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martes, octubre 1

Nicolás Tesla y las palomas



(La columna de Isabel Coixet en el dominical de El Periódico del 22 de septiembre de 2013)

En 1943, murió en la habitación 311 del hotel New Yorker pobre, enfermo y solo Nikola Tesla, un científico al que debemos descubrimientos como la corriente alterna y los motores de inducción, y que trabajó codo con codo con Edison en las patentes del teléfono. En 1928, diseñó un revolucionario modelo de biplano que aún hoy está en el origen de muchos aviones militares y hasta helicópteros. En los años veinte se rumoreó que podía ganar el premio Nobel y Einstein le consideró una de las mentes más avanzadas de su época, siendo el primero en intuir la energía atómica.

El nombre de Tesla está olvidado actualmente y tan solo se asocia a teorías conspirativas y al arquetipo de científico loco: se sabe que tenía una enfermedad que le producía dolores de cabeza y que veía destellos de luz, tras los cuales se le aparecían las invenciones que lo hicieron famoso. Solo con oír el nombre de un objeto era capaz de visualizarlo, aunque no lo hubiera visto nunca, y dibujarlo hasta el último detalle. Y podía revivir momentos de su vida como si se tratara de una película que sucedía ante sus ojos. También se sabe que creía que masajearse los dedos de los pies cada día durante media hora era bueno para la salud y que jamás visitó a un médico, aunque un accidente de coche le rompió varias costillas.

Tenía una memoria enciclopédica y hablaba ocho lenguas. Era un fanático de los juegos de mesa y una vez pasó 48 horas jugando al billar. Otra vez estuvo 84 horas trabajando en su laboratorio sin dormir. Fue un gran amigo de Mark Twain, que le admiraba profundamente. No se le conocen historias amorosas de ninguna clase. En sus últimos años desarrolló un montón de manías sin cuento: odiaba las joyas, los objetos redondos y el pelo de la gente, antes de entrar en un edificio tenía que dar tres vueltas a la manzana, solo podía vivir en habitaciones de hotel, y cada vez que entraba en un restaurante pedía 18 servilletas para limpiar y abrillantar sus cubiertos. Amaba con pasión a las palomas y a menudo rescataba a palomas heridas en Central Park y las cuidaba hasta que volvían a volar. Una vez, cuando ya había perdido su fortuna, se gastó 2.000 dólares en una prótesis para que una paloma que había perdido un ala pudiera volar.

Hoy, en el hotel New Yorker, en la 7ª avenida, una placa recuerda sus últimos años allí. Y en el tercer piso, justo delante de la ventana de su habitación, revolotean, invierno y verano, bandadas de palomas esperando que Nikola Tesla salga a saludarlas.

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