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sábado, mayo 10

Otros españoles en la I Guerra Mundial



(Un texto de Gonzalo Ugidos en el suplemento Crónica de El Mundo del 5 de enero de 2014)

Aunque España no entró en aquella Gran Guerra, ella sí entró en España. Estos son sus protagonistas patrios: de los fabricantes de armas a los espías internacionales. 

PISTOLAS VASCAS. España exportó enormes cantidades de pistolas y fusiles, principalmente para los aliados. De hecho, la pistola semiautomática Ruby fue producida por la firma eibarresa Gabilondo y Urresti y adoptada como reglamentaria por el ejército francés, que la llamó «Pistolet Automatique de 7 millimètre 65 genre Ruby». Gabilondo, asociada a otras cuatro compañías vascas, produjo 50.000 pistolas al mes; en total unas 300.000.

MÚSICO AL AGUA. El aumento de la demanda mundial y las dificultades provocadas por e! bloqueo submarino alemán fueron un espléndido nicho de negocio para las navieras españolas, a pesar de que los submarinos alemanes les hundieron 75 buques, el 20% de la flota mercante española. Tras el final de la contienda, la República de Weimar entregó a España unos cuantos barcos en compensación por los hundidos; uno de ellos, inicialmente bautizado como España nº6, sería el futuro Dédalo, el primer portaaeronaves de la Armada Española. La víctima más célebre de aquellos ataques fue el compositor Enrique Granados. Como la guerra en Europa había abortado el estreno en París de su ópera Goyescas, aceptó presentarla en el Metropolitan de Nueva York. Con Amparo, su mujer, cruzó el Atlántico. Tenía 48 años y cosechó tal éxito que, en marzo de 1916, el presidente Woodrow Wilson invitó a la pareja a la Casa Blanca. El inesperado agasajo les obligó a cambiar el pasaje para la vuelta a Barcelona. Salieron de Nueva York el 11 de marzo, rumbo a Londres, donde debían hacer escala y embarcar en el Sussex, de bandera francesa. En el Canal de la Mancha, entre Folkestone y Dieppe, hacia las 14:50 del 24 de marzo, el submarino alemán UB-29 lanzó un torpedo que impactó en el casco y partió al Sussex por la mitad. Granados, fuera de peligro en un bote salvavidas, vio a su mujer en el agua y se lanzó a socorrerla. El músico no sabía nadar y la pareja fue engullida por las aguas. 

El REY DE LA PIEDAD. En las batallas que desangraban el continente encontró el rey Alfonso XIII una ocasión humanitaria que le traería la popularidad internacional. A poco de estallar el conflicto, una lavandera de La Gironde escribió al monarca con el ruego de que indagara el paradero de su marido, desaparecido en la batalla de Charleroi. Las gestiones de palacio dieron con él como prisionero en Alemania. Alfonso XIII se lo comunicó a la lavandera de su puño y letra, la prensa refirió el episodio y desde entonces no dejaron de llegar peticiones similares. El rey, como jefe de un Estado neutral, podía obtener noticias inaccesibles a los gobiernos de los países de origen. Montó un centro de intercambio de información dirigido por su secretario personal, el marqués de Torres de Mendoza, y el éxito de esos primeros esfuerzos provocó un aluvión de cartas de toda Europa. Para tramitar las miles de peticiones que llegaban cada mes tuvieron que incorporarse 21 nuevos asistentes a la plantilla del secretario. Al final de la contienda se habían tramitado más de 100.000 peticiones de noticias sobre prisioneros; 50 peticiones de conmutaciones de penas de muerte, en su mayoría con éxito; 12.600 peticiones de repatriación de soldados heridos y más de 50.000 peticiones de repatriación de civiles. En Francia y Bélgica se referían a Alfonso XIII como Le prince de la pitié

ESPÍAS «MADE IN SPAIN». El espionaje de los bandos beligerantes convirtió España en un nido de agentes. La propia Mata Hari informaba a un agregado alemán de la embajada de Madrid. Cuando Adolfo Guerrero llegó a Londres, al Intelligence Service le resultó sospechoso y lo interrogó. Guerrero aseguró ser periodista enviado por el diario madrileño El Ideal. Pocos días después llegó a Londres la bailarina Raimunda Amarandain, conocida en el mundillo de las variedades como Aurora de Bilbao o la Sultana. Como no tenía permiso para trabajar como artista, Adolfo Guerrero la empleó en el despacho de un comerciante español en Fenchurch Street. El supuesto periodista sólo envió dos crónicas en el plazo de tres semanas y la policía británica dedujo que no era trabajo suficiente para sostener el lujo de La Sultana. Acusado de espionaje a favor del ejército germano, Scotland Yard le detuvo el 18 de febrero de 1916. Fue condenado a muerte por contrabandear informaciones referentes a las defensas aéreas contra los zepelines. Las presiones del marqués de Merry del Val, embajador de España en Londres, lograron la conmutación de la pena capital por la de trabajos forzados a perpetuidad. La Sultana fue expulsada de Inglaterra. 

Pilar Millán Astray, hermana del legionario célebre por sus vivas a la muerte, trabajó también para los alemanes. Novelista y dramaturga, al estallar la Gran Guerra estaba a punto de cumplir los 35 y atravesaba malos tiempos, aún no había obtenido el éxito que, sobre todo con La tonta del bote, la convertirían en escritora famosa. Tanto sus ideas como sus estrecheces de mujer sola la llevaron a ofrecerse a los alemanes como espía, a mil pesetas el informe. El embajador británico en España, sir Arthur Henry Hardinge, durante una de sus estancias en Barcelona se alojó en el hotel Colón, donde «casualmente» lo conoció Pilar, que pudo entrar en su habitación y copiar los documentos que encontró en su portafolios. El catalán Jaime Mir, residente en Bélgica desde los años anteriores a la contienda, espió para los aliados hasta su detención en Lieja. Los alemanes lo condenaron a muerte, aunque fue indultado por gestiones del rey Alfonso XIII. Hasta la firma del armisticio, estuvo en la cárcel de Rheinbach fabricando cestas y zapatillas. 

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