Otros españoles en la I Guerra Mundial
(Un texto de Gonzalo Ugidos en el suplemento Crónica de El
Mundo del 5 de enero de 2014)
Aunque España no entró en aquella Gran Guerra, ella sí entró
en España. Estos son sus protagonistas patrios: de los fabricantes de armas a
los espías internacionales.
PISTOLAS VASCAS.
España exportó enormes cantidades de pistolas y fusiles, principalmente para
los aliados. De hecho, la pistola semiautomática Ruby fue producida por la
firma eibarresa Gabilondo y Urresti y adoptada como reglamentaria por el
ejército francés, que la llamó «Pistolet Automatique de 7 millimètre 65 genre
Ruby». Gabilondo, asociada a otras cuatro compañías vascas, produjo 50.000
pistolas al mes; en total unas 300.000.
MÚSICO AL AGUA.
El aumento de la demanda mundial y las dificultades provocadas por e! bloqueo
submarino alemán fueron un espléndido nicho de negocio para las navieras españolas,
a pesar de que los submarinos alemanes les hundieron 75 buques, el 20% de la
flota mercante española. Tras el final de la contienda, la República de Weimar entregó
a España unos cuantos barcos en compensación por los hundidos; uno de ellos,
inicialmente bautizado como España nº6,
sería el futuro Dédalo, el primer portaaeronaves de la Armada Española. La víctima
más célebre de aquellos ataques fue el compositor Enrique Granados. Como la
guerra en Europa había abortado el estreno en París de su ópera Goyescas, aceptó presentarla en el Metropolitan
de Nueva York. Con Amparo, su mujer, cruzó el Atlántico. Tenía 48 años y
cosechó tal éxito que, en marzo de 1916, el presidente Woodrow Wilson invitó a
la pareja a la Casa Blanca. El inesperado agasajo les obligó a cambiar el
pasaje para la vuelta a Barcelona. Salieron de Nueva York el 11 de marzo, rumbo
a Londres, donde debían hacer escala y embarcar en el Sussex, de bandera francesa. En el Canal de la Mancha, entre
Folkestone y Dieppe, hacia las 14:50 del 24 de marzo, el submarino alemán UB-29
lanzó un torpedo que impactó en el casco y partió al Sussex por la mitad. Granados, fuera de peligro en un bote
salvavidas, vio a su mujer en el agua y se lanzó a socorrerla. El músico no
sabía nadar y la pareja fue engullida por las aguas.
El REY DE LA
PIEDAD. En las batallas que desangraban el continente encontró el rey
Alfonso XIII una ocasión humanitaria que le traería la popularidad
internacional. A poco de estallar el conflicto, una lavandera de La Gironde
escribió al monarca con el ruego de que indagara el paradero de su marido,
desaparecido en la batalla de Charleroi. Las gestiones de palacio dieron con él
como prisionero en Alemania. Alfonso XIII se lo comunicó a la lavandera de su
puño y letra, la prensa refirió el episodio y desde entonces no dejaron de
llegar peticiones similares. El rey, como jefe de un Estado neutral, podía
obtener noticias inaccesibles a los gobiernos de los países de origen. Montó un
centro de intercambio de información dirigido por su secretario personal, el
marqués de Torres de Mendoza, y el éxito de esos primeros esfuerzos provocó un
aluvión de cartas de toda Europa. Para tramitar las miles de peticiones que
llegaban cada mes tuvieron que incorporarse 21 nuevos asistentes a la plantilla
del secretario. Al final de la contienda se habían tramitado más de 100.000 peticiones
de noticias sobre prisioneros; 50 peticiones de conmutaciones de penas de
muerte, en su mayoría con éxito; 12.600 peticiones de repatriación de soldados
heridos y más de 50.000 peticiones de repatriación de civiles. En Francia y
Bélgica se referían a Alfonso XIII como Le
prince de la pitié.
ESPÍAS «MADE IN
SPAIN». El espionaje de los bandos beligerantes convirtió España en un
nido de agentes. La propia Mata Hari informaba a un agregado alemán de la
embajada de Madrid. Cuando Adolfo Guerrero llegó a Londres, al Intelligence Service le resultó
sospechoso y lo interrogó. Guerrero aseguró ser periodista enviado por el
diario madrileño El Ideal. Pocos días
después llegó a Londres la bailarina Raimunda Amarandain, conocida en el
mundillo de las variedades como Aurora de
Bilbao o la Sultana. Como no
tenía permiso para trabajar como artista, Adolfo Guerrero la empleó en el
despacho de un comerciante español en Fenchurch Street. El supuesto periodista sólo
envió dos crónicas en el plazo de tres semanas y la policía británica dedujo
que no era trabajo suficiente para sostener el lujo de La Sultana. Acusado de espionaje a favor del ejército germano, Scotland
Yard le detuvo el 18 de febrero de 1916. Fue condenado a muerte por
contrabandear informaciones referentes a las defensas aéreas contra los
zepelines. Las presiones del marqués de Merry del Val, embajador de España en Londres,
lograron la conmutación de la pena capital por la de trabajos forzados a
perpetuidad. La Sultana fue expulsada
de Inglaterra.
Pilar Millán Astray, hermana del legionario célebre por sus
vivas a la muerte, trabajó también para los alemanes. Novelista y dramaturga, al
estallar la Gran Guerra estaba a punto de cumplir los 35 y atravesaba malos
tiempos, aún no había obtenido el éxito que, sobre todo con La tonta del bote, la convertirían en escritora
famosa. Tanto sus ideas como sus estrecheces de mujer sola la llevaron a
ofrecerse a los alemanes como espía, a mil pesetas el informe. El embajador
británico en España, sir Arthur Henry Hardinge, durante una de sus estancias en
Barcelona se alojó en el hotel Colón, donde «casualmente» lo conoció Pilar, que
pudo entrar en su habitación y copiar los documentos que encontró en su
portafolios. El catalán Jaime Mir, residente en Bélgica desde los años
anteriores a la contienda, espió para los aliados hasta su detención en Lieja. Los
alemanes lo condenaron a muerte, aunque fue indultado por gestiones del rey
Alfonso XIII. Hasta la firma del armisticio, estuvo en la cárcel de Rheinbach
fabricando cestas y zapatillas.
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