ella fue destinada a la biblioteca de la Escuela de Ingenieros de Madrid, y vivieron separados durante casi dos décadas.
Su biógrafa, la historiadora y periodista Inmaculada de la Fuente (‘El exilio interior. La vida de María Moliner', ed. Turner, 2011), señala que de la diccionarista -como le gustaba llamarse- ha trascendido una imagen de «hormiguita tenaz y estudiosa», «discreta y humilde». Pero tras hablar con mucha gente que la conoció se dio cuenta de que era, además, una mujer «muy segura de sí misma, con una enorme capacidad de trabajo y que no se arredraba ante nada». Quizá por eso eligió ser recordada por una obra formidable, casi sobrehumana.
UNA «HORMIGUITA TENAZ». María Moliner apreciaba muchos defectos y carencias en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE). Y quiso corregirlos. En vez de utilizar el orden alfabético, la lexicógrafa extrajo el significado de los vocablos y los agrupó en familias. Diferenció entre términos usuales y no usuales, enterró los obsoletos, modernizó las acepciones del diccionario académico escritas a menudo en un lenguaje decimonónico, machista y pomposo y anticipó la inclusión de la Ll en la L y de la Ch en la C, un criterio que la propia RAE imitaría años después.
Uno de sus caballos de batalla fue la definición en círculo vicioso; había notado que en el diccionario 'oficial' muchas voces remitían unas a otras, sin llegar nunca a explicarse: infringir era quebrantar; quebrantar, traspasar y violar; violar, infringir o quebrantar.
Manuel Calzada, que en 2014 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Dramática por 'El diccionario' (ed. Artezblai), recuerda la valentía de Moliner ante términos conflictivos. Si el DRAE definía 'dictador' como 'magistrado supremo con facultades extraordinarias', ella prefirió una acepción más actual, pero admisible en pleno franquismo: 'Gobernante que asume todo el poder sin ser responsable ante nadie'. «Fue represaliada, pero eligió como actitud ante la vida la reconciliación; hizo de su diccionario una herramienta para todos. Es un personaje del que los españoles tenemos mucho que aprender», afirma el dramaturgo.
María vivió durante esos años tan absorbida por su obra que su hijo menor, Pedro, decía que él tenía cuatro hermanos: Enrique, Fernando, Carmen y el diccionario. Ella era consciente y cuando entregó sus fichas y Gredos pudo al fin publicar la magna obra -el primer tomo en 1966 y el segundo, en 1967- se la dedicó a su familia. Pero siguió con sus fichas: «Un diccionario no se acaba nunca». En 1998 salió la segunda edición, que a juicio de Fernando Ramón -junto a Carmen, único de los hijos que aún vive-, supone una «salvaje mutilación» de su obra.
En 1972, los académicos Dámaso Alonso, Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo propusieron su ingreso en la institución. Fue un episodio triste, porque la habían convencido para que intentara ser la primera mujer académica de España y fracasó. Camilo José Cela le retiró su apoyo inicial reprochándole su ñoñería por no haber incluido palabrotas en su léxico. «Ella misma se dio cuenta de que había cometido un error, porque en un diccionario de uso tenía que haber tacos», señala su biógrafa.
De la Fuente cree que Moliner pecó de modestia: en su campaña insistió demasiado en que el diccionario era su «único mérito». Y quizá a eso se agarraron para darle el sillón B mayúscula a Emilio Alarcos. Su rechazo levantó una corriente de simpatía y muchas mujeres criticaron la actitud de la RAE, que siete años después admitió a Carmen Conde. Los académicos creyeron que habría una segunda oportunidad, pero cuando volvieron a intentarlo, ella ya no quiso. Habían aparecido los primeros síntomas de una demencia vascular que, antes de acabar con su vida en 1981, le fue robando, una a una, todas las palabras. Sus queridas palabras.
En la cultura
Comprometida con la República
En Valencia, donde vivió dos décadas, se implicó activamente en los proyectos de difusión cultural de la República, como las Misiones Pedagógicas en zonas rurales, y organizó, por encargo del Gobierno, una red nacional e internacional de intercambio de fondos, tal como recoge la biografía de Inmaculada de la Fuente. Redactó el proyecto de un Plan Nacional de Bibliotecas que muchos siguen considerando que ha sido el mejor que se ha hecho nunca en España.
Una gran injusticia de la RAE
El lexicógrafo Delfín Carbonell asegura que volumen de María Moliner «es un diccionario de autor y muy personal». Sobre su valor, responde simplemente: «Yo utilizo todavía el original y lo cito mucho en mi 'Diccionario de clichés'». Sobre el rechazo de la academia a concederle un sillón en el año 1972, no se anda con medias tintas: «Fue una gran injusticia, porque se merecía ser académica. Si hubiese sido hombre y se hubiera ido de copas con las personas adecuadas, la habrían aceptado», ironiza.Etiquetas: En femenino, libros y escritores
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